Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

2 de abril de 2026

La hora del planeta

 Este relato es el resultado de un ejercicio propuesto en el taller de escritura al que pertenezco. El tema, en esta ocasión, era "Puntualidad" y esta gamberrada es lo que me ha salido. Disculpad la broma.

LA HORA DEL PLANETA

En la relojería «La hora del planeta» reina el caos. Varios operarios corren de un lado al otro mientras que, desde el despacho del director general, don Minuto Exacto, se oyen unos gritos furibundos.

—¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Esto es un desastre! ¡Reunión en el taller principal ahora mismo! —grita don Minuto con el rostro enrojecido por la furia.

Todos los trabajadores y mandos intermedios se van a una espaciosa sala donde, sobre miles de mesas llenas de piezas de relojería, se montan los relojes de todo tipo que rigen el tiempo en la Tierra. Clepsidras, relojes de arena, de sol, atómicos, múltiples utensilios capaces de medir el tiempo se encuentran desperdigados por el inmenso taller.

Don Minuto entra como un vendaval en el recinto mientras todos los operarios guardan un respetuoso silencio debido al temor que el director general despierta en ellos. Generalmente es un tipo serio y algo antipático, pero cuando se enfada, como es el caso, se convierte en una bestia muy desagradable.

—¡Se han desajustado todos los relojes de la Historia! Como coja al imbécil que ha provocado este estropicio lo escabecho. ¡Segundo, venga aquí!

Segundo Estricto es el número dos en el escalafón de la empresa, la mano derecha del director general. Cariacontecido se acerca a su jefe con cierto temblor en las manos.

—¿Me puede decir qué ha pasado exactamente? —grita don Minuto al subalterno a pesar de que lo tiene a su lado y no hace falta subir la voz para que le oiga.

—Ha habido un error en la cadena de montaje… —balbucea Segundo con un hilillo de voz—. Dos remesas de piezas han llegado defectuosas, una ha provocado que los relojes se adelanten y la otra que se retrasen. Pero solo un par de minutos, señor. Puede que tres o cuatro... No sé… Hay algo de confusión al respecto.

—¡Dos, tres, siete! ¡Da igual! Nosotros nos encargamos del discurrir del tiempo y la Historia se ve afectada si nuestro trabajo falla. ¡¿Es que no os dais cuenta de vuestra misión, botarates?! ¡Esto va a traer consecuencias irreparables!

—Si ha sido cosa de dos o tres minutos tampoco es para tanto, digo yo —exclama uno de los operarios—. Además, en el caso de que los relojes se adelanten la gente llega a tiempo en lugar de hacerlo con retraso. ¿Qué tiene de malo eso?

Don Minuto, además de tener muy mal carácter tiene un oído finísimo y oye lo que acaba de decir el trabajador.

—¡¿Que no es para tanto?! ¡¿Que qué tiene de malo adelantarse?! ¡Lo mismo o peor que retrasarse, idiota! ¡Puntualidad, deme un informe de daños!

Puntualidad Rigurosa se acerca con un papel entre las manos que tiembla al ritmo del susto que lleva en el cuerpo según se acerca al director.

—Me van informando con cuentagotas, don Minuto, pero de momento le puedo comunicar que el mariscal Grouchy ha llegado a tiempo.

—Puntualidad, deme más detalles, tengo muchas cosas en la cabeza y no sé de quién me está hablando ahora mismo —le replica don Minuto con el ceño fruncido.

—El mariscal Grouchy era el encargado de llevar refuerzos a Napoleón en la batalla de Waterloo, se supone que se retrasa y los prusianos e ingleses le ganan al emperador francés, pero ahora con este lío de los relojes ha llegado a tiempo y Napoleón gana esa batalla decisiva. Así que…

—Así que… ¡Qué! —grita don Minuto a la pobre mujer.

—Pues… que… Napoleón se hace con el control de toda Europa. No hay quien le tosa. Vamos a tener que hablar todos en francés —añade Puntualidad tragando saliva.

—¡Esto es un desastre! ¡Un desastre! —se desgañita el director tirándose de los cuatro pelos que le quedan en la cabeza (además de malhumorado y con oído de tísico, don Minuto es calvo).

—Puede que en lugar de francés tengamos que hablar todos en japonés, o quizás en alemán —dice un hombre más bien bajito y con cara de perro apaleado al tiempo que levanta el brazo para pedir la palabra.

—Contrarreloj, venga aquí y explique eso que ha dicho —le ordena don Minuto.

Contrarreloj Prisas, el encargado del montaje de relojes del siglo XX, obedece a su jefe y, al igual que sus compañeros, acude temblando.

—Me dicen desde control histórico que los Estados Unidos no participan en la Segunda Guerra Mundial.

—¿Y eso? —pregunta el director en tono amenazante.

—Resulta que a los japoneses les han tocado los relojes adelantados y les ha dado tiempo de declararles la guerra a los estadounidenses antes de atacar Pearl Harbor, estos se han preparado medianamente y el ataque no ha sido para tanto, además, la opinión pública no ha presionado para entrar en guerra, como ocurriría si esa declaración bélica no se hubiera dado.

—¡¿Veis cómo llegar a su hora no es bueno?! ¡¿Quién es el imbécil que ha dicho antes que eso no era malo?! —espeta el director general de «La hora del planeta».

El imbécil aludido se escabulle entre sus compañeros para pasar desapercibido mientras que toma nota mental de no expresar nunca lo que piensa en voz alta.

—Don Minuto, llegar a tiempo o retrasarse no siempre es adecuado, como usted acaba de comentar —dice una voz femenina entre el grupo de trabajadores—, pero en la ficción el desajuste horario ha provocado que las historias hayan cambiado para bien.

Quien así habla es Eternidad, la encargada del tiempo literario. Se acerca a don Minuto con la sonrisa que la caracteriza fruto de leer a todas horas las historias que le llegan constantemente. Su sonrisa aplaca la furia de don Minuto pues este pierde el tono rojizo de la cara y parece serenarse.

—Mire. En la literatura los relojes se han atrasado y esto ha salvado vidas, señor —argumenta Eternidad—. Por ejemplo, Romeo llega más tarde a la tumba de su amada, el efecto del tónico que ha tomado Julieta ya ha pasado y la encuentra despierta, así no se suicida y viven juntos y felices su amor. ¿No es maravilloso?

—¿Maravilloso? —pregunta don Minuto al que le ha vuelto el tono rojo a la cara, signo de que se está volviendo a cabrear—. ¡¿Maravilloso?! La mayor tragedia romántica de la literatura universal termina con los amantes viviendo felices. ¿Dónde se ha visto que una tragedia tenga un final feliz? Eternidad, por favor, no diga tonterías.

Eternidad se retira cabizbaja antes de que reciba un rebuzno de su superior como le ha pasado a sus otros compañeros. En esto, acude en su ayuda Brevedad y le dice al director:

—Bueno… esto… Hay otro ejemplo, en este caso el personaje se adelanta y cambia su destino. Santiago Nasar, el protagonista de «Crónica de una muerte anunciada» llega a tiempo a su casa, su madre no le cierra la puerta y él puede refugiarse para que no le maten los hermanos Vicario. Esto es bueno, don Minuto, no me lo negará. A todos los que hemos leído esa novela nos angustió el triste final de Santiago porque no se lo merecía.

—Ya, valoro mucho su buen corazón, Brevedad, pero… ¡¿Me puede aclarar cómo se puede anunciar una muerte que no ocurre?! Si el interfecto no muere la novela entera pierde sentido. Mire, váyanse las dos a tomar algo de aire fresco porque su estulticia me está empezando a molestar.

Las dos mujeres se retiran y se mezclan con el resto de los trabajadores. Don Minuto tiene razón, el desastre es inconmensurable.

—Señor, perdone, nos están llegando varios mensajes de diferentes épocas y personajes. La centralita se está colapsando —se acerca el encargado de comunicación.

—Dígame, Tempus Fugit —le dice el director mientras se pinza la nariz.

—Vamos a ver empieza a decir Tempus mientras mira un bloc de notas—, Bruto pregunta si es obligatorio llegar a tiempo para matar a Julio César o se retrasa y no se lo carga, me comenta que está un poco harto de que le pongan de ejemplo de traidor y que si puede cambiar la cosa aprovechando el lío de las horas. Sigo: los mandamases del desembarco de Normandía me preguntan que si le añaden o le quitan minutos a la hora H. Más: Felipe II nos pregunta que si podemos atrasar los relojes no minutos ni horas sino días para que la Armada Invencible se encuentre buen tiempo cuando vaya a Inglaterra y pueda mantener el nombre de invencible para siempre. Tengo más, pero no quiero angustiarlo que le veo agobiado, don Minuto —termina su perorata Tempus.

El director general tiene que sentarse porque está al borde de la apoplejía. Suda profusamente. Todos los trabajadores empiezan a ser conscientes del embolado en el que están metidos y se miran entre sí sin saber qué hacer.

Don Minuto empieza a sentir un hormigueo preocupante en el brazo izquierdo y comienza a masajeárselo. Segundo acude a él para atenderle mientras le pide a Puntualidad que llame a una ambulancia porque sospecha que a su jefe le está dando un infarto.

—Espero que lleguen a tiempo, o no lo va a contar —comenta preocupada Eternidad.

—Todo dependerá de qué remesa defectuosa les ha tocado a los sanitarios, como sea la que hace que los relojes se retrasen… —añade Brevedad.

 


 


NOTAS ACLARATORIAS

Para los que andáis flojos en Historia:

En la batalla de Waterloo Napoleón necesitaba el apoyo del mariscal Grouchy, este se retrasó mientras que los prusianos llegaron puntuales para unirse a Wellington. Napoleón fue derrotado definitivamente y exiliado, marcando el fin de su era en Europa. La verdad es que Grouchy se retrasó porque en lugar de ir hacia donde sonaban los cañones se fue para otra zona (que ya le vale para ser todo un mariscal), el reloj poco tuvo que ver pero yo me he tomado la licencia literaria de echarle la culpa a la hora.

Japón tenía planeado entregar una declaración formal de guerra a Estados Unidos unos minutos antes de que comenzara el bombardeo, para no ser acusados de un ataque a traición. Sin embargo, cuando los diplomáticos japoneses entregaron el documento, las bombas ya habían caído. Esto enfureció tanto a la opinión pública estadounidense que el país entró en la Segunda Guerra Mundial con una determinación total de "venganza".

Para los que andáis flojos en Literatura:

En «Romeo y Julieta» cuando Romeo llega a la tumba de Julieta, ella aún está dormida y él cree que ha muerto y se suicida. Cuando Julieta despierta, se encuentra a Romeo tieso y también se da matarile.

En «Crónica de una muerte anunciada», los hermanos Vicario quieren matar a Santiago Nasar y lo matan; éste muere frente a su propia puerta, la cual su madre cerró un segundo antes pensando que él ya estaba dentro. No hago spoiler porque el propio título ya dice cómo acaba la cosa.

 

 


8 de febrero de 2026

El camarero de Tesla

 Mire, señor agente, a ese hombre no le aguantaba nadie, las cosas como son. Yo no fui el único que se enfadó con él, había muchos que le tenían ganas y algunos eran gente de postín. Que no digo yo que eso sea suficiente para matar a nadie, pero si su muerte es sospechosa busque en las altas esferas, no entre los que todos los días teníamos que aguantarle. Porque era un petardo, sabe usted. Un auténtico coñazo de tío y disculpe por hablar así de un muerto, pero las cosas claras y el chocolate espeso.

Respondiendo a su pregunta, que no quiero divagar, le diré que no se hablaba con nadie, así que no tengo ni idea de a quién hay que avisar de que el viejo ha estirado la pata. Y sobre si estaba peor de salud últimamente, no sabría decirle, porque ese hombre bien no ha estado nunca, aunque su enfermedad era del magín, y eso que dicen por ahí que era un genio. Pues lo mismo de ser tan listo se le estropeó algo en el coco y así le fue.

Me hace gracia que me pregunte si había notado un comportamiento extraño estos últimos días, porque lo raro sería que se hubiera comportado normal. Lleva viniendo a este restaurante más de treinta años y no recuerdo un solo día que no haya hecho algo chocante. El primer día que le atendí yo era un chaval y mis compañeros, sabedores de sus rarezas, me mandaron a que le atendiera como una novatada. ¡Menuda broma! La chanza duró hasta ayer porque el tipo se fijó en mí y quiso, desde ese primer día, que fuera yo y no otro quien le tomara la comanda y le sirviera la comida.

Las rarezas empezaban antes de entrar en el restaurante. Previamente a pasar al comedor, daba tres vueltas a la manzana, ni una más ni una menos. Una vez en la puerta, se limpiaba los pies en la alfombra que hay en el zaguán otras tres veces, y sin interrupción porque si, Dios no lo quisiera, salía o entraba otro cliente a medias de ese ritual, volvía a empezar otra vez. En una ocasión, coincidió su entrada cuando salía un grupo de quince personas que no le dejaron limpiarse en el felpudo sus tres veces seguidas. Ni sé cuánto lo tuvo que repetir. Media hora tardó en entrar.

Una vez dentro se iba al lavabo y se limpiaba las manos tres veces, recurriendo a una toalla distinta cada vez. Con las manos ya requetelimpias se sentaba en una mesa para tres, aunque comiera él solo. Las otras dos sillas vacías tenían que estar separadas entre sí a idéntica distancia de la suya formando un triángulo perfecto. En la mesa le esperaban siempre dieciocho servilletas. Sí, señor agente, ha oído bien: dieciocho. Tres por cada plato, vaso y cubierto que utilizaba. Las usaba para limpiarlos. Nosotros le poníamos siempre lo mejor de nuestra selecta vajilla, pero, aun así, debía limpiar todo. Ni que decir tiene que, si veía algún rastro de jabón o una pequeña manchita, nos mandaba retirar todo el servicio y volver a empezar. Un tiquismiquis irritante.

Ah, se me olvidaba, antes de sentarse había que vigilar que entre los comensales que se encontraran en las mesas adyacentes no hubiera ninguna mujer que portara perlas. En ese caso nos montaba un pollo de padre y señor mío. Odiaba las perlas, se ponía frenético. Nosotros, y por si acaso, en cuanto se acercaba la hora de su comida procurábamos que no hubiera mujeres cerca, ni con perlas ni sin ellas, porque yo creo, sabe usted, que tampoco le gustaban las mujeres.

No, yo no he dicho tal cosa, señor. Las preferencias sexuales de nuestros clientes son asuntos privados que en nada nos conciernen, pero ese hombre era raro también en eso. No, tampoco creo que le gustaran los hombres. Le gustaban… los animales. Sí, ya sé que eso no es extraño, pero es que a él le gustaban de manera especial las palomas. Muchas veces le vi en el parque de enfrente dar de comer a esos bichos con plumas. Sí, estoy de acuerdo con usted, es normal esa costumbre, pero es que un día me dijo que se había enamorado de una y que ella le correspondía. Me reconocerá, agente, que eso ya no es tan normal.

Si su muerte le parece sospechosa yo ahí no entro ni salgo, pero ya le comenté que había gente de posibles que le tenía ojeriza. Dicen que sus inventos podían hacer perder dinero a algunos empresarios. Yo de esas cosas no entiendo, pero en una ocasión me comentó que iba a revolucionar las comunicaciones y que algún día podríamos hablar con gente de otros países sin necesidad de cables. Estaba loco, ya le digo.

Hablaba muy mal de un tal… Edison. Decía que le debía un montón de dinero, 50.000 dólares, una pasta, y que le había tomado el pelo. No, no se llevaban bien. Lo mismo fue ese Edison el que lo mató si dice usted que su muerte da que pensar. ¡Ah! Que ya se murió. Entonces bórrelo como sospechoso. ¿Y si fue el gobierno? Lo digo porque una vez me comentó que le espiaban y que le tenían vigilado. Que no fabule, dice usted, pues me callo y no se hable más.

No, no le caía bien a nadie, aunque con el tiempo, fíjese usted, yo le cogí cariño. Me entristece que haya muerto, la verdad sea dicha. Al final le voy a echar de menos.

 Si tan listo era, como algunos dicen y a juzgar por la cantidad de periodistas que han venido a preguntar por él, deberían ponerle su nombre a alguna calle. No, mejor: ¡a un coche! Que dice usted que hay que estar loco para poner el nombre de una persona a un auto, bueno, lo mismo el que se lo pone está igual de pirado que el señor Tesla.


NOTA: Este relato se ha publicado en el  Número 13 revista SCRIPTOREM





12 de enero de 2026

Un sueño hecho realidad

 

Empiezo el año en el blog anunciando una noticia largamente esperada, al menos por mí.

Hace más de seis años me embarqué en una aventura con final incierto: escribir una novela. De entrada, me pareció una osadía por mi parte pretender hacer algo así, pero como soy de natural atolondrada y me vengo arriba fácilmente, pues me tiré de cabeza a la piscina.

La historia la tenía en mente desde hacía mucho tiempo, pero plasmarla en negro sobre blanco ya era otro cantar.

Hasta ese momento había escrito (y sigo haciéndolo) muchos relatos, pero eran/son historias breves donde el desarrollo de los personajes es muy simple pues sus historias tienen poco recorrido.

Contar una historia de más de doscientas páginas ya eran palabras mayores. En el proceso de ordenar los diferentes personajes, sus vivencias y sus perfiles, y encajarlos en un solo bloque dando coherencia a la historia total casi pierdo las pocas neuronas que tengo. Para mí fue un trabajo titánico.

Además, me di cuenta de que soy (según dicen los expertos) una escritora brújula, es decir, sé dónde quiero llegar, aunque no tenga muy claro qué camino tomar para alcanzar ese destino final. O lo que es lo mismo, sé qué historia quiero contar, pero a grandes rasgos, sin entrar en detalles; esos vinieron según avanzaba la escritura. Mientras escribía añadí personajes que no tenía en mente al principio, o le di menos protagonismo a otros que, a priori, me parecieron importantes. Incluso conté cosas que, al inicio, ni se me habían ocurrido. Me pasó algo que otros escritores (algunos de alcurnia) comentan en las entrevistas: la historia se fue desarrollando según avanzaba la escritura; ella, la historia, me fue pidiendo qué contar y cómo llegar a esa meta final. Curiosísimo.

Aunque la novela no es histórica se desarrolla en una época muy concreta y quise documentarme adecuadamente para no meter la pata con algún que otro personaje o situación «real». Eso me llevó bastante trabajo, aunque el acceso digital a los libros de historia facilita mucho esto.

También tuve que esforzarme, aunque un poquito menos, para documentarme en otro campo que conozco algo mejor: las plantas medicinales. Aunque la novela no es un tratado de farmacología, soy farmacéutica y la cabra tira al monte por lo que la protagonista es una curandera que recurre a los medios naturales para sanar y quise asegurarme de que mi memoria no me jugaba malas pasadas. En este caso no recurrí a internet, utilicé un libro que en mi casa se considera la biblia del farmacéutico: «El Dioscórides renovado» de Pío Font Quer.



Con todo esto que cuento no quiero hacerme pasar por una escritora esforzada y sesuda, solo me gustaría mostrar el curro que me dio la puñetera novela.

Aun así, me divertí mucho escribiéndola y el esfuerzo lo sufrí con estoicismo, o lo que es lo mismo: sarna con gusto no pica. No me arrepentí, a pesar del trabajo, de mi decisión.

Lo que sí hizo que dudara de esa idea de escribir la novela fue lo que vino después: publicarla. Ahí más de una vez me pregunté (y me maldije a mí misma) en qué narices estaba yo pensando cuando me lancé a esta aventura. Porque escribir me dio trabajo, pero conseguir publicarla fue una auténtica tortura.

Primero me presenté a un concurso, por si sonaba la flauta y porque si ganaba la editorial premiaba al ganador con la publicación. No me comí una rosca.

Para quienes empezamos en esto de escribir y si no somos famosos, es decir, no salimos en la tele presentando un programa con nuestro consorte o tenemos un canal de YouTube con mogollón de seguidores, la opción más factible para publicar es acudir a una editorial de autopublicación que te pide una pasta por adelantado. A mí esto me parece un abuso. No pretendo ganarme el pan escribiendo, pero tampoco quiero que me cueste dinero.

Otra opción, para los autores desconocidos, es autopublicarse en plataformas «gratuitas» como Amazon, pero ahí te lo tienes que currar todo, es decir, maquetar el texto e ilustrar la portada. Soy una negada con las herramientas que hay que emplear para hacer esto, por lo que esa opción tampoco era viable para mí.

Con un panorama tan poco alentador me dispuse a buscar editorial que quisiera publicarme sin cobrarme un euro. Tras varios correos con resultados deprimentes por fin, gracias a la recomendación de mi amiga escritora Luisa Ferro, di con «Meiga Ediciones» (el nombre ya me dio muy buenas vibraciones pues ya sabéis de mi querencia por todas las brujas en general y por las gallegas en particular). La editora y capitana de la empresa, Lizzie Quintas, me dio su confianza y apostó por mi proyecto. Dado que la editorial es muy modesta el proceso fue lento, pero seguro.

Fueron muchos meses pero, al final, la espera valió la pena porque la edición quedó preciosa, empezando por el diseño de la portada, obra de Itziar Cabañas, que es una maravilla; pero no solo el exterior es bonito, dentro se nota un trabajo artesanal, cuidado al detalle, con encabezamientos de capítulo muy bonitos y elaborados, con separaciones de secciones trabajadas y con detalles en la tipografía que solo alguien que ama los libros es capaz de pensar y hacer. Todo eso se lo debo a Lizzie, un amor de mujer.







Después de tanto trabajo y esfuerzo, con momentos de desánimo en los que pensé tirar la toalla, aquí está ya el resultado y estoy muy satisfecha. Ahora solo queda que esta hija tardía se dé a conocer y que quienes la lean disfruten y les guste.

No obstante, aún no se ha terminado el trabajo porque ahora me hallo inmersa en conseguir un lugar para hacer la presentación de la novela, pero esa es otra historia que ya contaré más adelante porque el tema tiene también mucha miga.

Os pongo la sinopsis del libro así como el enlace donde se puede adquirir a través de la cuenta de la editorial en Instagram (la web se encuentra en proceso de renovación y de momento no está operativa).

Quienes queráis adquirir un ejemplar podéis enviar un mensaje privado a la cuenta y la propia Lizzie os hará el envío con algún detallito tan característico de ella y que hará de la entrega algo especial (estas son las bondades del trabajo cien por cien artesanal).

Como una niña con zapatos nuevos me siento, contenta y feliz por ver mi criatura ya en papel y disponible. Quien la persigue, la consigue.

 SINOPSIS

 «Siglo III a. C. Aloia acaba de perder a su abuela, la curandera del castro galaico en el que nació. Sola y estigmatizada desde su nacimiento decide ir al lugar donde está su padre, un ser que nunca llegó a conocer y del que solo sabe que es un guerrero de las tierras del interior, una zona llamada Carpetania. Para realizar un viaje tan arriesgado recurre al apoyo de Gael, un extranjero que recaló en el castro muchos años atrás huyendo de un pasado que le atormenta. También cuenta con otra ayuda: una medalla con la efigie de una enigmática mujer.

Aloia y Gael emprenden una travesía peligrosa porque el territorio es el campo de batalla donde se disputan el dominio de la península ibérica dos gigantes: Cartago y Roma.

Cuando llegue a su destino, Aloia se enfrentará a un mundo nuevo cuya forma de vida es muy distinta a la de su niñez, también descubrirá el amor y el rechazo que su conocimiento de los poderes terapéuticos de las plantas, heredado de su abuela la curandera, provoca en algunos sectores del nuevo hogar.»

 

Enlace Meiga Ediciones: Cuenta Instagram


Hada verde:Cursores
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