Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

23 de abril de 2024

Escribir, el remedio del alma

 


Siempre he pensado que todo amante de la lectura lleva en su interior el germen de un escritor. Creo que los que amamos la lectura anhelamos emular a quienes nos gusta leer, es decir, a los autores de las obras que nos hacen disfrutar.

Cuando estoy leyendo un libro que me gusta mucho desearía escribir algo parecido y me encantaría saber expresar igual de bien esas emociones, esas descripciones que, en el momento de la lectura, me atrapan y me admiran.

Hace más de diez años decidí crear este blog. En sus inicios era un espacio dedicado a reseñas literarias, aquí plasmaba mis impresiones sobre las lecturas de diferentes novelas. Al principio constaban de apenas un par de párrafos, luego se fueron haciendo más extensas de manera que, además de opinar sobre el libro en cuestión, también reflexionaba sobre el tema tratado en el argumento.

Poco a poco fui explorando otros registros y añadí nuevas secciones en las que daba rienda suelta a mis impresiones sobre diferentes temas y no todos relacionados con la literatura. El blog se convirtió en un rincón donde dar alas a mis ansias de escribir y poner en forma de letras mis reflexiones, unas veces en clave de humor, otras completamente en serio pues los temas a tratar no se prestaban a risa.

Con el tiempo fui más allá y, venciendo la vergüenza que suele aparecer en estos casos, empecé a escribir relatos. Los primeros eran muy cortos, pero, poco a poco, las historias se hicieron más complejas necesitando más espacio para desarrollarse.

Una vez perdida la timidez inicial mi osadía me llevó a presentarme a concursos de relatos con mayor o menor fortuna. Unas veces llegué al pódium, las más no me comí una rosca, pero en todas me lo pasé fenomenal.

Un curso de escritura creativa y el sentirme muy cómoda escribiendo ficción acabaron por aficionarme a esto de poner negro sobre blanco las historias que me vienen a la cabeza.

Sin embargo, aún me quedaba un escalón por subir, un reto mayor: contar una historia más larga, con un argumento y unos personajes que requirieran desarrollo, espacio, mucho más trabajo; quería escribir una novela.

Este nuevo reto anduvo mucho tiempo en el cajón de las quimeras, ese donde guardo mis deseos que creo imposibles de alcanzar, pero que, al igual que ocurre con los sueños, me resisto a renunciar a ellos.

La historia estaba en mi cabeza, el escenario y los personajes principales también, el desarrollo y los detalles vinieron después cuando, en un arranque de optimismo, decidí ponerme a la tarea.

Fue un esfuerzo mayúsculo. Durante todo el proceso fui consciente del trabajo que hay detrás y qué diferencias tan grandes existen entre un relato, más o menos extenso, y una novela, una historia con muchos más matices.

Resultó una tarea más ardua de lo que me esperaba. Sufrí horrores, pero también disfruté muchísimo. Cuando, por fin, la terminé vino la segunda parte: ¿Qué hago yo con esto?

«Esto» se quedó guardado en una carpeta de mi ordenador casi dos años. Pensaba que debería darle salida, pero no sabía cómo. Además, había otra cuestión que frenaba la exposición de mi trabajo: me daba muchísima vergüenza. ¡Qué cosas!

Vale que escribiera relatos y los mostrara, pero una novela… ¿En serio? Me pareció una petulancia por mi parte y ahí se quedó el resultado, guardadito en el disco duro de mi portátil hasta que un día dije que por qué no darle/darme una oportunidad.

Lo primero que hice fue presentarme a un concurso de una afamada editorial, Edhasa, (tenía mucha vergüenza de mostrarme como «novelista», pero una vez superado el escollo me vine arriba sin cortapisas). El concurso, entre plazos de presentación, normativas de jurado y veredicto, tardó casi un año en dar los resultados. Ni que decir tiene que no me comí un colín, pero me había lanzado a la palestra y ya no había marcha atrás.

Después del fiasco del concurso (no por esperado, menos doloroso) me puse en contacto con unas agentes literarias que conocí a través de una amiga escritora con varias novelas ya editadas. Estas agentes, después de varios meses, me contestaron que la novela «estaba muy bien escrita» (no tiene faltas de ortografía) pero que «no era del estilo» que ellas trabajaban. Supongo que esas dos expresiones son eufemismos que se emplean en el mundo editorial para mandar a paseo a los escritores que no interesan.

A pesar de este nuevo rechazo, no me amilané, aunque sí sentí flaquear el ánimo. Me puse a buscar editorial. Contacté con varias que presumen de «apoyar» a «escritores noveles» (eufemismo para nombrar a los autores a los que no los conoce ni el Tato). El «apoyo» resulta bastante interesado pues esas editoriales apoyan a los escritores noveles siempre y cuando estos apoquinen una pasta previa, es decir, siempre y cuando uno pague por publicar; el montante oscilaba entre mil y dos mil euros, aproximadamente.

Cuando tomé la decisión de mostrar mi primer retoño en forma de novela, nunca pretendí ganar dinero, pero tampoco pensé que tendría que poner yo el capital. Me negué en redondo a seguir el juego a esas editoriales que se aprovechan de la ilusión de los «escritores noveles».

Entre pitos y flautas, ya habían transcurrido casi dos años desde que decidí dar luz a mi pretendida novela y la pregunta «¿Qué hago yo con esto?» seguía sin respuesta.

Decidida a recurrir a la última opción, o sea Amazon, vino a ayudarme otra amiga escritora, alguien cuyo nombre desvelaré en otro momento, pero a quien le debo muchísimo y que homenajearé debidamente a su debido tiempo.

Pues bien, esta escritora y amiga me habló de una editorial, muy modesta y sencilla, que sí se dedica a dar oportunidades a los escritores noveles (y a los no tan noveles) pero sin aprovecharse de ellos, es decir, sin cobrarles un euro.

Mandé el manuscrito con muy pocas expectativas porque, hasta el momento, la experiencia no estaba siendo lo que se dice alentadora.

Después de varios meses, ya convencida de que me iban a mandar otra vez a la porra, recibí un escueto correo de la editora:

 

Hola, Paloma:

Podemos hablar de la publicación de la novela ya que me ha gustado mucho. Tienes una gran narrativa y es algo que no había leído antes, te felicito.

 Lo único que puedo decirte es que no será para ya su publicación porque tengo otros pendientes primero.

Aquí me tienes para lo que necesites.

 Un abrazo.

 

Recuerdo que abrí ese email en el metro, en medio de otros viajeros que me miraron asombrados cuando, nada más leerlo, solté un «¡Toma, toma, toma!» en voz alta que los pilló por sorpresa. Juro que se me saltaron las lágrimas de la emoción. Noqueada tardé horas en reaccionar.

Varios días después me puse en contacto telefónico con la editora, una mujer encantadora que rezuma ilusión y amor por su trabajo; un ánimo contagioso que me puso en órbita.

En aquella conversación me dijo que, tal como avisó en el correo, debería ser paciente porque sus recursos son limitados y había varias publicaciones por delante, que debería esperar hasta el verano. Después de dos años con el manuscrito dando tumbos de un lado a otro, unos pocos meses más no me parecieron una molestia.

La editorial se llama Meiga Ediciones, lo que tiene su retranca porque ya sabéis mi querencia por las brujas, especialmente las gallegas al ser mi madre nacida en la provincia de La Coruña y, por tanto, poseer media genética procedente de aquellos lares. Para más redundancia resulta que el tema de la novela a publicar trata de… ¡Ay, no puedo decir más! No obstante, iré relatando por aquí el proceso que se avecina fascinante. Publicar con el respaldo de alguien tan ilusionado como yo o más seguro que da para una buena historia.

Hace semanas que sé la decisión de esta editorial, pero, siguiendo indicaciones de «mi editora», he esperado al Día del Libro para dar la primicia.

¡Feliz Día del Libro! Yo, este año, lo celebro con UN libro muy especial para mí.




 


15 de abril de 2024

Operación Triunfo

Negros nubarrones cubrían el generalmente soleado cielo de Sevilla; la bruma del Guadalquivir añadía más gris al color de acero del día.

Pedro Guzmán de Alcalá se acercó a su puesto de escribanía y observó ceñudo la larga fila de hombres que aguardaban frente a su mesa. La jornada se presentaba complicada y la negrura del cielo parecía ser la constatación meteorológica de las impresiones del escribano. Tomó asiento con un resoplido y, tras ordenar su material de escritura, dio venia al primero que encabezaba la hilera.

Buenos días nos dé el Señor. Vuesamerced dirá.

Buenos días nos dé el Señor y su Santa Madre. Vengo a registrarme como descubridor de nuevos mares. Mi nombre es Vasco Núñez de Balboa[1].

Perdonad, creo que no os he entendido bien, ¿qué es lo que queréis que registre?

Mi capacidad para descubrir nuevos océanos.

No os entiendo. ¿Cómo queréis que registre eso?

Anotando lo que os digo en un papel. Sois escribano ¿verdad? ante el gesto de afirmación del susodicho, siguió hablando. ¡Ea! Ya estáis tardando, llevamos esperando desde antes de la amanecida para que nos contraten.

¿Contraten? ¿Cómo que contraten?

Vamos a ver, esta es la Casa de Contratación de Indias el escribano volvió a asentir. ¿Pues qué vais a contratar? ¡Soldados y tripulantes para ir allí! ¿O, acaso, estabais pensando en fregonas para limpiar los barcos?

El resto de los integrantes de la fila celebró con grandes carcajadas la respuesta del que decía llamarse Vasco.

Mirad, señor, creo que os estáis confundiendo. Cierto es que aquesta es la Casa de Contratación de Indias, mas su función es la organización de las flotas, supervisar los barcos, fiscalizar la hacienda pública…

¡Y contratar! le interrumpió el descubridor de mares desconocidos. Espabilad, señor, os veo abotargado y algo disperso.

De nuevo, los presentes aplaudieron y jalearon al futuro conquistador que se encaraba al escribano.

Lo siento mucho, pero aquí no nos dedicamos a esos menesteres.

La concurrencia recibió con pitos y abucheos esta última frase.

Pedro Guzmán de Alcalá se rascó la incipiente calva que asomaba en su coronilla. Lo de que el día se presentaba complicado iba a cumplirse con largueza.

¡Pues yo vengo a lo mesmo que, aquí, el caballero pretende! gritó desde atrás un hombre corpulento al que le faltaban varios dientes y le sobraba mala leche.

¡Y yo!

¡Y yo!

La fila se convirtió en un corrillo que rodeaba la mesa del escribano. Todos los integrantes se mostraban desafiantes y en actitud amenazadora.

Ante la algarabía, un anciano elegantemente vestido se acercó acompañado por un alguacil.

¿Qué ocurre, don Pedro? inquirió el recién llegado.

Aquestos hombres, que vienen a que se les contrate para ir a las Indias. Les he aclarado a qué nos dedicamos aquí, pero no se avienen a razones.

El anciano miró a los levantiscos y, con un gesto de confianza, agarró el hombro del escribano mientras se acercaba a su oído para que nadie más que él oyera lo que le iba a decir.

Seguidles la corriente. Anotad todo cuanto os digan y luego quemad los papeles. No es menester alborotos, bastante tenemos ya con los diezmos reales que estos desarrapados miró con desprecio a los demás nos intentan robar cuando en las Indias descubren algo.

Gracias, don Rodrigo contestó el amanuense. Lamento que el tesorero tenga que venir a encargarse de asuntos tan mundanos.

No os preocupéis, ante todo que no haya ningún tumulto.

Está bien. Contadme qué queréis que anote aceptó resignado el escribano tras la marcha de su superior.

Que sé descubrir mares (Vamos de excursión a la playarepitió el aludido con un gesto de cansancio. ¡Ah! también sé criar cerdos, puede que monte una granja en La Española. En mi Badajoz natal aprendí todo lo que hay que saber sobre los gorrinos.

¿Pero no sois vasco? le preguntó riéndose el compañero de al lado.

Vasco de nombre, extremeño de nacimiento contestó con displicencia pues la broma le cargaba bastante por repetitiva. Si le hubieran dado un maravedí cada vez que habían bromeado con su nombre y su lugar de origen no le haría falta irse a las Indias a buscar fortuna.

Anotado queda. Si no necesitáis reseñar nada más, dejad paso al siguiente.

Vasco Núñez de Balboa se apartó y otro hombre le sustituyó.

Soy Juan Ponce de León[2] y yo sé… ¡descubrir penínsulas!

Descubrir penínsulas repitió el escribano pinzándose el puente de la nariz. ¿Algo más?

Esto… Buscar fuentes… podría valer (Juventud, divino tesoro).

Como digáis. ¡Siguiente!

Me llamo Andrés de Urdaneta[3] y soy ducho en el arte de navegar. Puedo encontrar el camino de vuelta de las Indias o tornaviaje.

Disculpad, señor, digo, padre rectificó el escribano al percatarse de que quien tenía enfrente vestía el hábito de los agustinos. El camino de vuelta de las Indias ya lo descubrió nuestro almirante don Cristóbal Colón tras hallar, previamente, el de ida.

Yo me refiero a la ruta de vuelta desde las Indias de verdad, las que buscaba el almirante en principio, y además por mares españoles (Billete de ida y vuelta).

Como gustéis aceptó el escribiente que ya no quería porfiar con esa panda de locos, además, se le estaba levantando dolor de cabeza. ¡Siguiente!

Francisco Pizarro[4] y hermanos dijo desabridamente un tipo malencarado con pinta de facineroso al que acompañaban cuatro hombres más con rasgos físicos similares. Sabemos someter y humillar, y robar.

—Bueno, eso no es nada original. ¿Algo más?

También sabemos secuestrar, pedir rescate y no cumplir la palabra dada (Ya lo veremos)

¡Siguiente!

Francisco de Orellana[5]. Me gusta viajar por ríos grandes y ver mujeres guerreras con los pechos al aire (Mujer tenías que ser).

A mí también me gusta añadió el escribano cabeceando al tiempo que tomaba nota de las inclinaciones del tal Orellana.

¿Viajar por ríos anchurosos?

No, ver mujeres desnudas, preferiblemente que no sepan guerrear, por si acaso. ¡Siguiente!

Álvar Núñez Cabeza de Vaca[6]. Yo podría curar y escribir cuadernos de viaje.

¿Sois cirujano? ¡Sabéis sanar! Por fin alguien con conocimientos de utilidad, se dijo el amanuense.

¿Quién yo? No, no tengo ni idea, pero pienso aprender (Sana, sana, colita de rana).

Pedro Guzmán de Alcalá se tapó la cara con las dos manos y empezó a sudar. Era una tortura escuchar tanta incoherencia y la migraña cada vez era más intensa; le iba a estallar la cabeza.

Juan Sebastián Elcano[7]. Sé dar vueltas al mundo (Vamos a dar una vuelta).

Tened cuidado, no os vayáis a marear. —Ante el gesto hosco de quien tenía delante, decidió añadir—: Por lo de dar vueltas. Era una chanza 

En Guetaria no somos amigos de la guasa.

Ya veo. ¡Siguiente!

Hernán Cortés[8]. Sé descubrir un imperio y fundar un país; lo llamaré México (El que oye llover).

—¡Qué obsesión con los imperios! ¡Siguiente!

Lope de Aguirre[9]. Busco oro (En busca de El Dorado perdido).

Como todos. ¡Siguiente!

Fray Tomás de Berlanga[10]. Descubro islas, las llamaré Galápagos por las extrañas criaturas que las habitan (Calma).

Pedro de Valdivia. Voy a descubrir tierras al sur de las Indias y las llamaré Chile.

Hernando de Soto[11]. Navegaré por un gran río, le llamaré Misisipi. También sé hacerme amigo de emperadores indios secuestrados.

Alonso de Ojeda. Puedo organizar expediciones marinas por el Caribe, tengo mucho valor y muy poco entendimiento. Soy algo bruto, pero en el fondo buena persona: mi mujer india me va a adorar.

Gonzalo Guerrero. Me gustan los indios y pienso convertirme en uno de ellos, aunque me llamen traidor. Seré el símbolo del mestizaje.

Jerónimo de Aguilar[12]. Se me dan bien los idiomas, los aprendo rápido sobre todo si los indios me convierten en un cautivo; puedo hacer de intérprete.

—Álvaro de Mendaña. También descubro islas, se me da tan bien que cuando vuelvo a una de ellas, descubro otras diferentes. Las voy a llamar Salomón a las primeras y Marquesas a las segundas. 

Durante cuatro horas estuvieron desfilando ante Pedro Guzmán de Alcalá hombres con las más variopintas habilidades, cada cual más increíble.

Tras tomar nota de todos ellos, el escribano recogió el montón de pliegos resultante de su trabajo y se dirigió a otra sala donde el fuego de una enorme chimenea restaba humedad al ambiente cargado por la lluvia que amenazaba desde el inicio de la mañana.

Mientras lanzaba a la hoguera los papeles que había escrito, el escribano de la Casa de Contratación de Indias no pudo por menos que compadecer a esos pobres desgraciados. Todos los días conocía casos de desventurados que iban a las Indias huyendo de la miseria para encontrar solo sufrimiento y muerte en lugar de las riquezas que desde España se les prometía. Seguro que ese sería el destino de quienes hoy habían ido para que se anotaran sus virtudes convertidas en proezas.

Mientras el papel, donde estaban volcados los sueños de un grupo de desdichados, se convertía en cenizas, el escribano se masajeó las sienes. El dolor de cabeza le estaba matando.

Ojalá hoy hubiera venido alguien que supiera inventar algún remedio para el dolor de cabeza, lo llamaría Aspirina.

 

 

NOTA DE LA AUTORA

Muchos de los nombres que por aquí aparecen ya han sido protagonistas de Crónicas del Descubrimiento (los enlaces a sus entradas aparecen resaltados en paréntesis) por lo que pueden resultar conocidas sus andanzas y entender mejor a qué se deben los comentarios que hacen. Otros están pendientes de su momento de gloria en este blog y aún no he contado nada sobre ellos, pero todo se andará.

Todas estas crónicas tienen un tono gamberro que ya avisé desde su inicio, pero reconozco que este episodio se lleva la palma en cuanto a situaciones descabelladas. De vez en cuando me vengo arriba y los disparates se me desatan. También es verdad que tenía que cumplir los requisitos del taller de escritura en el que participo y el tema era casting, así que me he montado una Operación Triunfo algo particular y completamente absurda.



[1] Descubrió el océano Pacífico.

[2] Descubrió la península de La Florida y buscó la fuente de la eterna juventud.

[3] Descubrió el viaje de vuelta desde las Islas Filipinas a América utilizando la ruta del este por mares de la Corona de España.

[4] Conquistador del Perú. Mantuvo preso al inca Atahualpa y cuando recibió el rescate lo asesinó.

[5] Descubridor del río Amazonas.

[6] Anduvo perdido por el norte de América, mientras fue esclavo de un chamán aprendió la utilidad de las plantas medicinales.

[7] Completó la primera circunnavegación de la Tierra.

[8] Conquistador de México. Sometió el imperio azteca.

[9] Integrante de una de las expediciones en busca de El Dorado.

[10] Descubridor de las Islas Galápagos.

[11] Primer europeo en navegar por el Misisipi. Cuando Pizarro secuestró a Atahualpa se convirtió en su amigo y le enseñó a leer y escribir español.

[12] Fue cautivo de los mayas y aprendió su idioma. Sirvió de intérprete a Hernán Cortés.





Hada verde:Cursores
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