La tormenta
primaveral era antológica, como lo suelen ser todas en Madrid. Se desató con
toda la furia de los elementos sorprendiendo a los transeúntes desprevenidos y
sin paraguas; al menos eso es lo que le había pasado a Micaela. En mitad del
Paseo de Recoletos la pilló el aguacero; los goterones iniciales (grandes como
monedas de cincuenta céntimos) que anunciaban el apocalipsis en forma de lluvia
ya la hicieron correr por el bulevar en busca de refugio. La marquesina de una
parada de autobús fue su primera elección, lamentablemente también fue el lugar
elegido por muchos otros de sus conciudadanos sin paraguas y el lugar estaba abarrotado
de gente, siguió corriendo cuando ya las gotas del principio se habían
convertido en una cortina de agua, los pocos portales que permanecían abiertos a
pesar del temporal también se hallaban ocupados por paseantes resguardados de
la lluvia.
Desesperada y calada hasta los huesos se resignó a su suerte y a pillar un
resfriado que, a buen seguro, la tendría con fiebre unos cuantos días. Sin
embargo, y en medio de la acera, vio una estructura metálica, parecía la figura
de un animal. Sin pensárselo se dirigió allí porque aquella cosa tenía cuatro
patas y debajo había lugar para cobijarse.
Medianamente a salvo del aguacero comprobó que «esa cosa» que la
cobijaba era una rana. «¿Qué o a quién se homenajea erigiendo un monumento a
una rana?» se preguntó Micaela escurriendo el fino abrigo de paño empapado. En
una placa situada a los pies de la rana de metal se podía leer: «Rana de la
Fortuna». Al levantar la vista se dio cuenta de que aquello se encontraba
enfrente de un casino y entonces le cuadró el lugar y el motivo de tan insólito
elemento urbano.
Fortuna le pareció a Micaela encontrarla para poder huir del aguacero,
aunque puestos a pedir suerte hubiera sido mejor que no hubiera llovido nada.
Con superstición tocó la panza metálica del bicho (llena de símbolos). No
necesitaba suerte en el juego (suponiendo que ese era el motivo dada la
ubicación) porque no era aficionada a apostar, ni siquiera compraba lotería. Su
única relación con el juego había sido las partidas de mus en la universidad y
de tute con su abuelo. Si había tocado la rana era porque andaba muy necesitada
de buena estrella ya que últimamente su vida era un desastre.
Tras cinco años como becaria en un bufete de medio pelo, había
conseguido llegar a pasante, pero su precario puesto se tambaleó ante la
llegada de una nueva compañera que, con su presencia y don de gentes, había
encandilado a todo el personal (incluida, por desgracia, a la directiva)
relegando a Micaela a las funciones de becaria y en su nivel más bajo, es
decir, a llevar cafés para los demás. Cuando Starbucks instaló una máquina con
siete variedades de café e infusiones, su misión en el despacho perdió sentido
y la pusieron de patitas en la calle con un paupérrimo finiquito en las manos.
Mientras se lamentaba de su negra suerte se fijó que, en el edificio del
otro lado del paseo, la Biblioteca Nacional, había un gran cartel anunciando
una exposición. El título, «Homo homini lupus» era llamativo, e ininteligible
para Micaela que no tenía ni idea de latín, pero en letra más pequeña, y
gracias a su buena vista, pudo leer la traducción debajo en el mismo cartel: el
hombre es un lobo para el hombre.
Con ese título supuso que la exposición trataría sobre la caza de los
lobos (o algo parecido), pero no le cuadraba que ese tema se expusiera en la
Biblioteca Nacional, sería más propio el Museo de Ciencias Naturales. Intrigada
buscó en internet con su móvil.
Parece ser que la frase era de un filósofo llamado
Thomas Hobbes «¡Qué curioso! Me pega más que lo hubiera dicho Félix Rodríguez
de la Fuente» se dijo Micaela con una sonrisa recordando el visionado de unos
documentales de la 2 que se llamaban «El Hombre y la Tierra» y que le
fascinaban a su abuelo.
«La expresión se utiliza para describir la crueldad,
egoísmo y desconfianza que los seres humanos pueden mostrar entre sí», siguió
leyendo en internet. Levantando la vista de la pantalla del móvil, Micaela
reflexionó sobre ello.
Tras su experiencia laboral con un final tan
desastroso se dijo que era verdad. Ese despacho de abogados era una manada de
lobos: se habían comportado con ella de manera cruel y egoísta. Después de
tantos cafés repartidos, de saberse de memoria los gustos de todo el personal (Marina,
la de derecho familiar, quiere el café solo y sin endulzar; Javier, el de
facturación, cortado y con sacarina; Manuel, el conserje, doble y con dos
sobres de azúcar…). Ella creía que les caía bien, pero nadie movió un dedo en señal
de protesta cuando decidieron despedirla, ni un abrazo de consuelo recibió. Tan
solo Asunción, la mujer de la limpieza, se limitó a lanzarle una tímida sonrisa
de conmiseración cuando salió por la puerta del bufete. ¡Qué desgraciados!
Aunque la peor había sido Lorena, la nueva, la que,
con sus risitas, sus faldas cortas y sus generosos escotes que mostraban un
busto igualmente generoso, se los había metido a todos en el bolsillo,
especialmente a los hombres y a Anabel, la recepcionista, lesbiana declarada que
había salido del armario en los años noventa.
Nada más llegar, Lorena se hizo con la cartera de un
nuevo cliente (un concejal al que le habían pillado con las manos en el culo de
su secretaria) ya que su máster sobre acoso laboral en la Universidad de Oxford
la acreditaban para gestionar la denuncia. También tenía otro máster sobre
derechos del colectivo LGTBI lo que la catapultó a colaborar en la gestión de
varias cuentas de empresas que estaban decidiendo si poner un tercer retrete en
sus instalaciones para los transgénero.
Micaela el único título que poseía tras terminar la
carrera era un curso de fotografía en blanco y negro realizado en un taller del
ayuntamiento en el Centro Cultural de su barrio. Además, usaba una talla de
sujetador 70 A.
La manada de lobos (sus compañeros) había atacado a
la oveja (ella) y la habían devorado cruelmente, con saña y alevosía, para
luego tomarse un café y ayudar a la digestión.
Micaela también sabía que la manada necesita de un
líder (esto lo aprendió viendo los documentales de Rodríguez de la Fuente con
su abuelo), un lobo alfa que los guiaba y decidía qué presa atacar. En este
caso había sido Lorena, la nueva, la pechotes como la llamaba Manuel.
Esa era la responsable, sin ningún género de dudas.
La loba alfa
Micaela miró hacia el encapotado cielo y pensó: «No,
no es una loba. ¡Es una zorra!»

