5 de noviembre de 2021

El bosque encantado

 

Me gustaría que supieras que estoy bien, que nada me incomoda, que estoy a salvo. Y que mi seguridad es gracias a ti, aita. Hiciste bien en esconderme en este bosque, fue una buena idea. Los humanos son implacables y no cejan cuando se empecinan en algo, especialmente cuando se sienten amenazados, aunque la amenaza no sea real, aunque sea una falacia.

Porque un embuste fue el pensar que tú y yo les haríamos algo malo a los aldeanos, pero siempre fueron gente supersticiosa, ignorante, víctimas de quienes, sabedores de su estulticia, aprovecharon para manipularlos y unirlos en una causa que los alejara de sus verdaderos problemas, aquellos derivados del abuso de los que, precisamente, envenenaron sus mentes haciéndoles creer que nosotros suponíamos un peligro para ellos.

Tú, una amenaza, aita. Tú que siempre fuiste bondadoso con todos, con cualquiera que acudiera a ti en busca de ayuda. ¿Recuerdas cuando el río se desbordó y anegó las casas de los aldeanos? Te ofreciste a ayudarlos, con tus enormes manos y tu estatura de gigante los recogiste y los llevaste a lo alto de una loma mientras las aguas volvían a su cauce y evitaste que muchos de los que ahora nos persiguen murieran ahogados.

Pero la memoria de los humanos es frágil, olvidadiza y sus oídos están siempre prestos al rumor, a la insidia, a la maledicencia.

Aún recuerdo con pavor el griterío de la aldea cuando todos a una salieron a darnos caza. Nunca vi temor en tu rostro hasta ese día, aunque tu miedo fuera por mí. Podrías haberlos aniquilado con un barrido de tus poderosos brazos, podrías haber destruido sus casas en justa venganza por ser tan desagradecidos, pero querías ponerme a salvo y huiste, huimos en la noche cerrada acuciados por las voces de la turba enfurecida.

Tú eres demasiado grande, yo aún no alcanzo la estatura de un adulto y para mí es más fácil esconderme, por eso me dejaste en el bosque, oculto tras unas rocas y te alejaste para alejar contigo a la manada furibunda y separarla así de mí.

El viento y la lluvia me hablan de ti, me cuentan que, de vez en cuando, vienes a buscarme y que te desesperas al no encontrarme. No sufras, nada me amenaza, aquí estoy seguro.

Las ardillas me dicen que te han visto llorar, que lamentas aquella decisión, pero quisiera que supieras que fue acertada. Estoy bien, aita.

El bosque me cuida, desde el principio. La primera noche que pasé aquí te confieso que estuve muy asustado. Cuando te marchaste quise ser valiente, como me pediste antes de desaparecer, pero la oscuridad era densa, la niebla que todo lo empapaba me hizo estremecer y lloré. Temí por mí, y también por ti.

Al final el miedo y el llanto hicieron que me rindiera al sueño. Al amanecer una dulce voz cantarina me despertó, al abrir los ojos comprobé que una hermosa mujer vestida de verde estaba inclinada sobre mí; creí estar soñando pero su sonrisa y la caricia en mi rostro fue real. Sin dejar de sonreír me susurró que todo iba a ir bien. En un lenguaje extraño se dirigió a las hayas centenarias que me habían dado cobijo esa noche en que me escondiste. Cuando la dama terminó de hablar, un fuerte viento meció las ramas de los árboles, tuve la sensación de que asentían a lo que fuera que la bella mujer les hubiera dicho.

Desde ese momento, todo el bosque me acoge. El río me canta nanas las noches que te añoro más de lo habitual y me cuesta dormirme, las ranas me acompañan con sus saltos en mis juegos infantiles, el musgo me abriga al atardecer protegiéndome del rocío y las hojas caídas en el suelo me proporcionan un lugar acogedor en el que tumbarme.



La dama de verde viene de vez en cuando y me enseña a conocer el bosque, a comprender su lenguaje. Entiendo el susurro de las hayas cuando se comunican entre sí, entiendo el cantar del río, incluso lo imito. Leo las nubes y descifro sus aéreos mensajes, el color, las formas me dan mucha información. Pero ante todo, la dama me enseña a esconderme cuando algún aldeano osa adentrarse en este lugar sagrado. He aprendido a adoptar formas imposibles que hacen que los estúpidos humanos no sepan verme aunque esté delante de sus narices. Puedo convertirme en una roca, o abrazarme al tronco de un haya y fundirme con ella, mis pestañas pueden parecer setas y quien delante de mí pasa no advierte mi mirada escrutadora.







Los pájaros me ponen al día de lo que acontece en la aldea; ya se han cansado de buscarnos, dicen, sus habitantes ahora están centrados en perseguir a unas pobres mujeres cuyo delito consiste en vivir en una cueva y utilizar plantas para curar enfermedades. Un pinzón me dijo que quieren quemarlas porque sus poderes se los da el diablo. ¡Qué ignorantes! Su sabiduría proviene del bosque, el mismo que me cuida y vela por mí.

Me gustaría verte, pero la dama de verde me dice que no es el momento, que hay que esperar, aún no puedo mostrarme. Debo seguir camuflado, escondido. Es pronto para enseñar mi escondite, ni siquiera a ti.

También me gustaría que supieras que he recibido todos los juguetes que has ido dejando en el bosque. Los tejones y los zorzales me avisan de los lugares donde los depositas. El primer regalo, tu txapela, la guardo con amor, huele a ti, me la pongo muchas veces, aunque la he recubierto de musgo para que no la descubran los paseantes impertinentes que se acercan a este maravilloso lugar.



Ojalá entendieras los trinos de los pájaros, o el murmullo de las hayas, así sabrías de mí y de todo esto que te cuento. De momento, solo puedo dejar mensajes en las rocas, pequeñas señales de que estoy bien, a resguardo y feliz. Espero que algún día podamos reunirnos, que llegue el momento del reencuentro, entonces te enseñaré yo todo lo que he aprendido, tú también sabrás camuflarte y esconderte para vivir juntos aquí, lejos de los humanos, lejos de sus vilezas y sus miserias, rodeados de las hayas y los animales, protegidos por el bosque encantado.

 








NOTA: cuenta la leyenda que dos gigantes, padre e hijo, fueron perseguidos por unos aldeanos para matarlos pues, aunque nunca habían hecho daño a la población, los consideraban un peligro. El padre huyó y escondió a su hijo en el bosque de Urbasa. Cuando la persecución cesó, el padre volvió al bosque a recuperar a su hijo pero no lo halló. Dicen que deja juguetes en el lugar para atraerlo y poder reunirse con él, y que el primer regalo consistió en su propia txapela. Muchos de los caminantes que se adentran en el bosque encantado buscan al niño gigante sin que, por el momento, nadie lo haya encontrado. También dicen que el niño está protegido por la diosa Mari, reina de la Naturaleza, por lo que nadie podrá capturar nunca al gigante escondido.


16 de octubre de 2021

Hablando se entiende la gente

 

―Buenos días a todos.

―¡¡¡Buenos días profe!!! ―contestaron al unísono todos los alumnos.

―Antes de comenzar la clase, os comunico que el primer examen parcial será dentro de quince días, el viernes cinco de noviembre, en el aula 6 del edificio C a las 17:30h.

―Perdona, profe, ¿qué día has dicho? ―dijo un estudiante al fondo del aula

―¿A qué hora? ―preguntó otro.

―Tranquilos, os he puesto todos los datos en un aviso que ya he colgado en el Campus Virtual, ahí tenéis toda la información. También os he mandado lo mismo a través de la mensajería interna de la universidad.

―¿Qué aula era? ―insistió otro alumno― ¿Es en el edificio A o en el B?

―Ya os he dicho que todo está en el Campus Virtual y en la mensajería ―recordó la profesora masajeándose las sienes―. No obstante, os pongo lo mismo en la pizarra.

―¡Gracias, profe!

―¡Gracias!

―¡Okis!

Tras poner todo en la pizarra la mayoría de los alumnos se dedicó a sacar fotos del encerado.

―O sea, el examen es el día seis a las siete en el aula cinco del edificio A, ¿no? ―dijo un alumno mientras tecleaba en su móvil.

―No, Antonio, no has dado ni una ―contestó la profesora mientras se pinzaba el puente de la nariz―. Por favor, mira bien en el Campus, ahí está todo.

―Ya, pero es que yo lo del campus no lo miro ―contestó el aludido―. Prefiero el Whatsapp. ¿Por qué no lo mandas por el grupo de clase?

―Ya os he dicho que desde rectorado nos desaconsejan utilizar las redes sociales para comunicarnos con vosotros, y menos si es una información sobre un examen. Tenéis la mensajería interna que funciona más o menos igual, ¿qué más os da? ―replicó a su vez la docente mientras con gesto fatigado se sentaba en su silla pensando que lo último que le apetecía era compartir su número de móvil con noventa alumnos y mucho menos participar en un grupo de Whatsapp con tantos integrantes.

―Vale, profe. ¡Gracias! ―asintió Antonio mientras seguía tecleando frenéticamente su móvil.

―¿Qué tipo de examen va a ser, profe? ―preguntó otro estudiante desde el fondo del aula.

―Eso también lo he colgado en la plataforma, además lo hemos hablado al inicio de curso, cuando os expliqué las normas de evaluación, pero lo repito otra vez: el examen es tipo test, constará de cincuenta preguntas, las contestaciones erróneas no restan puntos, pero para aprobar hay que obtener una nota igual o superior a siete.

Mientras la profesora hablaba, todos los estudiantes empezaron a escribir en sus móviles o en sus tablets; alguno, sin ganas de teclear, se limitó a activar la grabación de su teléfono y dirigió el micrófono hacia el estrado donde ella estaba. Observando a sus alumnos, la docente recordó aquellos tiempos en los que para tomar notas se empleaba un bolígrafo y un papel, debió de ser allá por el Pleistoceno.

―Y si contestamos alguna pregunta mal, ¿qué pasa?

―No pasa nada, Iván, lo acabo de decir: las contestaciones erróneas no restan puntos.

―Mola.

―Pero hay que conseguir un siete o más para aprobar ―puntualizó la profesora.

―¡Jo! ¿Por qué?

―Porque los errores no se puntúan negativamente ―contestó la docente dándose un ligero masaje en la base del cuello.

―¿Y si saco un seis, qué pasa?

―Que suspendes.

―¿Y si saco un cuatro?

―También suspendes.

―Profe ―dijo una alumna mientras educadamente levantaba el brazo, para pedir la palabra.

―Dime, Raquel.

―¿Cómo va a ser el examen?

―Tipo test, lo acabo de decir.

―Ya, pero exactamente… ¿a qué te refieres?

―Preguntas con varias opciones para contestar o preguntas donde se muestra una frase y hay que contestar si es verdadera o falsa ―respondió la profesora arrastrando las palabras―. Lleváis varios cursos haciendo exámenes así, no sé a qué vienen tantas dudas, la verdad.

―¡Gracias! ―dijo Raquel mientras tecleaba su Ipad.

―¿Qué entra en el examen? ―preguntó otro alumno.

―Lo que llevamos impartido hasta el momento. Ya os avisé la clase anterior que hoy terminaríamos el último tema incluido en el examen.

―¿Y ese tema cuál es? ―preguntó Antonio.

El compañero de al lado le dio un codazo a la vez que le susurraba la contestación.

―Vamos por el tema 5, Toni ―contestó la compañera que estaba delante girándose hacia atrás.

―Entonces el tema 6 no entra, ¿no?

―No, Luis, no entra, entre otras cosas porque aún no lo hemos visto ― contestó la profesora mientras hurgaba en su bolso buscando un ibuprofeno.

―¡Gracias!

―¿Y las preguntas cómo van a ser?

―¡Tipo test! ―contestó la profesora elevando la voz.

―Ya, gracias, pero me refería a si van a ser fáciles o difíciles.

―¡Profe! ¡Profe! ¿Dónde vas?

―A la máquina del pasillo, por una botella de agua. Se me está levantando dolor de cabeza ―contestó ella―, tengo que tomarme un analgésico.

Saliendo del aula la docente pensó que más que un analgésico necesitaba un tranquilizante, o mejor aún, un anestésico. Mientras la máquina expendedora le lanzaba un botellín de agua, decidió acudir a Recursos Humanos para comunicarles que se quiere jubilar.




28 de septiembre de 2021

Rendición

 

Ya no me queda nada. Todo lo he perdido. Tan solo me queda este montículo en el que llorarte, en el que lloramos antes los dos, tú y yo, a nuestros hijos. Ellos fueron los primeros en marcharse, al final también te fuiste tú. Aquí estáis, debajo de la tierra por la que luchaste, por la que luchamos todos y que al final nos ha sido arrebatada.

Tanto esfuerzo, tanto sacrificio, no han servido de nada.

Tú y los demás hombres de la aldea, enardecidos por las historias de nuestros antepasados, decidisteis oponer resistencia al invasor. Los jefes de otras tribus ya os avisaron que el nuevo enemigo era poderoso, tenía soldados avezados en la lucha, armas letales, gladius las llamaron. Legionarios curtidos en numerosas batallas, acostumbrados a combatir en todos los terrenos y a enfrentarse a todo tipo de estrategias. Pero vosotros, tú y los demás hombres del clan, quisisteis pelear, a pesar de todo.

Nuestra tierra es nuestra, no podemos someternos al extranjero, nadie nos dirá a qué dioses venerar, nuestras riquezas nos pertenecen, no son de ningún emperador lejano. Diciendo esas proclamas os convencíais de que había que luchar. Con esas arengas enardecíais a los remisos, a los que adivinaban que oponerse a un enemigo tan poderoso era un suicidio. Los ancianos os avisaron: presentar batalla sabiendo que ya está perdida es inútil y solo trae sufrimiento.

Y los ancianos tenían razón. La batalla se perdió, y en ella yo te perdí a ti, aunque antes tuvimos que ver cómo nuestros hijos también se iban. El asedio que nos privó de la comida y luego del agua, cuando envenenaron nuestros pozos, nos debilitó, y los niños y los ancianos fueron los primeros en sucumbir. Ahora, ya sometidos, ya rendidos y humillados, seguimos pasando hambre. Los que ahora son nuestros dueños se vengan en los supervivientes por el esfuerzo añadido de tener que guerrear contra nosotros.

Si no nos rebelamos seremos nada, me decías cuando estábamos a solas en nuestra cabaña, en nuestro hogar, en el lugar donde nacieron y vimos crecer a nuestros hijos. Ahora somos menos que nada.

Tras las jornadas interminables en la mina, agotados y exhaustos de trabajar en las entrañas de la tierra, debemos buscar nuestro propio sustento. Somos menos que esclavos, estos tienen el cobijo de sus amos, pero nosotros no. Trabajamos para el invasor de sol a sol, pero también hemos de procurarnos el alimento. Raíces, bayas, los frutos de un nuevo árbol que los amos trajeron de tierras lejanas y que se llaman castañas, es mi comida. Harapos, pieles podridas remendadas mil veces es mi vestimenta.

Dicen que otras tribus que se rindieron sin oposición, ahora son mejor consideradas; también trabajan para ellos, los amos, pero tienen casas, tienen un plato con comida todos los días. Nosotros no, nosotros nos rebelamos y ahora pagamos el precio de esa rebeldía.

Es mejor morir con honor que someterse, me dijiste la noche antes de partir a la última batalla, la que se perdió y en la que yo te perdí a ti. Tenías razón en parte, ahora lo sé. Es mejor morir, con o sin honor me da igual, eso os lo dejo a vosotros, a los guerreros.

Es mejor morir que vivir así, sometida, humillada, sin ti, sin nuestros hijos. Ya no tengo ni un cuchillo con el que sacrificarme. A ti tu padre te enseñó a combatir, a mí mi madre me enseñó el poder curativo de las plantas, pero también el veneno que se encuentra agazapado en las raíces y en las bayas. Ahora esos conocimientos me ayudarán a pasar al otro lado; allí me reuniré contigo y con nuestros hijos. Ojalá, allí, donde sea que vayamos a estar, no sea necesaria la rebeldía para disfrutar de la eternidad.






21 de septiembre de 2021

Desde mi balcón

 

Asisto fascinada y espantada a partes iguales a las erupciones volcánicas en La Palma. Una isla que adoro y que he visitado en muchas ocasiones.

He paseado por sus senderos, me he internado en sus bosques y en sus cráteres. He recorrido la llamada Ruta de los Volcanes, un camino que discurre muy cerca de la grieta que se ha abierto el pasado domingo. Todas las fotos que aquí aparecen son de esa isla bonita y muchas están tomadas cerca de donde ahora la lava arrasa todo a su paso.

Sufro por las pérdidas y la devastación que están soportando los palmeros. Toda mi solidaridad con los vecinos, gente dura, afable, fuerte, acostumbrada a soportar penalidades y que, una vez más son víctimas de la naturaleza.

Recupero un texto que escribí hace años durante una de mis estancias en La Palma, asomada al balcón de la casa donde me alojé en aquella ocasión. Con este relato pretendí mostrar la orografía y el carácter de los habitantes de una isla especial y muy querida por mí. Con este recuerdo intento paliar la angustia que me generan las imágenes que me llegan de la isla que me robó el corazón desde el primer día que estuve allí.

DESDE MI BALCÓN

Desde mi balcón observo montañas milenarias que nacieron cuando la Tierra vomitó sus entrañas de fuego, cenizas y lava. Cicatrices del nacimiento de una era, cuando la vida no existía. Heridas aún no cerradas, que siguen sangrando debajo de la tierra y que escupen a la superficie, cada cierto tiempo, sangre en forma de lava incandescente.   

Desde mi balcón observo las nubes que sobrevuelan el océano y que al llegar a las cumbres solitarias se demoran en sus cimas regalando el agua que propicia la vida creando bosques de laurisilva, reliquias vivientes de vegetación extinguida en el resto del planeta.

    Desde mi balcón observo las estrellas en una noche oscura donde sólo la luz de astros celestes muy lejanos se deja ver. Luces que nos recuerdan cuán insignificantes resultamos, qué poco somos en la inmensidad de ese cielo cuajado de cuerpos luminosos. Desde mi balcón el cielo estrellado se muestra más limpio y en todo su esplendor.

Desde mi balcón observo el mar que vive un desencuentro perpetuo con las rocas. Se acerca a ellas para luego alejarse enfadado, violento, en continua agitación. Aguas revueltas que, quizás contagiadas del paisaje abrupto de la costa, se muestran amenazadoras.

    Desde mi balcón observo una costa negra, como el corazón de la Tierra, que vierte arena oscura en sus playas. Un constante recuerdo de épocas tenebrosas cuando todo se estaba originando y todo estaba por aparecer. 

   Desde mi balcón observo los pobladores de esta tierra ingrata que los agota y maltrata, que les exige hasta la última gota de sudor para recolectar sus frutos. Habitantes duros, pero dulces en el hablar y en el sentir. Desde mi balcón oigo un acento suave, amoroso, que recuerda al que se oye al otro lado del mar. Oigo palabras con una cadencia que arrulla, que acoge al forastero haciéndole sentirse en casa.

  Desde mi balcón observo el océano que despidió a las tres carabelas de Colón en su última parada en tierra conocida antes de llegar a un mundo nuevo. El mismo océano que durante siglos ha despedido a los habitantes de estas tierras en busca de una nueva vida en ese otro mundo. 

    Desde mi balcón respiro el aire cargado de agua, lluvia horizontal que vuelve la realidad irreal. Desde mi balcón contemplo paisajes únicos de un sitio especial; un lugar privilegiado al que me asomo todos los veranos y cuando regreso a mi rutina, a mi vida diaria, solo deseo asomarme un año más y observar todo otra vez desde mi balcón.

GALERÍA FOTOGRÁFICA















14 de septiembre de 2021

El Señor de los Anillos

 




Anselmo se sentía empoderado.

Mientras caminaba hacia el altar llevando del brazo a su hermana, pensaba que él, como padrino de los novios, era también protagonista y bien mirado el amo y señor del evento al portar los anillos del enlace. Aquellos anillos tenían poder, sin ellos no habría casorio.

Tenía un poco de manía al que se iba a convertir en su nuevo cuñado, un tipo engreído. Llegó a fantasear con perder los anillos y así evitar la boda, al menos retrasarla hasta que se encargaran otros nuevos. El enamoramiento cerril de su hermana hacia su prometido le disuadió, aunque menudo susto se llevaría ese imbécil, pensó con una sonrisa mientras el cura comenzaba a oficiar la ceremonia.

En un gesto instintivo se llevó la mano al bolsillo para comprobar que la cajita de los anillos seguía allí y resultó que no. Alarmado miró en derredor. ¿Se le habrían caído al entrar en la iglesia? Al salir del coche estaban en su sitio. La sonrisita maléfica del niño portador de las arras, sentado a su lado, le alarmó. En los deditos infantiles estaban los anillos.  

―Dame esos anillos ahora mismo ―susurró sin mover demasiado los labios y dándole una colleja flojita.

―¡No! ¡Son míos! Brillan mucho ―contestó el mocoso.

―¡Que me los des!

―¡No! ¡Mi tesoro! ―gritó el niño corriendo para escapar de la iglesia.

Mientras la concurrencia asistía a la escena asombrada, Anselmo pensó que después de todo la boda no se iba a celebrar. Cosas del destino.





11 de septiembre de 2021

Castellano (Reseña kirkeniana)

 

Desde hace unos meses ya no escribo reseñas en el blog, salvo las que yo tildo de reseñas kirkenianas, es decir, reseñas que se salen de lo habitual por algún plus añadido. En la que hoy aparece, el plus consiste en que hablé con el autor del libro.

LA RESEÑA

Este libro es más que un libro, no es un ensayo, pero, desde luego no es tampoco una novela. Es… bueno, no sé muy bien a qué género pertenece, lo que sí sé es que me ha encantado y he disfrutado muchísimo con su lectura.

 En “Castellano” Lorenzo Silva nos cuenta cosas de Castilla y de su propia vida; como hilo conductor utiliza la historia de la revuelta comunera, una historia que en los libros de ídem apenas se cuenta someramente y de la que, la mayoría, si nos atenemos a esos libros de historia, no tenemos ni idea.

Empleando esta revuelta como argumento central, Silva nos muestra qué es realmente Castilla y, lo más importante, qué es ser castellano. En esta segunda faceta radica la chicha de este libro, porque habla del sentimiento de identidad “nacional” como yo nunca había oído hablar y, además, con el que me he sentido plenamente identificada, valga la redundancia.

Silva nació en Madrid, hijo de andaluz y nieto por parte materna de castellanos. Cuando pasaba los veranos en la Málaga natal de su padre, no se sentía andaluz, pero tampoco salmantino cuando visitaba esporádicamente el lugar donde nacieron sus abuelos. Era nacido en Madrid, y ya está. Así creció, así lo sintió durante muchos años.

«Lo que yo fuera, era otra cosa, desdibujada y tal vez sin nombre.»

Pero todo eso cambió cuando tuvo su propia epifanía, y ocurrió a través de la música, oyendo cantar a Nuevo Mester de Juglaría la historia de los comuneros. En el álbum “Los Comuneros”, al son de estilos musicales propios del folklore castellano, se nos relata lo que ocurrió en aquel lejano año de 1521 cuando unos revoltosos súbditos se negaron a pagar más impuestos a un rey advenedizo que además de ser extranjero no le correspondía reinar pues su madre, la castellana, aún estaba viva y, a pesar de lo que se quería hacer creer, muy cuerda. El rey pedigüeño y guiri era Carlos I, y la madre destronada, Juana I de Castilla.

Esta historia también se cuenta en el libro, casi, casi, siguiendo el guion de dicho álbum además de sustentarlo con reflexiones, muy acertadas, del propio autor, y con añadidos históricos muy interesantes sobre la vida, ascendencia y vicisitudes previas de los cabecillas de la rebelión.

Pero el libro es algo más que la historia de los comuneros. Intercala, entre los sucesos de la rebelión, vivencias personales, lugares emblemáticos de Castilla, personajes mostrativos del carácter castellano (Fernán González, el Cid, Francisco de Vitoria, que a pesar de ese nombre era de Burgos). También nos muestra escenarios muy alejados de Castilla, pero donde los castellanos dejaron su impronta y su manera de ser (y su idioma). Mención aparte, en estos interludios de la historia comunera, merece el capítulo dedicado a mi adorado Cervantes.

«El más grande de los hijos de su patria, desbordando los contornos de esta y dejando a una distancia sideral a quienquiera que deba considerarse el segundo, lugar menor que pueden disputarse todos los demás.»

También reparte estopa entre quienes presumieron de entender Castilla y no se enteraron de nada, y en este apartado reciben lo suyo Unamuno (vasco), Azorín (alicantino) e incluso el mismísimo Machado (sevillano). Y lo hace con las palabras de un castellano de pro, Delibes:

«Es la mirada desde fuera, de hombres que, pese a su talento y su vivencia en Castilla, no nacieron en ella, no terminan de penetrar su espíritu y se quedan en la superficie.»

A pesar del desconocimiento general sobre la revuelta comunera, todos conocemos cómo acabó: mal. La rebelión se descabezó, literalmente (los jefes fueron decapitados), y las aguas volvieron a su cauce. Ahora, muchos historiadores están dando la importancia que realmente tuvo aquella insumisión que, a pesar de fracasar, supuso un punto de inflexión. Fue una revuelta revolucionaria, y aunque pueda parecer una redundancia tiene su porqué. Las ideas que la movieron fueron pioneras, en aquel lejano siglo XVI se proponía lo que ahora llamamos monarquía parlamentaria donde el rey estuviera sujeto al parecer del pueblo siendo este representado por los procuradores elegidos en asamblea comunitaria. Esas ideas innovadoras salieron de Castilla.

«La revolución de los comuneros, la primera de la Europa moderna, que no estalló en París, ni en Londres, ni en Berlín, ni en Barcelona, por entonces dóciles a la monarquía absoluta que sobre cada una imperaba, sino en Toledo, a orillas del Tajo, el río que parte en dos el seco páramo castellano.»

Entre reflexiones y avatares comuneros discurre un libro escrito con la perfección narrativa que caracteriza a Lorenzo Silva, convirtiendo la lectura en una auténtica delicia.

EL ENCUENTRO CON EL ESCRITOR

Leí “Castellano” en versión digital, pero me sentí tan identificada con lo que ahí se decía en tantos aspectos que decidí comprar un ejemplar en papel para una siguiente relectura. Como la Feria del Libro se iba a celebrar, por fin, después de más de dos años sin ella por culpa de la pandemia, decidí comprarlo ahí para aprovechar el pequeño descuento que hacen y, de paso, darme un paseo y así quitarme de encima el síndrome de abstinencia provocado por tantos meses esperando este evento. Era tanto el mono que tenía que me fui el mismo día que se iniciaba, o sea, ayer.

Debido al protocolo Covid el aforo este año está muy reducido y ya me sospeché que entrar iba a estar complicado.

Lo bueno de pasear casi a diario por el parque del Retiro es que se conocen lugares que otros paseantes eventuales ignoran. En lugar de acceder por la puerta principal a la Feria del Libro, y por la que entran la mayoría de los visitantes, lo hice por otra menos conocida donde la cola para llegar era mucho menor. Con apenas cinco minutos de espera ya estaba dentro. Además, ese día, o sea ayer, Lorenzo Silva estaba en una caseta firmando ejemplares.

No soy yo mucho de firmas, además de que no me gusta esperar en la fila, cuando llego ante el escritor no sé muy bien cómo comportarme; me encantaría tomarme un café y charlar con muchos autores, pero delante de un mostrador y sabiendo que solo dispones de un par de minutos pues como que se me quitan las ganas. En cambio, ayer hice una excepción; quería transmitir al escritor cuánto me había identificado con él y aunque solo fuera decirle eso me animó a esperar para que me firmara mi recién adquirido ejemplar en papel de “Castellano”.

Ayer mi amigo Murphy no andaba cerca (lo mismo estaba esperando en la larguísima cola que había para entrar por la puerta principal) y tuve mucha suerte. Delante de mí, para la firma, solo había dos personas y en seguida me planté delante de Silva. En un primer momento no supe qué decirle, tan solo un ñoño «Me ha encantado tu libro», menos mal que no añadí eso de «Me gusta mucho cómo escribes», algo que se presupone porque si no te gusta el escritor a santo de qué vas a ir a que te firme nada.

Tras ese titubeo inicial y animada por la sonrisa que adiviné tras la mascarilla por el guiño de sus ojos y con la que me recibió, se me ocurrió comentarle que me había sentido identificada con él y, en un alarde de insensatez temeraria, le dije que éramos muy parecidos. Toma ya. Antes de que Silva pensara que tenía delante a una auténtica cretina, añadí apresuradamente que yo también había nacido en Madrid, que era hija de un castellano y de una gallega y que nunca me sentí de ninguna parte en especial, que “solo” era madrileña, que también conocí la historia de los comuneros a través del Nuevo Mester de Juglaría y que después de leer su libro me había dado cuenta de que me sentía castellana sin yo saberlo. Se lo solté de un tirón, sin anestesia ni nada. Convencida de que me iba a decir un par de frases de cortesía y, tras garabatear algo en el libro, me despacharía con viento fresco pensando, igualmente, que era una auténtica cretina, la sorpresa llegó cuando él me dijo que así se sentía él, que era castellano sin saberlo. Empezamos a hablar de los comuneros, del carácter pragmático de los castellanos, yo le conté cosas de mi abuelo paterno, él cosas del pueblo de los suyos… hablamos y hablamos y cuando terminamos había una cola importante detrás de mí. No me lo podía creer. El par de minutos de rigor que yo creía que tendría como contacto con él fue en realidad mucho más tiempo. Lo siento por los que estaban detrás de mí, supongo que se acordarían de mi abuelo paterno y de toda la parentela materna también, pero yo disfruté como una enana.

Es una gozada comprobar que la persona que está detrás de un escritor al que admiras es muy parecida, o igual, a la que sospechas cuando lo lees. Hasta ahora me habían firmado ejemplares escritores “conocidos” por mí a través de redes sociales o por correos electrónicos; esta es la primera vez que me firma uno del que no había tomado contacto, tan solo el que se da con la lectura, y la experiencia ha sido sumamente agradable. Lo mismo me aficiono y me voy a la caza y captura de firmas, no sé.

Ya para terminar esta extensa y rara reseña, pongo unas líneas de “Castellano”, unas palabras que hago mías porque comulgo completamente con lo que ahí pone y porque es una muestra de hasta qué punto Lorenzo Silva y yo “somos iguales”.

«Elijo con gusto la identidad castellana, no solo como la mejor forma de habitar en mi pellejo de madrileño con pasaporte español, sino como la credencial que prefiero para circular como europeo y ciudadano del mundo.

»No puedo agradecerle (a Castilla) lo bastante que a cambio de tan liviano peaje me haya regalado la lengua en la que vivo y escribo y la voluntad de ser libre, sin someterme a los vasallajes mentales, emocionales y de todo tipo que exigen los nacionalismos.»

 


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4 de septiembre de 2021

Érase una vez


«Érase una vez un reino en un lugar muy lejano, muy lejano, donde la gente era feliz porque tenían un rey muy bueno, muy bueno. Además, era muy guapo y muy simpático, y muy inteligente y tenía mucha cultura. Sus súbditos le amaban con locura y los demás reyes le tenían envidia por eso.

La gente de ese reino era muy feliz por tener un rey tan molón. A la menor ocasión fardaban de él delante de otros súbditos de los reinos vecinos.

 ―Mi rey y señor es la caña, si supieras lo que ha hecho hoy.

―Ya estás otra vez presumiendo de rey, qué pesado eres cuando te pones en plan monárquico.

El rey era un tipo que se hacía querer, pero sobre todo era un rey excepcional y ahí radicaba el amor que le tenían quienes estaban bajo su mando.

Todos los días, salvo los domingos, de madrugada se iba a trabajar. Como la casa en la que vivía, o sea el palacio, era muy grande y tenía mucha gente a su cargo para que la tuviera bien limpia y ordenada, el pobre rey estaba pluriempleado para poder afrontar todos los gastos que una casa tan enorme ocasionaba. A primerísima hora, aprovechando las horas más frescas del día, se subía a un tractor y marchaba a unos campos que estaban a tiro de piedra de la casa, o sea del palacio, y se ponía a recolectar los frutos que él mismo había sembrado. A media mañana, y dado que estaba en régimen de media jornada por culpa de un ERE en curso, acudía a una fábrica automovilística, se vestía su mono azul de trabajo y se incorporaba en la cadena de montaje a ensamblar las piezas de un modelo híbrido que con patente nacional proporcionaba pingües beneficios. Los viernes por la noche, tras la jornada en la fábrica, los dedicaba a conducir un camión de la basura que hasta bien entrada la madrugada recogía los desperdicios que sus súbditos producían y dejaban en los correspondientes contenedores.

Los fines de semana, en su tiempo de merecido asueto, se dedicaba a colaborar con la ONG de la que era socio principal pues aportaba cuantiosas cantidades de su salario; se trataba de una organización animalista implicada en abolir la denostada, pero aún vigente, fiesta de los toros y en perseguir a los cazadores que se dedicaban a masacrar animales por el simple hecho de divertirse al perseguirlos y abatirlos.

En las vacaciones de Semana Santa y Navidad viajaba como cooperante a países del Tercer Mundo para hacer pozos que pudieran abastecer de agua a paupérrimas aldeas africanas y así conseguir que allí no se murieran de sed los pobres niños que no habían tenido la suerte de nacer en su maravilloso reino.

Este rey tenía muchas carreras, ya te he dicho que era muy, pero que muy listo e inteligente. Además de ser ingeniero (por eso se iba a hacer pozos para los negritos), era abogado, y se había especializado en delitos fiscales; con denodado interés se implicaba en perseguir a los felones que querían evadir sus obligaciones con Hacienda. Entre sus colegas (entre sus colegas abogados, no entre sus colegas reyes, que estos en eso especialmente le tenían un poco de asco); bueno, como te iba diciendo, entre sus colegas abogados era considerado un auténtico perro de presa por su afán en acosar al evasor fiscal y por su impiedad a la hora de presentarlos ante el juez como los sinvergüenzas que eran, consiguiendo penas de cárcel muy duras e inexorables.  

Pero este rey, a pesar de las múltiples virtudes que le adornaban, en su día a día era muy humilde. Acudía a pie a todos los eventos, por lo de hacer ejercicio y no contaminar colaborando con eso de la huella del carbono. Si el lugar al que debía asistir estaba demasiado lejos, entonces utilizaba el transporte público, preferentemente el metro. A este respecto, su personal de seguridad puso algún que otro reparo.

―Majestad, es muy arriesgado ir por ahí mezclándose con el vulgo llano.

―Ese vulgo es mi pueblo y yo existo gracias a él. Además, todos me adoran, tengo un mogollón de seguidores en Instagram y les encanta cuando cuelgo selfies rodeado de súbditos.

El rey estaba casado con la reina que, para no desentonar, también era muy maja. Ella, como no podía ser menos, tenía varias carreras universitarias, porque era también muy lista y muy empollona. Cuando dejaba a los niños en el colegio público que estaba al lado de casa, o sea del palacio, se dedicaba a despachar pan en una panadería; allí, cubierta de harina de la cabeza a los pies, platicaba con los clientes durante su jornada laboral. Por las tardes pasaba consulta en un ambulatorio de la Seguridad Social donde le daban las tantas porque andaban faltos de personal y los pacientes se le acumulaban.

―Tengo que recordarle a mi churri que la próxima partida de impuestos evadidos y recuperados la invierta en contratar a más médicos y enfermeros. Esto está petado y así no se puede tratar a los contribuyentes. ¡La sanidad no se vende, se defiende!

La gente del reino no podía estar más orgullosa de sus monarcas, el rey y la reina, pero también de sus hijos que…»

―¿Ya estás otra vez, Manolo? ¿Cuántas veces te tengo que decir que esos cuentos que te inventas desorientan al niño? Luego lo dice en el colegio y sus compañeros se ríen de él.

―Susana, es un cuento, nada más.

―Pero esas cosas que le dices… no hay quién se las crea.

―¿Por qué? Que una calabaza se convierta en una carroza, que la trenza de una princesa sirva de cordada para escalar una torre o que un lobo se disfrace de abuelita y cuele el engaño ¿eso es más creíble?

―De verdad, qué terco eres. ¿Tanto te cuesta contar los cuentos de toda la vida?

―Está bien, Susana. No lo volveré a hacer más ―claudicó Manolo mientras su mujer salía del dormitorio sonriendo satisfecha de su victoria.

Manolo arropó a su hijo y se acercó para darle un beso de buenas noches, al mismo tiempo, guiñándole un ojo, le susurró al oído para que no le oyera su madre:

―Mañana te contaré la historia de una princesa que dejó plantado en el altar al príncipe azul y fundó un grupo LGTBI con su madrastra.

 




27 de agosto de 2021

El volcán esquivo (Vacaciones con Murphy II)

 

De regreso ya de las vacaciones veraniegas y tras recuperar un poco de sosiego, retomo la actividad en el blog y lo hago contando mis peripecias viajeras.

 Siempre me he quejado de mi mala suerte y sobre todo cuando esta se muestra al irme de viaje. Este verano no ha sido la excepción; mi amigo Murphy, un año más, se empeñó en acompañarme, no es la primera vez (Vacaciones con Murphy). Mi querido amigo ha estado conmigo tooodo el rato y dando por saco, como es su costumbre.

Que el viaje iba a ser complicado se me anunció nada más montar en el avión. Cuando la nave estaba a punto de despegar un pasajero, que se encontraba dos filas por delante de mí, comenzó a convulsionar, tras la voz de alarma que dieron otros viajeros, yo incluida, el avión dio un frenazo y acudieron a su asiento los auxiliares de vuelo; por megafonía se preguntó si entre los presentes se encontraba algún sanitario, pero no había ni uno (deben de estar todos, los pobres, en los hospitales y centros de salud afrontando la enésima ola de la pandemia), así que tuvimos que esperar a que llegara un médico del propio aeropuerto con la ambulancia pertinente.

El pasajero se recuperó, pero hubo de someterse a un reconocimiento básico en el propio avión por el personal médico y, entre pitos y flautas, despegamos una hora después. Cuando llegamos lo hicimos con retraso y cierto mosqueo porque el piloto del avión, y para rematar el viajecito, nos dijo que aterrizábamos en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, en lugar del de Tenerife que era el destino al que íbamos. Gracias a Dios, el comandante de la nave, advertido por su ayudante, nos dijo que era un error antes de que el pasaje pensara que se había roto el avión y habíamos tenido que regresar al punto de partida.

Respecto a la estancia en Tenerife la podría resumir con una sola palabra: escaqueo. Y es que tuve la sensación durante todo el tiempo que estuve allí que la isla pasaba de mí y de mi body.

Empecemos con el sol. Las Canarias presumen de sol asegurado, bueno pues cuando estuve yo anduvo remolón. Todas las mañanas se presentaban unas nubes densas que lo tapaban, sobre las once parecía que lo dejaban entrever y hasta llegó a lucir bien, pero como a regañadientes. De hecho, cuando estuve en la localidad de Tenerife con fama de tener sol prácticamente todo el año (Puerto de Santiago) estaba nublado. En esa localidad se encuentran los acantilados de Los Gigantes que, gracias a que son enormes (de ahí el nombre), se dejaron ver medianamente porque había una bruma tirando a niebla que dificultaba ver otras cosas.

Los coches de alquiler también andaban escaqueándose porque nos costó Dios y ayuda encontrar uno libre. Tras dar con una agencia que decía tener el único coche disponible de toda la isla y pagar una cantidad indecente por dos días (la ley de la oferta y la demanda es cruel), concertamos con dicha agencia alquilar dicho coche tal que un viernes. El jueves por la tarde me llaman para decirme que el coche se ha averiado y está en el taller, que la entrega se pospone dos días, hasta el domingo. Aceptamos, qué le vamos a hacer, si se ha roto, se ha roto y como no hay más coches disponibles habrá que arreglarlo y esperar.  Como desagravio por las molestias la agencia de alquiler nos regala cuatro entradas para el Loro Parque, a lo que yo me dije, mira qué majos son. Sí, sí, majos. Era una manera de contentarnos para lo que venía después y que consistió en que el domingo, día de entrega ―por fin― de nuestro anhelado ―y carísimo― coche, el auto que nos dan no se corresponde ni por asomo al modelo y potencia del que habíamos contratado. Nos dieron un Hyundai de la gama más baja donde cuatro personas entraban justitas, y gracias que ninguna teníamos sobrepeso. Lo de que tuviéramos todos los ocupantes un peso dentro de la normalidad también vino bien para poder subir los puertos que caracterizan a Tenerife y a los que hay que subir y bajar si uno quiere acceder a los lugares guays de la isla.

Porque si la costa de Tenerife tiene lugares paradisíacos, no lo son menos los sitios que se encuentran en sus alturas. Aunque, por culpa de la poca potencia del coche que nos tocó, no pudimos ir a algunos pues la pendiente no era compatible con la capacidad de tracción de nuestro paupérrimo auto.

Otra cosa que se escaqueó fue la capacidad de control para acceder a ciertos lugares, como el Parque Rural de Anaga. Tras pasar las de Caín para llegar hasta allí por culpa de la poca potencia del auto, el lugar tenía un aparcamiento para unas veinte o treinta plazas, y los coches que allí había antes de que llegara yo superaban el centenar. El zipitostio que se organizó fue de campeonato. Dejé el coche de cualquier manera, nos bajamos para dar un paseíto rápido por el bosque de laurisilva y cogimos el auto de nuevo para seguir subiendo hasta un pueblo perdido en la montaña del que ni el GPS tenía noticia de su existencia pero que resultó precioso y en el que no tuvimos ningún problema para aparcar porque allí no había ni un alma.

Fueron muchas las cosas que se escaquearon durante mi viaje: el sol, la seriedad del alquiler de coches, las plazas de aparcamiento, etc. Pero el que se llevó la palma en cuanto a evadirse y esconderse fue el Teide. El pico más alto de España se mostró esquivo con una servidora. Durante los días que estuve en la isla le dio por esconderse tras un velo de nubes, de mayor o menor densidad según los días, y no había forma de ver la cumbre. Ese volcán se ve prácticamente desde cualquier punto de la isla, incluso desde las islas aledañas, pero cuando yo estuve, no. Cámara en ristre anduve tras la instantánea que me permitiera ver la cima del volcán, pero durante cuatro días la misión resultó infructuosa.

Como soy una abnegada turista y a mí a terca no me gana casi nadie, me dije: si el Teide no va a Paloma, Paloma irá al Teide. Y así fue. Con nuestro ridículo Hyundai i10 nos fuimos en plan aventurero a las Cañadas del Teide. Tras subir otros puertos para llegar a otros lugares como Santiago del Teide (donde tampoco se dejó ver el puñetero volcán y eso que esa localidad se encuentra a los pies como quien dice) el coche ya nos había dado muestras que lo de subir no se le daba bien, pero nosotros, erre que erre y a las Cañadas que nos fuimos.

La potencia del coche no permitía correr, pero las condiciones climatológicas tampoco porque la niebla que había antes de llegar y para atravesar el anillo de nubes que suele estar a mitad de camino hacia el volcán, era de una densidad importante, o lo que es lo mismo: no se veía un carajo. En segunda, con las luces puestas, el limpiaparabrisas a tope y a paso de tortuga, fuimos subiendo; sin embargo, de golpe, en unos pocos cientos de metros, el clima cambió como por ensalmo (y la visibilidad también, menos mal): la oscuridad húmeda en la que estábamos sumidos se trocó en unos instantes en un sol espléndido con un cielo azul limpísimo.

En los territorios del Teide, el sol no se mostró esquivo y el volcán tampoco. Ahí pudimos disfrutar con la boca abierta de toda la majestuosidad de una de las montañas más fascinantes que hay en el planeta.

Lo de disfrutar del paisaje con la boca abierta fue literal, por un lado, por lo bonito del entorno, pero por otro por el calor que pasamos y eso que estábamos a más de dos mil metros sobre el nivel del mar.

Con la sensación de la misión cumplida seguimos disfrutando de otros parajes de la isla: La Orotava, San Cristóbal de la Laguna, Icod de los Vinos, Garachico, etc., etc., pero la impronta que nos dejó el Teide en la retina y en el recuerdo se quedó con una huella indeleble. Por algo es el señor de la isla.

 



NOTA: a continuación, os pongo un vídeo sobre ese volcán esquivo. La música que suena de fondo, Mount Teide de Mike Oldfield, estuvo rondándome la cabeza durante toda mi estancia en Tenerife.

Vídeo Teide


8 de julio de 2021

Cuando un amigo se va

 

Dicen que vivir es perder cosas que has ido ganando. A medida que vives más, más cosas pierdes: ley de vida. Perder nos enseña, a algunos más pronto que tarde, que la vida es desgaste y que cuando tenemos algo o a alguien lo debemos disfrutar porque no hay nada eterno.

Ni siquiera los afectos se libran de la pérdida. Citando a mi adorado Sabina, hay amores eternos que duran lo que dura un corto invierno. Nada permanece, todo pasa.

Perder a alguien querido es lo más grave y por supuesto lo que más nos afecta; perder algo material parece más llevadero porque uno tiene la sensación de que casi siempre está la posibilidad de reemplazarlo. Sin embargo, hay cosas que no se pueden sustituir, no porque no haya algo parecido, sino porque los sentimientos que suscitaron son únicos.

Si me he puesto así de sensiblera es porque hace poco he perdido algo que me ha provocado mucha tristeza y ese algo puede parecer extraño para muchos. Hace unas semanas desapareció el mercado de mi barrio.

Qué tontería, puede pensar más de uno. Puede que lo sea, pero ver el solar vacío donde estaba el edificio me ha deprimido y me deja una tristeza amarga.

El edificio en cuestión no es que fuera ninguna maravilla de la arquitectura, ni mucho menos; de hecho era bastante feo ―más o menos como cualquier mercado―. Lo que me gustaba de esa construcción no era su forma sino lo que simbolizaba y lo ligado que estaba a muchos recuerdos de mi vida, especialmente de mi niñez.

El «Comercial La Elipa» ―el Mercado a secas para los elipeños― inició su andadura a principios de los años 60 del siglo pasado, cuando el barrio apenas empezaba a emerger. Aunque algunas calles no estaban asfaltadas o carecían de alumbrado público, el barrio estaba bien abastecido de alimentos. En ese mercado se ofrecían a precios asequibles para los vecinos, verduras, hortalizas, frutas, carnes y pescados de muy buena calidad. Los puestos de aquella galería fueron las únicas tiendas de comestibles durante muchos años y por tanto centro de reunión del vecindario.

Allí, además de hacer la compra, se ponía uno al corriente de cuanto suceso y/o cotilleo acontecía en el barrio. La Paqui ha tenido gemelos, el marido de Asun está en el hospital con apendicitis, el hijo de Antoñita se ha ido de casa, ayer se rompió una tubería en Marqués de Corbera y está todo inundado desde el puente hasta el pinar. Antes de que se inventaran los periódicos de barrio con las noticias locales, el mercado aquel era un estupendo centro de información.

Mientras nuestras madres hacían la compra y se ponían al día de lo que había sucedido, los niños correteábamos por los pasillos. Había una zona que a mí me gustaba especialmente; se encontraba al lado de la escalera que comunicaba las dos plantas del edificio, junto al puesto donde Merceditas arreglaba las medias de nailon y se hacían copias de llaves. En las losetas de aquel rincón hemos jugado al tejo mis amigas y yo muchas veces, e incluso a la goma, sobre todo en verano pues se estaba muy fresquito.

Me acuerdo de muchos de los puestos y sobre todo me acuerdo de quienes los atendían. Recuerdo el puesto de ultramarinos de Lucas, ahí podías comprar desde chorizo de Cantimpalos hasta macarrones; también recuerdo el puesto de aceitunas y encurtidos de Eusebio, cuando mi madre paraba allí él me regalaba una berenjena de Almagro que yo me iba comiendo por el camino hasta casa mientras me chupeteaba los dedos. O el puesto de Fermín, siempre contando chistes mientras ponía en un cucurucho de papel gris la fruta que las clientas le pedían. También estaba Nicolás, el de la pollería, allí vi por primera vez una perdiz muerta, con plumas y todo, colgada del mostrador ―allí también, mi hija, muchos años después, comprobó que la carne que nos comemos pertenece a animales al ver cómo descuartizaba un conejo―.

Uno de los puestos que recuerdo con añoranza y con saliva en la boca es el de Pedro, el de los churros y las porras. Era el único, junto con la panadería, que abría también los domingos. Esos domingos era mi padre el que se acercaba al mercado, compraba el pan y una docena de churros calentitos que traía ensartados en un junco verde. Solo de recordarlos me relamo de gusto.

También estaba Manoli, la de la floristería, la suministradora de plantas de todo el vecindario y también la que se encargaba de trasmitir las defunciones y casorios de la zona pues a ella le encargaban tanto las coronas para los fallecidos como los ramos de novia para las bodas.

En aquel microcosmos pasé muchas horas de mi vida. La relación con los tenderos era estrecha y cercana. Si un puesto cerraba un día, se preguntaba a los de al lado qué había pasado: hoy Fermín no ha venido porque tiene a la suegra pachucha en el pueblo, Lucas se cayó ayer arreglando una ventana y se ha torcido un tobillo.

Según fueron pasando los años, los tenderos se jubilaron y pasaron el testigo a sus hijos, aunque la mayoría de las veces el resultado fue que el puesto se cerraba definitivamente o lo traspasaban a otros dueños que delegaban a su vez en dependientes contratados temporalmente y que no permanecían más de dos o tres meses ―cosas de la precariedad laboral y de los contratos basura―.

Incluso la clientela fue cambiando. Los vecinos de toda la vida se jubilaron también y se retiraron a la casita del pueblo, o fallecieron. Sus hijos, mis compañeros de juegos, se fueron a vivir a otros barrios más modernos, con viviendas más adaptadas a los nuevos tiempos, pero también más alejadas del centro urbano. Tan solo una minoría resistió y permaneció en el barrio, aunque no siempre fiel a comprar en el mercado; la oferta y los precios ya no eran los de antes y los cotilleos tampoco eran un acicate, entre otras cosas porque la mayoría de los nuevos vecinos eran unos perfectos desconocidos, así que poco importaba lo que les ocurriera o dejara de ocurrir.

Hace varios años saltó la bomba: resulta que el mercado que estaba funcionando desde hacía más de medio siglo no tenía licencia. Cosas de la España cañí y de unos ediles pasotas que miraron para otro lado. Un juez dijo que eso no podía ser y dictaminó el cierre. Como las cosas de palacio van despacio ―y las de los juzgados aún más― el cierre se fue posponiendo durante más de una década hasta que un político con ganas de darse el pisto le dio por remover el expediente y ponerlo en funcionamiento. Hubo protestas vecinales, se pidió algo de comprensión y flexibilidad, pero las autoridades se mostraron rigurosas; para nuestro viejo mercado no hubo indulto ―el buen rollito y la convivencia se reservan para otros lugares de más enjundia y con más peso que un simple barrio obrero―.

El caso es que el mercado se cerró y hace unos meses lo derruyeron. El nuevo dueño, una cadena alemana de supermercados, no quiere que nada recuerde al viejo mercado y ha optado por construir desde cero. No sabemos cómo será la nueva edificación, pero supongo que se diferenciará muy poco ―más bien nada― de otros establecimientos de la cadena y resultará un clon más de los miles de tiendas que proliferan por media Europa. Seguramente, el nuevo súper ―se acabó lo de mercado a secas― será más funcional, e incluso tendrá productos más variados y más baratos, pero la cercanía y la familiaridad que se daban en aquel mercado de mi niñez, eso nunca lo podrán ofertar. Eso se fue con el viejo edificio y para no volver.

Vivir es perder cada día algo, mi barrio ha perdido para siempre un lugar emblemático lleno de recuerdos entrañables. Un amigo se nos fue.






 





NOTA: Con esta publicación yo también me voy, pero solo por unas semanas. Los calores y cierto agotamiento pandémico-bloguero-laboral me dificultan mucho la concentración para escribir, así que será mejor dejarlo por una temporada y volver en septiembre con fuerza renovada. Pasad un buen verano y cuidaos mucho.


Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores