29 de abril de 2021

El transporte de mi niñez


Este mes de abril un icono del transporte, la moto Vespa, cumple 75 años. Tengo una vinculación muy especial con esa motocicleta. Mi padre trabajó durante más de cincuenta años en la fábrica que la marca italiana tenía en España, así que la famosa Vespa nos dio de comer a mi familia durante mucho tiempo. Además, y como no podía ser de otra manera, mi padre tuvo varios modelos de esa moto a lo largo de su juventud; los álbumes de fotos del noviazgo de mis padres así como de sus primeros años de casados e incluso cuando yo ya había nacido, están llenos de instantáneas donde ella, “la Vespa”, aparece acompañándonos como si fuera un miembro más de la familia, incluso fue merecedora de  fotos donde solo ella aparecía, como la que ilustra la cabecera de esta publicación.
He rescatado del baúl de los recuerdos un pequeño texto a modo de homenaje cumpleañero a este icono motero. Fue una de mis primeras incursiones en esto de escribir y cuando lo publiqué en el blog, allá por el año 2015, apenas tuvo repercusión, así que supongo os será nuevo para casi todos. Se titula “El transporte de mi niñez”, un texto que, cada vez que lo leo, me hace sentir nostálgica, porque cada vez que oigo ese nombre, Vespa, lo asocio a mi infancia y a muchos recuerdos entrañables.

 Será que me estoy haciendo vieja (aunque yo no quiera reconocerlo), será que veo a mi hija cada vez más mayor, será que las tormentas primaverales me ponen nostálgica, el caso es que últimamente me vienen recuerdos de los veranos de mi niñez con mucha frecuencia.

 

   Recuerdo las vacaciones repartidas entre Galicia y Santander. Recuerdo las playas del Cantábrico con los días de sol (o de lluvia) junto a mis primos. Recuerdo los bosques de eucaliptos y helechos donde me solía perder –literalmente- y que yo imaginaba llenos de hadas y duendes. Recuerdo las filloas de mi abuela gallega (nadie las hacía tan ricas, ni las hará, como ella) y los remedios para las picaduras de abejas de mi abuela paterna (creo que me hacían más efecto sus palabras tranquilizadoras y su serenidad que los potingues que me untaba). 

 

   Pero sobre todo me acuerdo de los viajes para llegar hasta allí.

 

    Mi padre tenía una moto Vespa con sidecar en la que viajábamos mis padres y yo; recorríamos toda la cornisa cantábrica visitando a la familia y eso nos llevaba un montón de horas en la carretera, pero no importaba porque nos íbamos de vacaciones y no teníamos prisa. El reloj ni se miraba y el mal estado de las carreteras obligaba a ir muy despacio, pero eso nos permitía contemplar mejor el paisaje. 

 

   La carretera del inicio del trayecto transcurría por la meseta castellana: rectas interminables a través de campos dorados de cereales listos para la siega. Al final del camino la carretera se transformaba para volverse sinuosa, plena de curvas, bordeando un mar siempre agitado y siempre dando una imagen espectacular.

   Recuerdo que en el sidecar de la moto yo me sentía segura y protegida del agua o del viento mientras que mi padre iba conduciendo y recibiendo todas las inclemencias meteorológicas con un estoicismo que, a mí, con la inconsciencia de la niñez, me parecía gracioso. Creía que él prefería mojarse en lugar de refugiarse bajo una cubierta de plástico como lo hacíamos mi madre y yo.

 

    En ese sidecar llegamos a viajar cuatro niños. Ahora que lo pienso no sé cómo lo hacíamos, pero el caso es que ahí íbamos todos a la playa, supongo que comprimidos pero contentos. Una playa rodeada de pinos donde la marea baja se llevaba el mar muy lejos y hacíamos carreras para ver quién era el primero en llegar al agua.


Mi madre y una servidora dentro de la cápsula protectora contra las inclemencias del tiempo.


 

   La imagen de esa moto está unida a recuerdos entrañables, a mi niñez. Más tarde mi padre tuvo varios coches, cada vez más grandes, cada vez más espaciosos y potentes, pero creo que nunca he viajado tan cómoda como lo hice en aquella moto.

 

  Viajar así es ahora inconcebible. Emplear un día entero en ir desde Madrid a La Coruña se nos antoja una insensatez y una pérdida de tiempo. Las autovías,  y los medios de locomoción han cambiado mucho, en comodidad y en rapidez. 


  Ahora me voy de vacaciones en avión y me preocupa que el vuelo tenga retraso, que me pierdan o estropeen la maleta, que haya "overbooking"... 

 

  Llego antes a mi destino, pero creo que disfruto menos del viaje.


Mi padre al frente del manillar



23 de abril de 2021

Día del libro 2021

 


Este año para celebrar el día del libro he leído un fragmento del Quijote, algo que ya hice el año pasado pero que no compartí en el blog.

El audio va acompañado de fotos que hice en diferentes visitas a la Feria del Libro y otras imágenes que capturé en una estación de metro cuando se decoró con pasajes del Quijote a cuenta del centenario de esta obra magistral.

El fragmento elegido corresponde al capítulo 34 de la segunda parte del Quijote. Como ocurre en muchos pasajes de la novela, los temas que trata están vigentes a pesar del tiempo transcurrido; en este caso concreto, se hace una crítica a la caza mayor y cómo la realeza se aficiona a ella con la intención de distinguirse y establecer distancias con el pueblo llano.

Para poner en antecedentes, en el inicio del capítulo unos duques han organizado una cacería para burlarse de Sancho que está en la creencia de que va a gobernar una ínsula y hacerle pensar que así se irá entrenando para ser un gran señor. En la emboscada que preparan a un jabalí, este arremete contra la comitiva y Sancho se sube a un árbol, pero la rama en la que se encarama se rompe y acaba destrozando el atuendo que le habían regalado. Los duques se ríen de él, pero Sancho acaba dándoles una buena dosis de sensatez y sentido común con sus sentencias acertadas y llenas de refranes.

Aquí está el enlace al vídeo con el audio del pasaje al que me refiero. Espero que lo disfrutéis.


 Para ver el vídeo pincha AQUÍ 

Por si os ha quedado ganas de más, aquí está el enlace a la lectura del año pasado que colgué en Facebook

Día del libro 2020

18 de abril de 2021

Diccionario para una pandemia (III)


 

Farmacovigilancia (antes de la pandemia): disciplina, desarrollada por médicos y expertos en farmacología, que se encarga de vigilar y evaluar la información sobre los efectos de los medicamentos en la población para detectar reacciones adversas y prevenir daños en los pacientes.

Farmacovigilancia (durante la pandemia): disciplina en la que toda la población tiene preparación adecuada para estipular qué fármaco (léase vacuna) es bueno y cuál no basándose en la información que reciben de Manoli (la vecina del 5ºA) y de los tertulianos de Sálvame y El Chiringuito.

Evidencia científica (antes de la pandemia): uso consciente, explícito y juicioso de datos válidos y disponibles procedentes de la investigación científica.

Evidencia científica (durante la pandemia): uso inconsciente, arbitrario y delirante de datos inciertos (y generalmente falsos) procedentes de Manoli (la vecina del 5ºA) y de los tertulianos de Sálvame y El Chiringuito.

Zona básica de salud (antes de la pandemia): delimitación geográfica sanitaria que sirve de referencia para la planificación y organización del trabajo de los profesionales sanitarios.

Zona básica de salud (durante la pandemia): delimitación geográfica sanitaria que sirve de referencia a ciertas autoridades sanitarias para hacer creer que hacen algo por controlar la expansión del virus y que se traduce en confusión y en cabreo de la población afectada que no había oído hablar de zonas básicas de salud en su vida y que, por lo tanto, no tiene ni idea de dónde están los límites que las delimitan.

Cierre perimetral: medida para controlar la expansión de contagios; consiste en limitar la movilidad en determinados lugares por periodos volubles que pueden ser de días, semanas o meses; la amplitud de las zonas es muy variable, dependiendo de quién se encargue de determinar dicha medida. Si es el Ministerio de Sanidad el cierre afecta a todo el país, si son las CCAA el cierre puede afectar a ciudades enteras o municipios concretos, salvo en el caso de la Comunidad de Madrid donde los perímetros a cerrar se centran en zonas básicas de salud. Los cierres perimetrales se van estableciendo según avanza la pandemia y cambian de una semana a otra, dependiendo de si hay puente o no. Esta medida suele crear bastante confusión, especialmente entre los madrileños que se ven obligados a salir a la calle con el GPS en una mano y el BOE de la Comunidad en la otra lo que se traduce en que la gente va por donde le da la gana (esto último también ocurre con el resto de la población española).

Eficacia de una vacuna (antes de la pandemia): nivel de éxito de una vacuna a la hora de generar defensas contra una enfermedad infecciosa en función del porcentaje de reducción en la frecuencia de infecciones entre las personas vacunadas en comparación con las que no están vacunadas. Se considera una vacuna aceptablemente eficaz aquella que supere el 50%, como la de la gripe.

Eficacia de una vacuna (durante la pandemia): nivel de aceptación de una vacuna a la hora de hablar sobre ella en las tertulias televisivas. No se consideran buenas todas aquellas que estén por debajo del 99% y se valora muy positivamente si además de inmunizar nos permite un mejor bronceado en verano, o nos alisa las arrugas de la piel.

Probabilidad estadística (antes de la pandemia): cuantificación de la posibilidad de que un hecho ocurra o sea factible. Cuanto menor es, más difícil es que pueda ocurrir la cosa estudiada. Ejemplo: la probabilidad de tener un trombo ocasionado por la vacuna de AstraZeneca es de 0,0001%, mientras que la probabilidad de tener un trombo ocasionado por fumar es de 0,17%. Ergo, es 1700 veces más peligroso fumar que ponerse una vacuna de AstraZeneca.

Probabilidad estadística (durante la pandemia): cuantificación de la posibilidad de que un hecho ocurra, pero haciendo la cuenta de la vieja y sin tener idea de matemáticas. Ejemplo: aunque la probabilidad de tener un trombo ocasionado por la vacuna de AstraZeneca sea 1700 veces menor que la de tener un trombo por fumar, es mucho más peligrosa la vacuna porque lo dicen en la tele. Ergo, fumar mientras se está con los colegas y repartiendo aerosoles a diestro y siniestro es una costumbre sana y chachi.

Continuará…






5 de abril de 2021

Rebelión en las jaulas


 

Ella era el último mono del equipo, o mejor sería decir la última rata porque la nueva humillación había consistido en relegarla al animalario del laboratorio para hacerse cargo del cuidado de los roedores que utilizaban en sus ensayos.

―Tu nuevo destino es una gran responsabilidad, Enedina ―mintió Fernando, el jefe del departamento―. Ten en cuenta que, si no se siguen rigurosamente las pautas de administración de nuestros medicamentos, la fase de experimentación fracasará desde la base y ya sabes qué pasa cuando falla un experimento ―añadió sibilinamente.

Enedina tuvo muy en cuenta la malintencionada explicación del jefe del departamento de farmacología; en las palabras de ese tipo iba implícita una crítica a su trabajo, porque cuando un experimento fallaba, la mayoría de las veces la culpa recaía sobre ella.

Desde que había ingresado en el grupo de investigación del prestigioso profesor Onofre Villacastín del Portal no había estado a la altura de sus compañeros. Si la habían aceptado había sido gracias al buen recuerdo que su madre había dejado allí mientras ejerció como investigadora principal hasta que un cáncer agresivo la obligó a retirarse antes de tiempo. La incurable enfermedad de la pobre mujer ablandó a la dirección del departamento para permitir que la enferma tuviera la satisfacción de dejar a su hija en un buen lugar donde desarrollar su carrera antes de que ella abandonara este mundo entre sesiones de radioterapia que solo le procuraron náuseas y una escandalosa pérdida de pelo.

El expediente académico de Enedina no era malo, pero tampoco espectacular; sus notas eran corrientes, ningún suspenso ―todas las asignaturas las sacó en la primera convocatoria―, pero ni una sola matrícula de honor. Su currículo, sin ser brillante, podría tener un pase en ciertos ámbitos, pero la presión materna siempre fue mucha e impidió que Enedina se dedicara a una labor menos laureada, pero más adecuada a sus preferencias.

Hizo una tesis doctoral, bajo las directrices impuestas por su madre, sobre terapias para enfermedades neurodegenerativas en el departamento de farmacología de la misma facultad donde trabajaba su progenitora. Recién doctorada, y con su madre ya diagnosticada de su fatal enfermedad, empezó a trabajar en el equipo del profesor Onofre Villacastín del Portal, una eminencia en neurología. Lo que para cualquiera hubiera supuesto el inicio de una carrera fulgurante, para Enedina fue el comienzo de una particular tortura.

Desde el principio el ninguneo de sus compañeros fue sutil pero constante. Todos los investigadores, salvo ella, habían conseguido formar parte del equipo de don Onofre gracias a sus maravillosos expedientes donde los currículums estaban complementados con dos o tres masters en diferentes universidades y estancias de varios años en prestigiosos centros de investigación en Estados Unidos, Alemania o Gran Bretaña. Se podría decir que los pupilos del profesor Villacastín del Portal eran la flor y nata de la investigación de postgrado… salvo Enedina donde lo único destacable de su currículum era el apellido de su madre.

El desdén de sus colegas se manifestaba de múltiples maneras, bien en forma de frases despectivas acompañadas de miradas de condescendencia ―la anodina Enedina, era uno de los motes que circulaban por el laboratorio―, bien en forma de órdenes desabridas para realizar tareas indeseables. En ella recaían los trabajos más desagradables y menos apetecibles del amplio abanico de actividades en las que se basa un estudio científico. Hacerse cargo de los pedidos de reactivos o tramitar y gestionar los permisos para sacar adelante un proyecto era lo más llevadero, pero también lo menos enriquecedor desde un punto de vista profesional.

Las pocas veces que pisaba el laboratorio era para recoger el material, limpiar las superficies, esterilizar en el autoclave los utensilios reutilizables y eliminar los residuos tóxicos sacando los contenedores pertinentes a la zona de contaminantes. El laboratorio del profesor Villacastín del Portal estaba dotado de aparatos sofisticados de última generación que, por supuesto, Enedina no podía manejar.

―Perdona, Enedina, este HPLC es muy delicado, cualquier manipulación errónea sería un desastre, las averías de este cromatógrafo son carísimas. Haz el favor de ponerte lejos de él, no vayamos a tener un disgusto ―le dijo en cierta ocasión Renata, una becaria que contaba las asignaturas cursadas en la carrera por matrículas de honor y que, para colmo, era una belleza.

Pero Enedina no protestaba nunca, tan solo somatizaba su malestar con un tic nervioso en el ojo izquierdo que la hacía bizquear y que provocaba más burlas entre sus colegas. Ella lo soportaba todo con tal de no desairar a su madre a la que quería y temía a partes iguales. Además, desde que la enfermedad había hecho su aparición, al miedo a decepcionarla se añadía cierto sentimiento de culpabilidad por no cumplir las expectativas que tan generosamente había depositado en ella.

El triste final de la enfermedad de su madre llegó inevitablemente, y entonces el destino de Enedina cambió para peor. El soterrado ninguneo a que la sometían cuando su madre vivía se convirtió, tras su desaparición, en un abierto desprecio. Algunos, incluso, se atrevían a reírse delante de ella cuando evaluaba las conclusiones de algún experimento. Enedina estaba convencida de que, en las pocas ocasiones en que le pedían su parecer ante la obtención de un resultado concreto de un ensayo, no lo hacían por saber su opinión sino solo para burlarse de ella, algo a lo que Enedina reaccionaba con un tic más acusado en el ojo izquierdo.

Tras la muerte de su madre, Enedina podría haberse ido de allí, podría haberse preparado unas anheladas oposiciones a profesora de instituto; bregar con adolescentes rebosantes de hormonas se le presentaba más apetecible que convivir con semejante hatajo de cerebritos engreídos. Pero se quedó. Si lo hizo no fue por disciplina, ni por pundonor, ni siquiera por agradar a su madre en el más allá. Se quedó para demostrar a esa panda de petulantes que ella era una buena investigadora, tenía ideas propias y sabía hacer las cosas bien: algún día todos se iban a enterar de lo que era capaz.

Cuando acabó en el animalario, dos semanas después del fallecimiento de su madre, Enedina sintió alivio. Debería sentirse triste, incluso furiosa, pero lo cierto es que aquel destino que suponía un desprecio hacia sus habilidades, le parecía muy atractivo porque en el animalario estaría sola, no habría nadie alrededor de ella para incordiarla con frases hirientes o miradas cargadas de animadversión.

La línea de investigación del equipo de don Onofre Villacastín del Portal consistía en provocar lesiones neuronales en los animales de experimentación para posteriormente probar en ellos los fármacos que previamente habían diseñado mediante sofisticadas técnicas biomoleculares. Enedina en su nuevo destino, siguiendo un estricto protocolo ideado y diseñado por los demás miembros del equipo, se encargaba de suministrar los medicamentos experimentales para anotar diariamente los parámetros a valorar. Los resultados obtenidos serían evaluados y estudiados por sus compañeros.

Enedina no era parte activa en el diseño de los estudios, pero tenía sus propias teorías. A pesar de la reputación de don Onofre, Enedina pensaba que estaba equivocado a la hora de afrontar las enfermedades neurodegenerativas. Ella tenía una solución mejor.

En lugar de provocar una lesión en animales sanos para luego probar el fármaco que podría sanarla, Enedina creía que era mejor estudiar la estructura de las células sanas para obtener de ellas la solución y poder transmitírselas a las células enfermas mediante una bacteria manipulada genéticamente. Las pocas veces que consiguió exponer su hipótesis solo obtuvo risas de burla por parte de sus compañeros y el profesor Villacastín ni siquiera se dignó a escucharla.

Ahora que los animales de experimentación estaban bajo su control tenía una excelente oportunidad de llevar a la práctica su hipótesis.

Falseó hábilmente los impresos para obtener una partida extra de animales sin que quedara reflejado en los estrictos protocolos de ética experimental a los que obligaba la Unión Europea. Se hizo con un lote de diez ratas Wistar que alojó en varias jaulas colocadas en un lugar apartado de miradas curiosas por parte de los pocos visitantes que solían acercarse hasta allí.

Tras su jornada laboral Enedina se quedaba en el animalario para realizar sus propios experimentos. Como nadie reparaba en ella, sus horas extras pasaron desapercibidas para todos y ella trabajó con comodidad. La soledad del lugar ayudó también a conseguir el acceso a otras áreas del laboratorio cuando este quedaba desierto.

Provocó una lesión cerebral en dos de las ratas. Sacrificó otras dos para obtener tejido cerebral, extrajo el ADN mitocondrial de las células y lo insertó en una cepa inocua de estafilococos. A las bacterias resultantes, portadoras del material genético del tejido cerebral de las ratas sanas, Enedina las llamó Staphilococcus enedinis. Semejante alarde de egolatría no le pareció mal, muchos científicos habían dado su nombre a especies descubiertas por ellos; ella había creado una bacteria nueva así que tenía mucho más derecho a nominarla como le diera la gana.

Inoculó Staphilococcus enedinis en las dos ratas enfermas y esperó pacientemente. Tras cuatro semanas sacrificó las ratas infectadas con la bacteria modificada genéticamente y al visualizar el tejido cerebral comprobó que no había rastro de la lesión previamente provocada. Las ratas habían sanado con su técnica.

Enedina saltó de alegría y satisfacción, tomó los viales que contenían las bacterias creadas por ella y empezó a bailar.

Con una sonrisa perversa en los labios se imaginó las caras de sus compañeros cuando su descubrimiento se publicara en Lancet, o en Science, o en Nature. Además, su nombre aparecería en solitario, sin colaboradores, pues había sido ella y solo ella la que había hecho el estudio de principio a fin, sin ayuda de nadie; eso sí que sería excepcional y provocaría la admiración y la envidia de propios y extraños. Ya se veía en Estocolmo recibiendo de manos del rey Carlos Gustavo el Nobel de Medicina.

Mientras se regodeaba en su futuro estrellato uno de los viales se abrió y derramó su contenido sobre las manos enguantadas de Enedina; fue un descuido muy grave por su parte, pero imaginarse en el olimpo de los científicos provocó que bajara la guardia: la posibilidad de conseguir el Nobel desorienta a cualquiera. Enredada en ese alboroto emocional Enedina volvió a infringir las más elementales normas de seguridad y se llevó las manos a la cara para restregarse los ojos y enjugarse las lágrimas de emoción.

 

Los primeros síntomas aparecieron dos días después, cuando se disponía a desayunar. Al abrir la nevera para tomar el recipiente de leche, le atrajo el olor de un paquete de carne picada que pensaba utilizar para hacer albóndigas. El aroma le despertó el apetito y sin ser muy consciente de ello se puso a comer la carne cruda mientras se relamía de placer.

Cuando llegó al animalario, tras el exquisito desayuno, administró los fármacos preparados para la jornada y solo cuando terminó la tarea se dio cuenta de que había estado trabajando en completa oscuridad, sin encender las luces de la sala.

Justo cuando fue consciente de lo que había sido capaz de hacer oyó hablar a alguien.

―¿Crees que puedes abrir la jaula?

―Lo he intentado de mil maneras, pero no hay forma. Estos barrotes no se pueden roer.

Enedina giró sobre sí misma para comprobar que en el animalario solo estaba ella por lo que no sabía de dónde procedían esas dos voces que acababa de escuchar.

―Quizás si muerdes por la parte de abajo…

―¡Que no! Ya te digo que no se puede.

Las voces procedían de una de las jaulas donde estaban las ratas albinas de su experimento.

―Deberíamos seguir intentándolo.

―Te digo que es imposible salir de aquí.

Enedina no daba crédito a lo que estaba sucediendo. ¿Las ratas hablaban entre sí? Y, lo más inaudito: ¿ella las entendía? ¡No podía ser! Se acercó más a la jaula donde se estaba dando tan extraordinaria conversación y ya no oyó nada más, los dos animales que supuestamente habían hablado se quedaron mirándola, pero no emitieron ningún sonido. Enedina salió de la sala en busca de un café que la despejara creyendo que todo era fruto del cansancio y la tensión acumulada.

Cuando fue a introducir las monedas en la máquina del pasillo una se le cayó de las manos y fue a parar justo debajo del aparato. Maldiciendo, Enedina se agachó para ver si podía recuperarla, pero la moneda se había ido al fondo, aun así, intentó meter la mano y entonces comprobó que su brazo se comprimía hasta poder pasar por el pequeño espacio de debajo de la máquina que no superaba los dos centímetros.

Aturdida por todo lo que le estaba ocurriendo, se bebió el café negro y espeso pensando en comer más carne cruda en cuanto llegara a casa.

Al día siguiente Enedina se levantó con dolor de cabeza, había dormido mal porque una llaga en la boca le había molestado toda la noche. Cuando se miró en el espejo del lavabo comprobó que los dientes frontales habían crecido y estaban afilados de manera que la mucosa bucal se había irritado provocándole las molestias que le impidieron dormir. Se tomó un ibuprofeno y apuntó mentalmente pedir cita con el dentista.

Llegó a su puesto de trabajo cansada por la noche en blanco y cuando se acercó a las jaulas de las ratas comprobó que todos los animales la estaban mirando fijamente. Entonces, una voz se oyó:

―Por favor, ayúdanos a salir de aquí.

 

Renata fue la primera. Estaba sola manipulando el cromatógrafo cuando observó por el rabillo del ojo que algo se escondía debajo de una estantería. No le dio demasiada importancia y siguió a lo suyo. De repente, un bulto cayó con estrépito encima de la mesa: era una rata. «¿Qué demonios hace una rata aquí?» se preguntó la joven, «La inútil de Enedina se ha debido de dejar abierta alguna jaula en el animalario. Será estúpida…». Cuando intentó agarrar el animal para llevárselo de allí, la rata saltó con una rapidez inusitada a su cuello mordiéndola con una saña y ferocidad que la hizo gritar. Mientras trataba de quitarse de encima el bicho oyó ruido detrás de ella, creyó que sería algún compañero que venía en su auxilio, pero quienes entraban en la sala eran más ratas que se prestaron a ayudar a su compañera en la tarea de morder a Renata por todo su cuerpo.

La policía solo pudo comprobar, por los rastros de sangre y unos jirones de ropa, que algo malo le había pasado a la joven investigadora, pero el caso es que no había señales de nada más. Tras la denuncia por desaparición, el resto del equipo intentó seguir con su trabajo, aunque el miedo y la inseguridad enrarecieron el ambiente de manera significativa. Más tarde otra denuncia de desaparición se añadió a la de Renata pues Enedina no dio señales de vida: había dejado de acudir a su puesto de trabajo, aunque su ausencia no fue notoria hasta varios días después. Encima, la muy inepta se había dejado abiertas varias jaulas de ratas provocando la pérdida de muchas horas de trabajo y bastantes miles de euros.

El temor en el equipo del profesor Villacastín se trocó en terror cuando una mañana encontraron a Luis, un doctorando a punto de presentar su tesis doctoral, muerto sobre la mesa del laboratorio; le habían arrancado los ojos y le habían abierto en canal de manera que el intestino y gran parte del resto del tubo digestivo se desparramaban por el entarimado mientras un enjambre de moscas revoloteaba sobre los despojos. Una vez más la policía no sabía a quién achacar semejante agresión pues las puertas de acceso estaban cerradas con llave y las ventanas no presentaban signos de violencia. El ataque se había perpetrado desde dentro, pero dentro solo estaba el cadáver de Luis.

Candela y Rodrigo aparecieron con las gargantas desgarradas y ahogados en su propia sangre en la salita habilitada para comer. Ella estaba debajo de la mesa donde se encontraba el microondas y él cerca de la puerta de salida.

Definitivamente había alguien que se estaba ensañando con el equipo del profesor Villacastín.  Desde el decanato se instó a suspender las actividades en el laboratorio donde se estaban dando las muertes, pero don Onofre se opuso firmemente pues estaban en juego proyectos ambiciosos patrocinados por empresas que habían desembolsado cuantiosas cantidades de dinero y no se podía suspender la investigación en marcha ya que el parón provocaría daños irreversibles y, lo que era peor, se interrumpiría la financiación. 

Los miembros del equipo acataron los deseos de su jefe pues negarse suponía perder su puesto y despedirse del honor de trabajar con el mejor neurólogo del panorama científico.

El cadáver de Nerea apareció en su despacho. Aparentemente no presentaba ningún signo de violencia. La autopsia reveló que había muerto por una meningitis acompañada de hemorragia pulmonar causada por leptospirosis. Si bien la muerte de Nerea era debida a una infección, su desaparición añadía más pesar al resto del equipo que veía cómo el número de sus integrantes estaba mermando a velocidad de vértigo.

Cuando Fernando, el jefe del departamento, fue encontrado a los pies de su coche, en el aparcamiento de la facultad, lleno de arañazos y mordeduras, desde el rectorado se llamó a don Onofre para que cancelara y cerrara el laboratorio pues, era más que evidente, que su equipo estaba en el punto de mira de alguien que quería acabar con él. El neurólogo aun así se resistió, pero cuando le amenazaron con denunciarle e incluso despedirle de la universidad a pesar de su prestigio y su reconocimiento internacional, el profesor cedió.

Don Onofre se encaminó a su despacho para redactar una nota explicativa donde comunicaría al día siguiente en rueda de prensa ―las muertes habían copado todos los medios de comunicación dentro y fuera de las fronteras― el cese de toda actividad en su laboratorio. Las desgraciadas desapariciones y el miedo fueron la causa de que toda la planta donde se encontraba su despacho estuviera desierta, tan solo un guardia de seguridad, contratado por el decanato ante el desarrollo de los acontecimientos, se encontraba en la puerta principal del departamento para controlar que ningún extraño se introdujera en el mismo.

Cuando el profesor se sentó frente al teclado de su ordenador para escribir la nota de prensa, un ruido le hizo mirar hacia un rincón. Allí, entre sombras, pudo distinguir varios pares de ojos que brillaban. Cuando enfocó mejor la vista comprobó que eran ratas albinas y que se le estaban acercando; quiso levantarse y dar la voz de alarma, pero los animales se abalanzaron sobre él hasta cubrirlo por completo. Antes de producirse el ataque, don Onofre creyó ver que una de las ratas tenía un extraño tic en el ojo izquierdo.

 


NOTA: el método científico mediante el cual se pueden curar células enfermas con una bacteria, y que aparece reflejado en el texto, es fruto de la mente de una servidora. Al día de hoy no hay ninguna técnica semejante que permita realizar lo que en el relato se cuenta, o puede que sí… Quizás en algún animalario recóndito se encuentre una Enedina agazapada realizando experimentos por su cuenta. Quién sabe.



27 de marzo de 2021

Diccionario para una pandemia (II)


 Pruebas diagnóticas Covid: diferentes test para averiguar si uno ha pasado o está pasando la enfermedad y cuyo coste y complejidad es muy diverso. Las maneras de obtener la muestra a analizar también son variadas, así como las molestias que ocasionan, desde un test de anticuerpos simple con un pinchacito en el dedo, pasando por un test de antígenos donde te meten un palo por la nariz y hasta una PCR anal donde el palo te lo meten por el culo (en esto de diagnosticar, las autoridades también se han propuesto dar por saco).

 Vacuna de Pfizer y/o Moderna (al inicio de la vacunación): vacunas estadounidenses e innovadoras por ser las primeras que utilizan la técnica del ARN mensajero, poco fiables para la población y que nadie se quiere poner porque vaya usted a saber qué es eso del ARN mensajero.

 Vacuna de Astra-Zeneca (al inicio de la vacunación): vacuna convencional desarrollada por un laboratorio europeo, muy fiable para la población y que todo el mundo quiere ponerse.

 Vacuna de Astra-Zeneca (después de tres meses de vacunación): vacuna convencional desarrollada por un laboratorio europeo, poco fiable para la población y que nadie quiere ponerse porque los medios han anunciado a bombo y platillo que algunos vacunados han tenido procesos trombóticos, aunque no está claro qué los han producido.

 Vacuna de Pfizer y/o Moderna (después de tres meses de vacunación): vacunas estadounidenses e innovadoras por ser las primeras que utilizan la técnica del ARN mensajero, muy fiables para la población y que todo el mundo se quiere poner antes que la de Astra-Zeneca.

 Farmacovigilancia (antes de la pandemia): disciplina, desarrollada por médicos y expertos en farmacología, encargada de vigilar y evaluar la información que proporcionan las autoridades sanitarias sobre los efectos de los medicamentos en la población para detectar reacciones adversas y prevenir daños en los pacientes.

 Farmacovigilancia (durante la pandemia): disciplina en la que toda la población tiene preparación adecuada para estipular qué fármaco (léase vacuna) es bueno y cuál no basándose en la información que reciben de Manoli (la vecina del 5ºA) y de los tertulianos de Sálvame y El Chiringuito.

 Evidencia científica (antes de la pandemia): uso consciente, explícito y juicioso de datos válidos y disponibles procedentes de la investigación científica.

Evidencia científica (durante la pandemia): uso inconsciente, arbitrario y delirante de datos inciertos (y generalmente falsos) procedentes de Manoli (la vecina del 5ºA) y de los tertulianos de Sálvame y El Chiringuito.

 Protocolo de vacunación: normas a seguir para elegir los grupos prioritarios a la hora de vacunar. En algunas autonomías se ha optado por el orden alfabético: primero se vacunan los de la “A” es decir alcaldes y sus familiares (para disimular y que no se note demasiado el abuso, han incluido también a los ancianos, menos mal); el segundo grupo sería la “B” donde los burros van delante para que no se espanten y en el que se integran bastantes políticos; después vienen los de la “C” y aquí los concejales, consejeros autonómicos y muchos caraduras se han visto beneficiados por este método, así como la curia eclesiástica (obispos, clero de alto standing y algún que otro cura espabilado); luego iría la “D” de diputados, luego la “E” de enchufados, etc, etc, etc. (Para los que el abecedario no se les da bien, recordar que la “P” de pueblo llano va casi al final).

 

Continuará…





 

22 de marzo de 2021

Un mal trago


 

Atribuyen a Oscar Wilde una frase que dice «Ten cuidado con lo que deseas, se puede convertir en realidad». Por desgracia, tuve ocasión de comprobarlo y también de darme cuenta cómo el destino cuando se pone a jugar con los sueños se cachondea de ti y encima te lo hace pasar muy mal.

Entre mis deseos para el año 2021 pedí viajar, y casi, casi, mi deseo se cumple de manera tajante y definitiva porque me faltó muy poco para hacer un largo viaje, pero solo de ida, sin retorno posible; casi me voy de viaje al otro barrio, al más allá, al otro lado o como quiera llamarse a lo de estirar la pata. Vamos, que estuve a punto de espicharla.

Como siempre he pregonado que el humor es una buena terapia, vaya esta publicación como una forma de conjurar el mal rollo y la angustia que me generó una situación tonta y banal, pero que, como ya he anunciado, a punto estuvo de darme matarile.

En mi casa es tradición tomar un aperitivo en la cocina mientras hacemos la comida o la cena. El refrigerio suele consistir en un vinito o una cerveza acompañados por unas aceitunas o algo de jamón. Muy de tarde en tarde, el picoteo consiste en otro tipo de alimentos como patatas fritas o cortezas. Hace unas semanas mi media naranja se trajo, junto a la barra de pan para comer, una bolsa de cortezas y nos dispusimos a comérnoslas con la bebida correspondiente ―vino él, cerveza yo― mientras se terminaba de hacer el asado que estaba en el horno.

No sé si fue la primera corteza o la segunda que me metí en la boca, pero una de ellas ―puede que las dos― se me quedó atorada en la garganta. Intenté tragar haciendo esfuerzo y lo único que conseguí es que se atascara más: ni para arriba, ni para abajo. En principio no me preocupé demasiado, decidí beber un trago de mi cerveza para arrastrar la corteza maldita, sin embargo, lo que ocurrió fue todo lo contrario, la corteza se esponjó con el líquido, se hinchó y ahí ya la lié parda.

Que algo se atasque ya se intuye incómodo, pero que lo haga en el lugar donde pasa el aire y, por tanto, que impida respirar es muy, pero que muy peligroso. No voy a entrar en pormenores fisiológicos, pero creo que todos sabemos lo que pasa si nos quedamos sin aire.

Empecé a boquear como pez fuera del agua y aunque algo de aire sí entraba no era el suficiente y la angustia fue creciendo. Mi marido, con la cara desencajada, intentaba ayudarme, aunque no sabía muy bien cómo. Cuando, pasados unos segundos, yo seguía sin respirar bien con aquello atravesado en la garganta, él decidió llamar a urgencias.

Recuerdo que, mientras le veía llamar al 112, yo intentaba respirar con estertores agónicos que sonaban fatal. Me había convertido en una Darth Vaden de andar por casa y “flamenca” para más señas porque la desesperación de no conseguir respirar me hizo marcarme una especie de zapateado raro donde mis patadas eran la manifestación de la angustia.

El médico que atendió la llamada, y al saber qué es lo que estaba pasando, pidió a voces que intentara toser. El problema es que para toser se necesita coger aire y eso era precisamente lo que yo no podía hacer. Como el médico de la línea de emergencias no me oyó toser empezó a gritar histérico de forma que hasta yo le escuchaba, y esto me puso más nerviosa porque que un médico avezado en experiencias difíciles pierda los papeles es síntoma de que la cosa está jodida.

Dicen que cuando llega la hora final, tu vida pasa rápidamente ante tus ojos. A mí no me ocurrió nada de eso. Yo solo me dije: «Menuda manera más estúpida de morirme». Siempre pensé que moriría de alguna enfermedad, como el cáncer, o por un ictus o un infarto, o incluso por un accidente de tráfico, pero ¿por un atragantamiento? ¿en serio? Además, atragantada con una corteza, y encima del Mercadona. ¡Qué poco glamour! Si al menos hubiera sido con un trozo de jamón ibérico…

A partir de ese momento ya no sé muy bien qué pasó, me pareció escuchar a mi marido decir que una ambulancia del SAMUR estaba en camino, pero yo sabía que, si seguía sin poder respirar bien, para cuando quisieran llegar me encontrarían en parada cardiorrespiratoria porque los efectos de la hipoxia ya se estaban haciendo notar y empezaba a marearme. Creo que también pensé que ojalá llegaran a tiempo al menos para poder reanimarme.

En algún momento, supongo que fruto de la desesperación que da la necesidad de aire, conseguí toser débilmente, y algo se movió en la garganta, no se despejó del todo, pero sí noté que el aire llegaba en mayor cantidad que antes. Gateando por el suelo seguí tosiendo con el poco aire que me llegaba a los pulmones. Poco a poco, y entre toses cada vez más estentóreas, empecé a recuperar el resuello. Fue cuestión de unos pocos minutos, pero a mí se me hicieron eternos, y agónicos.

Para cuando llegaron los del SAMUR yo ya estaba sentada en el sofá con una taquicardia de mil demonios y, lo mejor, respirando, agitadamente, pero respirando, al fin y al cabo.

Los sanitarios llegaron cargados con una botella de oxígeno y un desfibrilador para reanimación cardiaca, lo que hizo que mi taquicardia se incrementara porque fui más consciente de que había faltado el pelo de un calvo para no contarlo.

Mientras una enfermera me cogía de la mano e intentaba tranquilizarme ―yo estaba pálida como un cadáver y mis labios apenas tenían color―, dos médicos me examinaron los pulmones, comprobaron la saturación de oxígeno y mirararon con un pequeño endoscopio que ningún trozo de la corteza maldita andaba aún por donde no debía; tras la exploración decidieron que estaba fuera de peligro y me instaron a que abandonara ciertas prácticas de aperitivo poco sanas, consejo que seguí a rajatabla y que se materializó con los restos de la bolsa de cortezas en la basura.

La médica al frente del equipo se paró a explicar qué había pasado y cómo el acto de beber ante la primera muestra de atragantamiento fue el desencadenante de la fase más grave. Nos instruyó qué hacer en casos así y nos enseñó cómo realizar la maniobra de Heimlich, esa que sale en las películas y que parece muy sencilla pero que tiene su intríngulis y que no es tan fácil.

Al final todo quedó en un susto y de los gordos. He tardado en contar esto porque el trauma ha sido difícil de superar ―me tiré un par de días con temblequera en las piernas y aún tengo pesadillas donde sueño que no puedo respirar y me despierto sobresaltada―.

He reflexionado mucho desde entonces, y son muchas las conclusiones obtenidas. Somos frágiles, la vida se te puede torcer irremisiblemente en un instante, no tenemos nada asegurado y la vulnerabilidad es patente; cualquier pequeña cosa, por inocua que parezca, nos puede dar pasaporte al más allá. Doy fe.

Así que hay que disfrutar de cada pequeño momento como si fuera el último: unas risas con tus seres queridos, un paseo por un parque o un aperitivo con tu amor… siempre y cuando no haya cortezas.




NOTA: Mi agradecimiento al personal sanitario del SAMUR que se personó en mi casa. Con la que está cayendo, ellos demostraron, además de ser unos profesionales de tomo y lomo, una excelente calidad humana en el trato exquisito y lleno de cariño que me dispensaron.

 

 

 

 

 

9 de marzo de 2021

Los restos de la batalla


 

Lola paseaba por el centro de Londres cabizbaja, no se acostumbraba a esa pertinaz llovizna que lo impregnaba todo de una humedad perpetua.

Cuando llegó a la Biblioteca Nacional saludó con una ligera inclinación de cabeza a la estatua de Cervantes situada en el centro de la escalinata que daba acceso al edificio de estilo herreriano. Una vez en el interior, y tras mostrar su carnet de investigadora, accedió a su rincón favorito de la sala de lectura: literatura del Siglo de Oro.

Manejó con sumo cuidado un ejemplar de Guillermo Chéspir, un dramaturgo con algo de fama en las islas británicas y que no era demasiado conocido fuera de allí, pero al que Lola le había tomado afición. Sus obras de teatro eran entretenidas, tenían de todo: traición, incesto, sangre, y drama, mucho drama; casi todos sus personajes acababan o locos o muertos. El estilo literario dejaba bastante que desear, se notaba que la lengua natal del autor no era el castellano.  

―Buenos días, Lola ―susurró la bibliotecaria jefa.

―Hola, Carmen. ¿Qué tal? ¿Tus hijos?

―Bien. Están en España con una beca de estudios ―suspiró aliviada―. En Inglaterra no hay oportunidades. Allí podrán prosperar.

―Me alegro.

Carmen se alejó y Lola, antes de regresar a su lectura, miró el cuadro de Velázquez que presidía la sala: un lienzo enorme donde se plasmaba la victoria de la Gran Armada sobre la flota inglesa previa a la invasión de las islas por parte del imperio español.

 



Punto Jonbar: En 1588 Felipe II envió una flota de barcos a Gran Bretaña con el objeto de destronar a Isabel I e invadir Inglaterra. Las condiciones meteorológicas hundieron la mayoría de los barcos y la invasión no tuvo lugar. Dicen que, de haber prosperado, ahora medio mundo hablaría español en lugar de inglés.



17 de febrero de 2021

Reseña kirkeniana: Pueblo sin rey - Olalla García

 Hace meses que me propuse no escribir reseñas por este blog; en septiembre de 2019 di un golpe de timón en el rumbo del blog y las reseñas se apearon de él. Sin embargo, avisé que quizás publicara alguna donde reflejar impresiones personales ligadas a uno o varios libros en concreto. También anuncié que este tipo de reseñas llevarían el calificativo de kirkenianas; bueno pues aquí va una de ellas.


«Pueblo sin rey» es una fantástica versión novelada de la revuelta comunera que se dio en Castilla cuando llegó al trono Carlos I. En los libros de Historia, o al menos en los que yo tuve en el colegio, se tildó a aquella sublevación de revuelta, pero lo cierto es que fue una guerra civil en toda regla.

Antes de pasar a contar los motivos de esta reseña especial, analizaré someramente la novela en sí.

Carlos I acaba de acceder al trono de España; es un rey nacido en Gante, en territorio flamenco, nieto de los Reyes Católicos y único heredero de los tronos de Castilla y Aragón pues todos los ascendientes que podrían haber llegado a reinar ya habían muerto o estaban incapacitados para gobernar, como pasó con su madre, Juana I de Castilla, a la que encerraron en un castillo.

El rey extranjero no es bien aceptado por sus nuevos súbditos, especialmente en Castilla. Además, el nuevo monarca tampoco se esfuerza mucho por hacerse querer ya que lo primero que hace al llegar a España es convocar cortes en Valladolid para subir impuestos: necesita mucho dinero si quiere hacerse coronar emperador pues también es un candidato a heredar, por parte de padre, el Sacro Imperio Romano Germánico. En cuanto se asegura que va a cobrar su dinerito se larga a hacer campaña por tierras sacroimperiales y deja en Castilla a gente de su confianza, o sea, extranjeros que ni saben hablar el idioma local.

Nunca un monarca castellano había vivido fuera del reino que tenía que gobernar así que la gente de Castilla se agarra tremendo rebote y monta el pollo. Artesanos, gente del pueblo y pequeña burguesía, se queja porque les están sangrando con los impuestos. A través de gente letrada, o sea, los clérigos y monjes, hacen llegar a Su Majestad una serie de peticiones entre las que se encuentra que deje de pedir pasta y encima para gastársela fuera; el rey se pasa las reivindicaciones por el forro de la capa imperial y se desata la revuelta.

En principio es una revuelta popular donde los gremios más humildes ―carpinteros, curtidores, panaderos, etc.― se agrupan y constituyen comunidades con sus representantes elegidos por votación popular. Pero para enfrentarse a los soldados del rey tienen que recurrir a los hidalgos pertenecientes a la pequeña nobleza que son los que tienen las armas y los que han aprendido a manejarlas. No voy a contar más detalles porque el que quiera saber algo más de la “revuelta” comunera puede acudir a los libros de texto.

Olalla García recurre a personajes históricos y a otros ficticios para recrear de manera entretenida y muy bien documentada todo lo que ocurrió entre el inicio del levantamiento y el final que apenas llegó a dos años. Padilla, Bravo, Maldonado son los nombres propios por excelencia de los Comuneros, pero hubo otros con papel importante, como Juan de Zapata, el alcalde de Madrid y capitán de las tropas comuneras madrileñas. Se cuentan sucesos bastante conocidos y otros menos, como la oposición de Alcalá de Henares a las familias de la alta nobleza (los Grandes) que detentaban el poder y las tierras de la zona. De hecho, a mí lo que más me ha gustado es que los personajes inventados son de Alcalá y de Madrid, y desde sus respectivas vidas nos muestran cómo se vivió la guerra en esas localidades.

Un apartado importante es el papel que jugó en la confrontación la universidad de Alcalá (entonces se llamaba Colegio Mayor de San Ildefonso); por aquel entonces Cisneros, su fundador, hacía poco que había fallecido y los cimientos de la institución aún eran débiles por lo que el equilibrio y la neutralidad que quiere mantener el rector es muy difícil; aun así, se mostró justo. Saber esto me gustó porque mis vínculos con esa universidad son fuertes y me agradó saber que sus dirigentes supieron estar a la altura de las circunstancias a pesar de las presiones de uno y otro bando.

Además, una vez ejecutados los principales capitanes del levantamiento ―siento el spoiler, pero es de primero de básica saber que Padilla, Bravo y Maldonado fueron decapitados tras la derrota de Villalar―, las ciudades comuneras al sur de la Sierra de Guadarrama aún resistieron unos meses y siguieron oponiéndose al emperador extranjero.

Pero aún hay otra cosa más y es que la historia va más allá de la derrota de los comuneros y la inviabilidad de ver cumplidos sus sueños de una sociedad más justa; Olalla nos cuenta también qué pasó después: la purga y la revancha de los vencedores sobre los vencidos, el ensañamiento del que vio peligrar su estatus y la obsesión por arrancar la más pequeña brizna de sublevación; algo que a mí me hizo recordar lo que ocurrió cuando finalizó la Guerra Civil.

Hasta aquí la novela, una lectura que recomiendo porque el estilo literario de la escritora y su buena documentación ―estudiante primero y profesora después de Historia en la Universidad de Alcalá― son pluscuamperfectos. Da detalles rigurosos, pero sin excederse, los sabe dosificar de manera que la información es veraz pero tampoco agobia ya que la intercala con las vivencias de los personajes ficticios que también pasan sus penalidades.

Si he decidido publicar esta reseña tan extensa en el blog ha sido porque mi relación con los Comuneros viene de antiguo. Antes de estudiarlos en el instituto yo ya sabía de su existencia gracias a una prima mía más mayor que yo y que me los hizo conocer a través de la música.

En un viaje de Burgos a Madrid, en el coche de mi padre, ella, que estudiaba en la universidad, trajo su radio casete y puso una cinta de un grupo llamado Nuevo Mester de Juglaría. Con ritmos de jotas y seguidillas castellanas y al son de instrumentos típicos del folclore meseteño ―dulzainas, laúdes, bandurrias, almireces― los integrantes del grupo folk cantaban de manera resumida, pero rigurosa, la revuelta comunera. Los nombres de Padilla, Bravo y Maldonado me los aprendí tarareando estribillos que me sé de memoria: es lo que tiene el gran poder evocador de la música y su maravillosa forma de grabarnos cosas en el recuerdo para siempre.

«En Toledo los vecinos se han llegado a sublevar. Han elegido una junta que preside un capitán venerado en la ciudad, es su apellido Padilla, pero su nombre es Don Juan.»

«En Segovia al enterarse, los vecinos se concentran, es Juan Bravo quien les manda, Juan Bravo quien les arenga.»

«Maldonado Pimentel con sus salmantinos llega, después de haber expulsado a los nobles de sus haciendas.»

«Segovianos, segovianos, somos gente comunera. Venimos desde Madrid, Juan de Zapata en cabeza.»

Con esas canciones, y ayudada por mi prima mayor bastante revolucionaria ella, conocí que había un sentimiento de “identidad” castellano (cuando oí esa cinta por primera vez, Franco hacía poco que se había muerto y lo de las Comunidades Autónomas como que aún no había cuajado). Me enteré de que había un pendón de Castilla y que el color morado ―un color que ahora adoro por muchas otras cuestiones― era el distintivo de esa facción.

Con esa música, y lo que luego yo fui leyendo por ahí, entendí que hubo un tiempo en que el pueblo se rebeló contra el abuso del poder establecido ―algo que se dio en muchos otros lugares― pero que, en este caso, fue el pionero en intentar establecer lo que ahora se llama monarquía parlamentaria o medianamente controlada por el pueblo (tampoco podemos ahora echar las campanas al vuelo) y eso en pleno siglo XVI, mucho antes que los franceses la liaran parda contra los reyes y se los quitaran de encima. Es verdad que la cosa no cuajó, de hecho, la monarquía salió fortalecida porque se quitó de encima a los que podían darle problemas mediante el sistema de ejecutar a diestro y siniestro por el delito de traición a la corona.

Pero en mi ánimo siempre quedó esa idea romántica de los rebeldes, los que protestan y se revuelven ante lo que creen injusto, aunque luego pierdan, aunque luego parezca que no sirve de nada. Bueno, además de esa manera romántica de ver la vida me quedó cierta inquina hacia Carlos I (el V de Alemania) que al día de hoy me dura ―hubo una serie de TV con él de prota que dejé de ver por falsa y tendenciosa―. No me suelen caer bien los reyes en general, pero a este le tengo mucha manía ―y a Fernando VII, pero esa es otra historia―.

Para recordarme ese prurito reivindicativo y toca-pelotas que este hecho histórico me despierta hay una canción al final del álbum de Nuevo Mester de Juglaría que para mí casi es un himno; “Castilla: canto de esperanza”. En esta canción se habla de nunca perder la esperanza de recuperar los ideales, de hacerlos realidad a pesar de las derrotas previas. Del estribillo me quedo con una frase esperanzadora donde las haya: «Si los pinares ardieron, aún nos queda el encinar»





5 de febrero de 2021

Diccionario para una pandemia (I)

 



A lo largo de esta pandemia son muchos los términos que han salido a la luz, algunos pertenecen a la terminología más técnica de algunas especialidades científicas, y otros, simplemente se han inventado obligando a la RAE a ponerse las pilas, y es que la pandemia ha vuelto todo del revés, incluso el diccionario.

He recopilado algunas palabras y expresiones junto a su definición… digamos popular, de andar por casa. Además, en algunas he puesto dos versiones porque según quién utilice determinados términos el significado cambia.

 

Confinamiento estricto: todos encerrados en casa con un susto de tres pares de narices y muertos de miedo.

Desescalada: a salir todos de casa y vámonos que nos vamos, pero ya.

Mando único sanitario: yo (Mº de Sanidad) mando, tú (CCAA) obedeces y no me toques las narices.

Cogobernanza (según Mº de Sanidad): las medidas las tomas tú (CCAA), yo (Mº de Sanidad) me cruzo de brazos y allá te apañes con lo que pase.

Cogobernanza (según CCAA): yo mando (CCAA) y si sale bien el mérito es mío, pero si sale mal la culpa es tuya (Mº de Sanidad) que me dejaste solo.

Confinamiento perimetral decretado por el gobierno central: medida ineficaz propia de dictaduras opresoras.

Confinamiento perimetral decretado por las autonomías: medida necesaria para controlar la pandemia.

Restricción de la movilidad: qúedate en casa, pero sal a consumir a los bares que la economía está chunga.

Rectricción de la movilidad nocturna: lo mismo que antes pero que no sea de noche.

Situación delicada en hospitales: colapso hospitalario; los hospitales están petados.

Situación delicada en UCIs: como te dé un infarto ya puedes darte por jodido porque no hay camas en la UCI.

Curva ascendente: vamos como el culo.

Tendencia a la mejoría: estamos igual.

Curva aplanada: eso no te lo crees ni tú.

Curva descendente: eso te lo crees aún menos, pero que ni de coña, vamos.

Primera ola: inicio de contagios a toda pastilla, la población se asusta y empieza a tener cuidado.

Segunda ola: más contagios al mismo ritmo que la primera ola, parte de la población empieza a pasar del tema y se toma a chacota las medidas de seguridad.

Tercera ola (justo antes de Navidad): contagios que se suman a la segunda ola y que apenas se diferencia de la segunda porque en realidad es la misma.

Cuarta ola: más de lo mismo después de Navidades. Nos vamos a cagar.

Como una ola (tu amor llegó a mi vida): canción de Rocío Jurado que me ha venido a la mente ahora mismo.

Cena de Nochebuena antes de la pandemia: ritual insoportable para muchos porque aguantar a la familia, especialmente al cuñado de turno, es una tortura que se intenta llevar con resignación.

Cena de Nochebuena en pandemia: ritual absolutamente necesario que no se puede anular porque es imprescindible volver a ver al cuñado pesado, al que se echa de menos y se desea abrazar especialmente.

Burbuja social: conjunto reducido de personas con las que mantener trato mientras el virus no sea domeñado. El número de integrantes varía según el intervalo de edad de los afectados: dos-cuatro personas en los mayores de cincuenta años y cincuenta-cien personas para los de quince a treinta años.

Inmunidad de rebaño: inmunidad que se alcanzará cuando la población esté en su mayoría vacunada y que protegerá de contagios masivos. Según el Mº de Sanidad en España se conseguirá el verano que viene (según el ritmo de vacunación actual, es posible que sea en verano, pero del 2035).

Vacuna contra la Covid-19 (según los negacionistas): herramienta de manipulación genética que nos convertirá a todos en monos, cerdos o, lo que es peor, en chinos. Además, incluye un chip y/o chis que permitirá al gobierno localizarnos en todo momento sin necesidad de recurrir al móvil que todos llevamos encima permanentemente conectado a las antenas de telefonía.

Vacuna contra la Covid-19 (según la gente normal): pinchazo que no se nota nada de nada y que nos va a quitar un problema de encima, además de la mascarilla, y que permitirá que, por fin, podamos abrazar a nuestro querido cuñado.

Rastreo de contactos: seguimiento de los contactos mantenidos por un positivo en Covid con el objeto de controlar la expansión del contagio y que recae especialmente en el contagiado que se dedica a avisar a sus allegados de que se anden con cuidado y que se pongan el termómetro por si acaso. El sistema funciona regular porque el contagiado en cuestión se entera de que lo está unos diez días después de hacerle la prueba (si es que se la hacen).

Tasa de incidencia acumulada: número de contagios por cien mil habitantes que varía en función de la disponibilidad del personal encargado de contarlos y del político de turno según quiera colgarse una medalla (tasa incidencia baja) o echar la culpa a la población que es indómita y no le hace caso (tasa incidencia elevada).

ARNm (para la gente de ciencias): molécula descubierta a mediados del siglo pasado, se encarga de transferir el código genético del ADN que está en el núcleo a los ribosomas del citoplasma.

ARNm (para la población no de ciencias): molécula descubierta con la vacuna de la Covid; es una variante de repartidor de paquetes, pero en pequeñito y que inspira la misma confianza que con los repartidores, o sea, ninguna.

Científico (según los negacionistas): chalado encerrado en un laboratorio y vendido a los poderes fácticos que busca acabar con la Humanidad.

Científico (según la gente normal): chalado encerrado en un laboratorio del que no se acordaba nadie hasta que llegó la pandemia y que ahora es apreciado y hasta venerado en algunos templos.

Continuará…




Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores