El sábado había amanecido con un sol radiante,
después del duro y largo invierno esos tímidos rayos de sol eran muy
bienvenidos.
Greta miró por la ventana hacia el cielo azul y
luego sonrió.
—Karl, ¿qué te parece si nos tomamos un café en el
Kiepenkerl?
—No, café no, sabes que no es bueno para tu tensión.
Además a ti te gusta muy cargado y luego vienen los sustos. Si quieres, vamos
después de comer, pero te tomas una infusión.
—Está bien, me tomaré una infusión. ¡Qué
cascarrabias eres!
Greta y Hans decidieron celebrar la llegada del
primer día real de primavera acudiendo a una de las terrazas de la ciudad.
Serenarme. Tengo que serenarme. ¿Cómo me voy a
serenar? No puedo consentir que me traten así. Esos idiotas de la oficina no
hacen más que cuchichear a mis espaldas. Siempre me miran mal, y se ríen de mí
en cuanto me doy la vuelta. Sé que le cuentan cosas de mí al supervisor. Todo
mentira. Me tienen envidia y quieren que me vaya. Puede que lo haga. Pero no se
lo voy a poner fácil. Antes se van a enterar de quien soy yo.
¡Vamos, imbécil! Arranca ya, el semáforo se puso en
verde hace un rato. Son todos unos estúpidos.
Tras recoger meticulosamente la mesa donde habían
comido una ensalada con salchichas y unas chuletas de cerdo, Hans se dirigió al
dormitorio para cambiar el cómodo chándal que siempre llevaba en casa por unos
vaqueros y un suéter de algodón. Mientras, Greta se daba un poco de colorete en
las mejillas, aunque las dos copas de Rioja que se había tomado ya le habían
coloreado naturalmente los mofletes. Normalmente no tomaban vino en las
comidas, pero esa botella había sido un regalo que Helga les había traído de
sus vacaciones en España.
—Podríamos ir a bailar esta noche, cielo. Este sol
me pone de buen humor y me anima mucho.
—Creo que el responsable de tu ánimo no es el sol,
sino el contenido del regalo de tu amiga Helga —respondió Hans mientras miraba
a su mujer con una sonrisa pícara.
Menuda panda de cretinos. No saben trabajar, si no
fuera por mí nada funcionaría en la oficina. No saben nada, se olvidan de los
plazos y luego vienen las reclamaciones a mí. Yo no fui el culpable de aquella demanda,
fueron ellos. Pero no lo ven. No. No lo ven, no lo ven. Solo saben cotillear y vaguear. Y cuando
algo sale mal las culpas al imbécil, al de siempre. No quieren reconocer que soy
precisamente yo quien mantiene el funcionamiento de la empresa. Si no fuera por mí... Pero ya se
enterarán, ya. Cuando ya no esté allí se darán cuenta y me echarán en falta.
Pero entonces ya será tarde.
A Greta le gustaba mucho el sol. En Münster no se
veía muy a menudo, pero en cuanto aparecía lo aprovechaban bien. Por eso
envidiaba a Helga. Siempre que le hablaba de sus habituales estancias en España
se ponía verde de envidia. Envidia de la sana, pero envidia. Cómo le gustaría
disfrutar del clima mediterráneo. Hans y ella ya habían contemplado la
posibilidad de comprar una casita allí, cerca de alguna playa; tenían algunos
ahorros y hasta habían empezado a consultar en una inmobiliaria.
Nadie me conoce, nadie me entiende, ni esos
listillos de los psicólogos que cobran una fortuna por hacer que te escuchan
durante media hora. O los médicos, lo único que saben es recetar pastillitas de
muchos colores. ¡Qué sabrán ellos! Yo no estoy loco, soy excepcional. Sé cosas
que nadie sabe, entiendo muy bien lo que está pasando, veo cosas que los demás
no saben ver. Me doy cuenta de lo que pasa, pero los demás no. Yo no estoy loco.
Los demás están ciegos. Pero pronto verán, se enterarán de quién soy yo.
Otro de los regalos que Helga trajo de España fue
una maceta con claveles rojos. Cuando Greta los vio lo primero que pensó fue
que no iba a conseguir que sobrevivieran. Pero gracias a los cuidados de Hans,
que era un estupendo jardinero, la planta no solo había resistido el duro
invierno alemán, sino que había conseguido florecer aún más. Greta apreciaba
mucho esa maceta, estaba prendada de la vistosidad de esas bonitas flores. Por
eso, cuando Hans se acercó con dos claveles que había podado de la planta,
frunció el ceño.
—¡Oh, no! ¿Por qué los has cortado? Las flores donde
mejor están es en la tierra y vivas.
—Quedan aún muchos, y me apetecía regalártelos.
Póntelos en la chaqueta —contestó Hans.
Con los dos claveles en la solapa de su chaqueta de
punto, Greta se agarró del brazo de su marido y salieron juntos a sentarse en
la terraza de su restaurante favorito.
No puedo más. No soporto sus miradas, no tolero más
sus críticas, su tono lastimero cuando se dirigen a mí, como si fuera un pobre
desgraciado. Lo dejo. Me voy. No lo aguanto. Es todo culpa de ellos. Pero antes
se van a enterar, pagarán por lo que me han hecho.
Quítate de en medio, idiota,
cruza de una vez, yo no pienso frenar. Maldito tráfico, no se puede circular,
en cuanto sale un rayo de sol todos a la calle, como si fueran lagartos. ¡Que
se tomen sus cafés en su casa y dejen libre el paso, joder!
Mientras Greta y Hans tomaban sus bebidas sentados
en una de las mesas más cercanas al borde de la acera que tenía el Kiepenkerl,
oyeron gritos y el ruido de unos golpes metálicos. Cuando Hans levantó la vista
de su taza vio un coche que se abalanzaba sobre ellos, antes de que los
golpeara brutalmente solo tuvo tiempo de coger la mano de Greta en un vano
intento de salir de allí.
Después de que los sanitarios terminaran de llevarse
las víctimas del atropello múltiple, uno de los policías encargados de fotografiar
la escena vio dos claveles rojos tirados en el suelo. El rojo de los pétalos
destacaba en el pavimento gris, un rojo muy diferente al de la sangre que se
encontraba por todas partes. Si no fuera por la tragedia que se acababa de
producir al policía le hubiera resultado una fotografía muy bonita: claveles
sobre la acera.
Este ejercicio ha sido el último del curso. En él se nos pedía que tomáramos una noticia de un periódico y contáramos una historia con alguno de sus personajes. Supongo que, a estas alturas ya sabéis qué noticia utilicé como base argumental, no obstante, al final pongo un enlace.
A modo de despedida y recapitulación del curso quise utilizar varias de las herramientas que he aprendido a lo largo del mismo: historias cruzadas, diálogos, presentación de personajes, monólogo interior, etc. Ya me contaréis qué os ha parecido este relato como colofón.
NOTA: Si os creíais que ya os habíais librado de mis relatos, estáis equivocados. Me he apuntado a otro bloque de tres meses, así que aún me vais a tener que aguantar una buena temporada.
Disculpen las molestias.














