Mucho se habla
de las obras de arte que hay en Venecia, que si el Palacio Ducal, que si la
Basílica de San Marcos o el Puente Rialto, y aunque todo el mundo alaba la
arquitectura esplendorosa de esa ciudad yo tengo que dejar clara mi
disconformidad con la manera de construir que tienen allí.
No niego que los
palacios renacentistas o los edificios del siglo XVIII son muy bonitos, pero a
mi modo de ver tienen algunos defectos, y no solo me refiero a los desconchones
que abundan por doquier. Yo no entiendo ni jota de arquitectura, pero sé lo que
es una línea recta y distingo lo que está derecho de lo que está torcido.
También sé lo que es la fuerza de la gravedad y que las cosas que se inclinan
en exceso tienen el riesgo de caerse.
Si en
anteriores entradas me quejé de la humedad y cómo afeaba las fachadas, a lo que
voy ahora es a decir que en Venecia muchos edificios, además de aparecer
ennegrecidos por el moho, están torcidos. Este defecto se nota especialmente en
las torres y/o campanarios de la ciudad.
Aquí van unas
cuantas muestras.
Esta querencia
para inclinarse por parte de las torres venecianas no sé muy bien a qué se debe
–ya he comentado que no tengo ni idea de arquitectura–. No sé si es por una
mala cimentación, por impericia de los arquitectos venecianos o por solidaridad
con su prima la torre de Pisa, la
inclinada.
No obstante, si
hiciéramos un concurso para ver qué torre está más ladeada, la palma se la
llevaría el campanario de la iglesia de Burano. Es un auténtico desafío a la
ley de la gravedad.
Yo no sé cómo
la gente sigue yendo a misa allí, el día que se caiga la torre si está todo el pueblo en plena ceremonia,
la escabechina en la iglesia puede ser de campeonato. Todo un peligro y una imprudencia.
Uno de mis
acompañantes en este viaje a Venecia estudió arquitectura varios años, pero no
logró terminar sus estudios. Viendo la manera de construir en esa ciudad, se
volvió a España con la desagradable sensación de que si hubiera cursado la
carrera en Italia habría conseguido aprobar.
En la primera
entrega de esta crónica veneciana comenté que siempre que he hecho un viaje a
Italia, tarareo eso de “Vamos juntos hasta Italia, quiero comprarme un jersey a
rayas”, pero el caso es que en ninguno de mis viajes a ese país me he comprado
un jersey así porque no los veo en las tiendas. En Venecia averigüé por qué no se encuentran jerseys a rayas disponibles:
los gondoleros han acabado con todas las existencias.
Lo que sí
pertenece a un estereotipo más que obsoleto es eso de que cantan “O sole
mio”. Además, esa canción suscita controversia entre los venecianos porque
resulta que es una balada napolitana que nada tiene que ver con Venecia. Así
que aprovecho para pedir perdón por titular esta serie de publicaciones
precisamente con esa canción, pero en el ideario del turista habitual ‘O sole
mio’ se relaciona, aunque sea erróneamente, con Venecia.
Desde luego, el
gondolero que nos paseó a nosotros no cantó nada de nada, quizás porque andaba
mosqueado con otro colega con el que casi se choca y con el que cruzó ciertas
palabritas subidas de tono donde se pudo escuchar “vaffanculo”, “porco” y
“figlio de puttana”. Yo no tengo ni idea de italiano, pero creo que en esencia
entendí bastante bien lo que se decían.
Otro cliché
manido, y no del todo cierto, es eso de que los gondoleros utilizan el remo para
dirigir la góndola. Sí que lo emplean, pero también se sirven de otras ayudas
algo menos ortodoxas: los pies.
Con la ayuda de
los pies o con la de las manos, los gondoleros se ganan el sueldo a pulso
literalmente hablando, aunque no se pueden quejar de la clientela porque es abundante
y porque los 80€ que te clavan por un paseo de media hora no es ningún
impedimento para que los canales se llenen de turistas embarcados en una nao
tan peculiar.
Pero la góndola
no es el único modo de transporte en Venecia. De hecho, las góndolas las
utilizan solo los turistas. El habitante común de Venecia utiliza los
vaporettos. Por cierto, el nombre despista bastante porque uno podría pensar que se mueven a vapor, pero la verdad es que lo hacen con gasóleo a juzgar por los apestosos gases que emiten, a no ser que el agua al evaporarse en Italia huela diferente a como lo hace en España (yo, después de lo de los mosquitos, estoy abierta a las más estrambóticas posibilidades).
En principio, estos barcos-bus se emplean para ir de un lado a
otro, dentro de la propia ciudad o entre las islas que se encuentran en la
laguna. Pero también pueden tener otro uso que a mí me sorprendió.
La ciudad está
atravesada por un canal enorme y bastante ancho. La única manera de ir del
norte de la isla al sur es cruzándolo, pero solo hay cuatro puentes a lo largo
de ese canal, haciendo que ir de norte a sur sea bastante complicado y poco
práctico si uno tiene prisa. Y aquí es donde entran en acción los vaporettos,
porque estos barcos colectivos tienen una peculiaridad: navegan haciendo
zig-zag, de manera que una parada la tienen en una orilla y la siguiente en la
opuesta, así muchos venecianos emplean el vaporetto para trayectos de una sola estación,
lo justo para cruzar el canal.
Esta manera de
navegar puede ser muy útil, pero a mí me parece insensata. Si solo hubiera dos
o tres barcos, vale. Pero cuando hay un tráfico de mil demonios la cosa se
puede poner peligrosa, porque eso de que cada uno vaya a lo suyo genera
situaciones comprometidas. Aún tengo el susto en el cuerpo cuando una
lancha-taxi se le cruzó al vaporetto en el que viajaba y pasó a tan solo un
metro del casco.
![]() |
| Tráfico marítimo visto desde el Puente de Rialto |
Hay varios
tipos de vaporettos, unos más grandes que otros. Yo prefiero los grandes ya que
cuando viajé en los pequeños lo hice bastante mosqueada porque son mucho más
bajos. Al igual que no tengo ni idea de arquitectura, tampoco la tengo de
ingeniería naval, pero eso de ir sentada por debajo de la línea de flotación
del barco a mí me da un poco de canguelo. Mirar por la ventana y ver el agua a
la altura de tus ojos mosquea cantidad. Por mucha mampara de cristal o de metal
que haya entre el viajero y el líquido elemento, la sensación es de bastante
inseguridad.
Sea en góndola,
sea en vaporetto, viajar por los canales de Venecia es toda una experiencia.
Aunque puestos a citar medios de transporte el que más se uliza allí es el tren
de San Fernando: un ratito a pie y otro andando. Porque para moverse en Venecia
hay que caminar, solo así se puede llegar a rincones preciosos, solitarios, con
el encanto que confieren los habitantes del lugar, donde cada vecino contribuye
al paisaje de la ciudad aportando su granito arena: un balcón lleno de flores,
una banderola, un cartel protestando por la masificación turística o
simplemente ropa tendida.

Esta es la Venecia
que a mí me enamoró, y por mucho que haya protestado a lo largo de estas tres
publicaciones, la realidad es que fue un viaje entrañable, disfruté mucho de la
estancia en esa ciudad maravillosa, me divertí, caminé por sus calles -estrechas
y no tan estrechas-, me perdí y descubrí nuevos rincones. Volvería allí otra
vez sin dudar. Venecia es única.
Para que
vosotros también podáis disfrutar un poco de Venecia os invito a ver el vídeo
del siguiente enlace donde he intentado sintetizar con unas cuantas fotos –que no
hacen justicia– la belleza de esa maravillosa ciudad. Aunque las mejores
imágenes son las que permanecen en mi retina, en mi recuerdo y en mi corazón;
esas sí que son preciosas porque están acompañadas por las sensaciones que una cámara no puede captar: el sonido del agua al chocar con las paredes de las casas, el olor de las flores de los balcones o el silencio del atardecer.
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