30 de abril de 2020

Diario de un confinamiento (IV)


DÍA 27 (8/04/2020)
Harta de llamar la atención por no llevar mascarilla al ir al súper he decidido hacer la compra online. Aprovechando que me lo traen a casa he cargado el carrito de la compra a base de bien. Creo que tendré que almacenar en el rellano de la escalera todo lo que he pedido porque en mi cocina no va a caber todo.
He pedido a lo grande: cincuenta cajas de leche, veinte paquetes de macarrones, diez kilos de harina, cinco docenas de huevos, paquetes de café como para permanecer insomne los próximos diez meses, garbanzos para hacer cocido que alimente a todo un cuartel y, lo más importante, treinta paquetes de 24 rollos de papel higiénico; esto último, en realidad, no me hace falta, lo he pedido por joder. He visto que la web del hípermercado tenía a la venta mascarillas, así que también he añadido diez cajas de cincuenta unidades.
Cuando he terminado me han comunicado que el pedido me lo traerán diligentemente el próximo día 25 de junio, salvo uno de los productos: las mascarillas, esas me las enviarán el 30 de noviembre del 2024.
He validado el encargo igualmente porque no me fío del gobierno y los políticos, creo que le han cogido el gusto a tenernos confinados y ellos se encuentran muy bien sin manifestaciones de protesta ni oposiciones molestas populares.
He pensado ponerme a dieta para aguantar con lo que nos queda de comida hasta el 25 de junio que llegará el pedido, pero creo que no será suficiente. Mañana bajaré al súper del barrio a por más comida y que sea lo que Dios quiera.

DÍA 28 (9/04/2020)
Desde el Ministerio de Sanidad nos recomiendan usar mascarilla para no contagiar al prójimo, además dicen que los que no tenemos ningún síntoma somos los realmente peligrosos. Como no tengo mascarillas, ahora, cada vez que salgo a la calle, me siento como un asesino en serie.
Hoy tenía que ir al súper del barrio para poder comer hasta que me llegue el pedido de internet. He querido ser responsable y he buscado algo para taparme la nariz y la boca. La mascarilla que me hice con la botella de la leche sigue sin convencerme, así que me he colocado un pasamontaña y ahora parezco un terrorista de Isis. Me he puesto gamberra y he salido a la calle con el cuchillo jamonero en la mano para echarme unas risas asustando al personal y para que se olviden del virus por un rato.
En la calle no me he topado con nadie a quien gastarle la broma. Con quien sí me he topado ha sido con un coche de la policía municipal que se ha parado a mi lado, he guardado el cuchillo en la bolsa de la compra y he empezado a sudar. Uno de los policías me ha preguntado si me encontraba bien, le he dicho que sí, que estaba sudando porque el pasamontaña me daba calor; ha colado. Los dos patrulleros me han deseado buenos días y se han ido.
En el súper, y después de dejar el cuchillo en casa para evitar más encontronazos embarazosos, he visto a varios clientes llevar mascarillas fp2, las guays, las que protegen a quienes las llevan; me he imaginado que tenían cáncer de pulmón y por eso las usaban ellos en lugar del personal sanitario, de lo contrario me hubiera gustado tener el cuchillo jamonero para hacer justicia.
Como el pasamontaña me estaba sofocando me he puesto a tomar el fresco en la sección de congelados. Una señora se ha apiadado de mí y me ha regalado dos mascarillas de tela que ha sacado de su bolso y que había confeccionado ella misma. Esa buena samaritana me ha quitado el mal humor de ver mascarillas de alta protección en gente que no las merece.
Mañana, cuando baje a tirar la basura, podré estrenar la mascarilla de tela que me han regalado, con ella no parezco ni un pokemon, ni un terrorista: solo una víctima de la cuarentena que está aguantando como puede lo que se nos ha venido encima.

DÍA 33 (14 de abril)
Se empieza a hablar de ir dejando el confinamiento poco a poco. No me he enterado muy bien de qué va eso porque en cuanto he oído que este encierro se iba a poder acabar me han entrado palpitaciones y he empezado a hiperventilar.
Según algunos periodistas posiblemente dejen salir antes a los que tienen niños en casa. Primero fueron los que tenían perro, ahora son los que tienen niños. Está bien, porque yo perro no tengo, pero niña sí. Tiene 22 años, pero creo que puedo hacer algo para disimular la edad y ya estoy en ello porque no quiero que me pille desprevenida la posible orden gubernamental.
Entre las actividades para hacer parecer a mi hija más pequeña estoy pensando en ponerle dos coletitas con lazos. También le voy a tunear la ropa para hacerla más infantil. He pintado unos dibujos de unicornios y se los he pegado a las deportivas blancas (los dibujos me han salido tan mal que pueden pasar por la obra de una cría de cuatro años, así que me ha venido bien ser tan torpe dibujando). He recuperado un cuadro que le hice a punto de cruz de las princesas Disney y se lo he cosido a una sudadera, aunque me ha dado un poco de cosa porque he tenido que cargarme el marco que me costó una pasta, pero todo sea por salir de casa, la libertad tiene un precio, concretamente 60 euros.
Cuando le he enseñado la ropa a mi hija me ha dicho que no se pone eso ni de coña, que si me he vuelto loca. He intentado convencerla, pero se ha cerrado en banda. Que no, que no y que no. Como aún quedan unos días para entrar en esa fase de desconfinamiento parcial creo que podré hacerla cambiar de opinión.
Mientras espero, tengo que pensar mejor algunos puntos flacos de mi plan, lo de vestirla como una niña creo que puede colar. Lo que no sé es cómo hacer pasar por una cría pequeña a alguien que mide 1,70 metros de estatura, ahí tengo un problema, lo reconozco, porque la nena ha crecido bastante. De todas formas, no pierdo la esperanza, algo se me ocurrirá.

Continuará…


24 de abril de 2020

Diario de un confinamiento (III)


DÍA 20 (1/06/2020)
Me he apuntado en un canal de YouTube para hacer ejercicio. Una monitora de pilates se ofrece a dar sesiones gratuitas desde su domicilio y he aprovechado la ocasión. La iniciativa se llama “El gimnasio en casa”. No sé a qué casa se refiere, debe de ser la suya, desde luego en la mía no se puede tener un gimnasio. Al hacer los giros de cintura con los brazos extendidos me he cargado una figurita de cristal recuerdo del viaje a Venecia y he sobado la pantalla de la televisión. Mañana haré este ejercicio con el trapo del polvo y aprovecho el rozamiento. 
Como ni siquiera tengo sitio para la pelota de pilates, he usado una de tenis, pero no es lo mismo. Cuando he hecho el ejercicio número cuatro que consiste en apoyar la espalda sobre la pelota y rodar sobre ella creo que me he provocado dos hernias discales.


DÍA 24 (5/04/2020)
Conocer las cifras de contagiados y de fallecidos por el coronavirus me está sentando fatal, pero poner nombre y cara a las víctimas es aún peor. Hoy me he enterado del contagio de celebridades por todo el mundo y me he agobiado mucho más. Se han infectado Bolsonaro, el príncipe Carlos de Inglaterra, el tigre del zoo de Nueva York y Boris Johnson. No he podido evitar emocionarme y hasta me he puesto a llorar. ¡Pobre tigre!
Parece ser que los felinos también son vulnerables al Covid-19, al tigre neoyorquino se lo pegó su cuidador, así que los humanos podemos infectar a otras especies. Lo de que los felinos nos lo puedan a pasar a nosotros dicen que no está claro. No pienso arriesgarme; he cogido los peluches de los aristogatos que tiene mi hija guardados en un arcón y los he metido en lejía.
Las gatas blancas se han quedado más o menos igual, los gatos han perdido el color, creo que con ellos he llegado tarde y debían de estar ya infectados. O puede que haya sido la lejía que se ha llevado el tinte. Les daré los datos a los chinos y que ellos los evalúen.

DÍA 26 (7/04/2020)
Hoy he utilizado Skype para hablar con la familia. Quedamos antes por wasap para ver qué hora nos venía bien a todos, ha sido complicado, algunos tenían que bajar la basura, otros pasear al perro siete veces y la mayoría había ya quedado para ver teatro, asistir a un club de lectura online o simplemente tenían que dormir. Al final hemos encontrado un hueco y nos hemos conectado.
Éramos doce: tres primos de La Coruña, dos tías de Bilbao, cuatro primos segundos de Asturias, una prima de Getafe y una señora rubia con gafas que no conocía pero que resultó ser una prima de San Sebastián de la que no tenía noticias desde hacía más de diez años.
La calidad de la conexión no era muy buena, además había retardo entre el audio y la imagen por lo que cuando yo veía a mi primo Pepe mover los labios, lo que se oía era la voz de mi prima Manoli. Encima, nos hemos puesto a hablar todos a la vez. 
Me han llegado informaciones confusas: al tío Anselmo de 97 años le van a hacer un ERTE, la hija de 10 años de mi prima Celia se jubila dentro de tres meses y el perro de mi tía Rosa se está sacando el carnet de conducir.
Cuando hemos desconectado me he quedado con la sensación de que no conozco bien a mi familia. Tengo que arreglar eso, a ver si repetimos estas quedadas virtuales y me pongo al día.


Continuará…




19 de abril de 2020

Diario de un confinamiento (II)


DÍA 12 (24/03/2020)
He ido al súper de al lado de casa porque necesito el papel higiénico ya; quise comprarlo en el mercado negro, pero ahí tampoco había. Como no tengo mascarillas, he seguido un tutorial que me mandaron por wasap y me hice una con la parte de arriba de una botella de leche, poniendo en el tapón un trozo de gasa. Con ella puesta estoy a medio camino entre un minion y un pokemon. Entonces he pensado en ponerme un pañuelo anudado a la cara, pero me ha dado miedo que me tomaran por un atracador. He preferido salir a pelo para no llamar la atención.
Cuando he llegado al súper, todo el mundo llevaba mascarilla menos yo, así que todos se me han quedado mirando. Debería haberme puesto la mascarilla de la botella de leche, seguro que habría pasado más desapercibida. 
Juraría que algunas de las miradas de los clientes eran de admiración, incluso me ha parecido oír un tenue aplauso cuando he pasado por charcutería. Una chica se hizo un selfie conmigo (no sé qué habrá salido porque ella estaba en la sección de verduras y yo en la de los lácteos). Mientras esperaba para pagar en la caja, un señor bajito me ha preguntado si soy de Bilbao.

DÍA 14 (26/03/2020)
Quiero mantenerme informada y me he puesto a la tarea. Hoy he leído cinco artículos de otros tantos periódicos, he escuchado dos tertulias televisivas y he visto un telediario. En ellos opinaban sobre el coronavirus varios periodistas (dos de ellos, deportivos), un político licenciado en derecho, un economista y una señora que estaba en la calle paseando al perro y a la que le han preguntado. Han hablado de vacunas, tratamientos, anticuerpos y alguno hasta se ha arriesgado a decir las palabras «autoinmune» y «monoclonal», pero tal cual lo han dicho me han desbaratado lo que yo sabía sobre el tema y pienso que el confinamiento me hace perder la memoria. He repasado mis libros y apuntes de la carrera. Mi hija, al verme con los apuntes de microbiología me ha hecho un examen y he aprobado con nota. No tengo problemas de memoria, debe de ser cosa de los informantes que, o no se saben expresar o no tienen ni puñetera idea de lo que hablan.
He de buscar la información en otro sitio. Tengo una bola de cristal guardada en el trastero, es posible que me valga, seguro que no me puede ir peor.

DÍA 16 (28/03/2020)
Mi vida social se ha reducido a salir por la ventana a aplaudir a las ocho y espero el momento con verdadera ansiedad, así que me arreglo, me pongo tacones y me maquillo. Mi marido me dice que para qué, los tacones no se ven porque el balcón está tapado por debajo y el maquillaje tampoco se ve porque es de noche. Me da igual.
Reconozco que ahora mismo no sé muy bien qué es lo que estamos aplaudiendo. Al principio era para apoyar a los sanitarios, luego también a la policía. Hace una semana un vecino añadió a voces a los trabajadores del Mercadona, luego otro dijo que qué pasaba con los del Carrefour, y otro más dijo que los del Lidl también. Dos días después se añadió a los de la UME y a los bomberos, y un señor del bloque de enfrente pidió por su cuñado que está en Segovia cuidando de un albergue para perros abandonados.
Ayer se lanzaron vivas a la Sanidad, a España y a nuestro barrio, hoy además se han gritado vivas a la madre que nos parió a todos.


Continuará…




14 de abril de 2020

Diario de un confinamiento (I)


¡Hola! ¿Hay alguien ahí? Después de tantos meses de inactividad por este blog no sé si me encontaré con alguien, espero que sí.
Cuando me despedí en diciembre por una buena temporada, porque otras tareas me iban a tener alejada de este lugar, me había hecho un esquema más o menos de tiempos y tenía pensado reabrir el blog por estas fechas, pero nunca creí que sería por los motivos que realmente estoy teniendo estos días; ni en mis peores pesadillas hubiera imaginado que algo como lo que nos está pasando pudiera ocurrir. 
Estas semanas están siendo muy duras, la situación tan dramática que vive nuestro país es para desmoralizarse. El confinamiento al que muchos estamos sujetos no ayuda a mejorar el ánimo.
Siempre he pensado que el humor es una estupenda terapia para combatir muchas cosas, pero no siempre es fácil ver el lado divertido de algunas situaciones. Llevaba semanas intentando escribir algún relato en clave de humor, pero no me sentía inspirada, no tenía ganas de reírme de nada. Aun así, algunos días puedo ver algo de luz y consigo escribir alguna cosilla; también he descubierto que esos momentos me dan mucho relax, así que intento que se prodiguen.
En esos instantes de lucidez y ánimo me pongo a escribir una especie de diario, en él cuento experiencias propias donde añado algunas cosillas inventadas (pocas, aunque pueda parecer mentira) e intento resaltar el lado jocoso de lo que me está pasando, porque, si uno lo mira bien, algunas cosas que estos días se han convertido en cotidianas en realidad son esperpénticas, por lo extraordinarias e inauditas.
Este diario lo estoy publicando poco a poco en una red social, dado que ha tenido bastante aceptación me he decidido a compartirlo por aquí también, de paso aprovecho para reabrir el blog y utilizar este espacio como lo que siempre fue para mí: un calmante para el espíritu. 
Como ya llevamos unas cuantas semanas confinados, tengo bastantes páginas escritas que iré dosificando por entregas. Espero que os guste esta manera de desintoxicarme el alma.

DIARIO DE UN CONFINAMIENTO (I)

DÍA 1 (13/03/2020)
El gobierno decreta el estado de alarma y es viernes. En casa los viernes hacemos la compra de toda la semana y nos hemos encontrado que la declaración gubernamental ha cambiado los hábitos de muchos españoles porque el híper estaba petado y los estantes de algunos productos bajo mínimos. Mi amigo Murphy, el de la ley de ídem, me ha acompañado porque esta semana tocaba comprar papel higiénico y resulta que una manifestación de la histeria colectiva es la compra compulsiva de ese producto sanitario por lo que ya estaba agotado: mierda.

DÍA 2 (14/03/2020)
He rescatado del trastero el parchís, el trivial y el monopoly y nos hemos puesto toda la familia a jugar reunida. Este confinamiento me ha descubierto algunos aspectos de mi personalidad, ya sé por qué me dedico a la enseñanza y no a la especulación inmobiliaria: en el monopoly me he arruinado en cuestión de quince minutos.
Hoy he tenido la primera bronca matrimonial fruto del encierro: mi marido quería contar cuarenta en lugar de veinte cuando me ha comido una ficha del parchís. Dice que no se acuerda muy bien de las reglas, ¡JA!

DÍA 3 (15/03/2020)
Desde los medios nos invitan a no cambiar demasiado nuestra rutina dentro de lo que supone confinarse en casa. Mi hija, que cuando quiere es muy obediente, ha decidido seguir con su afición deportiva: la escalada. Esta mañana me la he encontrado colgada de la puerta del baño haciendo dominadas. Hoy he tenido mi primera bronca maternofilial fruto del encierro: cuando ha querido escalar utilizando las estanterías de la cocina me he negado en redondo.

DÍA 4 (16/03/2020)
He ido a comprar el pan y me he encontrado con el vecino del primero que venía de pasear al perro. A ese chucho le tengo bastante manía por los continuos ladridos con los que tiene a bien amenizar las noches de todo el vecindario, pero hoy mis sentimientos hacia él han cambiado, le he mirado con ojos diferentes, como con codicia… no sé.

DÍA 5 (17/03/2020)
Mi hija se ha puesto a ordenar su habitación, he ido alarmada a tocarle la frente por si tenía fiebre, pero no me ha dejado y además me ha llamado histérica. No me he quedado tranquila y cuando se duerma esta noche pienso ponerle el termómetro con nocturnidad y alevosía. Mientras, iré a mirar por internet si los investigadores chinos han detectado algún tipo de comportamientos extraños en los infectados por el Covid-19.

DÍA 6 (18/03/2020)
Mi marido, tras bajar la basura en cuatro viajes (uno para la bolsa de envases, otro para la orgánica, otro para la de desechos generales y el último para tirar el vidrio) me propone comprar un perro ya que mañana será su santo y yo le recuerdo que ya tuvimos mascotas y siempre me tocó a mí cuidarlas, él me responde que los peces no son mascotas y yo le digo que sí, y él que no, y yo que sí. Es entonces cuando mi hija interviene y nos dice que si le hubiéramos hecho caso cuando de pequeña nos pidió un poni, ahora tendríamos un motivo para salir al parque todos los días dos horas porque, según ella, esos bichos se toman su tiempo en hacer sus necesidades, pero yo no me lo creo, más bien pienso que es una manera de vengarse de mí por no dejarla escalar en la cocina.

DÍA 7 (19/03/2020)
Esta mañana mi hija nos ha reunido con mucha ceremonia en el salón a su padre y a mí porque tenía que decirnos algo importante. Antes de sentarme en el sofá he cogido el termómetro por si acaso. La nena nos ha comunicado que quiere utilizar este tiempo de reflexión e introspección para retomar una actividad abandonada hace años: tocar la guitarra. Aprovechando que tenía el termómetro en las manos, me lo he puesto porque me ha venido un sofoco.

DÍA 11 (23/03/2020)
Lo de tocar la guitarra mi hija se lo ha tomado en serio y ya lleva cuatro días seguidos practicando durante dos horas diarias. Pienso en salir a la calle sin ningún motivo y arriesgarme a que me pille la policía y me lleve al calabozo o que me pille el virus y me lleve al hospital. Cualquiera de las dos opciones me parece más apetecible que esta tortura acústica. 
Recapacito y me quedo en casa porque ni los policías ni los sanitarios tienen la culpa de que yo no apuntara a mi hija a clases de solfeo.

(Continuará…)

       



23 de diciembre de 2019

El precio de una sonrisa


―Son cinco euros
―No, no me lo voy a llevar. Solo estaba mirando.
―Perdone, pero ha sacado el género de su lugar y lo tiene que comprar.
―¡¿Qué?! Lo único que he hecho ha sido cogerlo del mostrador y mirarlo.
―Ya, pero el envoltorio se ha abierto y ya no lo puedo vender así.
Blanca no era amiga de discutir y ya tenía bastante cabreo como para también enfadarse con el dependiente de aquel puesto navideño. Decidió pagar los cinco euros que le demandaba aquel caradura y llevarse esa ridícula diadema con unos mini cuernos de reno que encima tenían unas lucecitas de lo más hortera. ¿En qué estaría pensando para coger esa mamarrachada?
Tras pagar de malos modos al dependiente decidió salir del mercadillo para no tener más encuentros desafortunados.
Nunca le había gustado la Navidad. Las reuniones familiares la agotaban y sacaban de quicio a partes iguales. Tener que reunirse con sus hermanas y sus maridos se le hacía muy cuesta arriba por la sencilla razón de que no los soportaba.
―¡Qué suerte tienes, Blanca! Sin hijos, sin pareja, sin obligaciones. Libre y a tu aire. Sin pensar en nadie más que en ti. ¡Qué envidia me das!
En aquellas palabras de su hermana mayor iba implícita una crítica a su soltería, a su rotunda negativa para formar una familia, como habían hecho todos los demás.
La Navidad era más soportable unos años atrás, cuando sus padres aún vivían y sus sobrinos eran unos niños pequeños. El entusiasmo que ponía su madre en preparar el cordero asado ilusionada por ver reunida a toda la familia en su casa, el afán de su padre por montar el nacimiento añadiendo nuevas figuritas cada año y las caritas de alegría de sus sobrinos cuando los llevaba a la cabalgata, eran suficiente premio para soportar las largas colas en las tiendas y el agobio de tanta gente por las calles.
Pero ahora ya no era lo mismo. Sus padres habían fallecido y sus sobrinos eran unos adolescentes enfadados con el mundo a los que no aguantaba. Tan solo se acordaban de ella cuando se acercaba la fecha de sus cumpleaños para que la tita Blanca fuera generosa con ellos.
―Tita, ¿has visto el nuevo modelo de Play Station?
―Pues no. Yo no juego con esas cosas.
―¡Es flipante, tita! Mola mogollón, tiene un montón de comandos nuevos. Pero cuesta una pasta y mis padres no me la quieren comprar… Por cierto, lo que sí sabrás es que mi cumple es el mes que viene ¿no?
Blanca sabía que era injusta con sus sobrinos.  No solo se acordaban de ella cuando se aproximaban sus cumpleaños. También lo hacían en Navidad, cuando se acercaban los Reyes Magos.
Estaba muy harta. El egoísmo que veía por todas partes se hacía más patente en estas fechas. Cuando alguien daba cualquier cosa es porque esperaba recibir algo a cambio.
Esa misma mañana había tenido un buen ejemplo. Su jefe se había acercado a su mesa para comunicarle que le iba a añadir dos días más de asueto a sus vacaciones para seguidamente decirle que el proyecto que debían entregar en febrero se había adelantado un mes y que el día siete de enero a lo más tardar tendría que estar listo. Eso llevaba implícito que sus vacaciones no serían tales pues iba a tener que trabajar en casa.
Con un humor de perros había salido de la oficina, se había puesto a deambular y había acabado en un mercadillo navideño. Desde uno de los puestos un joven alegre y muy agradable la invitó a que se acercara y mirara lo que quisiera. Sumida en sus negros pensamientos y sin apenas darse cuenta toqueteó una de las diademas de fiesta que en el mostrador estaban. Luego, el simpático joven se convirtió en un sinvergüenza que la había obligado a comprar.  
El jeta aquel le recordaba a una vecina de su inmueble que se mostraba especialmente amable cuando necesitaba que Blanca le hiciera alguna gestión.
―Blanca, tú que eres tan maja, ¿puedes acercarte a la frutería y subirme el pedido? Con este frío me da miedo salir por si me vuelvo a acatarrar y mis hijos están con sus cosas… Anda bonita, ya que sales a la calle, ¿qué te cuesta?
 Aquella mujer era todo dulzura cuando le pedía esas cosas, sin embargo, cuando no la necesitaba ni siquiera la saludaba si se la encontraba en el portal o en el ascensor.
La amabilidad de la gente tenía un precio, más o menos oculto, pero siempre costaba algo, pensaba Blanca. Nada era gratis.
«¡Hipócritas egoístas!» se dijo mientras se disponía a meter las manos en los bolsillos de su abrigo porque había empezado a correr un viento gélido. «Encima me he dejado los guantes en la oficia, ¡pues qué bien!» Sin embargo, la diadema que acaba de comprar le suponía un estorbo para resguardar sus manos del frío y en el bolso no le cabía aquel espanto así que decidió ponérsela.
«Menudas pintas debo de llevar» pensó. Con la diadema en la cabeza se introdujo en el metro. Cuando iba camino del andén, por el pasillo oyó una voz que empezó a cantar:
―Creo que esa chica es un elfo. Sí lo es, sí lo es. Es un elfo.
Blanca se giró y vio a un operario de mantenimiento del suburbano detrás de ella que, sonriendo de oreja a oreja, la miraba y señalando su diadema, repitió:
―Creo que esa chica es un elfo. Sí lo es, sí lo es. Es un elfo.
El hombre siguió tarareando la cancioncilla y cuando estaba a la altura de Blanca le dedicó una gran sonrisa para decirle:
―¡Feliz Navidad!
Luego se marchó pasillo adelante para, unos pasos después, girarse y volver a sonreír a Blanca. Ella se quedó parada, atónita ante la generosidad de aquel desconocido. El hombre no era ningún jefe interesado, ni ningún dependiente, ni un vecino necesitado; simplemente le había dedicado una canción y una sonrisa sin pedir nada a cambio. Nada más… y nada menos.
Antes de que el operario desapareciera por el pasillo, Blanca gritó:
―¡Gracias! ¡Feliz Navidad!





NOTA
Con este sucedáneo de cuento de Navidad os quiero felicitar las pascuas y de paso anunciar que me voy de vacaciones, o sería más exacto decir que me tomo una excedencia porque estaré ausente una buena temporada.
Nuevas obligaciones laborales y otras tareas relacionadas con la escritura, pero alejadas del blog, hacen que tenga que tomar esta drástica medida. Espero que el cierre no sea por mucho tiempo.
De todas formas, aunque con una presencia muy reducida, seguiré moviéndome por estos mundos blogueros porque el blog ‘Demencia, la madre de la Ciencia’ seguirá activo e interactuaré con quienes por allí pasáis.
Por supuesto, esto no es un adiós, sino un hasta luego.
Mucha suerte a todos y ¡FELIZ NAVIDAD!



18 de diciembre de 2019

Cartas lejanas-Crónicas bercianas (y IV)


Tras la escena tan alucinante a la que había asistido y después de abandonar aquel extraño poblado, me interné por una senda y la niebla volvió a invadirlo todo.
«Ya estamos otra vez» me dije, «a ver dónde acabo ahora». Cuando la densidad de la niebla empezó a calarme como si de lluvia se tratara, de nuevo un viento inesperado sopló y las nubes se elevaron súbitamente para dejarme contemplar la aldea otra vez. Pero, en esta ocasión, se trataba de la aldea del principio, no la que tenía esos paupérrimos habitantes sometidos a trabajar en la mina, sino el encantador pueblecito en el que me alojaba.
Casa rural en la que me alojé, en la aldea de Las Médulas, a los pies de las minas de oro romanas

Al llegar a la casa rural que me servía de albergue mis acompañantes se disponían a introducir las maletas en el coche para emprender el viaje de vuelta a casa. Con tanto golpe en la cabeza y con tanto ir y venir por épocas pretéritas se me había olvidado que aquel día era el último de mis vacaciones.
Me subí al auto tras dar unas pobres explicaciones a mis compañeros sobre el origen del chichón que presentaba en la frente. Cuando ya estábamos saliendo del valle dirigí la mirada a la montaña, me habría gustado despedirme de Ruxa, a pesar de todo lo que me había pasado y de que la hacía responsable, le había cogido cariño. Además, seguro que me podría dar algún mejunje para bajar la inflamación de la frente porque el analgésico que me había tomado por la mañana no me había hecho efecto. Pero no solo me hubiera gustado estar con ella para que me ayudara, me apetecía sentir su mirada incisiva y oír su risa socarrona. Miré por la ventanilla del vehículo por si aparecía al borde de la carretera de manera sorpresiva, pero fue en vano. Abandonamos la zona y yo me quedé sin volver a ver a Ruxa. Mentalmente, le dije adiós y lancé un beso al aire.
Antes de enfilar para mi ciudad hicimos una parada en Ponferrada, la capital de la comarca de El Bierzo, pues queríamos degustar allí el famoso cocido maragato. Pero antes de almorzar decidimos visitar el llamativo castillo de los templarios.

Castillo de los templarios en Ponferrada

El edificio data del siglo XII y las sucesivas restauraciones lo han dejado en muy buen estado de manera que uno se traslada a la Edad Media fácilmente sin necesidad de pócimas ni nieblas ni hechicerías varias. Deambulé por el patio de armas y me deleité con las magníficas vistas desde sus murallas. A los pies de la fortaleza el río Sil fluía majestuoso.
Tras pasear por las estancias que daban al exterior decidí recorrer las del interior; lo hice por curiosidad y por huir del sol que castigaba inclemente ese día del mes de julio.
En busca de frescor descendí a las mazmorras. Allí, los que gestionan la visita al monumento habían colocado una especie de maniquí vestido de templario para poner en situación al visitante y darle ambiente a la cosa. A mí me pareció algo chusco y entre la pobre iluminación y el olor a humedad, empecé a sentir algo de agobio. Además, el maniquí me daba muy mal rollo, no sabía muy bien por qué.

Mazmorras del castillo con sucedáneo de templario

Tras hacer un par de fotos me dispuse a salir de la sala y fue entonces cuando oí un carraspeo. Dado que allí solo estábamos el muñeco y yo, y recordando experiencias pasadas, no me anduve con tonterías y subí los escalones, que me llevaban a las partes nobles del castillo, de dos en dos.
Una vez en la planta superior, y ya con más luz, recuperé el resuello pues la subida frenética desde el sótano casi consiguió que echara el bofe. En una de las paredes se podía leer un letrero con una flecha que indicaba dónde se encontraba la biblioteca. «Biblioteca» me dije «bonita palabra y seguro que un sitio mucho más agradable que las mazmorras».
Una vez en la biblioteca pude comprobar que no era una sala especialmente grande, no obstante, allí se encontraban algunos volúmenes bellamente ilustrados procedentes de colecciones privadas que los habían donado al castillo para deleitar a las visitas, pero casi todos eran de fechas posteriores a cuando los caballeros habitaban el lugar, por lo que sospeché que la mayoría de los templarios no debían de ser muy aficionados a la lectura, aunque supongo que tendrían poco tiempo para leer si estaban ocupados defendiendo la zona de ataques varios.
En una vitrina se encontraban varios manuscritos y me llamó mucho la atención una colección de cartas que parece se enviaron entre los diferentes maestres ante la inminente extinción de la orden. Me entró curiosidad por saber qué ponían, cómo se expresarían esos hombres medio monjes, medio guerreros y qué plasmarían cuando vieron que su modo de vida estaba a punto de desaparecer.


Me acerqué al cristal para ver si podía leerlas. Era un intento estéril porque a la caligrafía retorcida de la época, y que hacía ilegible la letra,  había que añadir que las cartas estaban escritas en latín, así que en el supuesto de que hubiera descifrado aquellos trazos no me hubiera enterado de nada de todas maneras.
Cuando me di cuenta de mi estupidez me separé de la vitrina y entonces las cartas se movieron alzándose del lugar donde estaban depositadas. Lo primero que pensé es que ahí había corriente y el aire se había colado en la urna de cristal haciendo volar los papeles. «Menudo lío va a tener el que se encargue de esto como se le revuelvan todas las cartas» pensé.
Una de las cartas se elevó unos pocos centímetros más de sus compañeras y las letras se desprendieron del papel para mostrarse a la altura de mis ojos con perfecta nitidez. Instintivamente cerré los párpados y me toqué ligeramente el chichón convencida de que el golpe en la cabeza, además de la inflamación me había provocado una conmoción cerebral.
Maldiciendo de nuevo a Ruxa abrí los ojos, pero las letras seguían ahí, delante de mí, brillando como si la tinta negra con la que habían sido escritas estuviera aún fresca.  Al mismo tiempo una voz se oyó al ritmo de las palabras que desfilaban delante de mi vista como si alguien leyera lo que ahí estaba escrito. ¡La carta me estaba contando lo que en ella estaba escrito!
Intentaré reproducir más o menos lo que escuché.
Frater Rodericus Yanae, preceptori domus Templi de Pontem Ferratam, religioso et honesto fratri Jacobus de Molayo, Dei gracia pauperis milicie Templi magíster humilis, salutem in domino.
Querido hermano por la gracia de Dios:
Con la incertidumbre de no saber si esta misiva llegará a vuestras manos, me encomiendo a nuestro salvador para que con su infinita benevolencia permita que estas letras que ahora escribo puedan ser leídas por vuestra gracia.
La situación es insostenible, sé que vos ya tenéis suficientes pesares, pero me veo en la obligación de poner en vuestro conocimiento lo que aquí acontece.
Cada día que transcurre es para dar paso a otro con más penalidades y sufrimientos que el anterior. La población siente un gran rencor hacia nosotros, nos tildan de elitistas e incluso de arrogantes.
Procuramos no mezclarnos con la plebe y el poco trato que tenemos con el exterior es a través de los criados y algún comerciante que se introduce en la fortaleza para proveernos de viandas y otros artículos necesarios para el desenvolvimiento de nuestras tareas. A través de esos esporádicos contactos hemos sabido de la malquerencia del populacho hacia nuestras personas. Es inadmisible el trato del que somos receptores.
Estas tierras, hoy en paz, son seguras gracias a nuestros desvelos. Que la tumba de nuestro venerado apóstol sea el punto de encuentro de multitud de peregrinos procedentes de toda la cristiandad, es solo posible a nuestra siempre atenta vigilancia en los caminos.
Pero el vulgo es desagradecido, tornadizo y fácilmente manipulable por quienes buscan nuestra ruina.
Las noticias que nos llegan desde tierras francas no hacen más que aumentar nuestra pesadumbre. El encarcelamiento del que sois víctima es una execrable muestra más de la iniquidad de nuestros enemigos.
Por eso me es más doloroso aún si cabe poner en vuestro conocimiento que nos es imposible la ayuda que solicitáis. Por desgracia nuestros medios son escasos y no podemos reunir la tropa que nos pedís para recuperar las posesiones extraídas a nuestra perseguida hermandad ni tampoco podemos daros el auxilio que facilitaría vuestra fuga de la prisión en la que os retienen.
Lamento añadir más pesares a vuestros ya seguros sufrimientos, amantísimo y respetado Jacobus, pero quienes aquí estamos no podemos más que rogar a nuestro redentor por la salvación de vuestra alma esperando que cuando llegue el final os unáis al Creador pudiendo gozar de la imponderable gracia divina de ver a nuestro Señor y a la Reina de los Cielos.
Vuestro hermano en la gracia de Dios.
Rodericus Yanae
Tras estas palabras la voz se calló. Y yo pensé en voz alta:
―Vamos, que el Jacobus ese va a tener que esperar sentado a que el cobarde de Rodericus le ayude ¡Ya se puede dar por jodi…!  
―¡Cómo osas! ―tronó una voz a mis espaldas antes de que pudiera terminar la verbalización de mis pensamientos.
Me giré alarmada y vi a un anciano sentado en una silla de madera. Tenía una larga barba blanca, el escaso pelo también estaba canoso y le llegaba hasta los hombros. Una túnica blanca le cubría todo el cuerpo y se ceñía con un cinturón oscuro de cuero del que pendía en un costado una especie de palo o porra muy larga. En medio del pecho, una gran cruz roja bordada destacaba entre la blancura de la tela. Pensé que sería algún vigilante del castillo al que le habían vestido de época para ambientar el lugar y felicité mentalmente a los diseñadores porque el atuendo estaba muy bien logrado.
―Disculpe si he alzado mucho la voz, pero no creo yo que sea para ponerse así ―le contesté al señor de blanco pensando que me había recriminado por hablar en una biblioteca.
―Eres una descarada y una felona. ¡Yo no soy ningún cobarde! ¿Cómo te atreves a insultarme?
―Mire, lo de descarada se lo paso, y lo de felona… pues, también, porque no sé qué es eso. Pero lo que no le consiento es que me grite. ¡Un poquito de respeto, por favor! ―contesté yo encarándome a aquel energúmeno― Además, ¿en qué momento le he llamado yo a usted cobarde?
―¡Ahora mismo! Nada más terminar de leer la misiva has dicho que yo era cobarde. No ha nacido nadie que se atreva a faltarme el respeto y luego viva para contarlo. ¡Te mataré con mis propias manos!
Según vociferaba el anciano se levantó de la silla y se llevó una mano a la cadera donde tenía el palo o la porra o lo que fuera aquello porque desde donde estaba yo no atinaba a ver muy bien qué era. De resultas de esa acción yo retrocedí unos pasos porque el anciano tenía un aspecto venerable, pero al levantarse me di cuenta de que era alto y bastante fornido a pesar de su edad. Como él se había interpuesto entre la puerta de salida y mi persona decidí atemperar la situación y calmar a ese vigilante demasiado implicado en su papel.
―Vamos a calmarnos un poquito ¿vale? Yo no me dirigía a usted cuando he dicho lo de cobarde, sino al tipo que escribió la carta esa que… por cierto ¿usted también la ha escuchado?
―¿Escuchar, el qué?
―A la carta, se ha puesto a hablar.
―No digas dislates, mujer. ¿Cómo va a hablar un papel? Eso sería cosa del Maligno, y las palabras que has oído son fruto del amor entre cofrades.
―Entonces esas palabras que yo he oído… usted también lo ha escuchado, ¿no?
―¿Escuchar, el qué?
―La caaaarta ―repetí yo segura de que el venerable y colérico anciano necesitaba un audífono―. Si ha oído las palabras, ha oído la carta, era ella la que hablaba.
―Mujer ignorante, las palabras que oíste eran las de la carta, pero quien las pronunciaba era yo. Te estaba leyendo su contenido pues antes pude comprobar que te esforzabas en descifrarlo.
―¡Ah! ¡Vale, vaaale! ―respondí aliviada pues la posibilidad de un edema cerebral se alejaba de mi mente―. Así que usted la estaba leyendo ahí sentado, en la silla, ¿cómo ha podido hacerlo desde tan lejos?
―Me la sé de memoria.
―¿Qué pasa? ¿Es usted el guía y se la lee todos los días a los turistas que venimos aquí?
―Dices cosas muy raras, mujer. Me la sé de memoria porque la escribí yo mismo.
―¿La escribió usted? ¿Entonces, es una falsificación? Oiga, pues da el pego porque parece totalmente de la época, ¡qué bueno!
―¡¿Falsificador, yo?! Esto es intolerable. Vas a pagar cara tu desfachatez, mujer del demonio.
―¡Tranquilito, eh! Quiero hablar con su superior ―aquel bedel, guía turístico, o lo que quiera que fuera se estaba sobrepasando y yo ya me había cansado. Había pagado una entrada y se supone que el cliente siempre tiene la razón, pero ese señor me trataba sin ninguna consideración.
―¿Mi superior? No va a ser posible, rindió cuentas ante el Altísimo hace tiempo.
Con esa explicación tan retorcida entendí que quería decir que la había espichado, lo mismo por tener que bregar con semejante bruto como subalterno.
―Bueno, pues quiero hablar con quien esté por encima de usted. Le voy a poner una reclamación de aúpa ―repliqué con un buen enfado. Las malas maneras del susodicho y la prepotencia con la que me trataba me habían cabreado a base de bien.
―Yo solo respondo ante nuestro Señor ―me contestó indicando hacia arriba con el índice de la mano derecha.
Seguí con la mirada la dirección que señalaba su dedo, pero solo vi un artesonado de madera, y desde luego allí no había ningún señor ni señora. Ante mi cara de extrañeza el tipo continuó.
―Mis actos solo pueden ser juzgados por un tribunal divino y sé que seré refrendado por defender con sangre cualquier ofensa que reciba mi orden o mi persona como representante de la misma. Así que prepárate para reunirte con tu hacedor, impertinente mujer ―me contestó al mismo tiempo que sacaba lo que yo creí que era una porra pero que resultó ser una espada de dimensiones descomunales ―. ¡A mí nadie me llama cobarde!
―¡Y dale! ¡Que yo no lo he llamado cobarde! Que yo me refería al tal Rodericus de la carta por dejar en la estacada al Jacobus ese ―contesté angustiada porque se había acercado peligrosamente a mí comprobando que la espada era muy real y para nada el atrezo de la indumentaria del viejo.
―¡Yo soy Rodericus, maestre de la encomienda de Pontem Ferrata! ¿Quién eres tú para cuestionar mi manera de actuar frente a nuestro Gran Maestre, Jacobus, que Dios tenga en su gloria? Si no acudimos a su rescate es porque nuestra integridad estaba en juego.
«O sea, que no le ayudaste porque te entró el canguelo de diñarla también. Se supone que los templarios erais gente valiente, sin miedo a morir; al fin y al cabo, la muerte es la manera de reencontraros con vuestro Señor Dios. Pero, por lo que se ve os daba mieditis abandonar este mundo tan terrenal» pensé. No lo dije en voz alta porque mi oponente ya estaba de bastante mal humor y no había necesidad de añadir más motivos para querer atacarme.
Reculé ante el avance del viejo con la espada en ristre, pero me topé con la pared, entonces cerré los ojos y deseé con toda mi alma que esa pesadilla desapareciera. Pedí con todas mis fuerzas que bajara la niebla, incluso que alguien me diera otro garrotazo para salir de allí. Cuando sentí en la garganta el filo de la espada empecé a sudar a chorros. Aquella alucinación, porque alucinación tenía que ser, estaba llegando demasiado lejos. O puede que no fuera una alucinación, puede que ese tipo fuera un chalado que se había emparanoiado con las historias del Temple y en su delirio creyera ser un maestre de los templarios en Ponferrada, en cuyo caso ya me podía considerar tan jodida como el pobre Jacobus de la maldita carta.
Pero de repente una voz resonó:
―¡Detente, Rodrigo!
Como una servidora estaba con los ojos cerrados a causa del miedo no vi quién hablaba así, pero reconocí perfectamente la voz: era la de Ruxa. Sin poder creérmelo del todo, abrí los ojos y efectivamente, ahí estaba mi amiga. Mi primer impulso fue ir a abrazarla, pero me lo impedía la peligrosa espada que, si bien no había seguido su imparable avance hacia mi garganta, tampoco había sido retirada.
Rodericus, o Rodrigo, o como quiera que se llamara ese animal, se giró cuando Ruxa habló y en su semblante apareció la sorpresa.
―¿Qué haces aquí? ¡Maldita bruja del averno!
―Vigilar tus desmanes. Tu mal genio y tu arrogancia siempre trajeron problemas, viejo ―contestó ella acercándose lentamente hacia él y con cierta chulería que me pareció genial.
―¡Déjanos en paz! Esta mujer y yo tenemos cuentas que saldar, no es asunto tuyo.
―Estás muy equivocado. Sabes que me preocupan tus actividades, pero, además, ella ―me señaló con el dedo― sí es asunto mío. Nosotras, al contrario que los de tu orden, no abandonamos a una hermana cuando está en apuros. Así que ya estás bajando esa espada y dejando libre a mi amiga.
A pesar del tono autoritario con el que Ruxa le habló al viejo, este no bajó el arma y yo empecé a sospechar que la cabezonería del templario me iba a suponer un tajo en el cuello y eso sí que debía hacer daño. En ese momento el doloroso chichón que tenía en la frente me pareció una caricia comparado con lo que se me venía encima.
―¿Estás pensando en desafiarme, viejo decrépito? ―añadió la hechicera con un brillo letal en los ojos― ¡Baja la espada!
Esta vez el de la barba blanca obedeció. En su mirada se mezclaba el miedo con el odio. Se ve que no estaba acostumbrado a acatar órdenes, y me imaginé que mucho menos de una mujer.
Libre ya de la opresión en el cuello corrí hacia Ruxa y me parapeté detrás de ella pues el templario seguía con el arma en la mano y nos miraba con mala leche. Entonces la bruja me tomó por los hombros con un gesto de protección y salimos de la biblioteca.
―¿Y si le da por perseguirnos? ―le dije a mi salvadora mirando hacia la puerta porque no las tenía todas conmigo.
―Cálmate, no puede salir del recinto de la biblioteca. Su condena es esa, preservar las cartas que reflejan su ignominia y su vergüenza.
Más tranquila, y ya repuesta del susto, abracé a Ruxa con todas mis fuerzas. Me hacía ilusión verla, pero en esta ocasión, además, me había salvado de una buena.
―¡Qué bien que hayas aparecido por aquí! Nunca hubiera imaginado volver a encontrarte y menos tan lejos de tu hogar.
―Ya de dije que tú eres una de las nuestras y las hermanas nos ayudamos unas a las otras. Además, la distancia y el tiempo no existe entre nosotras. A mí también me ha gustado volver a verte, pero tengo que marchar, hay otras colegas que también están en apuros y la vieja Ruxa debe acudir a echar una mano.
Ante mi cara de tristeza por oír sus últimas palabras, la bruja añadió:
―Tranquila, filliña, nos volveremos a ver, aunque espero que no te metas en tantos líos, tienes cierta predisposición para aparecer en lugares con situaciones complicadas ―me dijo con un gesto cómplice.
Yo estaba convencida de que esas situaciones complicadas a las que aludía eran responsabilidad suya pero no quería echárselo en cara porque, al fin y al cabo, me había ayudado mucho y, además, esa mujer se hacía querer.
―Muchas gracias, Ruxa, por todo lo que has hecho ―le dije volviéndola a abrazar―. Te debo mucho, nunca podré agradecértelo como te mereces.
―La verdadera fraternidad, en los malos momentos se manifiesta ―añadió adaptando de nuevo el papel de maestro Yoda―. Hoy por ti, mañana por mí. Ya me devolverás el favor.
―No creo que yo sea capaz de ayudarte, no tengo tus poderes ni tu sabiduría.
―Sabes y puedes hacer más cosas de las que crees ―añadió guiñándome un ojo para, seguidamente, desaparecer de repente.
Me quedé atónita mirando al vacío en el lugar donde, unos instantes antes, estaba Ruxa. Aún perpleja e intentando asimilar lo que me había pasado, decidí abandonar el castillo.
Cuando estaba saliendo de allí oí una carcajada familiar y una voz que decía entre risas:
―Recuerda, filliña: ¡tú eres una bruja!

FIN





NOTA
El castillo de Ponferrada fue habitado por templarios cuando un rey leonés permitió que la  orden del Temple estableciera una encomienda en dicha localidad el año 1178. Años más tarde, en la confrontación de León con el reino de Castilla, a los templarios les dio por apoyar al rey castellano, entonces el rey leonés se agarró tremendo mosqueo y les quitó el castillo para dárselo a los caballeros hospitalarios. Poco después, y ya reconciliados rey leonés y templarios bercianos, el castillo volvió a los del Temple y los hospitalarios tuvieron que hacer las maletas.
Cuando en Francia se inició un proceso judicial contra el Temple, que acabó con la ejecución del Gran Maestre y la disolución de la orden, el maestre de Ponferrada, Rodrigo Yáñez (Rodericus, en latín), decidió entregar dicho castillo al hermano del rey y, junto a sus caballeros, quitarse de en medio no fuera que en León les diera por imitar a los franceses.
Dicen que el Gran Maestre, Jacques de Molay (Jacobus de Molayo, en latín) pidió ayuda a varias encomiendas para que le rescataran sin éxito alguno según se pudo comprobar (murió en la hoguera).
Esta es, a grandes rasgos y que me perdonen los puristas, la historia del castillo de Ponferrada y los templarios.
No sé si Rodrigo llegó a escribir alguna carta al gran maestre de la orden en Francia ni si este último le pidió ayuda porque, como cuento en el relato, en aquellas misivas del museo no se entendía nada de nada, la letraja era de cuidado. Pero me he tomado la licencia literaria de poner en sus letras esta escenificación. Por cierto, el encabezamiento de la carta me lo he inventado, he intentado ponerlo más o menos en latín, pero dado que aquella asignatura hace más de treinta años que la estudié, seguro que está lleno de faltas; que me vuelvan a perdonar los puristas.

GLOSARIO

3 de diciembre de 2019

Esta montaña es una ruina-Crónicas bercianas (III)


(Para leer la primera parte clica AQUÍ)
(Para leer la segunda parte clica AQUÍ)

Me levanté con un buen dolor de cabeza. La imagen que me devolvió el espejo del baño la mañana siguiente a mi “aventura romana” no era nada alentadora. Una protuberancia del tamaño de una nuez sobresalía del centro de mi frente, tenía un color granate que anunciaba lo dolorosa que era pues el más leve roce me hacía ver las estrellas.
No conseguía recordar cómo ni cuándo me había golpeado, tan solo tenía la explicación onírica que mi aturdida memoria me ofrecía: un tío enorme golpeándome con un hacha. Pero, evidentemente, la causa real debía ser otra, aunque no fuera capaz de recordarla.
Tras tomarme una aspirina con el café del desayuno decidí salir a dar un paseo para despejarme. Un manto gris de espesa niebla cubría la comarca, las pocas casas del pueblo donde me alojaba apenas se dejaban ver entre la bruma húmeda de las nubes que se habían aposentado como un huésped más de la zona. Entre amortiguados ladridos de perros madrugadores deambulé por las calles solitarias de la aldea.

 Mientras paseaba seguía rumiando sobre el origen de mi doloroso chichón, me preocupaba que el golpe me hubiera provocado cierto tipo de amnesia, aunque estaba segura de que la responsable era Ruxa y algún alucinógeno propio de su oficio.
Tan sumida en mis pensamientos me hallaba que no me percaté de que la niebla se había espesado aún más. Levanté la cabeza y comprobé que no se veía nada, ni casas ni árboles ni, mucho menos, la montaña que enseñoreaba el lugar. Empecé a alarmarme porque ni siquiera la senda por la que había transitado se veía ahora. Todo estaba cubierto por un manto gris, espeso y húmedo.
Con el pulso disparado me obligué a tranquilizarme para no entrar en pánico y no hiperventilar. Realicé unas cuantas inspiraciones profundas cerrando los ojos, pero cuando los abrí seguía sin ver un carajo. Busqué en el bolsillo del pantalón el teléfono móvil para pedir ayuda, pero comprobé desolada que me lo había dejado en la habitación. ¡Maldita sea! Para una vez que lo necesitaba de verdad, no lo llevaba encima.
«Tranquila, estamos en el mes de julio, esto no puede durar mucho, seguro que la niebla acabará por levantar» pensé en un vano intento de serenarme mientras volvía a cerrar los ojos. De repente, se levantó un viento inesperado, abrí los ojos y comprobé que no había ni rastro de la niebla, ante mí se desplegaba el poblado, pero con unas construcciones muy distintas a las que había visto hasta entonces. Las casas eran de adobe, muchas de ellas con la planta circular y con el tejado hecho de cañas y ramas secas. El aspecto era paupérrimo, nada que ver con la parte por la que había empezado a caminar. «Esta debe de ser la zona pobre de la aldea» me dije.
Una mujer salió de una de las cabañas con un caldero humeante en las manos, era extremadamente delgada y el rostro cadavérico anunciaba que no tenía un buen estado de salud. Un niño pequeño sucio de mugre y mocos en la cara se agarraba a la saya de la mujer sujetándose torpemente sobre sus famélicas piernecitas.
Instintivamente, y curada ya de espanto, me toqué mis propias ropas para ver cómo iba vestida yo porque lo primero que me vino a la mente contemplando aquello es que estaba otra vez alucinando. Pero mi vestimenta era la misma con la que había salido de mi alojamiento, nada de armaduras ni sandalias ni yelmo ni espadas. «Parece que sigo siendo yo, algo hemos mejorado» me dije aliviada.
Me acerqué tímidamente a la mujer y el niño, pero antes de que pudiera llegar hasta ellos desaparecieron en el interior de otra cabaña. Los seguí, pero me detuve en el umbral y desde allí asistí a una escena desoladora.
En el fondo de la estancia, en un catre tirado en el suelo, yacía un hombre con aspecto demacrado que luchaba por respirar entre quejidos angustiosos. Una anciana se hallaba a su lado aplicándole unas cataplasmas, como estaba de espaldas a mí no podía verle el rostro, pero su manera de moverse y su figura me resultaron familiares. La mujer y el niño se acercaron a ellos.
―Aquí tienes el agua caliente ―le dijo la mujer a la anciana.
La vieja tomó el caldero y sumergió en él unas hierbas secas que extrajo de uno de los pliegues de su túnica. Al girarse comprobé con sorpresa que se trataba de Ruxa, la bruja que me encontré en la cueva. Entonces, sin ser consciente de ello, salí de mi anonimato y exclamé.
­―¡Ruxa! ¡Qué sorpresa verte aquí!
Sin embargo, la hechicera ignoró mi exclamación y siguió atendiendo al hombre postrado. Entonces decidí entrar en la cabaña para hacerme ver mejor.
―¡Hola, Ruxa! ¡Nos volvemos a encontrar! ―le dije acercándome a ella y con una sonrisa de oreja a oreja. Aunque le echaba la culpa de mi ‘affaire’ con la llorona y el golpe final resultante, tenía que reconocer que me hacía ilusión verla de nuevo.
Pero, la vieja siguió ignorándome. La mujer y el niño también pasaron de mí olímpicamente pues me encontraba en el centro de la estancia y actuaban como si yo no estuviera allí.
Algo mosqueada me dispuse a agarrar a Ruxa por el brazo para obligarla a prestarme atención, sin embargo, cuando fui a tocarla mis manos atravesaron su brazo como si estuviera hecho de humo.
Me quedé congelada por el estupor.
«Ya estoy otra vez alucinando. Esto empieza a ser preocupante» pensé aturdida y decidida a visitar un neurólogo en cuanto llegara a Madrid.
Pero como, una vez más, era incapaz de gobernar lo que me estaba sucediendo, me aparté y me dispuse a ver en qué acababa todo aquello.
―Esto lo mantendrá medio dormido y aliviará el dolor ―le dijo Ruxa a la mujer mientras intentaba que el hombre tomara el bebedizo que había preparado― pero poco más puedo hacer. Prepárate para lo peor.
La mujer empezó a sollozar y el niño, asustado ante la reacción de la que supuse sería su madre, también comenzó a llorar.
―¡No puede morir! ¡Esfuérzate! ¡Conjura a Brixit y aleja a las curuxas*!
―Ni Brixit podría sanar a tu hombre. Sus pulmones están llenos de sangre, las costillas rotas los han perforado.
―¡No lo dejes morir! ¡No lo mates!
Tras el reproche de la mujer, Ruxa se levantó airada y se le encaró.
―¡Yo no mato a nadie! Échale la culpa a la montaña y al oro maldito que escupe. La codicia de vuestros nuevos amos, esa es la que os está matando a todos. Pronto no seréis más que polvo disuelto en el barro que os rodea por todas partes.
―¡Eres cruel! ¡Maldita seas!
―Guarda tus maldiciones para quienes os han llevado hasta aquí, los arrogantes que se enfrentaron a quienes eran superiores en todo.  Hay que saber cuándo no se puede ganar y cuándo hay que someterse.
La mujer dejó de llorar súbitamente tras las últimas palabras de Ruxa y con fiereza se le enfrentó.
―Además de cruel eres una cobarde. No creas que se me ha olvidado que fuiste de las que insististe en rendir las armas cuando esos malditos romanos llegaron hasta aquí, que aconsejaste a los ancianos de la tribu que nos entregáramos. ¡No tienes orgullo! Pero, claro, eres una asquerosa bruja, ¡qué sabrás tú de honor! ―le espetó con una mueca de asco.
―¡Ah, ya salió el honor a relucir! ―replicó la anciana haciendo burla―. Vosotros y vuestro honor. Dime de qué os ha servido. ¡Mira a tu alrededor, idiota! Vivís peor que los animales. Si los jefes me hubieran hecho caso… Cualquiera con una mínima inteligencia habría visto que enfrentarse a ese ejército era un desatino que solo podía llevar al desastre. Si hubierais aceptado el pacto que os ofreció aquel general ahora no estaríais así. Pero, no, vuestro honor no os permitía capitular ―volvió a hacer burla―. El orgullo y la estupidez os han llevado a esto ―señaló al hombre tendido―. Dime dónde está ese honor, ¿aquí? ―rio con amargura― ¿en esta cabaña que huele a vómitos y sangre? ¿en la cara de tu hijo, lleno de mocos y garrapatas? ¡Mírate! ¿Dónde está el honor? ¡Dímelo!
Ruxa estaba muy enfadada, y la verdad es que daba un poquito de miedo. Aunque no presentaba el mismo aspecto desaliñado de la primera vez que la vi, su imagen era inquietante, en esos ojos grises la ira confería a su mirada cierta amenaza que asustaba.
―¡No podíamos hacer otra cosa, Ruxa! ―contestó la mujer que volvió a llorar― Tú no lo entiendes, no eres de los nuestros. Si nos atacan, luchamos. Vencer o morir, ese es nuestro lema.
―¡Vencer o morir, qué palabras más bonitas! ―espetó Ruxa burlándose de nuevo― Ojalá os hubieran pasado a cuchillo cuando llegaron, porque la muerte es mejor que lo que os toca vivir ahora.
­―¿Qué querías que hiciéramos? Rendirnos nos habría convertido en esclavos.
―Si fuerais esclavos viviríais mejor. El trato del general romano era bueno. Un esclavo trabaja de sol a sol para sus amos, pero a cambio recibe sustento y cobijo. En cambio, vosotros, con vuestra resistencia y vuestro honor ―escupió la bruja con desprecio― habéis conseguido ser menos que los esclavos. Además de trabajar para el opresor, el poco tiempo libre que os deja la mina lo tenéis que emplear en buscar un magro alimento que apenas consigue manteneros en pie. ¡Estúpidos!
Mientras las dos mujeres discutían, fuera de la cabaña se escuchó ruido de voces y movimiento de gente. Salí al exterior y me topé con un destacamento de soldados romanos que irrumpían en el poblado. Al frente de la unidad se encontraba un conocido mío: Flavio. En un primer momento pensé en dirigirme al que consideraba compañero de armas en mi otra vida, aquella en la que yo fui un legionario seguramente como fruto de mi estado de alucinación, pero enseguida caí en la cuenta de que en esta nueva ensoñación yo no era visible, así que desistí y seguí como espectadora de lo que allí estaba pasando.
―¡Vamos, haraganes! ¡Quiero veros agrupados ahora mismo! La mina os espera ―ordenó Flavio mientras empujaba sin ninguna consideración a los habitantes del poblado que habían empezado a salir de sus casas.
Entre los que se agrupaban para ir a trabajar a la mina había hombres jóvenes y no tan jóvenes, pero también mujeres y niños, incluso algún anciano pude ver que se disponía a formar parte del grupo. Todos, hombres, mujeres, niños y ancianos presentaban un aspecto lamentable, estaban famélicos y con signos evidentes de enfermedad. ¿Cómo era posible que gente en tan malas condiciones pudiera trabajar en nada, y mucho menos en algo tan penoso como una mina?
―Podías ser caritativo con esta pobre gente y dejar que algunos se quedaran hoy en su casa. La mayoría no se tiene en pie.
Era Ruxa la que hablaba, había salido de la cabaña donde atendía al herido y, como si me hubiera leído el pensamiento, así se dirigió a Flavio. Le hablaba con un tono amable, pero sin perder nada de dignidad.
―Roma no pierde el tiempo con caridad. Si queréis clemencia, llegáis tarde. Ya pasó vuestra oportunidad ―replicó Flavio mientras seguía empujando a los remisos que aún no estaban junto a sus compañeros de trabajo.
― Cuando el poderoso reparte generosidad es cuando demuestra su verdadero poder ―sentenció la bruja.
Como al aludido no pareció afectarle el comentario, Ruxa decidió dejarse de soflamas filosóficas y pasar a algo más prosaico.
―Además, no fue Roma quien te curó ese absceso tan feo y tan doloroso que te salió ahí ―insistió mientras dirigía su mirada a la entrepierna del legionario.
Flavio se quedó mirando a Ruxa y, tras unos instantes de duda en los que pareció quedarse enganchado a los ojos de la hechicera, se dirigió al grupo de aldeanos que esperaban delante de él.
―Tú, tú, tú y tú ―señaló a dos ancianos y a dos niños que eran la viva imagen de la desolación― quedaos hoy aquí. Los demás seguidme.
Nada más decir aquello se oyó un estruendo que reverberó en todo el valle. La tierra tembló bajo mis pies y creí que estábamos sufriendo un terremoto. Me dispuse a poner pies en polvorosa pero como vi que ni los soldados ni los habitantes del poblado se asustaban, pudo más la curiosidad y me quedé para averiguar qué había pasado.
Tras el ruido, una gran polvareda se pudo ver en lo más alto de la montaña. Cuando se disipó en gran medida, asombrada vi que donde antes se hallaba un pico montañoso con rocas y vegetación, ahora había un agujero enorme. Un cráter de tierra arcillosa se había originado tras el estruendo. Al mismo tiempo pude ver cómo grandes cantidades de agua acompañadas de un torrente de lodo bajaban por las laderas.
Entonces recordé las explicaciones del día anterior cuando nuestra guía nos internó por las antiguas minas de oro. El tipo de explotación minera de aquella zona consistía en horadar la montaña con pequeños túneles que luego rellenaban con agua, la presión que ejercía esta al pasar por canales estrechos hacía reventar literalmente la montaña, dejando al descubierto grandes cavidades y liberando en su derrumbe el metal precioso que albergaba en su interior.
Ruina Montium se llamaba esa técnica que, como su nombre en latín indica, se basa en cargarse la montaña. Se ve que en aquella época el movimiento ecologista aún no estaba consolidado y por eso se permitía semejante atrocidad paisajística. El sistema era efectivo desde el punto de vista de la explotación minera, pero en cuanto a sostenimiento del ecosistema dejaba bastante que desear. Me di una palmada en la frente al recordar y solté una maldición porque el manotazo me hizo ver las estrellas. Aquello sería una ensoñación, pero el chichón era real y tocármelo me había hecho daño.
Entre el dolor que me había provocado yo misma y el espectáculo que ante mí se ofrecía, apenas presté atención a las palabras de mi excompañero de armas.
―¡Vamos! Hay que llegar ya a la zona de lavado. El agua ya ha hecho su trabajo, ahora os toca a vosotros. La eficacia romana no defrauda, bruja ―añadió dirigiéndose a Ruxa directamente.
―Ni la mía con tus dolencias, soldado ―replicó Ruxa volviendo a mirar la entrepierna de Flavio.
Aunque la forma de hablar seguía siendo amable, Flavio pudo percibir cierto tono amenazante en las últimas palabras de la anciana. Mirándola de reojo salió del castro seguido por el grupo de desgraciados a los que les esperaba una jornada extenuante para recoger oro con el que engrosar las arcas del Imperio Romano.
Tras la marcha del destacamento con su carga de mano de obra gratis el poblado quedó casi desierto. Los pocos moradores que permanecieron en él, se dispusieron a realizar sus tareas dejando las sucias callejuelas vacías de gente. Tan solo Ruxa y yo quedamos fuera. Me dispuse a regresar a mi alojamiento confiando que al salir del poblacho aquella ensoñación desaparecería, o eso esperaba porque la vez anterior necesité un cachiporrazo para volver a la realidad y con un chichón ya tenía suficiente.
Cuando pasé delante de Ruxa no hice ningún ademán para comunicarme con ella porque sabía que no podía verme. Sin embargo, cuando la rebasé y le di la espalda ella soltó una carcajada para, seguidamente, decir:
―Deberías cuidarte ese chichón.
(Continuará…)












 (*) Brixit: diosa celta de la curación. Curuxa: lechuza que, según la mitología astur, si se posa o ronda la casa de un enfermo significa que este enfermo va a fallecer.

NOTA: La feroz resistencia que opusieron los astures de la zona del Bierzo a los romanos provocó la ira del imperio; cuando finalmente fueron sometidos, las tribus se vieron obligadas a acatar las órdenes de los nuevos señores de la comarca que consistían en trabajar de sol a sol en las minas de oro, pero sin ni siquiera alcanzar el estado de esclavos (estos tenían derecho a alojamiento y manutención). Esta manera de explotación laboral era un auténtico chollo para Roma porque el trabajo le salía a coste cero y el poco oro que se obtenía (las minas nunca fueron especialmente productivas) era todo ganancia.    


Hada verde:Cursores
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