30 de mayo de 2021

Lo superarás

 


No podía fallar. Hoy era el gran día. El veinticinco aniversario del internado. Todo el claustro de profesores se iba a congregar para celebrarlo y él sería también, a su manera, protagonista. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Dar de comer a treinta personas no era cualquier cosa, aun más si esas personas significaban tanto para él. Ernesto trajinaba por la gran cocina, su nuevo feudo; entre fogones y cacerolas se movía como un rey entre sus súbditos. Solo hacía dos meses que había conseguido el puesto y ya se había ganado la admiración de profesores y alumnos por su creatividad a la hora de cocinar. Pero hoy más que nunca debía destacar; hoy todo debía ser perfecto, nada podía fallar. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Don Rogelio, el director. Don Pedro, el de Latín. Don Leonardo, el de Geografía. Don Anacleto, el de Matemáticas. Estaban todos. Los conocía bien de su etapa estudiantil en el centro. Estaban todos y Ernesto se iba a esmerar en agasajarles. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

De primer plato una crema con puerro, patata, cebolla, leche y nata. Un homenaje a don Pedro, amante del puerro sobre todas las cosas. Don Pedro Puerros le llamaban en clase cuando él no los podía oír. Su aliento siempre fétido avisaba de su llegada mucho antes de que hiciera acto de presencia. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

De segundo, estofado de pavo. Un guiso que le recordaba a don Leonardo, siempre presumido, siempre henchido, siempre ufano y siempre dispuesto a hablar de sí mismo, pero no de los demás. Un tutor que no sabía escuchar ni mucho menos tutelar. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Como guarnición con el pavo preparó níscalos a la flor de sal de romero con cebada. Ese iba a ser su plato estrella. La temporada de lluvias otoñales propició una buena cosecha de hongos, y Ernesto daría el do de pecho con su guiso. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Coció la cebada con esmero mientras su mente viajaba atrás en el tiempo, cuando el colegio iniciaba su andadura y él acababa de ingresar en el internado. Era un alumno brillante, un alumno especial, querido por muchos profesores, incluso por el director. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Limpió los níscalos con suavidad, retiró los restos de tierra y hojas. Laminó los hongos con cuidado, con precisión milimétrica, con la exactitud que exigía en los problemas de matemáticas don Anacleto; y con la misma precisión con que eludía las ecuaciones más difíciles planteadas por sus alumnos. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Entre lágrimas acertó a picar varios dientes de ajo. El olor acre le recordó otros olores de veinticinco años atrás. Olores, sabores, sensaciones que permanecían agazapadas en un rincón de su memoria y que acudían y le asaltaban con el ímpetu de una ola en pleno temporal. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

En la sartén cubierta por una película verde de aceite de oliva, salteó los níscalos con el ajo. Regó todo con un fuerte y áspero vino de Toro, fuerte como el cuerpo de don Rogelio, áspero como la barba de don Rogelio. Mientras las volutas de alcohol y vapor de agua ascendían hacia el techo de la cocina, los recuerdos de Ernesto se fueron con ellas, su mente se evadió. Se le daba bien evadirse, lo había aprendido hacía mucho tiempo, cada vez que el director acudía a su dormitorio.  «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Doró la cebada en otra sartén y añadió pimienta negra; tan negra como la oscuridad que se cernía sobre él cuando don Rogelio abandonaba su cama. Cató la mezcla y comprobó que se había excedido con la sal al romero. Estaba demasiado salado, sabía a lágrimas; tenía el mismo sabor que su almohada tras esas noches largas y dolorosas de veinticinco años atrás. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Por último, añadió su ingrediente secreto. Ernesto había ganado fama gracias a la creatividad que desplegaba con el uso de algunas plantas. Empleaba un condimento diferente según la ocasión, un toque genuino que le hacía ser un cocinero tan especial.

Desde la cocina oyó el alboroto propio de la celebración. Risas y algún que otro vítor se dejaban escuchar entre el ruido de los cubiertos y el chocar de las copas al brindar. Tras el café, don Rogelio se dispuso a dar un pequeño discurso. Tan solo hizo falta un leve carraspeo por parte del director para que todos a una callaran. El ruido de la conversación desapareció de repente. Como si de una coreografía ensayada al milímetro se tratara, todo el claustro enmudeció en un instante ante la figura del director en pie. Una sincronización perfecta. Ernesto no se extrañó, llevaban veinticinco años entrenando cómo obedecer al director, cómo callar. Llevaban veinticinco años practicando el silencio. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Pero esta vez sería distinto. En esta ocasión callarían definitivamente. Ernesto había puesto mucho cuidado en ello. Gracias a él, el silencio del claustro de profesores sería perpetuo. Gracias a él y al condimento especial de la guarnición. Entre la sal al romero y el vino de Toro había añadido beleño negro que, en unas horas, haría su trabajo. Primero una ligera sensación de sopor, después la parálisis muscular; los pulmones dejarían de funcionar y la falta de aire los haría enmudecer, como lo venían haciendo desde hacía veinticinco años, pero esta vez para toda la eternidad. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

 





17 de mayo de 2021

Dios los crea y ellos hacen juntas

 


―Se abre la Junta Extraordinaria para aprobar el presupuesto y la derrama correspondiente para el arreglo del tejado.

―Don Teodoro, ¿no sería mejor esperar un poco para ver si llegan más propietarios? ―dijo la vecina del 3ºB.

―Leonor, hemos esperado media hora, es más que suficiente.

―Ya, pero es que, si no están luego se quejan con lo de la derrama, que vamos a tocar un tema peliagudo.

―Como siempre, Leonor. Cuando se trata de apoquinar todos protestan, pero si quieren discutir lo que sea que vengan a las reuniones ―intervino el vecino del 2ºC―. Si hay quorum, adelante, don Teodoro.

―Lo hay, don Rufino ―contestó el aludido―. Se inicia la sesión, digo la junta ―añadió dando un sonoro golpe en la mesa con un mazo.

―Vale, lo que usted diga, pero ya verá como luego hay lío ―porfió Leonor encogiéndose de hombros.

―Como ya les anuncié en la convocatoria de la junta, hay que reparar los desperfectos del tejado y a tal efecto es necesario mirar los diferentes presupuestos que aquí les traigo para elegir el que creamos más conveniente y así iniciar las obras.

―Lo del tejado ¿tan grave es? ―interrumpió Rufino―. ¿Se va a caer o algo así?

―No, pero doña Luisita tiene una gotera en el salón por culpa del desperfecto ―añadió Teodoro mientras la aludida cabeceaba asintiendo con una tímida sonrisa.

―¿Y le cae mucha agua, Luisita? ―preguntó Rufino.

―Pues… pues caer, lo que se dice caer agua… pues no. Pero… tengo una mancha de humedad muy grande en el techo y…

―¿Y qué? ¿No te hace juego con las cortinas del comedor? ―interrumpió el vecino del 4º A con chulería y sonrisa socarrona.

―Ese tono, Juancho. Ante todo, respeto. Si Luisita tiene un problema hay que solucionarlo; es nuestro deber ―reprendió Teodoro al tiempo que hacía sonar con un golpe el mazo.

―Vamos a ver, esta casa tiene más años que la tos, y si nos paramos a arreglar cualquier chuminada, no vamos a terminar nunca. Si tiene una mancha que se la pinten y ya está ―porfió Rufino.

―No es tan sencillo. Hay que abordar el problema, no enmascararlo ―replicó Teodoro.

―Es que cuando no es el tejado, es el portal, y cuando no, la escalera, pero estamos soltando pasta todo el día. Esto es una ruina ―insistió Rufino.

―Si no te gastaras todo el dinero en copas y mujerzuelas no estarías arruinado, so golfo ―intervino la vecina del 1º A.

―¡Doña Remedios! ―la reconvino Teodoro con un golpe de mazo.

―Ya me parecía a mí. Mucho estaba tardando esta en dar por saco ―dijo en voz baja Leonor.

―En qué me gasto el dinero es asunto mío, señora. ¡Qué sabrá usted! ―replicó Rufino.

―Lo sé porque no sales del bar en todo el día y te vienes a casa con cada pelandusca que… Un día de estos vas a coger cualquier cosa y la palmas lleno de pústulas y bichos.

―Preocúpese de sus cosas y déjenos a los demás vivir tranquilos. Menos cotillear, doña Remedios ―respondió el aludido.

―Si es que está todo el día vigilando quién entra y quién sale asomada a la ventana, solo se va de ahí para pegarse a la mirilla ―añadió Juancho.

―Nos estamos desviando del tema ―dijo Teodoro.

―Juancho, bonito, fúmate un porro de los tuyos y deja a los mayores hablar ―respondió Remedios ignorando el comentario de Teodoro.

―Pues no me vendría nada mal. Jefe, ¿me da permiso?

―¡Ni se te ocurra! ―respondió Teodoro―. Según la ley 42/2010 de 30 de diciembre, se prohíbe fumar en espacios de uso público como…

―Vale, que sí, que ya lo he pillado, deje de dar la brasa ―le interrumpió Juancho―. El caso es que aquí, el golfo ―prosiguió haciendo caso omiso del golpe de mazo que dio Teodoro para llamarle al orden― tiene razón. Estamos todo el día con derramas, y sale por un pico tener un piso tan viejo.

―Sobre todo a ti, que no has dado un palo al agua en tu vida ―añadió Remedios―. Gracias a que tu abuela se murió y heredaste su piso, si no ¿de qué? No tendrías dónde caerte muerto, que hasta tus padres te echaron de casa por drogata… y por vago.

―Doña Remedios, como persista en su actitud me voy a ver en la obligación de echarla de la junta ―reconvino Teodoro mientras golpeaba con el mazo.

―No tienes huevos ―le respondió ella―. Muchos humos te das, pero tu mujer se fue con otro porque se moría de aburrimiento contigo que eres muy triste y muy seco y muy cansino.

―La vieja no se calla ni debajo del agua ―añadió Rufino.

―Tengamos la fiesta en paz. Vamos al tema de esta junta…

―Señora, lo mismo debería usted fumarse uno de mis porros y dejar el anís ese de garrafón que se gasta; se le sube a la cabeza y no dice más que tonterías.

―Tú sí que tienes la cabeza podrida, macarra ―respondió la aludida―. ¡Guárdate tus mierdas para ti!

―Pues si doña Remedios no quiere, yo sí que aceptaría liarme un canuto, porque creo que drogada es la única manera de aguantar esta reunión.

―Leonor, usted no añada más leña al fuego, haga el favor ―volvió a encararse Teodoro―. Bastante tenemos con lo que tenemos.

― Ejem. Bueno... Si lo de mi gotera es problemático, lo dejamos. No quiero ser motivo de molestias ―intervino tímidamente Luisita.

―Lo dejamos, dice ―se revolvió Rufino―. Nos hace reunirnos porque tiene humedad en el salón y ahora dice que lo dejemos. Después de la que ha liado. Si es que son ganas de fastidiar.

―Rufino, modérese ―respondió Teodoro con un nuevo golpe de mazo―. Doña Luisita, si usted tiene un problema se lo vamos a solucionar.

―Este se la quiere encamar ―dijo Remedios―. Claro, que le haría un favor y de paso nos lo haría a todos los vecinos, porque el verdadero problema de Luisita es que se le ha pasado el arroz hace años y está muy necesitada.

―¡Doña Remedios, no se lo repito más! ―interrumpió Teodoro golpeando el mazo―. Modere su actitud y deje de incitar a la discordia.

―Y tú deja el martillo ese quietecito. Qué manía con dar golpes, nos tienes a todos hasta el moño.

―Si es que la vieja está amargada y quiere amargar a los demás. Como no tiene hijos a los que incordiar se desquita con nosotros ―dijo Juancho.

―Para tener hijos como tú, prefiero estar sola, yonqui de mierda.

―Nada, que no se calla. Que alguien le traiga un copazo de anís, a ver si se calma ―dijo Rufino.

―Cree el borracho que todos somos como él. ¡Desgraciado! ―le respondió Remedios.

―¡Váyase a dormir al sarcófago! ―añadió Juancho.

―¡Vete tú, colgao!

―¡Orden! ¡Orden! ¡Hagan el favor! ―gritó Teodoro golpeando frenéticamente el mazo― Deben guardarse las rencillas personales para… ¡Doña Luisita! ¿Qué le pasa? ¡Está sangrando!

―¡Hostias! El mazo ha salido volando. ¡Menudo golpe! En todo el gepeto le ha dado ―dijo Juancho riéndose a carcajadas.

―Tanto aporrear con el martillito de los cojones… Se veía venir ―dijo Remedios.

―La que no lo ha visto venir ha sido la pobrecilla ―dijo Rufino mientras asistía a Luisita que tenía una brecha en la ceja izquierda.

―Voy a llamar a los del SAMUR ―respondió Teodoro con el móvil en la mano.

―Llame también a los del manicomio para que se lleven a la vieja ―dijo Juancho.

―Y a la perrera para que te lleven a ti, zopenco ―dijo Remedios.

―Y a Radio Taxi para me lleven a mí. Me voy a vivir al chalet de mi hermana ―dijo Leonor.

 



12 de mayo de 2021

Entre bichos anda el juego

 


«El Señor de los Bichos» era su apodo y el terrario del zoológico su feudo. Ofidios de varios tamaños, letales escorpiones y arañas, gráciles escalopendras y ranas multicolores eran los súbditos que Basilio gobernaba con habilidad.

Con su excelente currículum consiguió un puesto para el que estaba más que cualificado. Basilio sabía recrear con paciencia infinita los diferentes hábitats que cada animal necesitaba. Su serenidad manipulando las especies más peligrosas consiguió que desaparecieran los habituales accidentes responsables de la vacante que él acabó ocupando de manera definitiva.

Un día que Basilio manejaba el nido de una viuda negra sintió revolotear algo delante de él. No le prestó especial atención pues su interés se centraba en no ser mordido por la mortífera araña; sin embargo, aquello acabó posándose en su brazo. Aterrado comprobó que era una polilla: gorda, peluda, con unas largas antenas y probóscides que se movían amenazantes.

Basilio sacudió el brazo para deshacerse de aquel bicho asqueroso (aunque inocuo). Con el movimiento volcó la urna donde se encontraba la araña y, en un efecto dominó, los receptáculos de los escorpiones y las serpientes también cayeron de sus peanas. Entre ruido de cristales y los alaridos de Basilio, la estampida de reptiles, anfibios y otros especímenes sembró el caos en la sala.

Para desgracia de los diez visitantes que se encontraban en ese momento en el terrario, y que sufrieron las graves picaduras de los animales sueltos, en el excelente currículum de Basilio no se especificaba que padecía motefobia.

 

Motefobia: Miedo a las polillas.

Definición ampliada:

Se define como un persistente, anormal e injustificado miedo a las polillas.

 

También se utiliza este nombre para la fobia a las mariposas, que no tiene una denominación oficial. También se conoce la fobia a este tipo de insectos como lepidopterofobia (porque la clase de los lepidópteros incluye a las mariposas, polillas, etc.).

Entre quienes padecen de este trastorno, caracterizado por el temor o la aversión hacia las mariposas o las polillas, está la actriz Nicole Kidman (y la que esto suscribe también).

Es una fobia relativamente común. Las personas dan diferentes “razones” para su fobia, algunas de las cuales incluyen los patrones erráticos de vuelo, los colores reales y las imágenes en sus alas, su tamaño, e incluso cómo se les siente al tacto (en mi caso es que sencillamente me dan mucho, pero que mucho asco, prefiero mil veces una cucaracha o un escarabajo pelotero que tocar una polilla). Es clave recordar que las fobias son miedos irracionales.







7 de mayo de 2021

LA SOLEDAD ES MALA COMPAÑERA

 

Ayer me incorporé a un club literario virtual donde varios adictos a esto de escribir se reúnen cada dos semanas para compartir escritos e impresiones. En cada reunión se elige un tema o un estilo narrativo como base a la hora de escribir el relato correspondiente. El de ayer era LA SOLEDAD. Aquí va lo que me salió a mí.

La SOLEDAD es mala compañera. Hasta mi madre me lo dijo, pero qué quiere que le diga a usted, yo nunca fui de hacer caso a los demás, ni siquiera a mi madre, que era una santa.

En el colegio ya me decían que era un raro porque no me juntaba con nadie; no era de hacer amigos, esa es la verdad. Tan solo el Pecas se acercaba a mí, pero es que era bizco, sabe usted, y yo era el único que no le insultaba ni me burlaba, más por no hablar que por no ofenderle, no se vaya a usted a creer, y él se venía conmigo para estar tranquilo.

Sí, siempre he sido raro. Hasta me llevaron al médico cuando era chaval, y me dieron unas pastillas, pero como me atontaban mucho dejé de tomarlas. Pero eso no tiene nada que ver, la culpa de todo ha sido de la SOLEDAD, ya lo vengo diciendo desde hace tiempo. Se lo dije a los dos musculitos que llegaron a mi casa, que, por cierto, vaya manera de aporrear la puerta, que no eran horas para andar haciendo tanto ruido, las dos de la mañana y unas voces… ¡Policía Nacional! gritaban. Un escándalo. Con llamar al timbre hubiera sido suficiente, pero ellos no, venga a gritar y todos los vecinos al loro, claro, como para no salir a la escalera a ver qué pasaba. Yo hubiera hecho lo mismo, pero bastante tenía con ponerme el chándal encima porque estaba en pelotas, sabe usted, por eso tardé tanto en abrir, bueno por eso y por culpa de la SOLEDAD, que es la responsable de todo este malentendido, fíjese lo que le digo.

Después de que me esposaran, de muy malos modos, las cosas como son, y en el coche patrulla, les insistí a los polis que todo era culpa de la SOLEDAD, pero ellos ni caso, oiga. Que si era mejor que estuviera calladito y no sé qué de que si conocía a un abogado, me decían. Pero qué abogado ni qué abogada, no me conozco a mis vecinos, que son todos una panda de ignorantes, voy a conocer a un abogado. Desde luego, es que tiene unas cosas la policía.

En la comisaría también les dije a los compañeros de los dos energúmenos que me llevaron de mi casa que toda la culpa era de la SOLEDAD, pero igualmente pasaron de mí. Me hicieron fotos; que estaba yo para fotografiarme, todo despeinado y sucio, con barba de una semana y salpicaduras de sangre por toda la cara. No me dejaron ir al baño para acicalarme un poco y salgo con unas pintas… parezco un delincuente.

No le quiero dar demasiados detalles por no aburrirla que la veo cara de enfado. ¡Ah! Que sí quiere detalles, que para eso está usted aquí. Pues nada, lo que usted diga, que se ve que aquí es la que manda, porque en cuanto usted apareció vaya manera de ponerse tiesos los dos maromos que me vigilaban, eh, que solo les faltó hacerle una reverencia, y menuda coba que se gastaron. Que si su señoría por aquí, que si su señoría por allá. Se ve que es usted gente de calidad, lo noté enseguida; yo tengo muy buen ojo para medir a las personas, aunque no soy muy viajado, tan solo salí del barrio para ir al pueblo de mi madre cuando se murió que quería la pobre que la enterraran allí y no sé por qué, que ella se marchó de esa aldea miserable porque se moría de hambre y de asco y… Que me ciña a lo que pasó anoche. Sí, perdone, iré al grano, es que hacía tiempo que no tenía a nadie con quien hablar, o más bien, hacía tiempo que no encontraba a nadie que me escuchara con atención, como lo está haciendo usted ahora mismo. Y mucho menos que se apunte y escriba lo que digo.

Bueno, pues como le estaba diciendo, yo no he viajado nada y es que… No, no, no se me impaciente, que lo de no viajar viene al caso, espere un poco, ya verá. Pues eso, que si yo no he viajado ha sido por culpa de la SOLEDAD, ¿no ve como sí tiene relación? Porque todo es por culpa de ella.

Bueno, por ella y por los del Billy. No, el Billy no es un amigo, que yo no tengo amigos, señora señoría. El Billy es el bar de debajo de mi casa donde voy a desayunar un café con churros antes de ir al parque a sentarme y pasar la mañana, todo por no estar en el piso, que no soporto a la SOLEDAD, en el parque al menos veo a gente y… Sí, es verdad, me voy por las ramas.

Pues eso, que los del Billy, los del bar, llevaban una temporada venga a decirme que la SOLEDAD era mala compañera, que debía buscarme una mujer como dios manda, que no sé yo qué me querían decir con eso, pero que no podía seguir así, con esas pintas que llevaba, que tenía mala cara y que los moretones de los ojos no se podían tolerar y yo que no, que no eran morados que eran ojeras, de no dormir, pero ellos venga a machacar, que si la SOLEDAD por aquí, que si la SOLEDAD por allá. Tumba y dale. Eran muy pesados, sabe usted. El caso es que todas las mañanas me calentaban mucho, y me dejaban la cabeza como un bombo. 

Total, que, entre unos y otros, pues me harté. Ya llevaba unos días muy cansado, como a punto de mandarlo todo a paseo, sabe usted. Y anoche… pues que no estaba yo para tonterías. Que uno puede ser un vago, desapasionado lo llamo yo, que no es lo mismo, pero lo que no soy es un… un… ¿Cómo me llamaba ella? Un comemierda. Cada vez que me decía eso me daba mucha rabia, primero porque no sé qué quiere decir, yo no he comido mierda en mi vida, y eso que he pasado hambre muchas veces, pero es que, además, me daba mucho asco. ¿De dónde se sacaría esa palabra tan rara? De los culebrones que veía a todas horas, seguro. Que yo seré un vago, pero ella no movía su culo gordo del sofá. Enganchada a la tele estaba, mire usted.

En fin, que ayer por la noche, cuando llegué de darme una vuelta por el barrio, la SOLEDAD me recibió a voces. Que mira qué horas son, que no sé por qué te consiento lo que te consiento, que si eres un tal, que si eres un cual. Parecía un disco rayado, fíjese lo que le digo. Que no son horas, SOLEDAD, que es muy tarde y la vamos a liar. Y ella a chillar más y a seguir insultándome, porque no soporta que le lleven la contraria, sabe usted. Y entre una lindeza y otra va y me suelta lo de comemierda. Bueno, ya está bien, Manolo, me dije, hasta aquí hemos llegado, así que me dio un pronto y le solté que no la aguantaba más y que me largaba de casa. Entonces va ella y se echa a reír. Largarte tú, me dijo, que a dónde me iba a ir yo, y venga a reírse. Y ahí ya, no sé qué me pasó. Se me nubló todo, notaba las cosas como medio borradas, tan solo veía bien un cuchillo grande, el que usamos para cortar el queso. Ahí estaba, encima de la mesa de la cocina. Si le digo que me habló no me creería, ¿verdad? Debió de ser una lucinación o algo así, pero yo oí que el cuchillo me decía que lo usara. Y lo usé, vaya que si lo usé. De un viaje le rajé la garganta a la SOLEDAD. Oiga, y fue efectivo, se calló enseguida, tan solo hizo un ruido como de burbujas mientras se llevaba las manos al cuello. Aunque, antes de despatarrarse en el suelo, creo que me llamó cabrón. No sé, no estoy seguro. Eso lo tengo algo confuso, pero comemierda no me lo llamó, mire usted. Sí, fue buena idea lo del cuchillo. Aunque se puso todo de sangre…, un asco.

Violencia de género. ¿Eso qué es? ¿Y lo de prisión preventiva? ¿Qué dice de mis facultades mentales? Perturbado. ¿Yo? ¿Homicidio con qué? Alevosía. No le entiendo nada, señora señoría, habla usted muy raro.

¿Culpable? Que no, que yo no soy culpable de nada, que lo único que hice fue quitarme de encima a esa mala pécora porque vivir con ella no era bueno para mí. Si ya me lo dijeron todos: la SOLEDAD es mala compañera.

 




29 de abril de 2021

El transporte de mi niñez


Este mes de abril un icono del transporte, la moto Vespa, cumple 75 años. Tengo una vinculación muy especial con esa motocicleta. Mi padre trabajó durante más de cincuenta años en la fábrica que la marca italiana tenía en España, así que la famosa Vespa nos dio de comer a mi familia durante mucho tiempo. Además, y como no podía ser de otra manera, mi padre tuvo varios modelos de esa moto a lo largo de su juventud; los álbumes de fotos del noviazgo de mis padres así como de sus primeros años de casados e incluso cuando yo ya había nacido, están llenos de instantáneas donde ella, “la Vespa”, aparece acompañándonos como si fuera un miembro más de la familia, incluso fue merecedora de  fotos donde solo ella aparecía, como la que ilustra la cabecera de esta publicación.
He rescatado del baúl de los recuerdos un pequeño texto a modo de homenaje cumpleañero a este icono motero. Fue una de mis primeras incursiones en esto de escribir y cuando lo publiqué en el blog, allá por el año 2015, apenas tuvo repercusión, así que supongo os será nuevo para casi todos. Se titula “El transporte de mi niñez”, un texto que, cada vez que lo leo, me hace sentir nostálgica, porque cada vez que oigo ese nombre, Vespa, lo asocio a mi infancia y a muchos recuerdos entrañables.

 Será que me estoy haciendo vieja (aunque yo no quiera reconocerlo), será que veo a mi hija cada vez más mayor, será que las tormentas primaverales me ponen nostálgica, el caso es que últimamente me vienen recuerdos de los veranos de mi niñez con mucha frecuencia.

 

   Recuerdo las vacaciones repartidas entre Galicia y Santander. Recuerdo las playas del Cantábrico con los días de sol (o de lluvia) junto a mis primos. Recuerdo los bosques de eucaliptos y helechos donde me solía perder –literalmente- y que yo imaginaba llenos de hadas y duendes. Recuerdo las filloas de mi abuela gallega (nadie las hacía tan ricas, ni las hará, como ella) y los remedios para las picaduras de abejas de mi abuela paterna (creo que me hacían más efecto sus palabras tranquilizadoras y su serenidad que los potingues que me untaba). 

 

   Pero sobre todo me acuerdo de los viajes para llegar hasta allí.

 

    Mi padre tenía una moto Vespa con sidecar en la que viajábamos mis padres y yo; recorríamos toda la cornisa cantábrica visitando a la familia y eso nos llevaba un montón de horas en la carretera, pero no importaba porque nos íbamos de vacaciones y no teníamos prisa. El reloj ni se miraba y el mal estado de las carreteras obligaba a ir muy despacio, pero eso nos permitía contemplar mejor el paisaje. 

 

   La carretera del inicio del trayecto transcurría por la meseta castellana: rectas interminables a través de campos dorados de cereales listos para la siega. Al final del camino la carretera se transformaba para volverse sinuosa, plena de curvas, bordeando un mar siempre agitado y siempre dando una imagen espectacular.

   Recuerdo que en el sidecar de la moto yo me sentía segura y protegida del agua o del viento mientras que mi padre iba conduciendo y recibiendo todas las inclemencias meteorológicas con un estoicismo que, a mí, con la inconsciencia de la niñez, me parecía gracioso. Creía que él prefería mojarse en lugar de refugiarse bajo una cubierta de plástico como lo hacíamos mi madre y yo.

 

    En ese sidecar llegamos a viajar cuatro niños. Ahora que lo pienso no sé cómo lo hacíamos, pero el caso es que ahí íbamos todos a la playa, supongo que comprimidos pero contentos. Una playa rodeada de pinos donde la marea baja se llevaba el mar muy lejos y hacíamos carreras para ver quién era el primero en llegar al agua.


Mi madre y una servidora dentro de la cápsula protectora contra las inclemencias del tiempo.


 

   La imagen de esa moto está unida a recuerdos entrañables, a mi niñez. Más tarde mi padre tuvo varios coches, cada vez más grandes, cada vez más espaciosos y potentes, pero creo que nunca he viajado tan cómoda como lo hice en aquella moto.

 

  Viajar así es ahora inconcebible. Emplear un día entero en ir desde Madrid a La Coruña se nos antoja una insensatez y una pérdida de tiempo. Las autovías,  y los medios de locomoción han cambiado mucho, en comodidad y en rapidez. 


  Ahora me voy de vacaciones en avión y me preocupa que el vuelo tenga retraso, que me pierdan o estropeen la maleta, que haya "overbooking"... 

 

  Llego antes a mi destino, pero creo que disfruto menos del viaje.


Mi padre al frente del manillar



23 de abril de 2021

Día del libro 2021

 


Este año para celebrar el día del libro he leído un fragmento del Quijote, algo que ya hice el año pasado pero que no compartí en el blog.

El audio va acompañado de fotos que hice en diferentes visitas a la Feria del Libro y otras imágenes que capturé en una estación de metro cuando se decoró con pasajes del Quijote a cuenta del centenario de esta obra magistral.

El fragmento elegido corresponde al capítulo 34 de la segunda parte del Quijote. Como ocurre en muchos pasajes de la novela, los temas que trata están vigentes a pesar del tiempo transcurrido; en este caso concreto, se hace una crítica a la caza mayor y cómo la realeza se aficiona a ella con la intención de distinguirse y establecer distancias con el pueblo llano.

Para poner en antecedentes, en el inicio del capítulo unos duques han organizado una cacería para burlarse de Sancho que está en la creencia de que va a gobernar una ínsula y hacerle pensar que así se irá entrenando para ser un gran señor. En la emboscada que preparan a un jabalí, este arremete contra la comitiva y Sancho se sube a un árbol, pero la rama en la que se encarama se rompe y acaba destrozando el atuendo que le habían regalado. Los duques se ríen de él, pero Sancho acaba dándoles una buena dosis de sensatez y sentido común con sus sentencias acertadas y llenas de refranes.

Aquí está el enlace al vídeo con el audio del pasaje al que me refiero. Espero que lo disfrutéis.


 Para ver el vídeo pincha AQUÍ 

Por si os ha quedado ganas de más, aquí está el enlace a la lectura del año pasado que colgué en Facebook

Día del libro 2020

18 de abril de 2021

Diccionario para una pandemia (III)


 

Farmacovigilancia (antes de la pandemia): disciplina, desarrollada por médicos y expertos en farmacología, que se encarga de vigilar y evaluar la información sobre los efectos de los medicamentos en la población para detectar reacciones adversas y prevenir daños en los pacientes.

Farmacovigilancia (durante la pandemia): disciplina en la que toda la población tiene preparación adecuada para estipular qué fármaco (léase vacuna) es bueno y cuál no basándose en la información que reciben de Manoli (la vecina del 5ºA) y de los tertulianos de Sálvame y El Chiringuito.

Evidencia científica (antes de la pandemia): uso consciente, explícito y juicioso de datos válidos y disponibles procedentes de la investigación científica.

Evidencia científica (durante la pandemia): uso inconsciente, arbitrario y delirante de datos inciertos (y generalmente falsos) procedentes de Manoli (la vecina del 5ºA) y de los tertulianos de Sálvame y El Chiringuito.

Zona básica de salud (antes de la pandemia): delimitación geográfica sanitaria que sirve de referencia para la planificación y organización del trabajo de los profesionales sanitarios.

Zona básica de salud (durante la pandemia): delimitación geográfica sanitaria que sirve de referencia a ciertas autoridades sanitarias para hacer creer que hacen algo por controlar la expansión del virus y que se traduce en confusión y en cabreo de la población afectada que no había oído hablar de zonas básicas de salud en su vida y que, por lo tanto, no tiene ni idea de dónde están los límites que las delimitan.

Cierre perimetral: medida para controlar la expansión de contagios; consiste en limitar la movilidad en determinados lugares por periodos volubles que pueden ser de días, semanas o meses; la amplitud de las zonas es muy variable, dependiendo de quién se encargue de determinar dicha medida. Si es el Ministerio de Sanidad el cierre afecta a todo el país, si son las CCAA el cierre puede afectar a ciudades enteras o municipios concretos, salvo en el caso de la Comunidad de Madrid donde los perímetros a cerrar se centran en zonas básicas de salud. Los cierres perimetrales se van estableciendo según avanza la pandemia y cambian de una semana a otra, dependiendo de si hay puente o no. Esta medida suele crear bastante confusión, especialmente entre los madrileños que se ven obligados a salir a la calle con el GPS en una mano y el BOE de la Comunidad en la otra lo que se traduce en que la gente va por donde le da la gana (esto último también ocurre con el resto de la población española).

Eficacia de una vacuna (antes de la pandemia): nivel de éxito de una vacuna a la hora de generar defensas contra una enfermedad infecciosa en función del porcentaje de reducción en la frecuencia de infecciones entre las personas vacunadas en comparación con las que no están vacunadas. Se considera una vacuna aceptablemente eficaz aquella que supere el 50%, como la de la gripe.

Eficacia de una vacuna (durante la pandemia): nivel de aceptación de una vacuna a la hora de hablar sobre ella en las tertulias televisivas. No se consideran buenas todas aquellas que estén por debajo del 99% y se valora muy positivamente si además de inmunizar nos permite un mejor bronceado en verano, o nos alisa las arrugas de la piel.

Probabilidad estadística (antes de la pandemia): cuantificación de la posibilidad de que un hecho ocurra o sea factible. Cuanto menor es, más difícil es que pueda ocurrir la cosa estudiada. Ejemplo: la probabilidad de tener un trombo ocasionado por la vacuna de AstraZeneca es de 0,0001%, mientras que la probabilidad de tener un trombo ocasionado por fumar es de 0,17%. Ergo, es 1700 veces más peligroso fumar que ponerse una vacuna de AstraZeneca.

Probabilidad estadística (durante la pandemia): cuantificación de la posibilidad de que un hecho ocurra, pero haciendo la cuenta de la vieja y sin tener idea de matemáticas. Ejemplo: aunque la probabilidad de tener un trombo ocasionado por la vacuna de AstraZeneca sea 1700 veces menor que la de tener un trombo por fumar, es mucho más peligrosa la vacuna porque lo dicen en la tele. Ergo, fumar mientras se está con los colegas y repartiendo aerosoles a diestro y siniestro es una costumbre sana y chachi.

Continuará…






5 de abril de 2021

Rebelión en las jaulas


 

Ella era el último mono del equipo, o mejor sería decir la última rata porque la nueva humillación había consistido en relegarla al animalario del laboratorio para hacerse cargo del cuidado de los roedores que utilizaban en sus ensayos.

―Tu nuevo destino es una gran responsabilidad, Enedina ―mintió Fernando, el jefe del departamento―. Ten en cuenta que, si no se siguen rigurosamente las pautas de administración de nuestros medicamentos, la fase de experimentación fracasará desde la base y ya sabes qué pasa cuando falla un experimento ―añadió sibilinamente.

Enedina tuvo muy en cuenta la malintencionada explicación del jefe del departamento de farmacología; en las palabras de ese tipo iba implícita una crítica a su trabajo, porque cuando un experimento fallaba, la mayoría de las veces la culpa recaía sobre ella.

Desde que había ingresado en el grupo de investigación del prestigioso profesor Onofre Villacastín del Portal no había estado a la altura de sus compañeros. Si la habían aceptado había sido gracias al buen recuerdo que su madre había dejado allí mientras ejerció como investigadora principal hasta que un cáncer agresivo la obligó a retirarse antes de tiempo. La incurable enfermedad de la pobre mujer ablandó a la dirección del departamento para permitir que la enferma tuviera la satisfacción de dejar a su hija en un buen lugar donde desarrollar su carrera antes de que ella abandonara este mundo entre sesiones de radioterapia que solo le procuraron náuseas y una escandalosa pérdida de pelo.

El expediente académico de Enedina no era malo, pero tampoco espectacular; sus notas eran corrientes, ningún suspenso ―todas las asignaturas las sacó en la primera convocatoria―, pero ni una sola matrícula de honor. Su currículo, sin ser brillante, podría tener un pase en ciertos ámbitos, pero la presión materna siempre fue mucha e impidió que Enedina se dedicara a una labor menos laureada, pero más adecuada a sus preferencias.

Hizo una tesis doctoral, bajo las directrices impuestas por su madre, sobre terapias para enfermedades neurodegenerativas en el departamento de farmacología de la misma facultad donde trabajaba su progenitora. Recién doctorada, y con su madre ya diagnosticada de su fatal enfermedad, empezó a trabajar en el equipo del profesor Onofre Villacastín del Portal, una eminencia en neurología. Lo que para cualquiera hubiera supuesto el inicio de una carrera fulgurante, para Enedina fue el comienzo de una particular tortura.

Desde el principio el ninguneo de sus compañeros fue sutil pero constante. Todos los investigadores, salvo ella, habían conseguido formar parte del equipo de don Onofre gracias a sus maravillosos expedientes donde los currículums estaban complementados con dos o tres masters en diferentes universidades y estancias de varios años en prestigiosos centros de investigación en Estados Unidos, Alemania o Gran Bretaña. Se podría decir que los pupilos del profesor Villacastín del Portal eran la flor y nata de la investigación de postgrado… salvo Enedina donde lo único destacable de su currículum era el apellido de su madre.

El desdén de sus colegas se manifestaba de múltiples maneras, bien en forma de frases despectivas acompañadas de miradas de condescendencia ―la anodina Enedina, era uno de los motes que circulaban por el laboratorio―, bien en forma de órdenes desabridas para realizar tareas indeseables. En ella recaían los trabajos más desagradables y menos apetecibles del amplio abanico de actividades en las que se basa un estudio científico. Hacerse cargo de los pedidos de reactivos o tramitar y gestionar los permisos para sacar adelante un proyecto era lo más llevadero, pero también lo menos enriquecedor desde un punto de vista profesional.

Las pocas veces que pisaba el laboratorio era para recoger el material, limpiar las superficies, esterilizar en el autoclave los utensilios reutilizables y eliminar los residuos tóxicos sacando los contenedores pertinentes a la zona de contaminantes. El laboratorio del profesor Villacastín del Portal estaba dotado de aparatos sofisticados de última generación que, por supuesto, Enedina no podía manejar.

―Perdona, Enedina, este HPLC es muy delicado, cualquier manipulación errónea sería un desastre, las averías de este cromatógrafo son carísimas. Haz el favor de ponerte lejos de él, no vayamos a tener un disgusto ―le dijo en cierta ocasión Renata, una becaria que contaba las asignaturas cursadas en la carrera por matrículas de honor y que, para colmo, era una belleza.

Pero Enedina no protestaba nunca, tan solo somatizaba su malestar con un tic nervioso en el ojo izquierdo que la hacía bizquear y que provocaba más burlas entre sus colegas. Ella lo soportaba todo con tal de no desairar a su madre a la que quería y temía a partes iguales. Además, desde que la enfermedad había hecho su aparición, al miedo a decepcionarla se añadía cierto sentimiento de culpabilidad por no cumplir las expectativas que tan generosamente había depositado en ella.

El triste final de la enfermedad de su madre llegó inevitablemente, y entonces el destino de Enedina cambió para peor. El soterrado ninguneo a que la sometían cuando su madre vivía se convirtió, tras su desaparición, en un abierto desprecio. Algunos, incluso, se atrevían a reírse delante de ella cuando evaluaba las conclusiones de algún experimento. Enedina estaba convencida de que, en las pocas ocasiones en que le pedían su parecer ante la obtención de un resultado concreto de un ensayo, no lo hacían por saber su opinión sino solo para burlarse de ella, algo a lo que Enedina reaccionaba con un tic más acusado en el ojo izquierdo.

Tras la muerte de su madre, Enedina podría haberse ido de allí, podría haberse preparado unas anheladas oposiciones a profesora de instituto; bregar con adolescentes rebosantes de hormonas se le presentaba más apetecible que convivir con semejante hatajo de cerebritos engreídos. Pero se quedó. Si lo hizo no fue por disciplina, ni por pundonor, ni siquiera por agradar a su madre en el más allá. Se quedó para demostrar a esa panda de petulantes que ella era una buena investigadora, tenía ideas propias y sabía hacer las cosas bien: algún día todos se iban a enterar de lo que era capaz.

Cuando acabó en el animalario, dos semanas después del fallecimiento de su madre, Enedina sintió alivio. Debería sentirse triste, incluso furiosa, pero lo cierto es que aquel destino que suponía un desprecio hacia sus habilidades, le parecía muy atractivo porque en el animalario estaría sola, no habría nadie alrededor de ella para incordiarla con frases hirientes o miradas cargadas de animadversión.

La línea de investigación del equipo de don Onofre Villacastín del Portal consistía en provocar lesiones neuronales en los animales de experimentación para posteriormente probar en ellos los fármacos que previamente habían diseñado mediante sofisticadas técnicas biomoleculares. Enedina en su nuevo destino, siguiendo un estricto protocolo ideado y diseñado por los demás miembros del equipo, se encargaba de suministrar los medicamentos experimentales para anotar diariamente los parámetros a valorar. Los resultados obtenidos serían evaluados y estudiados por sus compañeros.

Enedina no era parte activa en el diseño de los estudios, pero tenía sus propias teorías. A pesar de la reputación de don Onofre, Enedina pensaba que estaba equivocado a la hora de afrontar las enfermedades neurodegenerativas. Ella tenía una solución mejor.

En lugar de provocar una lesión en animales sanos para luego probar el fármaco que podría sanarla, Enedina creía que era mejor estudiar la estructura de las células sanas para obtener de ellas la solución y poder transmitírselas a las células enfermas mediante una bacteria manipulada genéticamente. Las pocas veces que consiguió exponer su hipótesis solo obtuvo risas de burla por parte de sus compañeros y el profesor Villacastín ni siquiera se dignó a escucharla.

Ahora que los animales de experimentación estaban bajo su control tenía una excelente oportunidad de llevar a la práctica su hipótesis.

Falseó hábilmente los impresos para obtener una partida extra de animales sin que quedara reflejado en los estrictos protocolos de ética experimental a los que obligaba la Unión Europea. Se hizo con un lote de diez ratas Wistar que alojó en varias jaulas colocadas en un lugar apartado de miradas curiosas por parte de los pocos visitantes que solían acercarse hasta allí.

Tras su jornada laboral Enedina se quedaba en el animalario para realizar sus propios experimentos. Como nadie reparaba en ella, sus horas extras pasaron desapercibidas para todos y ella trabajó con comodidad. La soledad del lugar ayudó también a conseguir el acceso a otras áreas del laboratorio cuando este quedaba desierto.

Provocó una lesión cerebral en dos de las ratas. Sacrificó otras dos para obtener tejido cerebral, extrajo el ADN mitocondrial de las células y lo insertó en una cepa inocua de estafilococos. A las bacterias resultantes, portadoras del material genético del tejido cerebral de las ratas sanas, Enedina las llamó Staphilococcus enedinis. Semejante alarde de egolatría no le pareció mal, muchos científicos habían dado su nombre a especies descubiertas por ellos; ella había creado una bacteria nueva así que tenía mucho más derecho a nominarla como le diera la gana.

Inoculó Staphilococcus enedinis en las dos ratas enfermas y esperó pacientemente. Tras cuatro semanas sacrificó las ratas infectadas con la bacteria modificada genéticamente y al visualizar el tejido cerebral comprobó que no había rastro de la lesión previamente provocada. Las ratas habían sanado con su técnica.

Enedina saltó de alegría y satisfacción, tomó los viales que contenían las bacterias creadas por ella y empezó a bailar.

Con una sonrisa perversa en los labios se imaginó las caras de sus compañeros cuando su descubrimiento se publicara en Lancet, o en Science, o en Nature. Además, su nombre aparecería en solitario, sin colaboradores, pues había sido ella y solo ella la que había hecho el estudio de principio a fin, sin ayuda de nadie; eso sí que sería excepcional y provocaría la admiración y la envidia de propios y extraños. Ya se veía en Estocolmo recibiendo de manos del rey Carlos Gustavo el Nobel de Medicina.

Mientras se regodeaba en su futuro estrellato uno de los viales se abrió y derramó su contenido sobre las manos enguantadas de Enedina; fue un descuido muy grave por su parte, pero imaginarse en el olimpo de los científicos provocó que bajara la guardia: la posibilidad de conseguir el Nobel desorienta a cualquiera. Enredada en ese alboroto emocional Enedina volvió a infringir las más elementales normas de seguridad y se llevó las manos a la cara para restregarse los ojos y enjugarse las lágrimas de emoción.

 

Los primeros síntomas aparecieron dos días después, cuando se disponía a desayunar. Al abrir la nevera para tomar el recipiente de leche, le atrajo el olor de un paquete de carne picada que pensaba utilizar para hacer albóndigas. El aroma le despertó el apetito y sin ser muy consciente de ello se puso a comer la carne cruda mientras se relamía de placer.

Cuando llegó al animalario, tras el exquisito desayuno, administró los fármacos preparados para la jornada y solo cuando terminó la tarea se dio cuenta de que había estado trabajando en completa oscuridad, sin encender las luces de la sala.

Justo cuando fue consciente de lo que había sido capaz de hacer oyó hablar a alguien.

―¿Crees que puedes abrir la jaula?

―Lo he intentado de mil maneras, pero no hay forma. Estos barrotes no se pueden roer.

Enedina giró sobre sí misma para comprobar que en el animalario solo estaba ella por lo que no sabía de dónde procedían esas dos voces que acababa de escuchar.

―Quizás si muerdes por la parte de abajo…

―¡Que no! Ya te digo que no se puede.

Las voces procedían de una de las jaulas donde estaban las ratas albinas de su experimento.

―Deberíamos seguir intentándolo.

―Te digo que es imposible salir de aquí.

Enedina no daba crédito a lo que estaba sucediendo. ¿Las ratas hablaban entre sí? Y, lo más inaudito: ¿ella las entendía? ¡No podía ser! Se acercó más a la jaula donde se estaba dando tan extraordinaria conversación y ya no oyó nada más, los dos animales que supuestamente habían hablado se quedaron mirándola, pero no emitieron ningún sonido. Enedina salió de la sala en busca de un café que la despejara creyendo que todo era fruto del cansancio y la tensión acumulada.

Cuando fue a introducir las monedas en la máquina del pasillo una se le cayó de las manos y fue a parar justo debajo del aparato. Maldiciendo, Enedina se agachó para ver si podía recuperarla, pero la moneda se había ido al fondo, aun así, intentó meter la mano y entonces comprobó que su brazo se comprimía hasta poder pasar por el pequeño espacio de debajo de la máquina que no superaba los dos centímetros.

Aturdida por todo lo que le estaba ocurriendo, se bebió el café negro y espeso pensando en comer más carne cruda en cuanto llegara a casa.

Al día siguiente Enedina se levantó con dolor de cabeza, había dormido mal porque una llaga en la boca le había molestado toda la noche. Cuando se miró en el espejo del lavabo comprobó que los dientes frontales habían crecido y estaban afilados de manera que la mucosa bucal se había irritado provocándole las molestias que le impidieron dormir. Se tomó un ibuprofeno y apuntó mentalmente pedir cita con el dentista.

Llegó a su puesto de trabajo cansada por la noche en blanco y cuando se acercó a las jaulas de las ratas comprobó que todos los animales la estaban mirando fijamente. Entonces, una voz se oyó:

―Por favor, ayúdanos a salir de aquí.

 

Renata fue la primera. Estaba sola manipulando el cromatógrafo cuando observó por el rabillo del ojo que algo se escondía debajo de una estantería. No le dio demasiada importancia y siguió a lo suyo. De repente, un bulto cayó con estrépito encima de la mesa: era una rata. «¿Qué demonios hace una rata aquí?» se preguntó la joven, «La inútil de Enedina se ha debido de dejar abierta alguna jaula en el animalario. Será estúpida…». Cuando intentó agarrar el animal para llevárselo de allí, la rata saltó con una rapidez inusitada a su cuello mordiéndola con una saña y ferocidad que la hizo gritar. Mientras trataba de quitarse de encima el bicho oyó ruido detrás de ella, creyó que sería algún compañero que venía en su auxilio, pero quienes entraban en la sala eran más ratas que se prestaron a ayudar a su compañera en la tarea de morder a Renata por todo su cuerpo.

La policía solo pudo comprobar, por los rastros de sangre y unos jirones de ropa, que algo malo le había pasado a la joven investigadora, pero el caso es que no había señales de nada más. Tras la denuncia por desaparición, el resto del equipo intentó seguir con su trabajo, aunque el miedo y la inseguridad enrarecieron el ambiente de manera significativa. Más tarde otra denuncia de desaparición se añadió a la de Renata pues Enedina no dio señales de vida: había dejado de acudir a su puesto de trabajo, aunque su ausencia no fue notoria hasta varios días después. Encima, la muy inepta se había dejado abiertas varias jaulas de ratas provocando la pérdida de muchas horas de trabajo y bastantes miles de euros.

El temor en el equipo del profesor Villacastín se trocó en terror cuando una mañana encontraron a Luis, un doctorando a punto de presentar su tesis doctoral, muerto sobre la mesa del laboratorio; le habían arrancado los ojos y le habían abierto en canal de manera que el intestino y gran parte del resto del tubo digestivo se desparramaban por el entarimado mientras un enjambre de moscas revoloteaba sobre los despojos. Una vez más la policía no sabía a quién achacar semejante agresión pues las puertas de acceso estaban cerradas con llave y las ventanas no presentaban signos de violencia. El ataque se había perpetrado desde dentro, pero dentro solo estaba el cadáver de Luis.

Candela y Rodrigo aparecieron con las gargantas desgarradas y ahogados en su propia sangre en la salita habilitada para comer. Ella estaba debajo de la mesa donde se encontraba el microondas y él cerca de la puerta de salida.

Definitivamente había alguien que se estaba ensañando con el equipo del profesor Villacastín.  Desde el decanato se instó a suspender las actividades en el laboratorio donde se estaban dando las muertes, pero don Onofre se opuso firmemente pues estaban en juego proyectos ambiciosos patrocinados por empresas que habían desembolsado cuantiosas cantidades de dinero y no se podía suspender la investigación en marcha ya que el parón provocaría daños irreversibles y, lo que era peor, se interrumpiría la financiación. 

Los miembros del equipo acataron los deseos de su jefe pues negarse suponía perder su puesto y despedirse del honor de trabajar con el mejor neurólogo del panorama científico.

El cadáver de Nerea apareció en su despacho. Aparentemente no presentaba ningún signo de violencia. La autopsia reveló que había muerto por una meningitis acompañada de hemorragia pulmonar causada por leptospirosis. Si bien la muerte de Nerea era debida a una infección, su desaparición añadía más pesar al resto del equipo que veía cómo el número de sus integrantes estaba mermando a velocidad de vértigo.

Cuando Fernando, el jefe del departamento, fue encontrado a los pies de su coche, en el aparcamiento de la facultad, lleno de arañazos y mordeduras, desde el rectorado se llamó a don Onofre para que cancelara y cerrara el laboratorio pues, era más que evidente, que su equipo estaba en el punto de mira de alguien que quería acabar con él. El neurólogo aun así se resistió, pero cuando le amenazaron con denunciarle e incluso despedirle de la universidad a pesar de su prestigio y su reconocimiento internacional, el profesor cedió.

Don Onofre se encaminó a su despacho para redactar una nota explicativa donde comunicaría al día siguiente en rueda de prensa ―las muertes habían copado todos los medios de comunicación dentro y fuera de las fronteras― el cese de toda actividad en su laboratorio. Las desgraciadas desapariciones y el miedo fueron la causa de que toda la planta donde se encontraba su despacho estuviera desierta, tan solo un guardia de seguridad, contratado por el decanato ante el desarrollo de los acontecimientos, se encontraba en la puerta principal del departamento para controlar que ningún extraño se introdujera en el mismo.

Cuando el profesor se sentó frente al teclado de su ordenador para escribir la nota de prensa, un ruido le hizo mirar hacia un rincón. Allí, entre sombras, pudo distinguir varios pares de ojos que brillaban. Cuando enfocó mejor la vista comprobó que eran ratas albinas y que se le estaban acercando; quiso levantarse y dar la voz de alarma, pero los animales se abalanzaron sobre él hasta cubrirlo por completo. Antes de producirse el ataque, don Onofre creyó ver que una de las ratas tenía un extraño tic en el ojo izquierdo.

 


NOTA: el método científico mediante el cual se pueden curar células enfermas con una bacteria, y que aparece reflejado en el texto, es fruto de la mente de una servidora. Al día de hoy no hay ninguna técnica semejante que permita realizar lo que en el relato se cuenta, o puede que sí… Quizás en algún animalario recóndito se encuentre una Enedina agazapada realizando experimentos por su cuenta. Quién sabe.



27 de marzo de 2021

Diccionario para una pandemia (II)


 Pruebas diagnóticas Covid: diferentes test para averiguar si uno ha pasado o está pasando la enfermedad y cuyo coste y complejidad es muy diverso. Las maneras de obtener la muestra a analizar también son variadas, así como las molestias que ocasionan, desde un test de anticuerpos simple con un pinchacito en el dedo, pasando por un test de antígenos donde te meten un palo por la nariz y hasta una PCR anal donde el palo te lo meten por el culo (en esto de diagnosticar, las autoridades también se han propuesto dar por saco).

 Vacuna de Pfizer y/o Moderna (al inicio de la vacunación): vacunas estadounidenses e innovadoras por ser las primeras que utilizan la técnica del ARN mensajero, poco fiables para la población y que nadie se quiere poner porque vaya usted a saber qué es eso del ARN mensajero.

 Vacuna de Astra-Zeneca (al inicio de la vacunación): vacuna convencional desarrollada por un laboratorio europeo, muy fiable para la población y que todo el mundo quiere ponerse.

 Vacuna de Astra-Zeneca (después de tres meses de vacunación): vacuna convencional desarrollada por un laboratorio europeo, poco fiable para la población y que nadie quiere ponerse porque los medios han anunciado a bombo y platillo que algunos vacunados han tenido procesos trombóticos, aunque no está claro qué los han producido.

 Vacuna de Pfizer y/o Moderna (después de tres meses de vacunación): vacunas estadounidenses e innovadoras por ser las primeras que utilizan la técnica del ARN mensajero, muy fiables para la población y que todo el mundo se quiere poner antes que la de Astra-Zeneca.

 Farmacovigilancia (antes de la pandemia): disciplina, desarrollada por médicos y expertos en farmacología, encargada de vigilar y evaluar la información que proporcionan las autoridades sanitarias sobre los efectos de los medicamentos en la población para detectar reacciones adversas y prevenir daños en los pacientes.

 Farmacovigilancia (durante la pandemia): disciplina en la que toda la población tiene preparación adecuada para estipular qué fármaco (léase vacuna) es bueno y cuál no basándose en la información que reciben de Manoli (la vecina del 5ºA) y de los tertulianos de Sálvame y El Chiringuito.

 Evidencia científica (antes de la pandemia): uso consciente, explícito y juicioso de datos válidos y disponibles procedentes de la investigación científica.

Evidencia científica (durante la pandemia): uso inconsciente, arbitrario y delirante de datos inciertos (y generalmente falsos) procedentes de Manoli (la vecina del 5ºA) y de los tertulianos de Sálvame y El Chiringuito.

 Protocolo de vacunación: normas a seguir para elegir los grupos prioritarios a la hora de vacunar. En algunas autonomías se ha optado por el orden alfabético: primero se vacunan los de la “A” es decir alcaldes y sus familiares (para disimular y que no se note demasiado el abuso, han incluido también a los ancianos, menos mal); el segundo grupo sería la “B” donde los burros van delante para que no se espanten y en el que se integran bastantes políticos; después vienen los de la “C” y aquí los concejales, consejeros autonómicos y muchos caraduras se han visto beneficiados por este método, así como la curia eclesiástica (obispos, clero de alto standing y algún que otro cura espabilado); luego iría la “D” de diputados, luego la “E” de enchufados, etc, etc, etc. (Para los que el abecedario no se les da bien, recordar que la “P” de pueblo llano va casi al final).

 

Continuará…





 

Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores