15 de septiembre de 2020

Comportamientos extraños



Hago un paréntesis en mis crónicas hercúleas para participar en el reto propuesto por David Rubio de El Tintero de Oro: SUEÑOS DE ROBOT.

Argumento propuesto por Storynator (subrayados los elementos empleados en el micro): Una turista francesa que sigue los preceptos de una religión inventada por ella y un diseñador de interiores con tendencias depresivas, serán elegidos para un experimento sobre el comportamiento humano que ellos desconocen, cuando aparece en escena un técnico de electrodomésticos, en una historia de confusiones que habla sobre la identidad sexual y la separación de los seres queridos.

 COMPORTAMIENTOS EXTRAÑOS

―Buenos días, ¿ustedes están para el experimento? ―preguntó un hombre con una bata blanca a las dos personas de la sala de espera.
―Oui ―contestó una mujer vestida con una túnica estampada y un turbante morado.
―¿Qué?
―Oui.
―Dice que sí ―contestó el otro individuo―. Yo también.
―También, ¿qué?
―También estoy para el experimento ―dijo echándose a llorar.
―Hombre, no se ponga así.
―Mon ami ―intervino la del turbante―, miga en tu integuiog y vegás cómo el seg de luz mogada te invade y te llena de amog.
―Gracias. Muy amable ―dijo el llorón dejando de llorar―. Creo que ya veo la luz.
―¿De qué colog es?
―Azul.
―¡Pas du tout! ¡Esa no es! Debe seg mogada o estagás pegdido.
―¿Entonces no me ha invadido Dios? ―preguntó haciendo pucheros.
―Hala, otra vez a llorar ―intervino el de la bata.
―Doctor, ¿el expeguimento es dologoso?
―No soy médico.
―¿Y pog qué lleva una bata blanca?
―Vengo de trabajar, no pude cambiarme, soy técnico de lavadoras. Yo también participo en el experimento, aunque no sé por qué. No tengo ningún problema como usted, que ni sabe vestirse ni hablar, o como el llorica este, que ya se ve que no es normal. Pero ¿yo? Ojalá esto acabe pronto, he quedado con mi amorcito ―miró su reloj―, la he dejado con un programa intensivo para que no termine antes de mi llegada; ahora estará con el suavizante, espero pillarla en pleno centrifugado. ¡Cómo nos lo vamos a pasar! ―añadió lascivamente.
NOTA: He intentado seguir las pautas del reto pero el Storynator es muy puñetero y con los elementos que me ha dado me he liado de mala manera y al final no sé muy bien si he cumplido con las reglas o me he ido por los cerros de Úbeda. Lo mismo yo también debería participar en el experimento ese.

9 de septiembre de 2020

Crónicas hercúleas I


 Para estar en diciembre la mañana se presentó espléndida. Un cálido sol nos acompañó desde el inicio del día y sus diáfanos rayos avisaron que el paseo que nos disponíamos a realizar se haría con una buena temperatura. Mejor. Caminar con mucha ropa contra el frío es molesto y tener que llevar guantes imposibilita hacer las fotos con el móvil para luego fardar en Instagram, y la caminata de ese día era digna de mostrar en las redes sociales.

El autocar nos dejó a los pies del embalse del río Guadalhorce, desde allí anduvimos hasta el centro de visitantes donde se nos dieron unos cascos para protegernos la cabeza y unos auriculares para escuchar al guía que nos llevaría por El Caminito del Rey.

El Caminito del Rey es una senda construida por una sociedad hidroeléctrica que tenía dos saltos de agua en sendos lados del desfiladero de los Gaitanes y necesitaba un acceso entre ambos para facilitar el paso de los operarios, así como del transporte de material para el mantenimiento de las infraestructuras. Del nombre, lo ‘del rey’ se debe a que Alfonso XIII asistió a la inauguración, y lo de ‘caminito’ es porque se dio un garbeo de no más de cincuenta pasos y se largó enseguida tras recibir las reverencias acostumbradas en estos casos.

Con mi casco, mi móvil en ristre y los auriculares prestos para escuchar las explicaciones, me dispuse a disfrutar de unas vistas espectaculares.

― El desfiladero de los Gaitanes está situado en la parte occidental de la Cordillera Bética ―dijo el guía mientras nos señalaba con el dedo las llamativas formaciones rocosas―. El cañón cuenta con paredes de más de 300 metros de altura y con anchuras de menos de 10 metros. Está excavado básicamente en calizas y dolomías del Jurásico, existen también afloramientos rocosos del Mioceno. Poco a poco, con el transcurrir de los milenios el río Guadalhorce ha ido profundizando en la roca, taladrando los diferentes estratos para, finalmente, crear el desfiladero.

―¡Qué tontería! ―dijo alguien detrás de mí.

Dado que el paisaje era extraordinario y las explicaciones del guía muy interesantes, no me giré para ver quién opinaba así. Supuse que sería el listillo escéptico que siempre hay en todo grupo de turistas: ese que todo lo sabe y que siempre quiere corregir a los demás.

―De entre las diversas unidades presentes ―continuó nuestro cicerone― se encuentran formaciones de conglomerados y calcarenitas, sedimentos miocenos con bellas estructuras sedimentarias, algunos restos fósiles de ballenas y también unos promontorios redondeados de arenisca en los que la erosión ha excavado una cueva o abrigo. Esto que van a contemplar a lo largo del camino es, señoras y señores, el resultado de la erosión del agua.

―¡Ya! ¡El agua! ¡Ja! Menuzo zoquete, el tío este ―volví a oír detrás.

Parecía que el “listillo” quería guerra y que me iba a dar el viaje, porque, aunque yo lo oí con bastante claridad, no lo decía suficientemente alto como para que lo oyeran los demás ya que nadie hizo amago de haberlo escuchado. Decidí pasar de él: si lo ignoraba era posible que se diera por vencido y se callara, aún quedaban cuatro kilómetros por delante y quería tener la fiesta en paz.

―¿Desde cuándo el agua tiene tanta fuerza y poder? ¡Anda ya! ¡Cómo se puede mentir de manera tan descarada! ―volvió a insistir la voz.

Esta vez lo dijo más alto, pero nadie de mi alrededor dio muestras de oírle.

Intrigada, y siendo consciente de que me podría arrepentir, decidí girarme y averiguar quién era el que refunfuñaba.

Me topé con un hombre muy alto, me sacaba casi dos cabezas ―yo no soy muy espigada, pero tampoco soy bajita, así que el tío era un grandullón―. Su estatura, con ser mucha, no fue lo que más me sorprendió. Lo más llamativo fue que iba muy ligero de ropa. La mañana era soleada y cálida, pero estábamos en pleno mes de diciembre y la temperatura no debía de superar los diecisiete grados. Aun así, el tipo iba con una especie de camiseta de redecilla, sin mangas y unos pantalones ceñidos que dejaban muy poco trabajo a la imaginación porque los relieves eran más que sugerentes sobre lo que había debajo; además, calzaba unas sandalias muy poco apropiadas para andar por la zona. Para rematar, era moreno de piel y lucía una larga melena castaña que le llegaba hasta los hombros.

«¡Qué tío más raro!» me dije, «¡Y qué bueno está!». Sonreí. Quizás no era mala idea ir acompañada todo el caminito con semejante pibón, aunque fuera un tiquismiquis con las explicaciones del guía.

―Estoooo… ¿tú no deberías llevar también casco? ―le dije por entablar conversación e iniciar el acercamiento.

―¿Quién? ¿Yo? ―me contestó enarcando una ceja― ¿Para qué?

―Dicen que pueden desprenderse piedras de las paredes.

―¿Y?

―Pues que, si te dan en la cabeza, puedes tener un problema.

―Unas vulgares rocas no suponen ningún peligro para mí ―me dijo con aire displicente―. ¡Soy un héroe!

El tío además de guapo estaba muy pagado de sí mismo. En fin, nadie es perfecto.

―Antes me ha parecido oír que no estabas de acuerdo con las explicaciones. ¿A qué te referías?

―El individuo ese ―señaló con el mentón al guía que en esos momentos estaba hablando sobre algo de unas vías de tren― no tiene ni idea de cómo se formó todo esto. Dice que fue el agua. Hay que ser estúpido ―añadió riéndose.

―¡Ah! ¿No? Pues el chaval parece que está enterado. ¿Cuál es tu explicación? ―pregunté por seguir dándole palique.

Estaba dispuesta a escuchar teorías sobre extraterrestres, civilizaciones procedentes de otros planetas que construían y diseñaban nuestra orografía. Me imaginé que me contaría algún cuento típico de paranoicos sin otra cosa que hacer que buscar explicaciones raras en donde no las hay, pero lo que me contestó me dejó patidifusa.

―El desfiladero lo hice yo.

Enarqué las cejas y no supe qué contestar. El hombretón era guapo, algo engreído y… estaba como una cabra. Empecé a preocuparme porque los locos tienen cierto riesgo cuando se ponen violentos y les da por agredir. En este caso, dada la envergadura del que yo creía loco, con darme una colleja me ponía en la estratosfera, por no decir que con un simple empujoncito por su parte yo me iba desfiladero abajo sin posibilidad alguna de contarlo ya que la caída era de unos doscientos metros en esos momentos.

Como me quedé callada, él prosiguió.

―Se me fue la mano. Reconozco que no tuve buena puntería y fallé el golpe, le di un puñetazo a la montaña y se abrió de parte a parte ―dijo bajando la voz y con mirada traviesa―, pero la condenada hidra[1] se movía mucho ―añadió a modo de disculpa.

―Se te fue la mano con el golpe por culpa de la hidra. Ya, ahora lo entiendo ―dije yo con los ojos entornados―. Oye, chaval, ¿tú, de dónde vienes? ―añadí pensando que se había escapado de algún psiquiátrico o de algún centro de desintoxicación.

―De Tebas.

―¿Tebas? ¿La localidad griega?

―Esa misma. La ciudad más grande del orbe.

Estuve en Tebas muchos años atrás cuando visité Grecia y, la verdad, no me pareció gran cosa, pero no le quise quitar la ilusión a mi interlocutor porque a cada uno nuestro pueblo nos parece lo mejor del mundo. El tipo, de todas maneras, debió de ver el escepticismo en mi rostro porque añadió:

―En parte fui yo quien le dio esplendor a la ciudad con mi nacimiento. Hay otros que se quieren atribuir el mérito, como el esperpento ese de la esfinge[2] o el psicópata de Edipo[3].

Como yo seguía sin reaccionar ante tanta vanidad (siempre me cayeron mal los engreídos, por muy guapos que sean), él empezó a impacientarse.

―¡Mi nombre es Heracles! ―dijo en tono solemne e inflando el pecho.

Seguí callada pensando que, a algunos padres, cuando elegían el nombre de sus retoños, se les iba la olla y luego dejaba secuelas en los niños para toda la vida.

―Holaaaa ―dijo acercándose a mí y moviendo su enorme manaza delante de mis narices al ver que yo no respondía―. ¿No sabes quién soy? ¿De verdad? Eres más tonta que el tipo ese del micrófono.

―Oye, sin insultar, ¿vale?

―¡Ah! ¡Ya sé lo que te pasa! Seguro que me conoces por mi otro nombre, Hércules. Ahora sí, ¿verdad?

―¿Y qué… Hércules? ¿Estás haciendo turismo? ―dije cambiando de tema y para evitar la discusión sobre si le conocía o no, que era que no porque a ese tío no le había visto yo en mi vida.

―No ―respondió más calmado―. Es que, de vez en cuando, me gusta regresar a los sitios donde trabajé. De los doce curros[4] que he tenido, el que hice por aquí fue uno de los mejores, por el clima, más que nada. Aquí se está mucho mejor que en el inframundo cuando fui allí para llevarme un chucho[5]. Prefiero esto, incluso a Creta, demasiado árida la isla para mi gusto cuando acudía a domar un toro[6].

―Ya, ya… ―añadí yo separándome un poco del gachó que daba muestras de estar en todo lo alto con lo que fuera que se había fumado.

―Aquí solo tuve que robar unas vacas a un monstruo[7] con malas pulgas, pero un poco tonto. No me costó demasiado ―dijo envarado y con una sonrisa de suficiencia.

―¿Y lo de la hidra? ―pregunté por seguirle la corriente y también por curiosidad.

―Eso fue un problemilla que me surgió cuando iba de camino. Esas bichas me tienen mucha manía desde que me cargué a una de ellas en un lago[8], pero yo solo cumplía órdenes ―añadió encogiéndose de hombros―. La que me encontré aquí no quería dejarme pasar, así que tuve que pelearme con ella.

Aunque intenté aparentar normalidad, por eso de que a los locos es mejor no contradecirles, estaba muy nerviosa porque con tanta cháchara los dos nos habíamos quedado rezagados del grupo. Me encontraba en una pasarela suspendida a cientos de metros en medio de una pared rocosa con un tarado que se creía un héroe mitológico. La cosa no pintaba bien y mi nerviosismo lo notó mi acompañante lo que hizo que él también se pusiera nervioso.

―Por cierto, aún no me has dicho tu nombre. Me gusta saber con quien hablo porque a veces intentan engañarme ―me dijo suspicaz―. Algunos tienen la costumbre de adoptar otras formas para hacerse pasar por quienes no son. Mi padre[9] dejó preñada a mi madre así ―añadió frunciendo el ceño―. ¿Cómo te llamas?

―Kirke ―contesté utilizando mi alias bloguero por no darle demasiadas pistas a quien bien pudiera ser un desequilibrado mental.

―¿En serio eres tú, Kirke? No te había reconocido, debe de ser por ese casco que llevas. ¡Qué alegría volver a verte! ―exclamó el tío abriendo los brazos y rodeándome con ellos donde literalmente desaparecí.

Tuve miedo de que me asfixiara, pero el caso es que no se estaba nada mal. El pecho del fanfarrón era acogedor.

―Perdona, ¿nos conocemos? ―le dije una vez deshecho el abrazo.

―Tú, como siempre, tan bromista. Que sepas que me pareció fatal lo que te hizo tu padre[10], eso de mandarte a una isla a tomar por saco solo por desobedecer... ¡Qué cabrones son los dioses! ¿Verdad?

¡Madre mía! Por no dar mi nombre real la había terminado de liar, ahora el tipo creía que yo era Circe de verdad, la hija de Helios. Ese tío estaba flipando. Y yo más.

―Oye, y ¿tú qué haces por aquí? ―me dijo con el semblante más relajado―. ¿Andas buscando algún pardillo para convertirlo en cerdo[11]? ―rio su propia gracia.

―Estooo… Bueno… Yo…

No sabía qué contestar. Tanto tiempo utilizando el nombre de una medio diosa hechicera en el blog no me había dado la capacidad de ponerme en su piel para seguirle la corriente a aquel chiflado. Una cosa es utilizar un alias y otra es creérselo, además, a mí se me da fatal actuar, siempre hacía el ridículo en las obras de teatro del colegio.

―Venga, confiesa. ¿Le has echado el ojo a alguno de los que están por aquí para llevártelo a tu isla? ―me dijo guiñándome un ojo a la vez que me daba un codazo cómplice que a punto estuvo de echarme de la pasarela.

―Bueno, no exactamente ―dije con una risa nerviosa y agarrándome a la barandilla con las dos manos.

―¿O sigues pensando en tu Ulises[12]?

La verdad es que sí estaba pensando en “mi” Ulises, o sea mi marido: a lo mejor se había dado cuenta de que faltaba y volvía a buscarme. Pero por la senda no apareció nadie. Los héroes nunca están cuando se les necesita (y los maridos, menos).

―De todas maneras, si buscas otro héroe, aquí estoy yo ―me dijo como si me hubiera leído el pensamiento y señalándose ufano. El tal Hércules estaba encantado de conocerse.

En otras condiciones aquel ofrecimiento me hubiera halagado, pero a tantos metros alejada de tierra firme y con un precipicio a mis pies, el vértigo me impedía valorar lo que aquello implicaba. Yo solo quería salir de allí.

―Oye, ¿te puedo pedir un favor?

―Claro que sí, Kirke. Estoy a tu disposición.

―¿Podemos ir un poco más rápido para alcanzar al grupo que ya va muy por delante?

―Vale. ¿Por dónde quieres llegar?

―¿Por dónde? Por aquí, por la pasarela ―señalé el inestable entarimado en el que estábamos.

―Lo digo porque, si quieres, puedo pegarle un puñetazo a esta pared, tiro las rocas de aquella curva, le doy un sopapo a la cresta de allí y vamos más rectos.

―No, gracias por el interés, pero con andar más rápido es suficiente ―le contesté con los ojos desorbitados e intentando mostrarme serena.

Afortunadamente, Hércules me hizo caso y realizamos el camino a paso más ligero sin ocasionar ningún derrumbe. Me estuvo contando cosas de su infancia, como que mató un león cuando era un niño y que anduvo con la cabeza del bicho puesta a modo de sombrero durante muchos años.

―Al final me la tuve que quitar porque daba bastante calor y olía muy mal. Además, se acercaban muchas moscas.

Me enteré de más cosas sobre su vida que era bastante agitada. Me aturdí mucho cuando me habló de su familia porque era muy promiscua y algunos eran hijos y nietos entre sí y a la vez. Un lío.

A pesar de la charla, no me olvidé de las fotos, de hecho, nos hicimos un selfie, pero no sé qué paso con esa instantánea porque solo salí yo. Caminando y charlando llegamos al puente que cruzaba el desfiladero y al final del mismo divisamos al grupo.


Selfie en el que Hércules no sale (no sé por qué)


―Bueno, ya hemos alcanzado a tus compañeros. Ha sido un placer charlar contigo, Kirke. Yo voy a dar la vuelta, me ha parecido ver una culebra en el fondo del río ―me guiñó un ojo―. Ya nos veremos en otra ocasión.

―¿Es una promesa o una amenaza? ―me eché a reír y le di un abrazo, o lo intenté, porque mis brazos no consiguieron abarcarlo por completo de tan corpulento como era.

Antes de que mis acompañantes se percataran de mi llegada, Hércules se dio la vuelta y desapareció tras un recodo del camino. Aunque ya no le podía ver le grité:

―¡Ten cuidado con lo que haces! ¡No rompas nada!



 



[1] Según la mitología griega, la hidra es una serpiente gigantesca con tres cabezas.

[2] Ser mitológico con cabeza y medio cuerpo de mujer, alas y medio cuerpo de león.

[3] Rey mítico de Tebas que, sin saberlo, mató a su padre y se casó con su madre.

[4] Hércules mató a parte de su familia y fue condenado a realizar doce trabajos.

[5] El trabajo número doce consistió en raptar al perro Cancerbero del inframundo.

[6] El séptimo trabajo de Hércules consistió en capturar un toro que causaba estragos en Creta.

[7] El décimo trabajo de Hércules consistió en robar el ganado de Gerión, un monstruo que habitaba en lo que hoy es Cádiz.

[8] El segundo trabajo de Hércules consistió en matar la hidra del lago de Lerna.

[9] Zeus yació con la madre de Hércules adoptando la forma de su esposo.

[10] El padre de la hechicera Circe (Kirke), Helios, la desterró a vivir en la isla Eea.

[11] En la Odisea, Circe convierte en cerdos a los tripulantes que iban con Ulises.

[12] Ulises y Circe fueron amantes cuando el griego estuvo en la isla Eea.

NOTA PARA LOS PURISTAS: Según la mitología griega hubo solo una hidra y estaba en Lerna. A esta hidra se la cargó Hércules en su segundo trabajito ordenado por el Olimpo. Cuando el héroe recaló por Andalucía para hacer el décimo encargo, la hidra ya no existía, pero según el guía que nos explicó el origen mitológico del desfiladero de los Gaitanes, una se peleó con Hércules y este, al dar un mamporro, originó una brecha en la montaña. No sé si era una hermana de la de Lerna, o qué, pero eso es lo que me contaron. Las reclamaciones al encargado de documentación mitológica del Caminito del Rey.

 

12 de julio de 2020

Secuelas del confinamiento


Dicen los psicólogos que los meses de confinamiento nos pasarán, o nos están pasando, factura. Los duros momentos vividos a costa del puñetero coronavirus han dejado huella en nuestra psique y las consecuencias se manifiestan de maneras diversas según la idiosincrasia de cada uno y la particular manera de reaccionar de cada cual.
Entre las múltiples manifestaciones de ese confinamiento, se encuentra el llamado “insomnio post cuarentena”. Parece ser que algunos no pueden dormir bien y dicen que es por una especie de estrés post traumático. Yo, la verdad, sigo durmiendo a pierna suelta, o lo intento, pero no me dejan los que parece sí padecen de ese tipo de insomnio. Me explicaré.
El martes pasado, una vecina del bloque de al lado no podía dormir por culpa del maldito insomnio ese y decidió a las tres y media de la madrugada hablar a voces con su novio, aunque, más que hablar lo que hizo, a tenor de los decibelios de la conversación, fue discutir con él. Algunos días del mes de julio en Madrid la temperatura no baja de los treinta grados en ningún momento por lo que casi todos los vecinos solemos dormir con las ventanas abiertas y eso me permitió escuchar con total nitidez la bronca telefónica.
―¡Tío, eres un cabrón! ¡Siempre pones por delante a tu amigo y a mí no me haces ni caso! ¡Tío, eso no se hace!
Tras unos segundos en que, supongo, contestó el aludido tío cabrón, la tipa continuó:
―¡Que no, tío! ¡Que no! ¡Mañana, no, ahora! ¡Siempre me haces lo mismo, tío!
Después de un rato de (bendito) silencio que debería corresponder a lo que fuera que dijera el tío al otro lado de la línea telefónica, ella volvió a gritar. Completamente desvelada, me asomé a la ventana para escuchar mejor, y a punto estuve de pedirle a la tiparraca que pusiera el manos libres y así tener una información más completa del desarrollo de la riña.
A pesar de no escuchar al otro interlocutor, me hice una composición de lugar: parece ser que el novio de la chica prefería darle la razón a un amigo suyo antes que a ella, y la gritona le pedía que eligiera: su amigo o su novia. Cuando estaba a punto de enterarme qué elegía el interfecto, el vecino que vive en el piso de debajo de mí, me chafó la escucha:
―¡¿Te quieres callar?! ¡Que aquí hay gente que queremos dormir!
Tras esto, la chica se metió adentro de su casa con lo que la discusión ya no se podía entender, se oían voces pero eran ininteligibles. Estuve en un tris de reconvenir a mi vecino porque me había dejado con la intriga de saber por quién se decantaría el abroncado, si por el amigo o por su novia.
Me volví a la cama a intentar pillar el sueño. Cuando estaba a punto de volverme a dormir, la chica salió otra vez al balcón dando las mismas voces y esta vez con un tono histérico que a mí ya me empezó a preocupar.
―¡No, por favor! ¡No me digas eso, por favor! ¡No, tío! ¡No! ¡No! ¡Por favor, te lo pido!
Segura de que el vecino de abajo iba a saltar por la ventana en plan Spiderman para llegar hasta la terraza de la gritona y estrangularla con sus propias manos, resulta que se asoma el vecino de mi piso de arriba para decir:
―¡Un poquito de dignidad, por favor! Si no te quiere, pues no te quiere. Déjalo ya, hija mía.
Tras esto, no sé si la chica cerró la ventana, cortó la comunicación o se dedicó a seguir la conversación por wasap, pero el caso es que ya no se la volvió a escuchar. Decepcionada por no saber el desenlace, pero aliviada de poder estar otra vez en silencio, me volví a la cama, pero antes una carcajada se hizo oír en todo el bloque: fui yo. No pude evitarlo, y pido perdón porque sé que algún que otro vecino se despertó por culpa de mi risa. O puede que se despertara por culpa del insomnio post cuarentena.

NOTA: Juro por lo más sagrado que lo que he contado es real como la vida misma. No he inventado absolutamente nada, palabrita del Niño Jesús.





4 de julio de 2020

¿Gibraltar español? No, gracias (y II)


Tras atravesar la pista de aterrizaje nos internamos en territorio inglés a través de callejuelas jalonadas de supermercados de cadenas españolas y gasolineras de proveedores británicos.
Durante el ascenso hacia la reserva natural los guías nos fueron informando sobre la flora y fauna del peñón. Sobre la flora había poco que contar pues la zona no es precisamente un vergel y sobre la fauna tampoco porque básicamente allí solo hay lagartijas y otra especie que da mucho qué hablar: los monos de Gibraltar.
Estos bichos son lo más destacable del lugar, yo diría que lo único (ex militares británicos con acento andaluz aparte). Se trata de macacos de Berbería, y su particularidad reside en que son los únicos monos “autóctonos” de Europa, en ningún otro lugar del continente europeo hay monos en libertad. Esa es la principal característica desde un punto de vista biológico, pero en realidad su principal peculiaridad es que tienen una mala leche impresionante.
Nos dijeron que estos monos son una especie protegida por dos motivos. Una, porque son raros (por lo de que son los únicos de Europa) y otra, porque el gobierno de su graciosa majestad (la majestad británica) los preserva basándose en una leyenda que dice que cuando no haya monos en Gibraltar, este dejará de ser inglés, y como los ingleses cuando trincan algo no lo sueltan ni a tiros pues quieren asegurarse de no perder el territorio. Todo esto se traduce en que si le haces algo a un mono te buscas un lío, y la premisa cuando visitas la reserva es no meterte con ellos.
Y yo me dispuse a no meterme con ellos, a no acercarme, a no darles comida (está prohibidísimo); a intentar ignorarlos, en suma. Pero ¿qué haces si son ellos los que no pasan de ti? ¿qué se hace cuando te agreden? me tendré que defender ¿no? Vamos, digo yo.

Los monos (de Gibraltar) además son muy traicioneros, desde el primer momento fueron a engañar. Los primeros que se dejaron ver eran más o menos pequeños (sentados medirían medio metro), parece ser que esas son las hembras, y fueron las que nos “recibieron”, estaban quietas a los lados del camino e iban a lo suyo. Eso nos inspiró confianza, hasta nos decidimos a hacer fotos y ellas, complacientes, se dejaban fotografiar.
A medida que ascendíamos ya se empezaron a ver otros ejemplares más grandes, pero como estaban alejados de la senda ni parecían tan grandes ni amenazadores, aunque a mí no me gustaba nada su forma de mirarnos, es como cuando un atracador se fija en su próxima víctima centrándose en sus puntos débiles para atacar. Desde que se empezaron a ver en la lejanía esos monos más grandes, una servidora se puso en estado de alarma y muy tensa.
Mi intuición no me falló, porque cuando estábamos ya casi arriba del peñón, los monos grandes (sentados medían más de un metro y tenían la cabeza más grande que la mía) se situaban en el borde del camino. Si en la lejanía sus miradas eran amenazantes, ahora que los podía ver a menos de medio metro, sus miradas eran para acojonar al más pintado.
La fiesta comenzó cuando faltaban unos doscientos metros para llegar al centro de visitantes que se halla en el lugar más alto al que se puede acceder si no eres militar.
El primer ataque lo recibió un compañero que iba delante de mí. Sin previo aviso y con total alevosía, un pedazo de mono que era más alto que yo, se encaramó a la mochila de mi colega, este intentó zafarse sacudiéndose la espalda y zarandeando la mochila. En el vaivén y dado que yo iba justo detrás, el mono se acercó a mi cara, y por la parte menos agradable de su anatomía, es decir, el culo. Entre la visión culera, los alaridos del atacado y la cobardía que me caracteriza, salí corriendo en dirección contraria mientras otro compañero que iba atrás, más valiente que yo, cogió un palo y se dedicó a arrearle al mono agresor. En mi huida me crucé con otro mono que acudía al lío, yo pensé que para ayudar a su compañero, pero no, iba a llevarse la mochila del tío del palo que la había dejado en el suelo cuando acudió al rescate del primer agredido. Los monos estos, tienen mala leche, son traicioneros y unos ladrones; se ve que tanto tiempo viviendo en un nido de piratas les ha afectado el genoma.
Cuando conseguimos llegar al centro de visitantes pensamos que ya estábamos a salvo, pero tampoco. Allí dentro los monos se paseaban como Pedro por su casa. Como están protegidos pueden hacer lo que les dé la gana, incluso estar entre las mesas del bar. Los que no pudimos hacer algunas cosas fuimos nosotros porque nos prohibieron sacar los bocatas y nos tuvimos que salir a comer sentados en unas rocas. Mientras los monos estaban dentro de la cafetería, los humanos estábamos fuera, en el monte. Esto es lo que pasa cuando te encuentras en un país donde conducen al revés que los demás.
La ingestión del bocata fue bastante accidentada porque acudieron algunos ejemplares a quitarnos la comida y también la cartera (uno de ellos abrió la cremallera de una mochila con una facilidad pasmosa). Después de comer fuimos a visitar O’Hara’s Battery, un cañón que se encuentra en la punta más alta de la roca y que apunta a tierras africanas. Allí el guía nos explicó la importancia estratégica militar del enclave porque un disparo de ese cañón podía llegar sin problemas al otro continente (y también a España) y porque se vigilaba todo el paso marítimo del estrecho. Las vistas eran espectaculares, se podía ver la bahía de Algeciras, media costa de Cádiz y parte de la de Málaga; o eso creí entender porque yo, más que el paisaje, estuve mirando los veinte o treinta monos que se acercaron a nuestro grupo y que parecía estaban atendiendo a las explicaciones del guía, pero lo que realmente esperaban eran un descuido de alguno de nosotros para llevarse la mochila o lo que pudieran trincar. Tanto interés por llevarse lo de los demás fue, para mí, la muestra más palpable de que aquellos monos eran británicos hasta el último pelo.
Cuando ya regresamos a la ciudad de Gibraltar pude constatar que la ciudad es fea como un demonio. No tiene nada destacable, solo las tiendas de perfumes, alcohol y joyas que, se supone, son más baratas, y digo se supone porque como fuimos un domingo resulta que estaban cerradas, así que no pude comprobar esos precios tan sugerentes.
Para reponernos de tanto susto simiesco y de la fealdad del lugar nos quisimos despedir de Gibraltar tomándonos una pinta de cerveza en una terracita. Vimos un pub (inglés, claro) que tenía un nombre muy british, “Lord Nelson” y allí fuimos a saciar nuestra sed. Para empezar a mí no me gustó la idea porque ver tanta bandera británica por todas partes había sacado la patriota que tengo muy, pero que muy, escondida en mi interior, y eso de ir a un sitio con el nombre del almirante que nos dio estopa en Trafalgar, pues me escocía un poco. Pero la sed era grande y mi patriotismo de escasa duración, así que nos sentamos allí.
A la izquierda de la imagen, dos productos típicos de Gibraltar: la cerveza (al fondo) y los monos (en primer plano). En la derecha de la imagen un ejemplar típico hispano (mi churri), tomándose una pinta de cerveza.

En Gibraltar casi todo el mundo habla español, sobre todo porque la mayoría de los trabajadores son de Cádiz y porque los llanitos (los nacidos en Gibraltar) aunque su pasaporte ponga Gran Bretaña, son más andaluces que la Torre del Oro. No obstante, hay mucho militar desplazado allí eventualmente, pero incluso esos algo de español saben pues su ocio lo tienen en Algeciras y alrededores. Bueno, pues nosotros dimos con el único habitante de Gibraltar que no tenía ni pajolera idea de hablar español: el camarero y dueño del pub. Debía de ser primo hermano de Gareth Bale, porque hay que ser obtuso para vivir rodeado de gente que habla español y no aprender nada.
Inesperadamente tuve que acudir a mi rudimentario inglés y la cosa acabó más o menos bien, aunque yo me bebí una jarra de cerveza en lugar de una caña porque confundí los términos “small” y “big”. Tampoco me importó mucho porque con el calor y la caminata, necesitaba reponer líquidos.
Con el sol acostándose en el horizonte abandonamos Gibraltar. Ya en tierras españolas recapacité sobre el lugar: es una zona abrupta, con una ciudad bastante fea y unos habitantes violentos y groseros (me refiero a los monos). La verdad, por un lugar así yo no me molestaría en luchar. Por mí los monos pueden quedarse en ese lugar todo el tiempo que quieran, a ver si, con un poco de suerte, se encargan ellos solitos de dejar la roca libre de británicos a base de incordiar.
¿Gibraltar español? No, gracias.




24 de junio de 2020

¿Gibraltar español? No, gracias (I)


Ahora que estamos ya todos en la nueva normalidad yo voy a retomar en el blog una cosa de la normalidad vieja, o sea una cosa realmente normal: escribir sobre mis viajes por esos mundos de Dios. Se supone que este viaje pertenecería a la sección Do you speak English? (donde cuento mis viajes al extranjero y no hablan español) pero también podría pertenecer a la sección And Spanish? (donde cuento mis viajes donde sí hablan español) porque el territorio visitado suscita controversia en muchos aspectos, incluido el lingüístico. Y es que el lugar en el que estuve y sobre el que voy a escribir, es nada más y nada menos que Gibraltar, lugar polémico por excelencia.
Por polemizar que no quede porque el propio título ya me imagino que puede soliviantar a algunos, pero espero explicarme adecuadamente y que se me entienda a qué viene el título que he puesto.
En los tiempos en que éramos felices en nuestra ignorancia sobre el virus que ya estaba preparándose para putearnos a base de bien, es decir, el mes de diciembre pasado, hice una escapada a Gibraltar. De entrada, ir allí no me seducía mucho, pero íbamos un grupo de amigos en plan senderista y queríamos subir al famoso Peñón (de Gibraltar).
Los guías que nos acompañaron en aquella excursión nos aleccionaron previamente sobre algunas ‘cosillas’ para no tener problemas con los nativos. Esos consejos consistían en no hacer alusiones políticas sobre la territorialidad del risco, no hablar mal a voces de su graciosa majestad (me refiero a la majestad de los británicos, de la nuestra no dijeron nada) y, por supuesto, nada de decir cosas como «Gibraltar español» porque la reivindicación se penaba con una noche en el calabozo.
Yo, como soy muy cobarde y dormir en un lugar rodeada de delincuentes (que es lo que supongo hay en un calabozo) me da mucho miedo, me propuse firmemente seguir las instrucciones de nuestros guías. Tenía muy claro que en cuanto traspasara la frontera que separa La Línea de la Concepción (territorio español) con Gibraltar (territorio británico) había que ser muy precavida. El problema es que entramos en la zona andando y como iba charlando con otros compañeros y el puesto de la aduana más se parecía a la garita de una estación de tren que a un puesto fronterizo, pues no me di cuenta de que había cambiado de país.
Tan enfrascada estaba con la conversación de otra senderista que ni siquiera me percaté de por dónde estaba caminando. Cuando había recorrido unos cien metros, una extraña alarma, como las que se emplean para avisar de que llega el tren en un paso a nivel, me hizo levantar la vista y comprobar que a mi alrededor había bastantes aviones aparcados (¿se dice aparcar en el caso de los aviones?) y que el suelo tenía pintadas unas gruesas líneas y números en amarillo. Cuando un policía me dijo con acento andaluz, pero con la palabra “police” escrita en su uniforme, que me diera prisa en llegar “al otro lao, mi arma” me puse a correr a la vez que me le quedaba mirando porque el acento y el uniforme me habían descolocado mucho. Nada más llegar ‘al otro lado’, una barrera se bajó detrás de mí para seguidamente escuchar un ruido como de motores. Alucinada comprobé que por donde yo acababa de pasar estaba en esos momentos aterrizando un avión.
Resulta que para acceder a Gibraltar el paso de peatones (y también de los coches) es la pista de aterrizaje del mini aeropuerto gibraltareño. Eso lo hacemos en España y nos tachan de paletos e insensatos en todas partes, especialmente en la Gran Bretaña.
En la confusión creada al evitar que no nos atropellara un avión, la mitad del grupo de senderismo se quedó en un lado de la pista y la otra mitad en el opuesto. Mientras esperábamos a que se levantaran las barreras y pudiera cruzar el resto del grupo, un señor bajito y con una gorra del Betis se me acercó y empezó a charlar conmigo. Tenía un acento andaluz mucho más cerrado que el del policía de la pista de aterrizaje y en algunos momentos me costaba entenderle.
―Todavía quedan dó avione má ―me dijo graciosamente―. Hasta que no aterrisen tós no se pué pasar.
―¿Cuánto tiempo va a ser eso? ―pregunté preocupada porque estábamos esperando al sol y ya empezaba a calentar.
―Unos dié o dose minutos. La torre de contró de Sevilla dise que uno viene retrasao, iguá é una miajilla .
―Y usted, ¿cómo sabe eso?
―Es que yo he sío militá, sabe uté. Y ahora, jubilao, pue me dedico a escuchá a las torres de contró de la sona.
―¡Ah! ¿Y era usted del Ejército del Aire? ―pregunté por lo de saber escuchar las torres de control, aunque esa actividad del exmilitar me pareció ilegal por muy militar del aire que hubiera sido.
―Sí, yo pertenesí a la “rá”.
Lo de “rá” no lo entendí, pero como muchas de las palabras que me estaba diciendo tampoco las pillaba bien (su acento andaluz era cerrao, cerrao, cerrao) pues no le di mucha importancia.
―¿Y dónde estuvo usted destinado? ―le pregunté por cortesía, al hombre se le veía con ganas de hablar y yo no tenía otra cosa que hacer mientras que el avión retrasado llegaba a su destino.
―Primero en Londres, despué en Sujanton, luego ya me vine aquí, y ya llevo sincuenta años.
Lo de ‘Sujanton’ tampoco lo entendí, pero lo de Londres sí, aunque seguí sin entender que un militar español estuviera destinado fuera de nuestras fronteras, al menos a un país en donde, se supone, no teníamos conflictos bélicos. Menos mal que el anciano vino a aclarar mis dudas con lo siguiente que dijo:
―Es lo que tiene pertenesé a la «rá», que uno pué acabá en cualquier lugá, pero la royal force  ―estas dos palabras las pronunció con un impecable acento british― no mira .
Resulta que la «rá» era la RAF (Royal Air Force), la rama aérea de las Fuerzas Armadas británicas. ¡El señor ese era inglés! Ni en un millón de años lo hubiera pensado.
Lo de acceder andando a otro país cruzando una pista de aterrizaje y hablar con un exmilitar británico con acento andaluz fueron las dos primeras cosas raritas que me pasaron en Gibraltar, pero no las únicas.
Cuando por fin aterrizó el último avión y las barreras se levantaron, el resto del grupo se reunió con los demás y nos dispusimos a ascender el Peñón. Allí también me ocurrieron más cosas… curiosas, algunas estuvieron a punto de crear un conflicto diplomático, pero eso ya lo contaré en otra publicación.

Continuará…
To be continued… 
A continuasión





16 de junio de 2020

Diario de un confinamiento (y X)

DÍA 96 (16 de junio)
Noventa y cinco días, cinco horas y treinta y dos minutos llevo confinada. La puñetera normalidad no llega a mi ciudad ni a tiros; es lo que tiene vivir tantas personas juntas, que viene un virus y la lía parda y no como en las aldeas perdidas donde la gente aprovecha que va a comprar el pan para socializar. 
Aunque en las dos últimas semanas algo ha cambiado: ya me tomo alguna que otra caña en una terraza, he visto a algunos familiares, me he reunido con amigos a los que solo veía por skype desde marzo y hasta he ido a comprar ropa. 
Pero esta vuelta a la vida no está saliendo como yo pensaba. Porque lo de tomar algo en un bar, o ir a una tienda a comprar algo que no sea comida me genera mucha ansiedad; nada más salir a la calle ya estoy pensando en volver a mi casa. No me reconozco. 
Supongo que esto es un aviso de lo que será la nueva normalidad, y no me gusta. Añoro la vieja normalidad y la vida que yo tenía antes de este virus del demonio. 
Los meses de confinamiento me están pasando factura y constatar que ya nada será igual me ha deprimido mucho. He pasado dos días sin ganas de nada, he apuntado el número de la consulta de un psicólogo para pedir cita, no me encuentro bien. 
Antes de llamar al médico he visto en internet un artículo de la revista científica Nature y he leído que el confinamiento ha salvado medio millón de vidas en España y que seguir las nuevas normas de convivencia puede salvar muchas más. He roto el papel donde tenía apuntado el número del psicólogo porque se me ha pasado la tristeza. El confinamiento y la nueva normalidad siguen sin gustarme, pero valen la pena. 
Intentaré ajustarme a la nueva situación, es la única manera de salir de esta. Ya lo dijo Darwin: «No sobrevive el más fuerte, sino el que mejor se adapta al cambio». No seré yo quien dude de alguien como ese señor, así que a cambiar y a adaptarse, porque de lo que se trata es de sobrevivir y poder contarlo.

FIN




Con esta entrada termino mi particular diario de un confinamiento.
Escribir este diario se ha convertido para mí en una válvula de escape en momentos en los que me sentía desbordada por la situación de alerta sanitaria. Las noticias que nos llegaban en lo más crudo de la pandemia eran desoladoras, y ridiculizar el día a día que yo estaba viviendo era la única manera de defenderme de tanta desgracia, de tanto dolor. Nunca he mencionado a las víctimas de la enfermedad porque no me pareció adecuado dado el tono de humor de estos escritos, pero en todo momento las he tenido muy presentes.
Quiero agradeceros a todos los fieles que habéis seguido esta serie de publicaciones, tanto por Facebook como por el blog «Leer, el remedio del alma». Muchos me habéis dado las gracias por haceros reír, pero soy yo quien está agradecida por haber compartido con vosotros estas experiencias que eran más o menos comunes a todos. Fue una manera muy bonita de no sentirme tan confinada.
También me gustaría dar las gracias a todos los sanitarios y a los que, de una manera u otra y dentro del caos que supuso una situación que nos desbordó a todos, consiguieron contener el desbarajuste y ayudaron a superarlo. Quiero dar las gracias a todos los que antepusieron el bien de los demás a su propia seguridad. Me consta que me han estado leyendo enfermeras, farmacéuticos, e incluso algún médico; también sé que, en momentos muy duros, mis letras les divirtieron, me siento honrada y orgullosa de ese pequeño granito de arena con el que he podido contribuir sobre todo porque, además de confinada, me sentí impotente de no poder hacer nada más; saber que, en un hospital, en una farmacia, alguien había sonreído leyéndome, alivió mi propia pena.
Por lo demás, ya poco puedo añadir. Solo desearos que os podáis adaptar a la nueva normalidad y así podáis sobrevivir; recordad a Darwin. Que el cambio os sea leve.

10 de junio de 2020

Diario de un confinamiento (IX)


DÍA 81 (1 de junio)
Llevamos una semana en fase 1 y yo sigo sin poder sentarme en una terraza a tomarme una caña. Estoy llevando esto peor que el confinamiento absoluto de las primeras semanas de cuarentena. Me pongo mala al ver las terrazas llenas y yo sin poder catarlas.
Hoy me he ido a pasear al cementerio, ahí al menos no hay mesas con gente tomando cerveza que me pongan los dientes largos. Entre cipreses y sepulturas he caminado divinamente porque todos los habitantes de la zona respetan la distancia de seguridad, es una gozada tanta educación. 
Sentada en una tumba me he puesto a rememorar tiempos pasados: cuando me iba a un bar y me comía con las manos un bocata de calamares rodeada de gente, o cuando tomando unas cervezas con los amigos comíamos aceitunas todos del mismo cuenco o una ración de patatas bravas y hacíamos mojete en el mismo plato. Me he puesto muy triste recordando esos tiempos pasados, tan lejanos, esas cosas que yo hacía… en el mes de febrero.

DÍA 86 (6 de junio)
No hay mal que por bien no venga. Ahora que no se puede estar rodeado de personas porque se considera un delito de salud pública, he aprovechado la reapertura del Museo del Prado con poca gente. Hoy abrían por primera vez desde que se declaró el estado de alarma, pero con aforo reducido y además con entradas gratuitas. Me he ido disparada para el museo a primera hora, mucho antes del horario de apertura, para ser de las primeras en la cola. 
Cuando he llegado no había nadie, y eso me pareció raro. Me he puesto delante de la taquilla a esperar a que abrieran y mientras, me he relamido pensando en la gozada de ver los cuadros de Goya sin tener que esquivar cabezas, o poder contemplar El Jardín de las Delicias de cerca para ver bien todos los detalles. ¡Qué ilusión! Justo cuando estaba imaginándome delante de las Meninas sin mogollón de turistas que me lo impidieran, ha venido un guardia jurado a interrumpirme la ensoñación. 
Que qué hago ahí, me dice, esperar para entrar en el museo, le digo yo, que si tengo entrada, me dice él, que estoy en la taquilla para cogerla, le digo yo, que eso se hace por internet, me dice él, pues ahora la pillo, le digo yo mientras accedía a la web con el móvil, que no me moleste me dice él riéndose, que ya están agotadas las entradas desde que se anunció la apertura, pues qué putada, le digo yo, pues tiene usted razón, me dice él, pero haga el favor de irse de aquí que no se puede estar parado en la calle a no ser que sea una reunión familiar. 
Me fui de allí cabizbaja mientras el vigilante se reunía con su compañero y le oía decirle algo de que soy una panoli.
Estaremos a punto de entrar en la fase 2, pero yo sigo sin poder hacer las mismas cosas que cuando estaba en la fase 0. ¡Qué asco!

DÍA 89 (9 de junio)
Después de intentarlo más de quince días, he conseguido tomarme una cerveza en una terraza de mi barrio. Incapaz de contener la emoción me he echado a llorar en cuanto me la han servido. El camarero, como me ha visto tan nerviosa, me ha preguntado si en lugar de cerveza prefería una tila; he agarrado la caña y la he sujetado fuertemente contra mí; si llega a quitármela lo escabecho. Creo que se me ha puesto cara de Gollum.
Voy con una fase de retraso. Estoy haciendo en la fase 2 lo que se supone se podía hacer en la fase 1 en la cual he seguido haciendo lo que era de la fase 0. Tanta ansiedad y pensar en las fases me han levantado dolor de cabeza, me he tomado un paracetamol. El camarero que no me ha quitado ojo, se ha acercado y me ha preguntado que si me sentía mal, que si tosía o tenía dolores musculares. Le he dicho que no, que solo me dolía la cabeza, se ha ido y ha vuelto con un termómetro. Le he mandado a paseo. Un cliente de la mesa vecina ha dicho que si tenía síntomas de coronavirus debía marcharme de allí, yo le he dicho que se metiera en sus asuntos y otro ha contestado que si estoy contagiada eso es asunto de todos. Al final me he tenido que ir y me he tomado la cerveza en mi casa. Vuelvo a estar en la fase 0. Tengo que aprender a dominar mis emociones o estaré confinada toda la vida.





Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores