7 de enero de 2018

Concursos y despistes

   Hace tiempo que determiné no presentarme a ningún concurso literario y entre mis propósitos para este año 2018 se encuentra seguir con la misma postura. La razón se basa principalmente en que me lleva mucho tiempo leer a los demás concursantes y analizar debidamente sus textos, por lo que cumplir con los plazos me resulta complicado y agobiante. 

   Pero esto de no concursar no solo se debe a mi lentitud y mi afán cumplidor. Hay otro motivo: mi despiste.

   Es cierto que últimamente mis equivocaciones por estos lares son más abundantes, puede que sea estrés o la influencia de la luna, pero soy despistada desde que tengo uso de razón y mi mala memoria, mi falta de atención o simplemente estar en Babia me han traído muchos problemas y más de un disgusto.

   Cuando iba a párvulos ya tuve mi primera contrariedad (o una de las primeras de las que se tiene constancia). Lo que viene a continuación es algo que acaeció cuando yo tenía unos siete años, y no es un recuerdo mío, es la reproducción de lo que se cuenta en las comidas familiares cuando quieren evocar mi niñez y de paso echarse unas risas.

   Resulta que un día volví muy compungida del colegio; me habían mandado buscar una imagen de un caballo para dibujarlo y andaba yo espantada pues las artes plásticas no se me daban bien –después de varias décadas mi habilidad con la pintura es igual de mala–. Mis padres, y hasta una prima mía que andaba ese día por casa, me animaron y me instaron a que me pusiera a la tarea. Con el apoyo familiar pinté algo más o menos aceptable. Fui al día siguiente toda orgullosa a clase, encantada de mi dibujo. Cuando regresé a casa hecha un mar de lágrimas, mi madre me preguntó qué había pasado pues el caballo de marras no había quedado tan mal. Y era cierto, el caballo estaba bastante bien, pero se me había “olvidado” poner encima a Viriato, el verdadero objeto del trabajo. 

   Con esta anécdota he querido plasmar una de las bases de mi despiste: enfoco mi atención sobre una cosa y eso me impide ver las demás.

   Lo de dejarme las cosas por los sitios más insospechados es otra de las consecuencias de mi despiste. No entro en detalles porque podría escribir muchas páginas, pero mi presupuesto en paraguas es muy elevado, aunque estos años de sequía me han proporcionado cierto respiro.

   Lo peor es cuando otros sufren las consecuencias de mi mala cabeza. 

   Cuando mi hija era pequeña acudía a clases de ballet y a un taller de pintura –todo lo mal que se me da a mí pintar se le da bien a ella, se ve que salió a la familia de su padre–. Tanto el taller de pintura como la danza eran dos clases por semana, de manera que todos los días después del colegio teníamos que ir a algún sitio. 

   Una de las características de los despistados es confundir a menudo el día de la semana, cuando es lunes creer que es martes o cuando es miércoles creer que es martes otra vez. Aparecer en el estudio de danza con la nena toda peinada con su moño y su maillot y decirme la profesora qué hacía allí, que ese día no tocaba clase, o ir el día que correspondía pero coger la mochila de pintura en lugar de la del ballet y la niña tener que bailar con una bata llena de manchas de óleo, son un par de ejemplos de lo que tuvo que sufrir mi querida hijita. Un desastre. 

   Rellenar impresos para solicitar lo que sea, me supone una tarea titánica. Invariablemente necesito dos o tres ejemplares antes de rellenarlos adecuadamente sin equivocarme, aunque la mayoría de las veces los entrego incompletos. Siempre me falta algo.

   Pero a lo que voy hoy es a mi nula capacidad para presentarme a los concursos literarios. Leer las bases es primordial y cumplir las normas también. Pues yo no hago ni lo uno ni lo otro. Bueno, las bases sí me las leo, pero como luego se me olvidan o no me entero bien, acabo escribiendo otra cosa totalmente diferente y que nada tiene que ver con lo que el concurso demandaba.

   Esto me pasó hace poco. Intervine en un ejercicio llamado “Amigo invisible literario”. Consistía en escribir un relato “personalizado” a otro participante, y para que fuera de su agrado había que basarse en sus gustos y preferencias, además de sus miedos (los organizadores nos suministraban esos datos).

   A mi me tocó en suerte un participante que quería que su relato se desarrollara en el barrio barcelonés del Carmelo o en el de la Taixonera y al que le daban miedo las arañas y el vértigo. La consigna añadida era “Relato de terror”.

   Para empezar, cuando leí las bases ya no me enteré bien, porque al enviar mi relato no sabía que era un concurso donde todos teníamos que leer a todos, comentar y puntuar. Creí que era solo un regalo de Navidad a otro escritor, pero sin más aditamentos. La primera, en la frente.

   Teniendo en cuenta que no conozco Barcelona –por tanto no conozco los barrios citados– y que el género de terror no es lo mío, la tarea se me antojó difícil. Pero ya que me había comprometido me dispuse a cumplir como una campeona. A lo hecho, pecho.

   Tras estrujarme las neuronas, me salió algo que yo creí medianamente pasable. Tras repasarlo varias veces y cuando ya iba a mandarlo a los organizadores, me dio por volver a leer las consignas y fue entonces cuando me di cuenta de que donde ponía “Relato de terror” había más palabras al lado, concretamente “en donde aparezcan fantasmas”.

   ¡Porras! ¿y ahora qué hago yo?, me dije. Porque mi relato se desarrollaba en las calles empinadas de esos barrios barceloneses y tenía arañas; pero fantasmas no. El plazo estaba a punto de expirar, había un súper puente vacacional a la vista y no tenía tiempo para rectificar demasiado. Hice un añadido deprisa y corriendo y lo mandé.

   Pero ahí no acaba todo. Había más cosas que pasé por alto al leer las bases del evento. Lo de escribir un “texto personalizado” quería decir que el destinatario del relato debía ser el protagonista del mismo. 

   Mi relato era para un hombre y mi protagonista era una mujer que, evidentemente, no se llamaba como el receptor. ¡Zas, en toda la boca!

   Como podréis adivinar en el concurso no me comí una rosca y me cayeron críticas por todos lados, por insumisa. Hasta me acusaron de enviar un texto que tenía por ahí guardado, algo que me dolió especialmente porque yo no hago esas cosas: con lo que me cuesta inventarme relatos, cuando escribo uno ni se me ocurre guardarlo, lo mando a donde sea, al menos a mi blog.

   Por cosas como esta yo no estoy capacitada para participar en concursos. O puede que me quiera engañar a mí misma, y en el fondo sé que no puedo participar porque no tengo la calidad necesaria para hacerlo de manera plausible.

“Excusatio non petita, accusatio manifesta”



4 de enero de 2018

"En busca del unicornio"-Juan Eslava Galán

Juan de Olid, criado y escudero del Condestable de Castilla, es enviado a una misión muy especial. Ha de cazar un unicornio pues el cuerno que se encuentra en la frente de este animal tiene poderes curativos asombrosos.

Según la farmacopea de la Edad Media este cuerno es el antídoto para cualquier veneno, aunque se le desea y valora más porque también tiene una especial acción vigorosa en los hombres con poca fogosidad viril (digamos que era la viagra del siglo XV).

El rey Enrique IV de Castilla anda necesitado de esta fogosidad para poder engendrar un heredero masculino -parece ser que el sobrenombre de 'El impotente' no era en vano- . De la única hija que tuvo, las malas lenguas decían que su padre real era Beltrán de la Cueva y de ahí el sobrenombre de 'La Beltraneja'.

El caso es que a Juan de Olid le encargan conseguir un cuerno de unicornio y para ello le envían a África, el lugar donde según Plinio viven estos animales fabulosos. Siguiendo las indicaciones que dejó el naturalista latino, "a los unicornios les gustan las palomas y aborrecen los elefantes, además huelen a las doncellas y tienden a reposar su cabeza en su regazo", se incluye en la expedición a una mujer virgen, y es en este requisito donde se presenta uno de los múltiples problemas que tendrá la dicha expedición: conservar la virginidad de la doncella. Recorrer miles de kilómetros con un tesoro tan valioso y rodeado de tantos hombres añade una dificultad más a la misión.

Con estos mimbres se inicia una descabellada aventura que recorrerá todo el continente africano. Desde la costa bereber hasta la costa sur-oriental, y durante más de veinte años, los componentes de la expedición vivirán sucesos de lo más variopinto y afrontarán dificultades que pondrán a prueba su valor y su tesón.

Partiendo de un hecho real -en 1946 se analizaron los restos de la tumba de Enrique IV y se encontraron fragmentos de cuerno de rinoceronte- Juan Eslava Galán crea una aventura con todos los ingredientes para pasar un buen rato. Con una narrativa muy cuidada, que imita a la que se estilaba en el siglo XV, hace un fantástico homenaje a los personajes más emblemáticos de la picaresca cuyo esplendor se produjo en el Siglo de Oro. 

En Juan de Olid se juntan el lazarillo de Tormes, el buscón don Pablos y hasta el mismísimo don Quijote. Es el antihéroe que busca salvar el pellejo ante todo pero que no olvida su compromiso y la misión que le fue encomendada; consciente de sus limitaciones emplea la astucia y el ingenio para salir airoso de las dificultades que el adverso destino le depara constantemente.

Además, el humor -ácido en muchas ocasiones- se enseñorea de la narración. Empezando por el nombre de algunos personajes -el intérprete de la expedición se apellida Paliques, y la recatada doncella, Horcajadas- y terminando con descripciones llenas de ironía. 

Por ejemplo, cuando cuenta las penalidades de la travesía por mar para llegar al norte de África, se explica así:

"Sufrimos grandes quebrantos por la poca costumbre que se tiene por la parte de Zamora y Cuenca y Toledo de navegar sobre la mar de los peces"

O cuando hace una comparación entre los distintos idiomas de las tribus africanas y lo que ocurre en la propia península ibérica:

"Un catalán es malentendido en Castilla y un castellano es mal entendido en Valencia y un vascongado es mal entendido en todas partes"

Leí esta novela hace muchos años, cuando fue premiada con el Planeta en el año 1987. En aquella ocasión disfruté mucho y esta segunda lectura fue igual de placentera. Una vez más, me topé con un protagonista que se hace entrañable según se suceden las páginas. Sus infortunios me dejaron un poso de tristeza, pues como todo antihéroe que se precie las cosas no le salen bien y el lector no puede más que sentir lástima y ternura por tan singular y carismático personaje.

En busca del unicornio es la crónica de una misión disparatada, donde el protagonista lleva su compromiso hasta el extremo, demostrando su sentido del deber.

En el fondo de esta novela de aventuras subyace el idealismo que todos llevamos dentro. Todos, incluso los más cobardes, nos hemos enfrentado a una aventura descabellada tras la que hay una esperanza de éxito por muy desatinada que se presente. Todos, alguna vez, hemos ido tras un ideal con el anhelo de conseguir una quimera. Todos hemos perseguido, alguna vez, un sueño. La vida sin quimeras, sin ilusión, sería muy aburrida.

Además, los sueños no siempre son tan descabellados como puede parecer. En el Museo de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid hay un cuerno de unicornio ¿Quién dijo que no existen? Solo hace falta buscar bien.

Cuerno de unicornio (*)


(*) Los cuernos de unicornio que se muestran en algunos museos en realidad son de narval.








1 de enero de 2018

Propósitos para 2018


En estas fechas es habitual proponerse metas, objetivos y demás. Yo no voy a ser menos, lo hago todos los años así que este también. Pero esta vez, y aprendiendo de experiencias pasadas, me voy a plantear menos objetivos, y además menos ambiciosos, que luego vienen las decepciones cuando se hace balance.

Estos objetivos son para aplicarlos en todos los ámbitos y, por lo tanto, en el blog también; primero expondré el propósito tal cual y luego especificaré en qué se traduce cuando del blog se trate.

Propósito número uno: hacer menos propósitos que el año 2017.

            Blog: no proponerme visitar demasiados blogs y no pretender seguir el ritmo de otros blogueros que gestionan su tiempo libre mucho mejor que yo el mío.

Propósito número dos: tomarme las cosas con humor, especialmente cuando salen mal. Mi experiencia del año pasado con la tesis y la serie Doctoranda al borde de un ataque de nervios me demostró que aplicar la ironía o el sarcasmo (sigo sin distinguirlos) ayuda a desdramatizar y a hacer más pasables los malos tragos. Así que me he propuesto reírme de (casi) todo y especialmente de mí (el burro delante para que no se espante).

            Blog: escribir con humor las reseñas de libros que no me hayan gustado (a no ser que el cabreo, que me llevo siempre cuando leo un mal libro, sea monumental en cuyo caso me pensaré hacer una denuncia a la Guardia Civil).

Propósito número tres: estar casi todo el tiempo en “modo Lexatín”. El Lexatín (conocido familiarmente como Amiplín entre  los boticarios) es un fármaco que se prescribe para combatir la ansiedad, ayuda a relajarse y suele procurar una sensación de bienestar muy placentera. Esa relajación conlleva muchas veces cierto pasotismo —de ahí el sobrenombre de Amiplín (a mí, plin)—, algo que se agradece cuando una está rodeada de gente empeñada en hacerte la puñeta. Además, pasar y no hacer caso de las provocaciones es una herramienta muy útil para evitar las úlceras gástricas y el infarto de miocardio.

            Blog: no suelo tener comentarios provocadores en mi blog (tocaré madera para que siga así) pero en el caso de que alguno se cuele no prestaré demasiada atención. Tampoco estoy pendiente de las estadísticas del blog, pero si algún día mis visitas desde Rusia decaen prometo no preocuparme.

Propósito número cuatro: deshacerme de las personas “chupasangre”, o lo que es lo mismo, de los plastas que lo único que buscan es su propio interés y que solo mantienen y cuidan una relación por el beneficio que ésta les pueda reportar. En 2017 conocí a mucho chupóptero que se arrimaba a 'mi árbol' por la sombra que le propinaba. Cuidaré las amistades que me quieren por cómo soy sin que me pidan peaje. Por mi parte yo daré todo lo que pueda a esas amistades sin esperar nada a cambio. Quizás este propósito reduzca mi número de amigos, pero creo que también hará que ese grupo sea mucho más selecto.

            Blog: comentaré en los blogs que me apetece (esto ya lo hago desde el principio) y si sus administradores no me corresponden con comentarios en el mío no lo tendré en cuenta (esto también lo hago desde el principio). [He releído lo que he puesto entre paréntesis y ahora tengo una duda: cuando una ya hace algo, ¿vale como propósito seguir haciendo lo mismo?]

Propósito número cinco: no ser tan impulsiva, recapacitar antes de tomar decisiones y no apuntarme a un bombardeo, que luego vienen los agobios por no poder cumplir con todos los compromisos y me salen bultos.

            Blog: no apuntarme a ningún reto ni concurso, porque no me da tiempo a leer y comentar los  trabajos de los demás concursantes y cuando se acerca la fecha tope me empiezo a poner nerviosa por no cumplir debidamente y aparecer como una malqueda.

Propósito número séis: tomarme la vida como una experiencia y no como una competición. El año 2017 fue muy duro, tuve que probar ante un tribunal el mérito de mi trabajo, también hube de competir por diferentes premios —con resultados deprimentes— y ya estoy cansada de demostrar mi valía quedando por encima de otro.

            Blog: no participar en concursos. Aunque la principal razón para no hacerlo estriba en el propósito número cinco, también he de tener en cuenta que mi nivel narrativo es muy pobre para medirme con otros blogueros.

Propósito número siete: cumplir todos los propósitos anteriores y si no es así, cumplir al menos el número dos o el número tres.

            Blog: escribiré según me apetezca, sin fechas ni metas, que esto es un divertimento y no un trabajo.


Creo que el siete es un número muy bonito así que ahí dejaré mis objetivos para este año que hoy comienza, con lo que ya he conseguido el propósito número uno.

El 31 de diciembre ya veré cuál fue el balance, aunque si quiero cumplir con el propósito número tres poco me va a importar, así que posiblemente no compruebe nada.

No sé, creo que estoy empezando bien. A ver cómo termino, aunque en realidad me da igual:     a mí, plin. [Sí, creo que voy bien]


Tan solo añadir que os deseo a tod@s que cumpláis vuestros propósitos y que el año que hoy empieza sea venturoso.




21 de diciembre de 2017

Que la luz os acompañe



Hoy es el solsticio de invierno. Yo, que soy poco proclive a las celebraciones de Navidad, prefiero este día para celebrar el cambio de ciclo. 

En la cultura celta hoy es el día de Yule, es cuando la luz empieza a renacer después de su muerte en Samhain. Hoy es el día más corto del año y a partir de mañana los días tendrán más luz; después de un periodo oscuro, en cuanto a luz solar, comienza el renacimiento hasta su esplendor en el solsticio de verano.

Puede que sean mis raíces maternas gallegas, o mi ateísmo recalcitrante, o simplemente que me gusta ir contracorriente, pero el caso es que este día me mola más que el del nacimiento de Jesús de Nazaret. En este día, cuando la luz vence a las tinieblas, es cuando yo quiero desearos lo mejor.

Con este farolillo que aquí os ofrezco, y que simboliza la victoria de la luz, quiero expresaros mi deseo de que esa luz ilumine vuestra vida, que nunca os sintáis a oscuras, que el camino a seguir se os muestre diáfano y claro, Y si alguna vez os sentís perdidos que una luz como esta os oriente y os ayude a caminar.

Espero que el ciclo que esta noche comienza os depare muchas cosas buenas, que os sea venturoso y que siempre la luz os acompañe.

Os deseo a todos:

¡¡¡FELICIDAD!!!


P.D. Aprovecho para comunicar que durante unos días me mantendré alejada de estos lares. Intentaré recargar mis baterías para que el año que viene sea mucho más luminoso.








17 de diciembre de 2017

Una visita muy especial


Quienes por aquí pasáis a menudo sabéis del amor platónico que siento por cierto escritor. He escrito mucho sobre él y no pierdo ocasión para manifestar mi querencia en cualquier momento. 

El año del cuarto centenario de su muerte me empeñé en la tarea de homenajearle en este blog como se merecía (para más información pinchar aquí) viendo el escaso interés de otros medios mucho más poderosos y más acordes con su calidad. Ese escritor es Miguel de Cervantes.

Además de ser una firme seguidora de su obra más universal, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, me siento unida con su localidad natal pues en Alcalá de Henares realicé mis estudios universitarios. 

En estas fechas tan proclives a las reuniones con la familia y los amigos yo también me sentí imbuida del espíritu navideño y me fui a visitar lugares a los que tengo mucho apego en dicha ciudad.

Me dispuse a viajar hasta allí y tuve la suerte de estar muy bien acompañada pues en el trayecto me encontré con él, con don Miguel. Iba en el mismo tren que yo, y en ese viaje también se encontraba don Quijote. Fue un recorrido muy ameno donde el genial escritor y su más famoso personaje nos entretuvieron a todos los pasajeros con sus ocurrencias.


Una vez en Alcalá de Henares visité la iglesia donde Miguel de Cervantes fue bautizado. A pesar de las muchas evidencias todavía hay algunos eruditos que cuestionan el lugar de nacimiento de este escritor, la mayoría para apropiarse de su procedencia y hacerlo originario del lugar de donde son ellos mismos. Como si haber nacido en el mismo sitio que un buen escritor les fuera a dar un plus de calidad a su profesión; qué tendrán que ver las churras con las merinas.

Iglesia de Santa María 

Quizás por eso en Alcalá se esfuerzan mucho en demostrar que Miguel fue bautizado allí –en la época de Cervantes no se registraban los nacimientos sino los bautizos– y por lo tanto de eso se deduce que el escritor nació también en la misma localidad. La iglesia que presume de haber sido el lugar de su bautismo es la iglesia de Santa María, en ella se muestra una réplica de la pila bautismal –la original fue destruida en la Guerra Civil– y se suministra al visitante una copia de la partida de bautismo.

Tuve ocasión de ver anteriormente el libro original en una exposición de la Biblioteca Nacional y, al igual que en aquella circunstancia, yo en esta copia no descifro nada. 

Por si la partida de bautismo no es suficiente prueba, también hay constancia de la casa donde vivió su infancia Miguel. Las escrituras demuestran que sus padres vivían allí cuando el escritor nació.


Y allí estuve, en la casa natal de Cervantes. Los muebles que en ella se encuentran no son los que su familia utilizó, pero los muros que la conforman sí. Las estancias son las mismas que Miguel disfrutó de niño.

Cuando visito lugares históricos pienso que el suelo que estoy pisando es el mismo que otros personajes pretéritos hollaron, que las paredes de un edificio son las mismas que cobijaron a otros muchos siglos atrás. Estos pensamientos me transportan en el tiempo de manera que me imagino a quienes allí antes vivieron en sus quehaceres diarios.




En esta ocasión me imaginé a Miguel correteando por el patio y por las galerías del piso superior, durmiendo en su cama, o comiendo con toda la familia, incluso aprendiendo sus primeras letras, esas que luego se convertirían en las mejores de la Literatura Universal. 





Subí las mismas escaleras que él subiría tantas veces. Me asomé al cuarto que posiblemente su padre utilizó para ejercer su profesión de cirujano y vi al pequeño Miguel asistiendo a las actividades de su progenitor, para muchos años después homenajearlo empleando una de sus herramientas –una bacía de barbero– para coronar la testa de don Quijote con su famoso yelmo de Mambrino. 


Me imaginé a su madre y a sus hermanas alrededor de un brasero, cosiendo y contando chismes. Quizá algunos sirvieron de inspiración para las historias de Miguel.


Me asomé a las mismas ventanas a las que él se asomaría. Me imaginé a Miguel soñando salir de allí para batallar por el rey en “la más alta ocasión que vieron los siglos, los pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”, para vivir aventuras como espía de la corona o para viajar y conocer otros países (Las aventuras del ingenioso hidalgo don Miguel de Cervantes)

Recorriendo las habitaciones de aquella casa me sentí un poco más cerca de este ídolo mío. Recorriendo sus pasillos, tocando sus paredes, sentí la emoción de encontrarme en el mismo escenario donde vivió sus primeros años, donde el más grande escritor de nuestras letras inició su andadura por este mundo. 

Fue una visita muy especial.



NOTA: A la edad de cuatro años Miguel de Cervantes se trasladó a Valladolid con toda su familia, por lo que probablemente todo esto que he imaginado pertenece al mundo de las alucinaciones que una servidora tiene a veces. Pero como no soy historiadora y este blog es un rincón para la ensoñación me he permitido el lujo de fantasear como me vino en gana.



13 de diciembre de 2017

"La cajita de rapé"-Javier Alonso García-Pozuelo

   Madrid, año 1861. En la casa de la adinerada familia Ribalter aparece muerta una de las criadas, Lorenza. Todo parece indicar que ha habido un asalto en la vivienda y tras el robo algo se torció dando como resultado la muerte de la asistenta.

   El asesinato se da en la Carrera de San Francisco y la investigación corre a cargo del inspector de vigilancia y seguridad del distrito sur de La Latina: José María Benítez Galcedo.

   Benítez y su equipo –Fonseca, Domínguez y Carmona más un nuevo miembro llegado de Málaga, Ortega– se dedicarán a desentrañar la historia de un robo que esconde más de lo que aparenta.

Actual Carrera de San Francisco, al fondo la Basílica de San Francisco El Grande
   Benítez lleva muchos años en el cuerpo, es perro viejo y sabe investigar. Lo que no sabe es capear los mandatos de los altos mandos políticos, más interesados en sus puestos dependientes del gobierno de turno, que de averiguar quién mató a una desgraciada criada.
   
   Es en este punto cuando el veterano inspector duda entre actuar como un buen policía o como un esbirro del poder. Además, el puesto de inspector jefe de Madrid está vacante y él podría ser un buen candidato, siempre y cuando contente a los que tienen en sus manos la elección: los políticos. Para llegar a determinados puestos no es suficiente con ser un buen profesional, hay que estar dispuesto a renunciar a la honestidad y a la integridad, y no todos valen para hacer eso. Desde luego, Benítez, no.


   De esta manera nos adentramos en una historia de corte policial. Los que por aquí pasáis sabéis que no me gusta mucho el género negro. Sin embargo, con las novelas policíacas me pasa como con las judías verdes; a palo seco no me gustan, pero si van aderezadas, rebaño el plato.

   Esto me ha pasado con “La cajita de rapé”, que no solo es una novela policíaca, es mucho más y por eso me ha gustado tanto. Rebañé el plato con fruición –o sea, me leí el libro casi de tirón– porque me gustó mucho.

   El maravilloso aderezo que la novela contiene consiste en una estupenda descripción de la situación política en la segunda mitad del siglo XIX en España, cómo los diferentes gobiernos que se alternaban con un ritmo frenético llevan al país a una inestabilidad social. En 1861 quien gobierna es O’Donnell y su grupo parlamentario cada día cuenta con un miembro menos pues muchos se marchan a la oposición al no cumplir la mayoría de sus promesas electorales y al mostrarse más reaccionario de lo que su programa proclamaba. 

   En esta situación inestable hay descontento popular, el régimen constitucional de la reina Isabel II no ha traído igualdad; los poderosos se benefician de las leyes y también de evitar ir a la guerra –la que se libra en Marruecos–  mediante el bochornoso sistema de redención (si pagas no te reclutan o mandas a otro en tu lugar).

   Otro aderezo que tiene esta novela son los personajes y los diálogos. Desde el más encumbrado aristócrata o burgués a la más humilde portera, la caracterización es estupenda. Unos personajes hablan con el acento propio de su lugar de origen, pues Madrid es el punto de encuentro de gentes procedentes de toda España, pero otros lo hacen con el acento chulesco tan característico de las zonas populares madrileñas y eso me sacó más de una sonrisa. Y es que la acción discurre mayormente en uno de los barrios más castizos de la capital: La Latina. 


   Y este fue el principal condimento de la novela: el escenario. La descripción del Madrid de aquella época es fabulosa. El autor hace gala de un gran conocimiento del callejero haciéndonos transitar, de la mano del inspector Benítez, por las calles y callejones de un barrio que aún hoy conserva algo de su chispa decimonónica. Para bien, o para mal, se ha salvado de la invasión turística (salvo los domingos con El Rastro) que tienen otras zonas céntricas de Madrid, como el Barrio de Las Letras, y eso le confiere un plus de autenticidad (y, quizás también, de pobreza).

   
   A este barrio de La Latina suelo acudir en ocasiones para tomar unas cervezas o unos vinos por lo que las calles donde se desarrolla la acción las conocía casi todas y me sentí espectadora de primera fila junto a José María Benítez persiguiendo pistas e indicios sobre el caso. Tanto es así que no pude evitar recorrer físicamente, esta vez a propósito, algunos de los sitios que en la novela se mencionan (las fotos así lo demuestran).

   Pero no solo la acción se ubica en este barrio. La Puerta del Sol, el Ministerio de la Gobernación, el Café Suizo, y otros lugares emblemáticos de la ciudad en el siglo XIX también aparecen por sus páginas. 

Plaza Puerta de Moros (donde se puede ver una plaza, pero ninguna puerta, como es habitual en muchos lugares de Madrid)

   Para los que sí gusten de la novela policíaca comentaré que la trama está muy bien llevada, que todas las piezas acaban encajando y que la resolución del caso es satisfactoria.

   Una novela muy entretenida, bien documentada, con unas localizaciones muy buenas y con una narrativa más que correcta. En fin, una novela muy buena.

   En Nota del autor, el escritor comenta que este es el primer caso del inspector Benítez, así que espero que haya más entregas de este sagaz policía porque si tiene que resolver más casos yo quiero averiguar en qué consisten, aunque no me guste la novela policíaca.

   Cuando las judías verdes van bien aderezadas, rebaño el plato y repito otra vez. 



9 de diciembre de 2017

"El buen nombre"-Jhumpa Lahiri


Nueva entrega de Alalimón. 

El buen nombre, novela escrita por Jhumpa Lahiri
El buen nombre, película dirigida por Mira Nair (Reseña de Chelo)

Un joven matrimonio bengalí sale de su Calcuta natal para instalarse en los Estados Unidos. Él, Ashoke, es ingeniero y consigue un trabajo cualificado (trabaja en el Instituto de Tecnología de Masachussets, el famoso MIT), pero ella, Ashima, aunque pertenece a una familia con un elevado estatus social que le ha asegurado un buen nivel educativo, no trabaja ni tiene intención de hacerlo pues el papel de la mujer en su país es el de cuidar de su familia y su hogar. 

Los dos tienen contacto con sus vecinos estadounidenses pero con quienes mantienen relaciones afectivas y de amistad son con otros compatriotas bengalíes. Son con estos con los que comparten y añoran sus tradiciones culturales tan distintas de las americanas y/o de las occidentales.

Cuando esta pareja tiene su primer hijo hay un problema con el nombre. En la India cada persona tiene dos nombres, el oficial (el que aparece en los documentos de identidad) y el que se emplea entre los íntimos y que podría considerarse el apodo. En la India, además, no es necesario registrar enseguida al niño recién nacido y la elección de ese nombre no corre prisa, se hace con tranquilidad y tras meditarlo detenidamente. Pero Ashoke y Ashima no están ya en la India; en Estados Unidos no se puede abandonar el hospital donde nace un bebé sin haberlo registrado previamente con su nombre y su apellido. Los padres que esperan la elección de la abuela que vive en Calcuta, sabia y venerada por su edad, deben salir del paso como pueden y le ponen al niño un nombre provisional: Gógol, el apellido de un autor ruso del que es admirador Ashoke y con el que tiene una vinculación especial relacionada con un suceso traumático en su juventud. 

Este nombre tan raro, pues en realidad no es un nombre es un apellido ruso, le traerá a su poseedor más de un problema, de tal manera que reniega de él y a la par lo distancia de sus padres.

Pero el distanciamiento no solo es debido al nombre, de hecho ese nombre poco agradable para el niño es el símbolo de todo lo que lo separa de sus padres. Gógol ha nacido y se cría en Estados Unidos; Calcuta es una ciudad lejana que no tiene nada que ver con él y las pocas veces que ha ido a visitar a sus parientes siempre se ha sentido un extraño. Gógol come hamburguesas y escucha música rock mientras sus padres solo saben añorar y reproducir como pueden las costumbres bengalíes en un país que los ha acogido pero del que no se sienten parte. 

Gógol crece y en su distanciamiento familiar cambia de nombre, tiene amantes americanas que no saben de sus orígenes. Pero Gógol descubre que él tampoco sabe de sus propios orígenes; cuando averigua de dónde viene su repudiado nombre, recapacita y aprende a ver a sus padres como lo que son: su familia, algo que no se elige, que viene impuesto desde el nacimiento pero que forma parte de nuestro ser. 

Aunque cada uno es realmente de donde vive y se desarrolla, es decir, de donde se siente parte, también lleva consigo un bagaje inherente al nacer y que consiste en el acervo de experiencias aprendidas y vividas por los antepasados, las raíces que han conformado un estilo de vida; ese bagaje se llama tradición.

La autora de esta novela es hija de padres bengalíes, nació en Londres pero se crió en Estados Unidos. No sé hasta qué punto esta novela es una autobiografía, hasta qué punto ella sintió el desapego por las tradiciones de sus padres, hasta qué punto quiso separarse de una cultura heredada pero no sentida. No sé hasta qué punto se siente identificada con Gógol.

Hasta qué punto la autora se ha basado en experiencias personales para escribir esta novela tampoco lo sé. Desde luego describe muy bien el aislamiento de quien abandona su país, su familia, un entorno conocido y seguro para recalar en un lugar completamente diferente, donde el idioma y hasta los alimentos y la forma de vestir son muy distintos. Describe muy bien la reticencia a adaptarse a ese nuevo estilo de vida pues hacerlo se siente como una traición a los orígenes, como una claudicación.

También describe estupendamente el contraste entre los hijos de esos inmigrantes y sus progenitores; el desequilibrio que puede sentir esa nueva generación cuando en casa se vive de una manera y en la calle, en la escuela, en el trabajo, se vive y se piensa de otra. 

Quien vaya a leer esta novela que no busque acción porque no la va a encontrar, de hecho la meticulosidad a la hora de describir escenas es tan elevada que a mí, confieso, me llegó a exasperar. Porque el estilo tan pormenorizado para explicar algunas situaciones es encomiable pero creo que también es excesivo. Bien está que se describa una habitación o la vestimenta de un personaje, pero decir cuántas aceitunas aparecen en un plato o enumerar qué cosas se encuentran encima de un aparador, es pasarse de la raya y ralentizar en demasía la poca acción que entre las páginas hay.

Quien vaya a leer esta novela se encontrará con una profunda reflexión sobre la tradición y sobre la adaptación a una forma de vida diferente; pero también el temor constante a que esa adaptación signifique claudicar y traicionar las raíces y el lugar de procedencia. 





4 de diciembre de 2017

"El ladrón de vírgenes"-David de Juan Marcos

Cómo iba a saber que aquel hombre traía la muerte consigo. Debí darme cuenta por su olor a cebolla rancia. Debí darme cuenta cuando la leche cuajaba a su paso en los cubos de metal. Cuando las palomas morían desplumadas por la tiña, o porque allá por donde pasaba doblaba los racimos y dejaba una pestilencia a plomo de preludios de tormenta de verano.

Así comienza una novela inquietante y desconcertante por su forma de narrar. El estilo que se entrevé en estas pocas líneas ya me sugirió que me encontraba ante una obra especial. 

No creo en los flechazos amorosos y tampoco creo que en las primeras páginas de un libro se sepa si me va a gustar o no. Creo que la lectura, igual que el verdadero amor, se va fraguando con el tiempo, con el transcurrir de las palabras y las frases. Más de una novela empieza siendo un tostón para ir evolucionando, a medida que el lector se sumerge en la historia, y acabar siendo una lectura agradable. Me gusta, por este motivo, dar oportunidad a una novela a pesar de su inicio, aunque siempre dentro de unos límites, claro.

“El ladrón de vírgenes” fue la excepción a esta regla mía tan particular. El párrafo que inicia esta reseña me impactó y avisó de que comenzaba una lectura muy interesante. No me equivoqué.

Pero vayamos por partes.

Después de quince años de ausencia Andrés Pajuelo aparece por su pueblo. Sus tres hijos y su esposa le reciben de distinta manera pues antes de su marcha no dejó buen recuerdo. Andrés es huraño, malhumorado y con un genio muy violento; es uno de esos hombres “que arremeten contra el mundo tras la cobardía de los susurros”. 

Andrés viene acompañado de un enigmático personaje. Involucra a dos de sus hijos y al prometido de su hija en sus actividades que no son otras que el robo y expolio de obras de arte sacro por ermitas e iglesias de pequeños pueblos que no saben del valor real de las imágenes que albergan. Pero mientras programan uno de sus robos se comenten varios asesinatos y Andrés es acusado y ejecutado en la horca por la turba en su propio pueblo.

No me gusta destripar el argumento de las novelas, es algo que me molesta cuando leo otras reseñas por la red. En este caso podría creerse que he hecho spoiler, pero no es verdad pues la novela comienza narrando un suceso que se da al final de la misma. Y es en este aspecto donde me sentí impactada pues me recordó a otra novela, del gran maestro don Gabriel García Márquez, en la que se utiliza la misma técnica y que, al igual que en esta, no restó ni un ápice de interés a la lectura: saber el final no evita querer averiguar qué pasó para llegar hasta ese desenlace.

Pero las similitudes con aquella otra novela (Crónica de una muerte anunciada) no paran ahí. Ciertas situaciones sobrepasan la realidad para sumergirse en un mundo mágico y onírico: el agua empieza a hervir en el caldero antes de ponerlo en la lumbre o una mujer tiene una coleta de dos metros de longitud que se recoge alrededor del cuello como si fuera una serpiente.

Podría pensarse que esta novela es una imitación del realismo mágico hispanoamericano. Yo no lo vi así. Esa imaginación desbordante que se da en los escritores americanos que utilizan este estilo aquí no es tan manifiesta, está atenuada. Yo lo calificaría de realismo mágico a la española.

Estilo literario aparte, que a mí me encantó, hay un análisis estupendo sobre la religión y el papel de ésta en la vida de los seres humanos, la necesidad que el hombre ha tenido de creer en algo y cómo ha sido muchas veces el motor de su evolución. Podría poner un montón de frases que me parecieron fantásticas al respecto pero me limitaré a unos pocos párrafos:

En la Naturaleza todo aquello que no es útil se desecha, todo lo necesario persiste. Si en miles de años la idea religiosa no ha sido eliminada de nuestro instinto es por lo ineludible del concepto”.

Se reflexiona sobre la religión como la búsqueda de protección, de seguridad. La religión como un diálogo con Dios que muchas veces es un diálogo con uno mismo. 

Pero si en ocasiones la religión sirvió de motor para avanzar también sirvió para frenar esa evolución: la dualidad de todo aquello que puede ser bueno o malo según se utilice.

Lo malo de la religión es cuando alguien se atreve a interpretar la de otros; cuando alguien te dice lo que debes creer y cómo debes creerlo.

Porque el hombre creyente ahuyenta el miedo al sentirse protegido por su Dios, confía en Él y en sus representantes y ahí radica otro peligro:

La Iglesia le pone una mordaza al miedo y así poder seguir en ese simulacro de felicidad que es la ignorancia, delegando el destino en otros” y es así como uno se vuelve frágil y maleable.

Reflexiones aparte la novela está llena de suspense –a pesar de saber cómo acaba uno de los protagonistas– y el giro final que se da en las últimas páginas, aunque para mí fue algo rocambolesco, añadió la sorpresa que remata una historia muy peculiar, por lo que cuenta y ante todo por cómo lo cuenta.

“El ladrón de vírgenes” ha sido todo un descubrimiento y el autor también. David de Juan Marcos tiene otras dos novelas que pienso añadir a mi estantería en cuanto tenga ocasión. Es uno de esos autores que escriben muy bien, con un estilo poco habitual y además trata temas interesantes. ¡Qué más se puede pedir! 






Hada verde:Cursores
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