1 de septiembre de 2026

Al cobijo de una rana

 


La tormenta primaveral era antológica, como lo suelen ser todas en Madrid. Se desató con toda la furia de los elementos sorprendiendo a los transeúntes desprevenidos y sin paraguas; al menos eso es lo que le había pasado a Micaela. En mitad del Paseo de Recoletos la pilló el aguacero; los goterones iniciales (grandes como monedas de cincuenta céntimos) que anunciaban el apocalipsis en forma de lluvia ya la hicieron correr por el bulevar en busca de refugio. La marquesina de una parada de autobús fue su primera elección, lamentablemente también fue el lugar elegido por muchos otros de sus conciudadanos sin paraguas y el lugar estaba abarrotado de gente, siguió corriendo cuando ya las gotas del principio se habían convertido en una cortina de agua, los pocos portales que permanecían abiertos a pesar del temporal también se hallaban ocupados por paseantes resguardados de la lluvia.

Desesperada y calada hasta los huesos se resignó a su suerte y a pillar un resfriado que, a buen seguro, la tendría con fiebre unos cuantos días. Sin embargo, y en medio de la acera, vio una estructura metálica, parecía la figura de un animal. Sin pensárselo se dirigió allí porque aquella cosa tenía cuatro patas y debajo había lugar para cobijarse.

Medianamente a salvo del aguacero comprobó que «esa cosa» que la cobijaba era una rana. «¿Qué o a quién se homenajea erigiendo un monumento a una rana?» se preguntó Micaela escurriendo el fino abrigo de paño empapado. En una placa situada a los pies de la rana de metal se podía leer: «Rana de la Fortuna». Al levantar la vista se dio cuenta de que aquello se encontraba enfrente de un casino y entonces le cuadró el lugar y el motivo de tan insólito elemento urbano.

Fortuna le pareció a Micaela encontrarla para poder huir del aguacero, aunque puestos a pedir suerte hubiera sido mejor que no hubiera llovido nada.

Con superstición tocó la panza metálica del bicho (llena de símbolos). No necesitaba suerte en el juego (suponiendo que ese era el motivo dada la ubicación) porque no era aficionada a apostar, ni siquiera compraba lotería. Su única relación con el juego había sido las partidas de mus en la universidad y de tute con su abuelo. Si había tocado la rana era porque andaba muy necesitada de buena estrella ya que últimamente su vida era un desastre.

Tras cinco años como becaria en un bufete de medio pelo, había conseguido llegar a pasante, pero su precario puesto se tambaleó ante la llegada de una nueva compañera que, con su presencia y don de gentes, había encandilado a todo el personal (incluida, por desgracia, a la directiva) relegando a Micaela a las funciones de becaria y en su nivel más bajo, es decir, a llevar cafés para los demás. Cuando Starbucks instaló una máquina con siete variedades de café e infusiones, su misión en el despacho perdió sentido y la pusieron de patitas en la calle con un paupérrimo finiquito en las manos.

Mientras se lamentaba de su negra suerte se fijó que, en el edificio del otro lado del paseo, la Biblioteca Nacional, había un gran cartel anunciando una exposición. El título, «Homo homini lupus» era llamativo, e ininteligible para Micaela que no tenía ni idea de latín, pero en letra más pequeña, y gracias a su buena vista, pudo leer la traducción debajo en el mismo cartel: el hombre es un lobo para el hombre.

Con ese título supuso que la exposición trataría sobre la caza de los lobos (o algo parecido), pero no le cuadraba que ese tema se expusiera en la Biblioteca Nacional, sería más propio el Museo de Ciencias Naturales. Intrigada buscó en internet con su móvil.

Parece ser que la frase era de un filósofo llamado Thomas Hobbes «¡Qué curioso! Me pega más que lo hubiera dicho Félix Rodríguez de la Fuente» se dijo Micaela con una sonrisa recordando el visionado de unos documentales de la 2 que se llamaban «El Hombre y la Tierra» y que le fascinaban a su abuelo.

«La expresión se utiliza para describir la crueldad, egoísmo y desconfianza que los seres humanos pueden mostrar entre sí», siguió leyendo en internet. Levantando la vista de la pantalla del móvil, Micaela reflexionó sobre ello.

Tras su experiencia laboral con un final tan desastroso se dijo que era verdad. Ese despacho de abogados era una manada de lobos: se habían comportado con ella de manera cruel y egoísta. Después de tantos cafés repartidos, de saberse de memoria los gustos de todo el personal (Marina, la de derecho familiar, quiere el café solo y sin endulzar; Javier, el de facturación, cortado y con sacarina; Manuel, el conserje, doble y con dos sobres de azúcar…). Ella creía que les caía bien, pero nadie movió un dedo en señal de protesta cuando decidieron despedirla, ni un abrazo de consuelo recibió. Tan solo Asunción, la mujer de la limpieza, se limitó a lanzarle una tímida sonrisa de conmiseración cuando salió por la puerta del bufete. ¡Qué desgraciados!

Aunque la peor había sido Lorena, la nueva, la que, con sus risitas, sus faldas cortas y sus generosos escotes que mostraban un busto igualmente generoso, se los había metido a todos en el bolsillo, especialmente a los hombres y a Anabel, la recepcionista, lesbiana declarada que había salido del armario en los años noventa.

Nada más llegar, Lorena se hizo con la cartera de un nuevo cliente (un concejal al que le habían pillado con las manos en el culo de su secretaria) ya que su máster sobre acoso laboral en la Universidad de Oxford la acreditaban para gestionar la denuncia. También tenía otro máster sobre derechos del colectivo LGTBI lo que la catapultó a colaborar en la gestión de varias cuentas de empresas que estaban decidiendo si poner un tercer retrete en sus instalaciones para los transgénero.

Micaela el único título que poseía tras terminar la carrera era un curso de fotografía en blanco y negro realizado en un taller del ayuntamiento en el Centro Cultural de su barrio. Además, usaba una talla de sujetador 70 A.

La manada de lobos (sus compañeros) había atacado a la oveja (ella) y la habían devorado cruelmente, con saña y alevosía, para luego tomarse un café y ayudar a la digestión.

Micaela también sabía que la manada necesita de un líder (esto lo aprendió viendo los documentales de Rodríguez de la Fuente con su abuelo), un lobo alfa que los guiaba y decidía qué presa atacar. En este caso había sido Lorena, la nueva, la pechotes como la llamaba Manuel.

Esa era la responsable, sin ningún género de dudas. La loba alfa

Micaela miró hacia el encapotado cielo y pensó: «No, no es una loba. ¡Es una zorra!»




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Hada verde:Cursores
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