Me gustaría que supieras que estoy bien, que nada me incomoda, que estoy a salvo. Y que mi seguridad es gracias a ti, aita. Hiciste bien en esconderme en este bosque, fue una buena idea. Los humanos son implacables y no cejan cuando se empecinan en algo, especialmente cuando se sienten amenazados, aunque la amenaza no sea real, aunque sea una falacia.
Porque un embuste fue el pensar que tú y yo les haríamos algo malo a los
aldeanos, pero siempre fueron gente supersticiosa, ignorante, víctimas de quienes,
sabedores de su estulticia, aprovecharon para manipularlos y unirlos en una causa
que los alejara de sus verdaderos problemas, aquellos derivados del abuso de
los que, precisamente, envenenaron sus mentes haciéndoles creer que nosotros suponíamos
un peligro para ellos.
Tú, una amenaza, aita. Tú que siempre fuiste bondadoso con todos, con
cualquiera que acudiera a ti en busca de ayuda. ¿Recuerdas cuando el río se
desbordó y anegó las casas de los aldeanos? Te ofreciste a ayudarlos, con tus
enormes manos y tu estatura de gigante los recogiste y los llevaste a lo alto
de una loma mientras las aguas volvían a su cauce y evitaste que muchos de los
que ahora nos persiguen murieran ahogados.
Pero la memoria de los humanos es frágil, olvidadiza y sus oídos están siempre
prestos al rumor, a la insidia, a la maledicencia.
Aún recuerdo con pavor el griterío de la aldea cuando todos a una
salieron a darnos caza. Nunca vi temor en tu rostro hasta ese día, aunque tu miedo
fuera por mí. Podrías haberlos aniquilado con un barrido de tus poderosos
brazos, podrías haber destruido sus casas en justa venganza por ser tan
desagradecidos, pero querías ponerme a salvo y huiste, huimos en la noche
cerrada acuciados por las voces de la turba enfurecida.
Tú eres demasiado grande, yo aún no alcanzo la estatura de un adulto y
para mí es más fácil esconderme, por eso me dejaste en el bosque, oculto tras
unas rocas y te alejaste para alejar contigo a la manada furibunda y separarla
así de mí.
El viento y la lluvia me hablan de ti, me cuentan que, de vez en cuando,
vienes a buscarme y que te desesperas al no encontrarme. No sufras, nada me
amenaza, aquí estoy seguro.
Las ardillas me dicen que te han visto llorar, que lamentas aquella
decisión, pero quisiera que supieras que fue acertada. Estoy bien, aita.
El bosque me cuida, desde el principio. La primera noche que pasé aquí
te confieso que estuve muy asustado. Cuando te marchaste quise ser valiente, como
me pediste antes de desaparecer, pero la oscuridad era densa, la niebla que
todo lo empapaba me hizo estremecer y lloré. Temí por mí, y también por ti.
Al final el miedo y el llanto hicieron que me rindiera al sueño. Al amanecer
una dulce voz cantarina me despertó, al abrir los ojos comprobé que una hermosa
mujer vestida de verde estaba inclinada sobre mí; creí estar soñando pero su
sonrisa y la caricia en mi rostro fue real. Sin dejar de sonreír me
susurró que todo iba a ir bien. En un lenguaje extraño se dirigió a las hayas centenarias
que me habían dado cobijo esa noche en que me escondiste. Cuando la dama
terminó de hablar, un fuerte viento meció las ramas de los árboles, tuve la
sensación de que asentían a lo que fuera que la bella mujer les hubiera dicho.
Desde ese momento, todo el bosque me acoge. El río me canta nanas las noches
que te añoro más de lo habitual y me cuesta dormirme, las ranas me acompañan
con sus saltos en mis juegos infantiles, el musgo me abriga al atardecer protegiéndome
del rocío y las hojas caídas en el suelo me proporcionan un lugar acogedor en
el que tumbarme.
La dama de verde viene de vez en cuando y me enseña a conocer el bosque, a comprender su lenguaje. Entiendo el susurro de las hayas cuando se comunican entre sí, entiendo el cantar del río, incluso lo imito. Leo las nubes y descifro sus aéreos mensajes, el color, las formas me dan mucha información. Pero ante todo, la dama me enseña a esconderme cuando algún aldeano osa adentrarse en este lugar sagrado. He aprendido a adoptar formas imposibles que hacen que los estúpidos humanos no sepan verme aunque esté delante de sus narices. Puedo convertirme en una roca, o abrazarme al tronco de un haya y fundirme con ella, mis pestañas pueden parecer setas y quien delante de mí pasa no advierte mi mirada escrutadora.
Los pájaros me ponen al día de lo que acontece en la aldea; ya se han
cansado de buscarnos, dicen, sus habitantes ahora están centrados en perseguir
a unas pobres mujeres cuyo delito consiste en vivir en una cueva y utilizar
plantas para curar enfermedades. Un pinzón me dijo que quieren quemarlas porque
sus poderes se los da el diablo. ¡Qué ignorantes! Su sabiduría proviene del bosque,
el mismo que me cuida y vela por mí.
Me gustaría verte, pero la dama de verde me dice que no es el momento,
que hay que esperar, aún no puedo mostrarme. Debo seguir camuflado, escondido. Es
pronto para enseñar mi escondite, ni siquiera a ti.
También me gustaría que supieras que he recibido todos los juguetes que
has ido dejando en el bosque. Los tejones y los zorzales me avisan de los
lugares donde los depositas. El primer regalo, tu txapela, la guardo con amor,
huele a ti, me la pongo muchas veces, aunque la he recubierto de musgo para que
no la descubran los paseantes impertinentes que se acercan a este maravilloso
lugar.
Ojalá entendieras los trinos de los pájaros, o el murmullo de las hayas, así sabrías de mí y de todo esto que te cuento. De momento, solo puedo dejar mensajes en las rocas, pequeñas señales de que estoy bien, a resguardo y feliz. Espero que algún día podamos reunirnos, que llegue el momento del reencuentro, entonces te enseñaré yo todo lo que he aprendido, tú también sabrás camuflarte y esconderte para vivir juntos aquí, lejos de los humanos, lejos de sus vilezas y sus miserias, rodeados de las hayas y los animales, protegidos por el bosque encantado.
NOTA: cuenta la leyenda que dos gigantes, padre e hijo, fueron
perseguidos por unos aldeanos para matarlos pues, aunque nunca habían hecho
daño a la población, los consideraban un peligro. El padre huyó y escondió a su
hijo en el bosque de Urbasa. Cuando la persecución cesó, el padre volvió al
bosque a recuperar a su hijo pero no lo halló. Dicen que deja juguetes en el
lugar para atraerlo y poder reunirse con él, y que el primer regalo consistió
en su propia txapela. Muchos de los caminantes que se adentran en el bosque encantado
buscan al niño gigante sin que, por el momento, nadie lo haya encontrado.
También dicen que el niño está protegido por la diosa Mari, reina de la Naturaleza,
por lo que nadie podrá capturar nunca al gigante escondido.

























