1 de agosto de 2015

El transporte de mi niñez



    Será que me estoy haciendo vieja (aunque yo no quiera reconocerlo), será que veo a mi hija cada vez más mayor, será que las tormentas veraniegas me ponen nostálgica, el caso es que últimamente me vienen recuerdos de los veranos de mi niñez con mucha frecuencia.

   Recuerdo las vacaciones repartidas entre Galicia y Santander. Recuerdo las playas del Cantábrico con los días de sol (o de lluvia) junto a mis primos. Recuerdo los bosques de eucaliptos y helechos donde me solía perder –literalmente- y que yo imaginaba llenos de hadas y duendes. Recuerdo las filloas de mi abuela gallega (nadie las hacía tan ricas, ni hará, como ella) y los remedios para las picaduras de abejas de mi abuela paterna (creo que me hacían más efecto sus palabras tranquilizadoras y su serenidad que los potingues que me untaba). 

   Pero sobre todo me acuerdo de los viajes para llegar hasta allí.

    Mi padre tenía una moto Vespa con sidecar en la que viajábamos mis padres y yo; recorríamos toda la cornisa cantábrica visitando a la familia y eso nos llevaba un montón de horas en la carretera, pero no importaba porque nos íbamos de vacaciones y no teníamos prisa. El reloj ni se miraba y el mal estado de las carreteras permitía contemplar mejor el paisaje. 

   La carretera del inicio del trayecto transcurría por la meseta castellana; rectas interminables a través de campos dorados de cereales listos para la siega. Al final del camino la carretera se transformaba y se volvía sinuosa, plena de curvas, bordeando un mar siempre agitado y siempre dando una imagen espectacular.
 
  Recuerdo que en el sidecar de la moto yo me sentía segura y protegida del agua o del viento mientras que mi padre iba conduciendo y recibiendo todas las inclemencias meteorológicas con un estoicismo que a mí, con la inconsciencia de la niñez, me parecía gracioso. Como si él prefiriera mojarse en lugar de refugiarse como lo hacíamos mi madre y yo.

    En ese sidecar llegamos a viajar cuatro niños. Ahora que lo pienso no sé cómo lo hacíamos pero el caso es que ahí íbamos todos, supongo que comprimidos pero contentos, a la playa. Una playa rodeada de pinos donde la marea baja se llevaba el mar muy lejos y hacíamos carreras para ver quién era el primero en llegar al agua.

   La imagen de esa moto está unida a recuerdos entrañables, a mi niñez. Más tarde mi padre tuvo varios coches, cada vez más grandes, cada vez más espaciosos y potentes pero creo que nunca he viajado tan cómoda como lo hice en aquella moto.

  Ahora me voy de vacaciones en avión, me preocupa que el vuelo tenga retraso, que me pierdan o estropeen la maleta, que haya "overbooking"... 
 
  Llego antes a mi destino pero creo que disfruto menos del viaje.


Kirke     

8 comentarios:

  1. Vaya transporte, jamás he viajado en uno, pero que bueno que tengas recuerdos tan bonitos.


    Saludos. :D

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es la nostalgia que aparece con los años. Supongo que si tuviera que viajar ahora en uno no me parecería tan cómodo. En cualquier caso es un elemento muy ligado a mi infancia.
      Un saludo.

      Eliminar
    2. Nunca me hubiera imaginado que se pudiera ir en vespa y sidecar de vacaciones con todo y niña. Nuestros padres y abuelos hacían cosas que a nosotros nos parecen imposibles. Tenían más ánimos y menos tontería que nosotros.
      Por cierto, no sabía que pasabas veranos en Santander. Yo también lo hice entre los 14 y 22 años. Luego por obra de las plazas y vacantes acabé viviendo aquí, pero eso fue ya a los 30.

      Eliminar
    3. Mi padre se hacía todos los veranos con la Vespa y su sidecar cerca de dos mil kilómetros por carreteras que no tienen nada que ver con las autovías de hoy. El viaje duraba muchísimo pero era algo que se asumía con naturalidad.
      Parte de mi familia paterna es de Cantabria. De hecho la playa a la que hago referencia en el post es la de Mogro, no sé si la conoces Rosa.
      Un beso.

      Eliminar
  2. Recordar es vivir, sì que lo es. Los paseos, la comida de la abuela y esa caracterìstica inocencia de los niños, que ven milagros en lo comùn de la naturaleza. ¿En què momento perdemos eso? Tal vez por eso Dios nos manda hijos, para volver a disfrutar y conocer todo comoo si fuèsemos niños de nuevo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Dicen que tener hijos es volver a vivir y es cierto. Mi hija empieza en septiembre en la universidad y estoy igual de ilusionada que cuando comencé yo (además va a estudiar la misma carrera). Los hijos nos hacen vivir cada etapa de su vida como si fuera nuestra y esa es una de las maravillas de ser padres.

      Eliminar
  3. Ahora todo es más rápido y con menos sabor¡¡ qué preciosos recuerdos¡¡
    un beso y gracias por compartir momentos tan maravillosos¡¡¡

    ResponderEliminar

Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores