27 de julio de 2016

El verano del inglés

   
 
      Laura, una agente inmobiliaria, decide aprender a hablar inglés de una vez por todas. Para ello contacta, a través de internet, con la señora Grose, una mujer que se ofrece a dar clases particulares en su casa de Yorkshire.

    Allí se va durante todo el mes de agosto, dispuesta a aprovechar al máximo su aprendizaje. Pero lo que parecía un plan perfecto para aprender inglés se convierte en una auténtica pesadilla, porque la profesora resulta ser la versión británica de la protagonista de Misery (quizá no tan sanguinaria pero igual de retorcida).

      He sentido una gran empatía con Laura. Eso de desear hablar inglés con fluidez y conseguirlo en la propia Inglaterra es algo que siempre he querido hacer.

    Las situaciones que describe, con bastante humor, son de lo más reales y perfectamente comprensibles para los que, en un momento u otro, nos hemos enfrentado a la "tortura" de la gramática inglesa. Al mismo tiempo el ambiente que rodea a la profesora de marras da escalofríos en algunos momentos. Además, el final es impactante, digno de una película de Hichcock.

   Este es uno de esos libros que se leen casi de tirón y ligeritos para los calores estivales. La autora, Carme Riera, combina estupendamente humor y suspense.







25 de julio de 2016

Reto "Tres días, tres citas" I


     He sido retada por Rosa Berros, desde su blog Cuéntame una historia, a publicar en tres entradas diferentes, tres citas de otros tres libros. Y he aceptado el reto, encantada,  pues me gusta mucho apuntar las frases que me llaman la atención cuando estoy leyendo un libro. Poseo varias libretas llenas de citas literarias, a cuenta de esta manía que tengo desde hace muchos años.

    La primera cita proviene de la novela La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero.  

     En este libro se nos cuenta la vida de la dos veces Premio Nobel Marie Curie, haciendo especial hincapié en la relación con su marido Pierre y resaltando los pensamientos (reflejados en un diario) de esta  excepcional científica cuando enviuda prematuramente.

   Asimismo es un análisis de lo que supone perder a un ser querido con el que uno piensa pasar el resto de su vida, el tremendo vacío que ocasiona esa ausencia que se hace imposible de creer, cómo afrontar la pérdida y encarar la existencia sin esa persona; sentimientos que la autora conoce muy bien porque ella también perdió a su esposo.

  Una obra emotiva y catártica donde, con una gran delicadeza, Rosa Montero nos habla de una experiencia que la marcó para siempre. Por todo esto la novela está plagada de sentencias que se refieren a la pérdida, a la ausencia, al recuerdo de los desaparecidos.

    Aquí plasmo tres citas -sé que solamente hay que poner una, pero yo suelo saltarme las normas con facilidad-. Estas citas se encuentran a lo largo de sus páginas, son tres claúsulas que reflejan todo lo dicho anteriormente y que a mí me impactaron mucho.

"Acarreamos a nuestros muertos subidos a nuestra espalda. Somos relicarios de nuestra gente querida. Los llevamos dentro, somos su memoria y no queremos olvidar."

"Los humanos nos defendemos del dolor sin sentido adornándolo con la sensatez de la belleza."

"Aplastamos carbones con las manos desnudas y a veces conseguimos que parezcan diamantes."

   Ahora me toca nominar a tres bloguer@s para que se unan a este reto, vaya por delante que no hay ninguna obligación de aceptarlo, así que ell@s pueden recoger el guante o rechazarlo. 

Leslie, de Señora Búho.
Mari Carmen, de Alguien con quien hablar.

   Las tres nominadas son amantes de la lectura, y sé que tendrán muchas citas que recordar y que publicar si están de acuerdo con este original, y enriquecedor, reto.








23 de julio de 2016

La morada de Dios


   Esta reseña la escribí en noviembre de  2014. La novela es obra de un joven escritor que autopublicó su primera creación. Ha sido un éxito de ventas en Amazón prácticamente desde el primer día, y ha resultado ser un auténtico fenómeno.

   Hoy se cumplen dos años de aquella iniciativa que nos permitió a muchos lectores disfrutar de una buenísima lectura. Esta es mi manera de conmemorar esta efemérides y de exhortar a todos aquellos autores noveles a que se animen a promocionar sus creaciones.




   En la nochebuena de 2006 un hombre intenta suicidarse arrojándose por el Puente del Arzobispado en París. A partir de este momento comienza un extraño 'viaje' en busca de su alma o eso es lo que parece en un principio. En cualquier caso en ese periplo conocerá a extraños personajes y le sucederán diferentes aventuras a cual más alucinante.

   El viaje comienza en Roncesvalles y siguiendo mayormente el Camino de Santiago acaba en Santo Toribio de Liébana. Este recorrido es el marco perfecto para deleitarnos con la arquitectura de los templos que jalonan el Camino y, lo que a mí más me ha fascinado, contarnos antiguas leyendas como el misterio de Obanos, la vereda de los difuntos y la biblia de San Ataúlfo.

   Al inicio de algunos capítulos y a modo de preámbulo se hacen interesantes reflexiones sobre conceptos muy diversos: la amistad, la valía de un hombre, el alma o el recuerdo y la memoria. Especial mención al alegato sobre los libros y lo que representan, no tiene desperdicio.

"Los libros han sido y serán siempre la piedra angular sobre la que descansa el conocimiento, las ideas, los sentimientos y las creencias del ser humano. 
Además de ejercer como auténticos baúles de la sabiduría, los libros poseen también la capacidad de remover la conciencia y el espíritu del hombre."

   Un aviso a los posibles lectores: si alguno al inicio del libro se pierde-como a mí me ocurrió-ya que los avatares del protagonista no parecen seguir ninguna lógica, que no desespere, que tenga paciencia porque al final todas las piezas encajan y todo tiene su explicación.

   En resumen, el relato de una travesía tras la busca de uno mismo, los enigmas que rodean nuestra existencia. Tras la morada de Dios. Todo esto sazonado con mitos y descripciones de lugares emblemáticos del Camino de Santiago y además, cosa muy importante, muy bien escrito.

Kirke  


20 de julio de 2016

Los herejes de Oxford

   En 1576 un joven Giordano Bruno se mete en problemas con la Inquisición. Le da por leer libros prohibidos, y en el convento donde reside desde los trece años, eso no está bien visto. Es entonces cuando huye de la vida monacal y recorre varias ciudades: Turín, Génova, Lyon y muchas más, pues él mismo dijo que "toda tierra es patria para un filósofo".

   Además de leer libros censurados por la Iglesia, defiende la teoría heliocentrista de Copérnico. No solamente la defiende, además la complementa diciendo que el Universo es infinito y que el Sol es una estrella más de las miles que lo conforman.

   El siglo XVI es "una época donde un filósofo o un científico necesita tanto coraje como un soldado para atreverse a expresar en voz alta sus pensamientos". Bruno tiene ese coraje, pero harto de huir por media Europa, decide buscar asilo en tierras más hospitalarias: Inglaterra. Allí se respetan todas las ideas... Todas las ideas que no sean católicas, pues la reina Isabel I mantiene una lucha cruel contra el Papa de Roma y sus seguidores. En Inglaterra no existe la Inquisición, pero el Consejo Privado persigue, tortura y ejecuta a cualquier sospechoso de ser papista.

   Corre el año 1583 y Giordano Bruno encuentra allí refugio, ya que la reina Isabel, supongo que siguiendo aquella máxima de 'los enemigos de mis enemigos, son mis amigos', le brinda protección. Bruno se dedica a defender sus teorías copernicanas en Oxford, concretamente en el Lincoln College. De todas formas la teoría heliocentrista tampoco está bien considerada entre los protestantes, por lo que su estancia no es todo lo cómoda que se podría esperar.


    El ambiente que Bruno encuentra en el Lincoln College es bastante tirante. La ruptura con la Iglesia católica por parte del padre de la reina aún levanta ampollas. Los católicos han tenido que abandonar su fe para abrazar la nueva si no querían ver peligrar su posición e incluso su vida. Hay una guerra soterrada de lealtades. Pero todavía hay reductos que sueñan con reinstaurar el catolicismo en Inglaterra, y se dedican, desde la más absoluta clandestinidad, a propagar la antigua y desterrada fe.
   
   Por todo esto Bruno, que es perseguido por la Inquisición pero es católico al fin y al cabo, no es bien recibido entre los profesores de la universidad. Pero a esta situación se añade un inconveniente más. Empiezan a asesinar a algunos docentes del centro, y además mueren de maneras que asemejan el martirio de algunos santos. Es entonces, cuando el filósofo despliega todo su potencial detectivesco y se dedica a investigar quién está detrás de tanto muerto.

    Porque esta novela, y aunque la introducción pueda hacer creer otra cosa, es de asesinos y asesinatos. Entre sus páginas encontraremos testigos que cuentan las cosas a medias -para dar más suspense al argumento-, rencillas personales entre los finados y que pueden explicar el motivo de su muerte, secretos ocultos que se van desvelando poco a poco, y muchas cosas más, típicas del género detectivesco. 

    Es una novela entretenida, muy bien documentada en cuanto a la vida de Bruno se refiere. Habla de las diferencias teológicas entre la Iglesia anglicana y la católica pero sin profundizar demasiado, algo que yo he agradecido, pues las disquisiciones doctrinales me agobian bastante. 

    El final es un poco rocambolesco y algo forzado pero se puede dar por bueno. La resolución de los crímenes es clara y definida.

    Pero de trasfondo se muestra, con cierta ironía, cómo la política utiliza la religión para obtener poder. Con el término "herejía" se busca perseguir al opositor, al que amenaza el poder establecido, siendo las ideas religiosas un potente instrumento que facilita la tarea de limpiar el camino de obstáculos.

   El fanatismo de unos y la avaricia de otros, son el abono necesario para que los poderosos tengan títeres a su servicio que les hagan el trabajo sucio. 

Jugar a la política con vidas ajenas forma parte del camino a la hora de medrar, y constituye también la verdadera herejía 





15 de julio de 2016

Miedo


Dedicado a Francisco Moroz, por sus constantes ánimos para que me implique en esto de escribir relatos. Gracias, padrino.


    Todo está oscuro, no veo nada, intento abrir más los ojos pero es imposible. La oscuridad es total. 

   Ya que no tengo el sentido de la vista me dispongo a utilizar el del tacto para conseguir información. Empiezo a tocar a mi alrededor y siento entre mis manos pequeños fragmentos de algo redondeado y duro, como granos.

   No sé dónde estoy, no sé ni cuándo ni cómo llegué aquí. Estoy desorientado y algo asustado. No sé qué me pasa. Me siento indefenso y empiezo a entrar en pánico.

   Es entonces cuando intento gritar y me doy cuenta de que no tengo voz. Tampoco puedo hablar. Ahora pienso que quizás tampoco puedo oír pues el silencio es absoluto, pero esto no sé si es debido a una posible sordera o porque en el lugar donde me hallo no hay nada, absolutamente nada, ni siquiera ruido.

   Bueno, nada no, algo hay. Algo granuloso y duro que se queda pegado a mis manos.

   Parpadeo varias veces, pero la oscuridad permanece y el silencio también. Sin embargo, el silencio deja de existir en cuanto percibo un ligero ruido que mi cerebro procesa como el de una respiración. Me siento aliviado pues compruebo que no he perdido la capacidad de oír. No obstante, ese alivio es muy fugaz, ya que esa respiración me informa de que no estoy solo y que lo que quiera que sea que está conmigo es algo que tiene vida.

   No sé si moverme o permanecer quieto. Si me muevo puede que “eso” se dé cuenta de mi presencia. O quizás ya sabe que yo estoy ahí, con él, con ella, con eso.

   Antes de saber qué hacer ante esta revelación vuelvo a oír otro ruido, en esta ocasión es una especie de chasquido. El chasquido viene seguido del chirrido de algún engranaje oxidado, pues el ruido es como el que hace al abrirse una puerta mal engrasada.

   Y eso es, precisamente, lo que ocurre. Una puerta empieza a abrirse. A través de la abertura se filtra un tenue rayo de luz que ilumina débilmente la estancia. Una vez más siento alivio al comprobar que no he perdido el sentido de la vista. Un alivio igualmente de fugaz que el sentido al oír aquella respiración, pues en cuanto mis ojos empiezan a captar imágenes veo unos extraños bultos que comienzan a moverse ligeramente.

   Cuento y son siete, además creo que me miran, no veo sus ojos ─ni siquiera sé si los tienen─ pero un sexto sentido me dice que yo soy el objeto de su atención. Yo también los miro aunque no sé muy bien qué estoy viendo exactamente.

   De repente, uno de esos bultos se mueve hacia mí, y es entonces cuando se interpone en el trayecto del haz de luz que se cuela por la rendija de la puerta abierta. Es un niño ─o al menos es alguien muy bajito─, tiene el pelo enmarañado y sus cabellos desprenden un halo extraño, no sé si por efecto de la luz que le incide en la espalda o porque emana algún tipo de radiación. 

   Como está a contraluz sigo sin ver su rostro, pero esta vez creo percibir cierto brillo que parte de lo que creo son sus ojos. No puedo moverme, estoy asustado e intrigado a partes iguales.

   Al mismo tiempo compruebo, tras desviar mi vista de ese ser que se me presenta, que el material previamente tocado por mis manos son granos. Granos de algún tipo de cereal, pero no sé cuál exactamente, y también hay paja. ¿Estoy en un establo? No lo creo, si ese fuera el lugar donde se guardan animales habría algún olor indicativo, y la verdad es que no huelo a nada. Pero, a estas alturas, soy consciente de que no me puedo fiar de mi capacidad sensorial.

   Creo que estoy en un granero. Eso es. Pero ¿qué diablos hago yo en un granero y cómo he llegado hasta aquí?

   Uno de los bultos, el que se acerca hacia mí, se queda mirándome, o eso creo porque sigo sin ver bien sus ojos. Los otros seis bultos comienzan a moverse y se dirigen hasta donde yo estoy.

   El primero en desplazarse está ya tan cerca que siento su aliento en mi cara, ya no sólo le oigo respirar, ahora también puedo sentir en mi piel su hálito. Creo percibir un mayor ritmo respiratorio, pero ya no sé si es el de él o es el mío propio. Lo que sí aumenta su frecuencia son mis pulsaciones cardíacas.

   Estoy asustado, mas sigo sin poder moverme. Al mismo tiempo la puerta que empezó a entreabrirse se ha abierto completamente y la luz que deja pasar me permite definir mejor lo que estoy viendo.

   El ser que se ha acercado a mí es un niño y sus otros seis compañeros, de momento más rezagados, también. Además, tienen el pelo de un color anaranjado y en completo desorden.

   Ese peinado desaliñado les da un aspecto de abandono aunque no parecen mal cuidados. Sus rostros reflejan serenidad y sus miradas ─ahora sí puedo ver sus ojos─ son de curiosidad. Creo que curiosidad hacia mí. Uno de ellos ladea la cabeza, mostrando más a las claras su interés.

   El más adelantado extiende el brazo y pretende tocarme, instintivamente intento apartarme pero sigo sin poder moverme. No sé por qué razón él se da cuenta de mi rechazo y retira la mano antes de llegar siquiera a rozarme.

  No sé cuánto tiempo permanecemos así, ellos cerca de mí observándome y yo quieto, inmóvil a la fuerza, mirándolos a ellos. Puede que sean horas o tan sólo segundos. No lo sé.

  De repente, la luz que hasta ese momento entraba límpida por la puerta se interrumpe momentáneamente. Algo o alguien ha cruzado el umbral; sin embargo, lo que quiera que sea, no ha hecho ningún ruido, pero yo sé que en la estancia ahora hay algo más que mis siete acompañantes y yo.

   Los niños también lo han percibido pues se miran entre ellos y creo notar cierta expresión de alarma en sus rostros. Es como si supusieran qué es lo que acaba de entrar. Por sus semblantes me doy cuenta de que no es nada bueno, al menos para ellos, y mucho me temo que tampoco para mí.

   Poco a poco empiezo a percibir un movimiento debajo de mí, como si el suelo empezara a vibrar. Primero tenuemente y luego de forma más notoria. Los niños se mueven nerviosamente y se acercan más a mí, como si buscaran protección. No sé qué protección puedo yo proporcionarles, pues ni consigo moverme y, mucho menos, ni siquiera sé de qué los tengo que defender.

   En un momento dado siento pánico, puro y simple pánico. No ha habido ningún ruido más, ni sombras, ni luces. Tan sólo siento miedo, un miedo profundo que entra en el corazón y lo invade todo. 

   Los niños también sienten lo mismo, lo sé por sus expresiones. Se acercan más a mí y me tocan. Es entonces cuando puedo ya moverme y utilizo mis brazos para amparar a esos niños, para protegerlos aunque no sé de qué. Les abrazo fuertemente, en ese abrazo distingo el bonito color naranja de sus cabellos y percibo cierto olor a algo que no puedo reconocer pero que me recuerda a la huerta de mi abuela. Juntos esperamos que aquello que nos atemoriza nos ataque y acabe con nosotros.

   Mientras que, resignados, esperamos el desenlace fatal, empiezo a oír una voz. Primero la oigo lejana y luego muy cerca de mí. No es una voz infantil ─al principio pensé que alguno de los niños me estaba hablando─, es una voz de mujer. No distingo las palabras pero sí percibo la urgencia, su mensaje es perentorio y denota preocupación.

  Y de pronto, comprendo lo que está diciendo la voz. Me llama, alguien me está llamando por mi nombre.

─¡Julián! ¡Julián!

   Siento alivio al oír esa voz, pero el miedo aún está instalado en mi mente y los niños siguen abrazados a mí.

─¡Julián! ¡Julián!

   La voz insiste, y es más nítida cada vez y más apremiante.

─¡Julián! ¿Pero qué te pasa? ¡Otra vez te has vuelto a quedar dormido en la cocina! ¿Cuántas veces te tengo que repetir que esa manía tuya de mezclar alcohol con la medicación no es buena?

   Es entonces, cuando de repente, la estancia cambia y no hay niños, no hay puerta abierta a un lugar cerrado. En cambio tengo delante de mí a una mujer, es mayor y su rostro me resulta familiar.

   Con la preocupación grabada en su cara me vuelve a hablar.

─Julián, te dije hace horas que recogieras la compra y trocearas las zanahorias para hacer el puré. ¿Qué demonios haces abrazado a ellas? Y ¿por qué se ha roto el paquete de arroz? Se ha desparramado por el suelo. Vas a tener que esforzarte por limpiarlo todo bien, que no quede ni un solo grano.

   Como si de un ensalmo se tratara, es entonces cuando reconozco a la anciana, y en ese mismo momento recupero la voz y puedo hablar.

─Vale, abuela. Ahora lo hago, pero sabes que detesto el puré de zanahoria.



NOTA: Presenté este relato a un taller de escritura organizado por El Edén de los Novelistas Brutos, en su página de Facebook. Obtuvo el tercer puesto y desde aquí quiero agradecer a los administradores de la página por la labor tan concienzuda que han realizado analizando todos los textos participantes y resaltando los errores. Los errores que me hicieron ver los he corregido en esta versión, al menos parte de ellos. 



10 de julio de 2016

Los besos en el pan

      Los besos en el pan es una novela sobre la crisis; la crisis que estamos viviendo desde hace años, la crisis de la que estamos hablando desde entonces. Mucho se ha dicho y escrito sobre esta crisis, y supongo que Almudena Grandes no quería a ser menos.

    A través de un amplio plantel de personajes -demasiado amplio- que vive en un barrio madrileño, nos vamos enterando de las distintas consecuencias de la crisis. Cada personaje sufre directa o indirectamente sus efectos.

   Esta es la excusa para tocar diferentes temas, de candente actualidad, al menos salen desde hace años en los noticiarios y en los periódicos, día sí, día también.

    Temas como los desahucios, la privatización de la sanidad pública, los EREs de Telemadrid, los fondos buitre, la prevaricación, el pelotazo inmobiliario, la corrupción política, la pobreza infantil, la violencia de género, la xenofobia, la enfermedad, etc, etc. 

    Una miscelánea de temas que a mí me ha impedido centrarme, se cuentan tantas cosas que en el fondo no se cuenta ninguna. Se trata de todo un poco y nada en profundidad. Así, los personajes aparecen diluidos y son tantos que me ha costado identificar y ubicar a algunos, pues el batiburrillo ha sido tal que me he perdido constantemente.

   Uno podría pensar que con estos temas tan sangrantes y graves sería una historia dura, triste y bronca. Nada de eso. Durante toda la lectura he tenido la sensación de estar ante una versión Disney de nuestra cruel realidad. Aunque la vida los trata duramente, los personajes son tan buenos y tan nobles que afrontan sus reveses con un estoicismo digno de cualquier mártir de un santoral. No sólo eso, también son solidarios y empatizan entre sí de manera que unos se ayudan a otros en una cadena fraternal, muy encomiable pero poco creíble. Algunos pasajes eran tan cándidos que he oído de fondo música de violín.

   Estoy de acuerdo con Camus; en la adversidad uno se da cuenta de que en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio. Pero la candidez de la que se hace gala aquí, es excesiva y la historia más parece un cuento para niños que una crónica de lo que está realmente ocurriendo en España. Es verdad que estas situaciones extremas han movilizado a muchas personas y lo movimientos vecinales han sido, en algunos casos, verdaderas lecciones de solidaridad, pero creo que en esta novela se peca de optimismo. 

    Creo que este es un libro oportunista, nacido al rebufo de la actualidad y quizás por eso la historia me ha parecido forzada, poco espontánea. 

    Antes de afrontar la lectura de esta novela había leído otras críticas no especialmente buenas. Pero soy una admiradora de Almudena Grandes, y leo todo lo que escribe, independientemente de lo que se diga sobre ello.

   Por eso no dudé, a pesar de todo, en leer este libro. No me arrepiento, pero sé cómo escribe Almudena y sé que puede hacer cosas mejores, porque las ha hecho. Aunque el estilo es ágil, y la narración es buena me ha decepcionado, esperaba más de esta autora. 

   Es lo malo de ser tan bueno, el listón está tan alto que los lectores exigimos más, o al menos igual nivel. Aquí no lo ha alcanzado, y es una lástima. Pero todo buen escribiente tiene un borrón y se le puede perdonar. Desde luego yo lo he perdonado, y la próxima novela que escriba la leeré sin ningún recelo.




5 de julio de 2016

Los pros y los contras



    Un escritor austriaco, Karl Kraus, dijo: “El hombre débil duda antes de tomar una decisión... El hombre fuerte duda una vez que la ha tomado.”  

   No suelo dudar mucho a la hora de tomar decisiones, pero sí es cierto que una vez tomadas me las cuestiono mucho ─sobre todo si han sido desafortunadas─. No creo que eso sea signo de fortaleza, al menos en mi caso; creo que es un signo de precipitación. No me pienso demasiado las cosas y luego pasa lo que pasa.

   Todo esto viene a cuento de que me he puesto a reflexionar sobre los pros y los contras de determinadas actitudes ante la vida y cómo, algunas veces, los resultados obtenidos no tienen nada que ver con lo que uno se imaginaba al iniciar una tarea en concreto. O expresado más castizamente: cuando a uno le sale el tiro por la culata. Alguno puede que, a estas alturas, crea que me estoy refiriendo a las últimas elecciones generales en España. Pues no. El pasado 26J no se cumplieron mis expectativas, pero mi reflexión no va por esos derroteros.

   Creo que algunas premisas se dan por ciertas e incuestionables y nadie pone en duda la aseveración que encierran. Por ejemplo: Hacer ejercicio es sano.

   Casi nadie cuestiona que la actividad física reporta beneficios a la salud. El sistema cardiovascular se fortalece: el corazón bombea mejor y se contribuye a evitar la arteriosclerosis. Además, la grasa acumulada en demasía se moviliza y se quema, y todo funciona a las mil maravillas. A no ser que las circunstancias que rodean la práctica de ese ejercicio físico no sean las adecuadas, y es entonces cuando la cosa se complica y el resultado no es tan bueno como se esperaba.


    Me gusta mucho pasear, sobre todo por la montaña. Dado que la montaña más cercana a mi domicilio se encuentra a 90 km de distancia, si quiero caminar habitualmente, tengo que hacerlo por los alrededores de mi casa. Por cierto, algunas amigas me dicen que por qué no corro en lugar de andar; muy sencillo: porque no tengo prisa.

   De los cuatro kilómetros de este recorrido casi diario, tres discurren por un parque. Como todo parque que se precie tiene árboles, césped, columpios para los niños y gente disfrutando del frescor de la vegetación. 


   Un día que realizaba mi recorrido habitual vi, por el rabillo del ojo, que ‘algo’ salía entre los aligustres situados a mi diestra. Ese ‘algo’ era gris, tenía patas y unas dimensiones que no excedían las de una caja de zapatos. 

   Dicen que el cerebro tarda entre 13 y 80 milisegundos en procesar la captación de una imagen por la retina. Yo creo que mi cerebro anda bajo de ralentí, o mi imaginación es mucho más rápida, porque a ese ‘algo’ yo le di una identidad que no le correspondía. Yo vi una cosa viva, pequeña ─muy pequeña─ y gris saliendo de un matorral y lo primero que me vino a la mente fue: una rata. No sólo me vino a la mente, también me vino a la boca y lo dije en voz alta: ¡una rata! Como, además, llevaba los auriculares puestos con música a un buen volumen, más que decirlo, chillé: ¡UNA RATA! 

   Dicha expresión fue acompañada con un salto que nunca hubiera pensado que fuera capaz de dar. Pero ese improvisado brinco me catapultó contra el árbol que estaba a mi siniestra. El trompazo fue importante y quedé magullada. Resultó que ese ‘algo’ no era una rata sino un perro muy pequeño ─enano─ y además muy feo, dicho sea de paso. 

   Al menos, mi escandalosa manera de asustarme sirvió para que unos jubilados, que estaban cerca jugando a la petanca, me oyeran y acudieran en mi ayuda. La dueña del chucho también me oyó, pero ella se limitó a mirarme con el ceño fruncido. Me imagino que no le gustó que confundiera a su mascota con un roedor.

   El caso es que la aparición de este animalillo me reportó unos gastos importantes en desinfectante para las heridas en el brazo y la pierna izquierdos. Los rasguños perduraron varios días.


   El parque por el que paseo es muy bonito pero tiene, no obstante, un inconveniente. Al lado discurre, en paralelo, una antigua vía de circunvalación. El término "antigua" lo digo por lo de "circunvalación" porque cuando se hizo el proyecto iba a rodear la ciudad, cuando se inició su construcción ya había barrios que quedaban fuera, y ahora es una calle más de la urbe.  A esta vía el ayuntamiento de Madrid se ha empeñado en rebautizarla Avda. de la Paz, pero los madrileños ─muy dados a no hacer ningún caso a lo que nuestros ediles nos recomiendan─ la llamamos M-30. 
  

   La M-30 tiene mucho tráfico y por tanto mucho ruido, menos mal que la mayor parte del parque, por el lado colindante con esta vía, está dotado con enormes mamparas anti-ruido y el sonido de los coches apenas es un rumor. Sin embargo, hay un tramo en el que no hay mamparas ─se quedarían sin presupuesto─ y allí el ruido es muy grande, lo que se traduce en que sólo se escucha el ruido de los coches. No se puede oír nada más. Ni siquiera el motor de un camión de bomberos detrás de ti.

   Una mañana, iba paseando con mi marido por la zona donde hay tanto ruido. Por el trayecto, habíamos observado las tareas de limpieza que los operarios de mantenimiento estaban realizando, para retirar las ramas que la tormenta del día anterior había tronchado. Para poder talar algunas de estas ramas los trabajadores del parque necesitaron la ayuda de los bomberos.

   Cuando terminaron con la retirada de las ramas, los bomberos se dispusieron a salir del parque. Para ello utilizaron la senda por la que íbamos mi compañero y yo. Iban detrás de nosotros, muy despacito, y ─supongo─ esperando a que nos apartáramos. Pero nosotros no sabíamos que estaban detrás por el ruido que llegaba de la avenida dichosa. A todo esto, llegamos al final del parque y decidimos dar media vuelta, de regreso al punto de partida. Fue entonces cuando me topé de bruces –apenas dos metros de distancia─ con el camión. Aquí, una vez más, chillé y pegué un brinco. Afortunadamente, no había ningún árbol contra el que estrellarme, pero el susto me valió una buena taquicardia durante varios minutos.

   Si el brinco y el chillido no tuvieron consecuencias fatales al menos sirvió de divertimento a los ocupantes del camión porque empezaron a reírse a carcajadas. Cuando se incorporaron a la ruidosa M-30 seguían riéndose, mientras que yo aún tenía el pulso acelerado.

   Caminar me parece un hábito saludable y por eso realizo caminatas casi a diario ─especialmente ahora que hace buen tiempo─. Sin embargo, y a la luz de estas experiencias negativas, empiezo a pensar si no estaré equivocada. Dado que en ocasiones, como las que he relatado, llegué a casa en peores condiciones que cuando salí, me entran dudas y me pregunto si eso de hacer ejercicio es tan sano como dicen.






1 de julio de 2016

Sor Marcela de San Félix

Retrato de David Serrano (Casa-Museo de Lope de Vega)
     Para la sección Poemas y Cantares del mes de julio vuelvo a traer una mujer. En este caso se trata de Marcela del Carpio, más conocida por Sor Marcela de San Félix

   Marcela nació el 8 de mayo de 1605 en Toledo. Fue el fruto de los amores ilícitos y extraconyugales entre una actriz de teatro, Micaela Luján, y un famoso escritor, Lope de Vega. Al estar los progenitores casados –pero no entre sí– decidieron registrar a la niña como hija de padres desconocidos. Lope, mujeriego y prolífico en hijos casi tanto como en obras, tuvo otro vástago más con la cómica, Lopillo, al que sí reconoció desde el principio, posiblemente por ser varón. Micaela y su hermano se criaron con una sirvienta hasta que falleció la segunda esposa de Lope de Vega; es entonces cuando se trasladan a vivir a Madrid con su padre.

Jardín-huerto de la casa de Lope de Vega

   En la casa de su padre aprende a leer y escribir –dicen de Lope que no fue un buen marido pero sí un buen padre, en cuanto a educación se refiere– y recibe una formación que en aquella época le estaba vedada a las mujeres. Sin embargo, la convivencia en ese domicilio no era ni buena, ni edificante. Los continuos devaneos amorosos de su progenitor y el constante desfile de amantes no eran del agrado de la futura monja.

   Marcela decide, con tan solo 16 años, profesar en el convento de las Trinitarias Descalzas.

Me escapé a suelo sagrado como hacen los delincuentes, para huir del poco cariño que me mostraba mi padre y las molestias que le causaba

   En realidad tan solo se desplazó unos metros del lugar donde había crecido, porque el convento se encontraba en la calle paralela a la del domicilio paterno.

   Dicen que el ingresar en ese convento fue para poder allí desarrollar libremente sus inquietudes intelectuales. No en vano, el convento de las Trinitarias era considerado como uno de los más prestigiosos por la biblioteca que poseía y por el amor que dedicaban sus moradoras no sólo a Dios sino también al estudio. Por cierto, en dicho convento estaba (está) enterrado Miguel de Cervantes.
Convento de las Trinitarias Descalzas
   En cualquier caso, parece que Marcela encontró allí la paz que no tuvo en la casa paterna. Tras los muros del cenobio desarrolló su afición por la escritura, declarándose digna hija de su padre pues la calidad de sus escritos fue muy buena. Además fue la única de todos los hijos que Lope tuvo –dicen que 17– que se dedicó a la literatura. Fue una de las principales escritoras de teatro conventual de la época. Escribía obras de teatro para entretenimiento de sus compañeras de clausura; incluso llegó a participar como actriz en alguna de ellas.

    En la actualidad se conserva muy poco de su creación pues, para desgracia de la posteridad, un confesor le aconsejó que quemara gran parte de lo que había escrito por considerarlo inadecuado e inapropiado en una mujer. De lo que se salvó de la quema, gran parte fue censurado al tener pasajes humorísticos demasiado picantes.

   Marcela vivió hasta los 81 años, falleció el 9 de enero de 1687.

   Aunque se dedicó principalmente a escribir obras de teatro, también practicó la poesía. Dado que la orden en la que profesó es de clausura, la soledad fue una constante en su vida. El recogimiento que proporciona puede ser útil para la introspección y el examen de conciencia. Sea como fuera, escribió una Loa a la soledad de las celdas. Es bastante larga por lo que he trasladado aquí una parte de esos versos.

Si yo espíritu tuviera
y elocuencia soberana,
de la amable soledad
dijera las alabanzas,

pero soy muy ignorante
y en el espíritu zafia,
y pudiendo decir tanto,
u diré muy poco u nada.
Alaben la soledad
las almas exprimentadas:
las que en dichosa quietud
a su tierno esposo abrazan.

La estrecha conversación
que tienen con Dios las almas
en la soledad alegre,
las hace humildes y sabias,

porque el Espíritu Santo,
cuando ama mucho a las almas,
las lleva a la soledad
y a los corazones habla.

Y las palabras que dice,
tan substanciales y claras,
son de heroica perfección
y santidad consumada.

En la soledad parecen
estas apariencias, falsas,
que el mundo vende por buenas,
con infinidad de faltas.

En la soledad se quitan
las nubes grandes y opacas,
y el alma, llena de luz,
toda la verdad abraza.

En la soledad se vencen
las pasiones mal domadas,
los sentidos se componen,
los apetitos se matan.
En la soledad se gozan
favores y glorias tantas
que, si no tuviera fe,
por eternas las juzgara.

En fin, todas las virtudes,
todos los dones y gracias,
en la soledad feliz
se comunican al alma.

Entrad, pues, madres gozosas,
fervorosas y animadas,
que el Señor que dio las celdas
también dará lo que falta.
Que si faltase el espíritu
y la oración en el alma,
más que santa religiosa,
será mujer encerrada.

A todas sus reverencias
comunique Dios su gracia
para que, viviendo solas,
estén bien acompañadas.

Sor Marcela de San Félix (1605-1687)

   Independientemente de las creencias religiosas –o de su ausencia– creo que saber disfrutar de la soledad reporta buenos resultados. Si conseguimos sacar provecho de esos momentos en los que estamos a solas con nosotros mismos, podemos estar en la mejor de las compañías: la nuestra.






Hada verde:Cursores
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