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23 de junio de 2024

El bien nacido desagradecido

 

Siguiendo las premisas del taller de escritura Bremen, versiono otro cuento de los hermanos Grimm, El enano saltarín. Vaya por delante que no conocía dicho cuento y me tuve que documentar antes de ponerme a escribir lo que viene a continuación. Por si a algún lector le ocurre lo mismo que a mí, aquí tiene un enlace con el cuento original: El enano saltarín.


El currículum de Zacarías era extraordinario. En su expediente académico se contaban las asignaturas de la carrera de Farmacia por matrículas de honor.

En realidad, Zacarías no era ningún cerebrito. El mérito se lo debía a su padre, que tampoco es que tuviera mucha inteligencia, pero sí mucho dinero. El papá, un terrateniente con vastas fincas en Extremadura, ganaba buenos caudales gracias a las piaras de cerdos ibéricos que comían bellotas a la sombra de frondosas encinas. El criador de cerdos se encargó de que su retoño obtuviera excelentes calificaciones a base de regalar con prodigalidad manifiesta jamones de pata negra. Una pequeña universidad, ubicada muy cerca de su localidad, facilitó que la generosidad del magnate porcino fuera bien recibida pues los apuros económicos por los que atravesaba la institución la convirtió en un fácil objetivo para dejarse sobornar; los magros salarios que pagaba a sus profesores se veían compensados con el suministro de embutidos ibéricos de muy alta calidad.

Tras terminar la carrera, Zacarías no tenía muchas ganas de dedicarse al noble arte de vender remedios para las enfermedades. La botica que su padre quería costearle no le resultaba atractiva. Aún menos le apetecía hacerse cargo de la gestión de las fincas con los cerdos y sus jamones. Zacarías quiso seguir en la universidad, y decidió realizar una tesis doctoral.

Sin embargo, la pequeña universidad de provincias no era suficiente para Zacarías que aspiraba a mucho más. Tanta matrícula de honor se le había subido a la cabeza y se creyó que estaba tan bien preparado como su expediente reflejaba cuando, en realidad, no tenía ni idea de nada. A veces, hasta omitía la tilde en uno de sus apellidos: Ramírez.

Se fue a Madrid en pos de unos horizontes más amplios que los que le proporcionaban las dehesas de su familia. Recaló en una universidad con tan pocos recursos como la de su provincia, pero con muchísimo más prestigio y calidad.

—¡Es fantástico!

Toribio Liencres, director del departamento de Farmacología, leía el CV de Zacarías con asombro y admiración. Que semejante portento quisiera fichar por su equipo era todo un honor y un zasca en toda la boca para el jefe de Parasitología que se lo tenía muy creído desde que le habían publicado un artículo en Nature. Seguro que con este nuevo fichaje el ratio de publicaciones y sus índices de impacto subirían como la espuma.  

—Te pondremos en un proyecto de investigación sobre terapias anticoagulantes pues veo que tu Trabajo Fin de Grado fue sobre «Coagulación y trombogénesis en pacientes con elevado riesgo cardiovascular», así que tienes una buena preparación en ese campo —le ofreció el profesor Liencres.

Zacarías asintió complacido, engañándose a sí mismo al obviar que el TFG al que hacía alusión su interlocutor fue medio copiado de otro que encontró en internet y que terminó de ajustar con inteligencia artificial.

—Empezarás a realizar unas pruebas en ratones sobre el efecto de la heparina frente a la warfarina y cómo afectan a los niveles de tromboxanos, prostaglandinas y leucotrienos, evaluando, también, la agregación plaquetaria.

Zacarías siguió asintiendo e ignorando igualmente que no tenía ni idea de lo que era un leucotrieno, una prostaglandina o un tromboxano. Tan solo había entendido que trabajaría con ratones, algo que lo serenó un poco porque, al menos, no habría daños personales que lamentar.  

Tras ultimar con Liencres los detalles de su ingreso en el departamento, Zacarías se sentó en un banco del campus y empezó a sudar copiosamente. Se había metido en un buen berenjenal. Cuando levantó la cabeza comprobó que a su lado se encontraba una chica menuda, con la piel muy blanca y el pelo lacio, los gruesos cristales de sus gafas delataban una avanzada miopía.

—Puedo ayudarte —espetó la recién llegada a modo de saludo.

—No creo. Me he metido en un buen lío. Esto, tarde o temprano, iba a estallarme.

—Yo puedo evitarlo. ¿Qué tienes que hacer?

Zacarías, sin saber muy bien por qué, le contó a la chica lo que acababa de suceder en el despacho del profesor Liencres.

—No te preocupes. Pásame lo que tienes que medir que yo me ocupo. Confía en mí. Pero mi colaboración tiene un precio.

—Sí, sí, claro —contestó rápidamente Zacarías—. Yo te paso un cheque con la cantidad que me pidas, o si prefieres una transferencia…

—Solo quiero que me incluyas en el artículo que se publique a raíz de los datos que yo te daré. Me llamo María Espadacajuenquerelay.

—Como tú digas —dijo Zacarías al que le pareció que la transacción con aquella desconocida le iba a salir barata.

Dos días después, le llegó un correo electrónico con una hoja de cálculo donde aparecían los valores de las supuestas pruebas que él tendría que haber realizado. Además, esos resultados eran claramente significativos.

—¡Cojonudo! —exclamó el profesor Liencres valorando la información que le suministró su doctorando—. Esto va al British Medical Journal, a ver si hay suerte.

Resultó que sí hubo suerte porque la prestigiosa revista científica aceptó el artículo y lo publicó. La que no tuvo tanta fortuna fue la verdadera autora de los resultados ya que a la ayudante en la sombra de Zacarías no se la mencionaba en el trabajo en ningún momento.

—Muchacho, esto sí que ha sido un excelente bautismo de fuego —dijo el director del departamento palmeando la espalda de Zacarías—. Vamos a seguir. Deberías valorar los factores genéticos y cómo influyen en la efectividad de los fármacos estudiados. Enfrenta dos modelos: ratones knout out frente a ratones C57BL/6. Espero noticias tuyas en breve.

Zacarías, que creía haber ya cumplido su misión en el departamento con la publicación en BMJ, salió del despacho del director con los ánimos por el suelo. Volvió al banco donde se encontró a su hada madrina por ver si se acercaba de nuevo, aunque al no ser fiel al trato puede que no quisiera ni verlo, eso en el mejor de los casos.

—No cumpliste tu palabra —dijo la chica apareciendo, otra vez, por sorpresa.

—¡Hola! Pensaba que no querrías verme. Tienes razón, no hice lo que me pediste, pero es que soy nuevo en el departamento y no sabía cómo justificar que apareciera el nombre de una desconocida. Además, creo que apunté mal tu apellido y no tenía manera de contactar contigo para que me confirmaras la grafía. ¿Te llamas Escalacarelay?

—María Espadacajuenquerelay.

—Espera, que lo apunto. La próxima vez te incluiré en el trabajo, lo prometo.

La chica pareció conforme. Tras averiguar la nueva tarea de su protegido se marchó sin decir una palabra más.

A los pocos días los resultados de los experimentos aparecieron en el correo de Zacarías. Tras enseñárselos al director decidieron enviarlos a una revista de mayor impacto que la anterior y el artículo fue aceptado y publicado. El nombre de la verdadera autora no aparecía en él.

Cinco artículos más sufrieron el mismo proceso, María se encargaba de obtener los resultados y Zacarías se llevaba el mérito publicando en revistas científicas de renombre. Era la admiración del departamento, máxime cuando nadie recordaba haberlo visto trabajar en el laboratorio, algo que él explicaba diciendo que era un hombre de costumbres nocturnas y que se ponía a la tarea por la noche. Como, por las mañanas, el laboratorio aparecía con muestras de haber sido utilizado (nadie sospechaba que quien visitaba el lugar por la noche era María) creyeron las razones del nuevo fichaje que tantas alegrías estaba proporcionando a todo el departamento.

—Bueno, chaval. Ya es hora de que escribas tu tesis —le dijo un día el director a Zacarías—, vas derechito al estrellato científico. En un mes espero que me envíes el borrador.

De nuevo, Zacarías recurrió a María. No sabía por qué, a pesar de su continuo incumplimiento del trato, ella seguía trabajando para él. Pero ya solo quedaba el último trámite: conseguir el doctorado.

—Yo te escribo la tesis. No temas. Pero esta vez el pago será distinto. Quiero que me pongas como tu directora.

Zacarías iba a protestar, si difícil era explicar la inclusión en un artículo de alguien a quien nadie conocía en el departamento, imposible sería justificar que la dirección de la tesis fuera a parar a una desconocida. Pero no le dijo nada, si había incumplido hasta ahora sus tratos, igualmente podía prometer lo que María le pedía para luego no hacer nada de lo prometido.

***

Hoy era el gran día. El tribunal dispuesto en su mesa esperaba el comienzo de la exposición del doctorando, el padre de Zacarías, mezclado entre el público asistía orgulloso al momento en que su retoño se convertiría en doctor, el más alto grado académico que se puede obtener, todo el departamento de Farmacología se distribuía por la sala para presenciar la defensa de la estrella de la facultad.

Mientras, Zacarías observaba desde su atril que la nueva directora de su tesis no apareciera, tal como le había prometido María. Había sido toda una hazaña conseguir convencer al profesor Liencres de la inclusión de María como tutora de la tesis.

—Es una profesora de la universidad de Guacayamba y me ha ayudado desde la distancia.

—¿Guacayamba? —preguntó escéptico el profesor

—Sí. Es un centro universitario ubicado en la selva, en Centroamérica. Se dedican a experimentar con monos y otros bichos que viven solo allí y que solo allí permiten las leyes experimentar con ellos.

El argumento era peregrino, pero el nivel de la publicaciones de Zacarías le permitía ciertas excentricidades por muy increíbles que fueran algunas y así se libró.

Ahora solo esperaba que María no hiciera acto de presencia, la lejanía de su supuesta ubicación y las malas comunicaciones de la selva con los territorios civilizados explicarían su ausencia.

Sin embargo, un mensaje en el móvil de Zacarías recibido a primera hora de la mañana hizo saltar las alarmas.

«Hay un error en mi apellido en la tesis. Está mal escrito.»

—¡Bah! Qué más dará, el nombrecito se las trae. Da lo mismo. Nadie se va a dar cuenta —se dijo sin darle demasiada importancia.

Salió al estrado y se dispuso a defender su tesis. Al dar al ordenador, la presentación que tan primorosamente le había preparado María no se cargó porque donde debería estar el power point la carpeta decía estar vacía.

—Disculpe el tribunal por este fallo informático —se excusó Zacarías con un hilo de voz. Aquello tenía mala pinta.

Sacó del bolsillo de su chaqueta un pen donde tenía una copia del fichero «por si acaso». Ahí sí estaba el power point y, aliviado, lo cargó en el proyector de la sala. Cuando le dio a iniciar en lugar de aparecer la portada de su flamante tesis salió la foto de una piara de cerdos donde las cabezas habían sido sustituidas por la cara de él mismo. Todos los presentes comenzaron a reír, salvo el tribunal al que aquello le pareció una broma fuera de lugar.

Zacarías, histérico comenzó a darle al avance de la presentación donde, a cada diapositiva que aparecía se sumaban más fotos de cerdos. Eran 77 diapositivas, aquello debería finalizar. En la última, en lugar de cerdos aparecía el siguiente mensaje:

Espadacajuenquerelay, Espadacajuenquerelay, Espadacajuenquerelay y el gruñido de un cerdo.




10 de mayo de 2024

Cenicienta de extrarradio

 

Este relato corresponde a una premisa del taller del colectivo Bremen del que formo parte. Se trata de versionar los cuentos de los hermanos Grimm. Espero que esta nueva Cenicienta no haga salir corriendo a más de uno.

 

Érase una vez un padre y una hija muy pobres, muy pobres. El hombre, a la tristeza de perder a su mujer cuando esta se largó con un fornido repartidor de bombonas de butano, hubo de añadir otra pérdida, la de su puesto de trabajo como peón de albañil cuando la burbuja del ladrillo explotó. Sin un sueldo no podía afrontar los pagos del alquiler de la infravivienda en la que vivía con su hija de catorce años y que el ayuntamiento había entregado a un fondo buitre.

Abandonado, en el paro y sin un euro, el padre se vio contra las cuerdas. En esta situación tan estrecha se hallaba cuando recibió un email de un hermano que unos años atrás había emigrado a México. El mensaje, además de enumerarle todas las bondades de su nuevo país de adopción, terminaba con un animoso «Ándale y vente a México, güey».

Con la venta de sus exiguas posesiones (un viejo coche y unos pocos electrodomésticos) el padre y la hija consiguieron dos billetes con destino a México D.F. Y allí arribaron. No tardaron en asentarse, el padre era de natural espabilado y, aunque pobre, era guapo. La buena planta para sus 55 años encandiló a una rica terrateniente ya viuda pero necesitada de compañía varonil, especialmente si esta tenía la facha del español.

En la mansión de estilo colonial se aposentaron los recién llegados. Durante unos meses todo pareció ir sobre ruedas. La rica hacendada era melosa y complaciente; de su anterior matrimonio tenía dos hijas bellísimas cuya belleza resaltaba aún más cuando estaban junto a la niña venida de España, porque toda la guapura que poseía el padre lo tenía de fea su hija: los ojos eran oscuros, sin brillo, como el pelo que siempre aparecía grasiento y sin gracia, de un color gris ceniza que originó el apelativo de Cenicienta y que vino a sustituir su verdadero nombre, Susana.

La niña, además de poco agraciada, era contestona y maleducada. En lugar de aprender piano y recitar poesías, como hacían sus bellas hermanastras, ella se dedicaba a haraganear todo el día.

Pero la idílica existencia vino a enturbiarse un día en que el padre se partió la crisma al saltar del trampolín en la piscina de la hacienda. Un hombre atractivo pero torpe con las acrobacias acuáticas.

La desconsolada viuda se quedó por segunda vez sin marido. Su natural alegre tornó triste, sobre todo al constatar que perdía al guapo y se quedaba con la fea, su hija. Intentó que la huérfana española se fuera a vivir con el hermano del fallecido, afincado igualmente en México y con más derecho natural a hacerse cargo de la fea adolescente. Pero el tío paterno, conocedor de las malas maneras de su sobrina, hizo oídos sordos a las insinuaciones de su breve cuñada y esta decidió otra táctica: hacer la vida imposible a la niña para que tomara la decisión de irse de allí, a España o a Tombuctú, a la viuda le daba igual siempre y cuando el lugar estuviera fuera de su casa.

La madrastra asignó a Cenicienta las tareas más ingratas del hogar.

¾¿Se pué saber por qué tengo que hacerlo yo? ¾replicó la recién estrenada huérfana cuando se enteró de sus nuevos quehaceres tan alejados del zanganeo habitual en ella¾. ¿Para qué están tós los criados?

¾Bueno… ejem… Pues, resultó que hemos perdido los caudales que nos sustentaban y hemos tenido que despedirlos, no más ¾contestó la madrastra incómoda pues su fina educación no casaba con mentir.

Cenicienta aceptó la explicación encogiéndose de hombros. Se dispuso a obedecer... a su manera.

La nueva criada se reveló como un auténtico desastre. La madrastra no sabía si la poca pericia de la cría era el resultado de una ineptitud innata para las tareas domésticas o la consecuencia de la mala leche de la que hacía alarde no más.

Las camas aparecían con las mantas y las sábanas arrugadas, no siempre en el orden correcto; los baños, después de que Cenicienta se encargara de ellos, se mostraban más sucios de lo que estaban antes de ponerse a limpiarlos; las alfombras acumulaban el polvo por encima resultado del diario uso, pero también por debajo pues ahí iban a parar los desperdicios que acumulaba cuando se dedicaba a barrer.

Pero lo peor era cuando Cenicienta entraba en la cocina. En pocos días, tras degustar los guisos de la fea adolescente, la madrastra y sus bellas hijas recurrieron al servicio a domicilio de un restaurante cercano para que les trajeran la comida, de lo contrario se arriesgaban a morir intoxicadas con los potajes que la española preparaba.

Al principio, se molestaban en recriminar el proceder de su nueva criada, mas pronto abandonaron la idea por inútil.

¾Cenicienta, linda, ¿serías tan amable de no dejar mi foulard de cachemir en el suelo? Es mejor que lo guardes en un cajón, en cualquier caso, nunca lo deposites en el lavabo con el grifo abierto.

¾Ponlo tú donde te salga de las narices y deja de dar la tabarra ¾contestaba Cenicienta a sus hermanastras cuando estas se atrevían a hacerle algún reproche.

¾Cenicienta, mi niña, ¿puedes traerme un vaso de agua? Hace mucho calor y ando sofocada.

¾Vete tú al grifo, tía petarda.

¾Pero, rechula, no seas malhablada, tu papito desde el cielo estará disgustado por tu comportamiento.

¾Sí, va a estar ese fisgando por un abujero lo que hago, no te amuela. Anda y que te den.

La vida era un infierno en la hacienda, hasta que un día un anuncio en los ecos de sociedad del periódico local vino a iluminar la oscura existencia de la hacendada y sus dos bellas hijas.

«Don Rigoberto Mendoza de Liencres y Santurce tiene el honor de presentar a su hijo, don Nicolás Mendoza de Olid y Zárate, en la recepción que dará en su palacio de la finca Santa Hortensia, donde se dispondrá a elegir esposa. El rico terrateniente y heredero de extensos cafetales desea fundar una familia y busca una bella mujer con la que compartir tan loable proyecto.»

Nada más leer la noticia, la madrastra de Cenicienta se puso manos a la obra.

¾Esta puede ser nuestra oportunidad de deshacernos de esa malencarada. Hemos de conseguir que el hijo de don Rigoberto la elija y se la lleve lejos de aquí.

 ¾Pero, mamacita querida, ¿no leyó bien la nota? Aquí pone que busca una bella esposa. Cenicienta es requetefea. Si se la ve callada todavía tiene un pase, pero en cuanto abre la boca… su fealdad es casi una anécdota no más.

¾¡Órale! Dejadme a mí.

Para no levantar sospechas, la hacendada dispuso que sus dos hijas asistieran a la recepción del rico terrateniente y su necesitado heredero. Las bellas criollas deberían arropar a Cenicienta al tiempo que vigilarían que la barriobajera de su hermanastra no generara ningún conflicto de cualquier tipo.

¾Deberíamos acudir con una rica carroza ¾arguyó la mayor de las bellas hermanas¾. Pero nuestra calesa está estropeada desde que Cenicienta lavó la tapicería con lejía y aguarrás.

¾Podemos pedirle prestado el coche de caballos a nuestro vecino don Raúl Santaolalla y Cifuentes ¾añadió la más pequeña de las beldades.

¾Mejor recurrir a vuestra madrina Rosana ¾replicó la madre de ambas.

¾¿La santera que vive en la gruta del río Papanumba? Ay, mamacita, no me gusta esa mujer. No sé cómo usted se avino a que nos amadrinara semejante personaje. Dicen las comadres que practica vudú y que tiene tratos carnales con el demonio ¾dijo la menor de las hermanas al tiempo que se persignaba¾. Virgen de Guadalupe, protégenos.

¾Ya, pero es buena consiguiendo imposibles ¾insistió la madre¾, e imposible es que alguien quiera fundar una familia con Cenicienta. Si la negra Rosana no lo logra, tendremos que chingarnos y aguantar a vuestra hermanastra por los siglos de los siglos.

¾Amén ¾contestaron a coro las dos retoñas.

El día de la fiesta en la hacienda Santa Hortensia el lujo y la ostentación se habían reunido para conocer al primogénito de los Mendoza de Liencres y Santurce de Olid y Zárate y, de paso, averiguar quién sería la elegida como futura integrante de la familia cafetera.

Multitud de carruajes competían en dorados, brillos y resplandores, pero, de todos ellos, el más llamativo fue el de las hermanastras de Cenicienta. Dos lacayos ricamente vestidos gobernaban el coche. Nadie hubiera imaginado que el carruaje y los cocheros eran el resultado de una tarde de magia en la cueva de la negra Rosana. Mediante conjuros y rezos de candomblé, la santera había convertido dos guacamayos en los vistosos criados y una pieza de aguacate en una lujosa carroza. En su interior, las dos bellas hermanas competían entre sí en primor y dulzura flanqueando a Cenicienta que, con ceño fruncido, iba enfurruñada.

¾No sé qué pinto yo en un sarao d’estos, la verdá. Tié pinta de ser un rollo patatero, tanto señorito empingorotado me va a hartar. Hay que fastidiarse, menudo marrón me habéis endiñao.

¾Cenicienta, mi linda, ya verás cómo te entretienes y la fiesta te resulta amena y productiva ¾intentó calmarla una de sus hermanastras.

Al evento acudieron numerosas señoritas deseosas de emparejar con una familia tan señorial y adinerada, pero también porque el pretendiente era guapo a rabiar. El joven, además de guapo estaba enamorado de todo lo europeo desde que, durante cinco años, recorrió Europa; volvió subyugado por la historia y el arte del viejo continente y al regresar a México éste le pareció pueblerino y chabacano.

Fue esta la razón de que entre tanta beldad dulce y zalamera solo le atrajera Cenicienta, malhablada, fea, desabrida, pero… europea. Además, de España, algo que le daba un plus de valor pues el lenguaje común que compartían le hacía la comunicación más fácil ya que al pretendiente guapo, adinerado y enamorado de Europa no se le daban bien los idiomas.

Durante toda la noche el heredero intentó bailar con Cenicienta mientras que esta se dedicó a escaquearse con cualquier pretexto. Además, los zapatos la estaban matando y el corsé no la dejaba respirar. Agazapada detrás de un matorral y liándose un canuto la pilló el zangolotino.

¾Bella dama, ardo en deseos de bailar con usted para abrazar su fina cintura y moverme al compás de sus delicados pies.

Cenicienta miró a un lado y a otro pensando que el guapo mozo se estaba dirigiendo a alguien que, a la luz de sus palabras, no era ella: en ese momento, y tras conseguir desabrocharse el corsé, la fina cintura a la que aludía su pretendiente era una tripa abultada por los gases de los frijoles del almuerzo, y los delicados pies, fuera de los zapatos que los comprimían, se presentaban hinchados y con unos dedos del grosor de salchichas.

¾¿Me estás hablando a mí, prenda?

Ante el gesto afirmativo del galán, Cenicienta se echó a reír a carcajadas que levantaron el vuelo de unos graciosos pajarillos a los que no les hizo ninguna gracia el estridente ruido.

¾Mira, chaval, yo a las doce me piro que he quedao con unos colegas para hacer botellón. A mí el champán y los canapés no me molan, prefiero el tequila y unos tacos con guacamole.

Semejante respuesta no amilanó al pretendido pretendiente, al contrario, le incitó a cortejarla más pues en sus maneras bruscas reconoció el hablar tan directo de los nacidos en España, o sea, Europa. Sin embargo, en un despiste del guapo heredero, Cenicienta se marchó de la fiesta. Desconsolado, el hacendado solo pudo recoger como recuerdo de su presencia uno de los zapatos que la niña malencarada se había dejado.

Para recuperar a su amor perdido (el pazguato era guapo, enamorado de Europa y un repipi en temas amorosos) puso un anuncio en el periódico local con la foto del zapato y reclamando a su dueña que, en cuanto apareciera, sería la futura señora de Mendoza de Olid y Zárate.

¾¡Mamacita, este es el zapato de Cenicienta! ¾gritó una de las bellas hermanas cuando leyó el periódico.

¾¡No mames! ¿De verdad? ¾exclamó la madre arrebatando el diario a su hija¾. Hay que llevar a vuestra hermanastra, aunque sea a rastras.

En la interminable fila que se formó delante del estrado donde se había expuesto el zapato para que se lo probaran las aspirantes a ser la futura señora Mendoza de Olid y Zárate, Cenicienta protestaba airadamente.

¾¡¿Pero qué hago yo aquí?!

¾Don Nicolás quiere hablar con la poseedora del calzado que te dejaste, Cenicienta ¾contestó la madrastra entusiasmada comprobando que a ninguna de las muchachas que iban delante de ellas les calzaba bien el zapato: a todas les venía grande esa talla 42.

Cuando le llegó el turno a la española, el zapato se adaptó a su pie, aunque tuvo que emplear algo de fuerza. Desde luego grande no le venía.

¾¡Aquí está! ¾gritó triunfal uno de los numerosos secretarios que trabajaban para los Mendoza en el cafetal y al que tan insólito cometido le tenía descolocado. No entendía muy bien dónde radicaba la virtud de encontrar a alguien con los pies tan grandes.

De una habitación aledaña salió el joven enamorado de Europa y, ahora, también de Cenicienta; arrobado se le acercó.

¾¡Que alegría proporciona a mi corazón el haberte encontrado, amor mío!

Cenicienta miró a su alrededor y cuando comprobó que era ella el objeto de las palabras de ese moñas se rio a voces.

¾Mira que eres pringao. Por aquí sois mogollón de cursis, pero lo tuyo es de traca, bro. No me voy contigo ni harta de vino.

¾Vino no te faltará a mi lado, los mejores caldos adornan mis bodegas. Tampoco te ha de faltar cualquier vianda que desees: caviar, delicatessen de todo tipo. Lo que quieras tendrás. Vivirás como una princesa.

Cuando Cenicienta oyó lo de «princesa» se llevó una mano a la barbilla, un gesto que realizaba cuando quería pensar, algo que hacía muy de tarde en tarde y que le suponía un gran esfuerzo.

¾Eso de ser princesa… podría molar. Esas no hacen nada, ¿no?

¾Bordan, leen, pasean por los jardines...

¾O sea… no hacen nada. Pues va a ser que sí que me voy a ir contigo, colega.

¾¡Qué bien! ¾aplaudió el rico heredero¾. Viviremos felices y comeremos perdices.

¾De perdices nada, tron ¾contestó Cenicienta¾. Marisco y churrasco. Que se note ese poderío.

 


Hada verde:Cursores
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